Essay
1989
COLUMN/COLUMNA

1989

David Miklos

1. Pocas películas me han marcado tanto como Sex, Lies, and Videotape (1989), la ópera prima de Steven Soderbergh que se hizo acreedora de la Palma de Oro en Cannes hace tres décadas.

Supongo que la huella que la película dejó en mí se debe al reflejo que de mi persona encontré en uno de sus cuatro protagonistas, Graham Dalton, personaje representado por el mejor James Spader.

Y es que, durante muchos años, aún ahora, me costó y me cuesta mucho hablar, decirme, expresarme más allá de la palabra escrita. De viva voz, pues. Para no hablar del sexo, que no es el motor de este texto, ni de las mentiras ni de los videos, que aquí no encuentran cabida.

Pero yo en realidad quería hablar de 1989, el año en el que cumplí 19 años.

2. En 1989 apareció Disintegration, el octavo disco grabado en estudio por The Cure. Su mejor disco, me atrevo a decir.

La canción homónima del álbum de Robert Smith y compañía, décima de una docena, dura ocho minutos y 22 segundos.

Escuchamos cristales romperse, un riff repetitivo y una voz que habla o aúlla sobre el final de una relación, en una suerte de ciclo en l’istesso tempo que marca el ritmo, el ánimo ulterior de la obra.

Smith, a diferencia de Dalton, sí sabe hablar, sí sabe expresarse. Y su voz en “Disintegration” me hablaba, en 1989, no en el presente, sino proyectada al futuro.

De todas las canciones del Disintegration, “Disintegration” es la que más me gusta y la primera que pongo cuando decido escuchar esa octava grabación de The Cure de nuevo.

A veces “Disintegration” es la única canción que escucho.

Una.

Y otra vez.

Y Smith ya no me habla hacia el futuro, sino desde el pasado, su voz mi propia voz interior que aúlla lejana.

Pero yo lo que más deseaba era hablar de 1989 y el año en el que terminé la preparatoria y entré a la universidad.

3. En 1989 cayó el Muro de Berlín cuando yo acababa de empezar mis estudios de economía en un instituto al sur de la ciudad de México, aunque no pude inscribir el curso de Economía I en mi primer semestre.

Muchas veces, en las clases que me aburrían abría mi libreta y esbozaba o escribía cuentos, pergeñaba frases o versos, dejaba rastro o huella de mi incipiente voz literaria.

En 1989 escribí el primer cuento que me publicaron. Se llamaba “El primer pizzicato” y hablaba de un niño que no se expresaba con la voz si no con pellizcos: pellizcos que provocaban un efecto en la gente que lo rodeaba, quejas y chillidos, expresiones de dolor compacto.

Hasta que el niño crecía y aprendía a tocar el violín y, durante su primer concierto, ejecutaba un pizzicato que se perdía entre la sonoridad completa y compleja de la orquesta.

Pero la verdad es que yo buscaba hablar de 1989, el año en el que 1981 parecía no ocho sino ochenta años atrás.

4. En 1981 cumplí 11 años y la realidad circundante encontró cabida en mi hasta entonces cómodo y amplio mundo interior.

Un mundo en el que me hablaba casi en off, con una voz interior al borde del mutismo, una voz suave, más textura que sonido.

En 1981 me escondía en el clóset de mi cuarto con una amiga y encendíamos cigarrillos Gitanes sin filtro solo para sofocarnos, no sin antes fascinarnos por el humo que nunca inhalábamos. Nadie fumaba en mi casa pero había algunas cajetillas azul marino por allí.

En 1989 fumaba Marlboros sin tregua, como falso vaquero.

En 1981 destapaba cervezas Nochebuena en solitario y me embelesaba con la espuma casi sólida que salía de la boca de la botella, cuyo amargor me hacía vaciar el líquido ambarino en la tarja y salir a romper el envase con una piedra y una resortera. Nadie bebía en mi casa pero había cervezas en la alacena.

En 1989 bebía Modelos Especiales, casi siempre con moderación, y Sidral con Añejo, en oposición al evidente Blanco con Coca.

En 1981 jugaba, cuando no faltaban controles ni cartuchos ni conexiones, Atari con el vecino que sí tenía la consola.

En 1989 vi Sex, Lies, and Videotape y supe cuál era mi juego favorito, aunque me costará mucho hablar al respecto y expresarme sin herir a las personas más cercanas a mí.

Todo esto, sí, ocurrió en 1989, el año en que nació Taylor Swift, que así le puso al disco que contiene “Shake It Off”.

5. Pero todavía no acabo.

Aunque es de 1988 (su película otoñal), en 1989 vi Another Woman, mi película favorita de Woody Allen, con la mejor y más bella Gena Rowlands en el papel de la filósofa Marion Post.

Post tiene poco más de 50 años y escribe un libro, alejada del mundanal ruido y de su hogar conyugal, en un estudio rentado. Hasta que la voz de una mujer la distrae. Una voz venida del ducto de ventilación y del consultorio de un psicoanalista.

Post descubre, a través de la voz de la otra mujer, no sólo todo lo que no ha dicho, sino todo lo que no se ha dicho a sí misma. Y descubre también que no se atrevió a amar al único hombre que realmente la amaba. Un amor correspondido.

En plena y total crisis vital, Post recuerda los versos finales del “Torso arcaico de Apolo” de Rilke: “…pues no hay aquí un lugar que no te vea. Debes cambiar tu vida.”

Y al final, Marion reflexiona: “¿Qué es un recuerdo? ¿Algo que uno tiene o algo que uno ha perdido?”

Hoy, que amo y mi amor es correspondido, en 2019 y a mis 49 años, por fin sé la respuesta.

Y puedo decirla de viva voz.

 

 

David Miklos es autor de La piel muertaLa hermana falsa La gente extraña, así como de La pampa imposible, su novela más reciente. Actualmente es profesor asociado de la División de Historia del CIDE, en donde se desempeña como director de la revista de historia internacional Istor. Es columnista de Literal. Su twitter es @dmiklos.

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Posted: September 19, 2019 at 8:31 pm

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