Interview
A diez años del Crack, diez preguntas

A diez años del Crack, diez preguntas

Amira Plascencia Vela y Giannina Reyes Giardiello

El 7 de agosto de 1996, cinco escritores nacidos en los años sesenta irrumpieron en la escena de las letras mexicanas al publicar el Manifiesto Crack. A partir de ese gesto fundacional, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Ricardo Chávez Castañeda, Pedro Ángel Palou y Eloy Urroz se establecieron dentro de lo que el mismo Chávez Castañeda y Celso Santajuliana denominarían después como el “Continente Narrativo Mexicano”. Han pasado diez años de la divulgación del Manifiesto, otros autores se han sumado al grupo original del Crack y los textos ficcionales concebidos dentro de ese marco generacional han alcanzado madurez y reconocimiento. Dentro de este panorama, la obra de Jorge Volpi es considerada como una de las más representativas de la literatura mexicana actual; los textos del autor se caracterizan por su prosa clara, un esmerado y riguroso proceso de investigación y un tenaz afán de conocimiento. Su novela En busca de Klingsor, ganadora del Premio Biblioteca Breve Seix Barral de 1999, lo legitimó como escritor y constituyó el inicio de la “Trilogía del Siglo XX”, el proyecto más ambicioso del autor hasta este momento. A En busca de Klingsor le siguió El fin de la locura, publicada en el 2003, y, en este septiembre de 2006, la “Trilogía del Siglo XX” cerró con No será la tierra, primer relato del autor en el que los protagonistas son personajes femeninos. Con esta última novela, Jorge Volpi finaliza con una etapa de trabajo intenso y da paso a nuevas metas personales. De ahí que, a través de una comunicación vía correo electrónico, hemos ido en retrospectiva y le preguntamos a Jorge Volpi acerca de su valoración presente del Crack, su obra, su opinión sobre la literatura latinoamericana y, por último, su papel como intelectual en la política de México.

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1. En agosto se cumplieron 10 años de la publicación del manifiesto del Crack. Después de todo este tiempo, ¿sigues considerando válidas y vigentes las críticas y propuestas que ahí se planteaban?

Jorge Volpi: Desde el inicio el Crack fue, como toda broma literaria, una broma en serio. Cinco escritores nacidos en los sesenta, amigos entre sí, decididos a irrumpir en el debate literario de aquel momento, denunciando la obligación del realismo mágico y a la vez la posibilidad de una literatura profunda que no por ello fuese poco legible. Vista así, la propuesta de hace diez años sigue vigente para mí. Desde luego ya no hay ese ímpetu juvenil de escandalizar, y hay nuevos integrantes en el Crack, pero la amistad y nuestros puntos de vista sobre la literatura latinoamericana y sobre la vida literaria aún nos unen. Pero ahora, como escribió concisamente Vicente Herrasti en nuestro libro para celebrar los diez años del Crack, preferimos que el grupo hable por sus obras.

2. En varias ocasiones has expresado tu admiración por la obra de García Ponce. Encontramos ciertas similitudes entre la manera en que manejas el erotismo dentro de tus novelas y el estilo de este escritor. ¿Dichas similitudes son coincidencia, homenaje o una influencia inconsciente?

JV: Es la primera vez que escucho algo así. Admiro a García Ponce, pero jamás imaginé que su impronta se revelara en mis pasajes eróticos.

3. Casi sin excepción, las relaciones sexuales que sostienen los protagonistas de tus novelas son un vehículo para alcanzar, consolidar o regular relaciones de poder. ¿A qué obedece esta constante dentro de tu obra? ¿Por qué concebir las relaciones entre hombres y mujeres exclusivamente de esta manera?

JV: Creo que en general todos mis libros exploran de un modo u otro la dualidad saber/poder. A nivel público, pero también a nivel íntimo. Ese es uno de los hilos conductores de mi trilogía del siglo XX. De allí que la sexualidad sea también, como ya lo vio Foucault, una guerra de poder.

4. A la par de tu labor como novelista has ejercido el papel de crítico literario tanto en publicaciones especializadas como en el suplemento cultural de Siempre! y más recientemente dentro de tu blog. Ahora bien, la recepción crítica de tu obra se ha caracterizado por externar apreciaciones contradictorias y dispares que muchas veces lindan con los terrenos de lo estrictamente personal. ¿Cuál es la valoración que otorgas a la crítica en el desarrollo de tu obra, siendo tú mismo crítico de literatura?

JV: Yo no me considero a mí mismo un crítico literario, cuando más soy un ensayista, pues mi relación con el ensayo es aún más poderosa y antigua que con la ficción. Los críticos son antes que nada lectores que deben mostrar las claves de una obra, interpretarlas y valorarlas, pero ocurre muy frecuentemente que sea sólo, otra vez, una forma para alcanzar o ejercer poder en el medio literario. Por eso, durante varios años fui jurado del Premio Bartolomé March a la crítica literaria: quienes participábamos en esta iniciativa de Basilio Baltasar buscábamos afanosamente críticas que, a nuestro parecer, en realidad persiguieran estas claves interpretativas con buen juicio y buena prosa.

5. Has ejercido la docencia tanto en la academia mexicana como en la española y la norteamericana. ¿Cuál es tu visión y apreciación de cada una de ellas?

JV: Para mí la enseñanza es el complemento perfecto de mi quehacer literario: la comunidad frente a la soledad de la página. Cada lugar tiene sus ventajas y desventajas. Estados Unidos a veces es demasiado rígido y dogmático, Europa a veces descansa demasiado en su gloria pasada. Me encanta enseñar en México —soy profesor visitante cada año en la Universidad de las Américas de Puebla— porque, si bien no existen los recursos de Estados Unidos ni la tradición europea, es posible apelar al entusiasmo de unos cuantos alumnos cuya brillantez y energía compiten con las de cualquier parte. El año próximo por primera vez voy a dar clases a la Universidad Católica de Chile.

6. Hace unos meses en China mencionaste que la literatura his- panoamericana no existía, que a los escritores de esta región sólo los unía el idioma y que, por ende, únicamente un lector español podría tener una visión conjunta de lo que se publica en Hispanoamérica. A primera vista una aseveración como ésta corre el peligro de parecer una prolongación de la lógica colonialista que define y concibe lo hispanoamericano desde España. ¿Compartes esta visión o estás proponiendo una realidad diferente desde tu condición de hispanoamericano? ¿Crees que está encadenada la suerte de “nuestra” literatura a los avatares de la industria editorial española?

JV: Fue una declaración polémica que, como de costumbre, la prensa sacó de contexto. Lo que decía, y lo repetí en los cursos de verano de El Escorial este año, es que ya no existen características comunes entre los escritores de los distintos países de América Latina que nos permitan referirnos a ella como un conjunto identificable. Sería como hablar de literatura europea o asiática: circunscribirse a la geografía o a la lengua no garantiza la existencia de una tradición común. Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez se sentían primordialmente latinoamericanos, apelaban a referentes comunes y dialogaban primordialmente entre sí. Eso ahora no existe. En nuestros días, la literatura latinoamericana es sólo una etiqueta para uso de los académicos, de España, Estados Unidos o cualquier otro lugar. Por otro lado, sin lanzar una jeremiada contra las editoriales españolas, es cierto que ya no existe tampoco un flujo constante de obras literarias entre los distintos países de América Latina. Ahora, para circular en Argentina o Colombia, un mexicano debe publicar primero en España. Esto distorsiona por completo la recepción y el intercambio de ideas.

7. En la misma conferencia, comentaste que la virtud de la obra literaria de Sergio Pitol —reconocida recientemente con el Premio Cervantes— se debía a la renovación que le habían otorgado veintiocho años de residencia en el extranjero. Desde 1996 tus estancias en México han sido esporádicas, y recientemente mencionaste que te has establecido en España ¿Estás buscando lo mismo para tu literatura? ¿En verdad consideras necesario alejarte del país para escribirlo fielmente?

JV: Yo salí de México a estudiar un doctorado en 1996, y desde entonces paso largas temporadas fuera de mi país, aunque regreso con mucha frecuencia. No creo que viajar te haga mejor escritor, pero sí te da una visión más amplia de las cosas. Yo no vivo ahora entre San Sebastián y México para ser mejor escritor, sino para vivir más feliz. Eso es todo.

8. Después del éxito editorial que representó En busca de Klingsor, El fin de la locura tuvo un recibimiento más modesto. ¿Esta tendencia influyó de alguna manera en la concepción de la novela que habrá de completar la “Trilogía del Siglo XX”?

JV: Cuando terminé con Klingsor, me empeñé en escribir una novela que fuera completamente distinta. Allí yacen tanto las virtudes como los defectos de El fin de la locura. Para No será la Tierra he vuelto a disfrutar de una libertad y una tranquilidad completas y, si bien sé que es arriesgado decirlo, creo que es la mejor novela que he escrito hasta ahora, por mucho.

9. Has dedicado mucho tiempo a la escritura de la Trilogía que culminará con la publicación en septiembre de No será la tierra. ¿Cuáles son tus proyectos futuros?

JV: Por ahora no tengo ninguno más que descansar. Para mí terminan diez años de escritura, más de 1500 páginas y un mundo que necesito cerrar.

10. Teniendo en cuenta lo que está sucediendo en México a raíz del proceso electoral, ¿qué opinas de la división radical de los intelectuales mexicanos, y qué consecuencias crees que pueda traer esto para la propia intelectualidad? Recordando la novela 2666, de Roberto Bolaño, y el comentario que hiciste de la misma, ¿cuál piensas que debe ser el papel político de un intelectual? En lo personal, ¿cuál es tu posición frente a la realidad que vive México hoy?

JV: Igual que Bolaño, creo que se puede ser un escritor político sin ser un escritor comprometido. Es decir, hablar de lo que ocurre a nuestro alrededor pero sin el aire dogmático de otras épocas. Lo que pasa ahora en México es muy complejo y doloroso. Vivimos el peor escenario posible, con un López Obrador decidido a convertirse en revolucionario —o por lo menos a usar un discurso y unos medios que parecen robados al subcomandante Marcos— y un Felipe Calderón que no parece capaz de conciliar con los sectores más agraviados y desfavorecidos. En lo personal, creo que López Obrador debe respetar la resolución del Tribunal Electoral, acabar con la supuesta “resistencia civil” y, eso sí, convertirse en un muy incisivo y molesto líder de la oposición, capaz de cuestionar cada acto de gobierno de Calderón y de mostrar sus verdaderas implicaciones para los más desfavorecidos.


Posted: April 7, 2012 at 8:36 pm

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