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Abbas Kiarostami: los pequeños desafíos de un artista portentoso

Abbas Kiarostami: los pequeños desafíos de un artista portentoso

Naief Yehya

Debe haber sido en 1991 o un año después cuando tuve oportunidad de ver ¿Dónde queda la casa del amigo? Una película iraní sencilla y poderosamente emocional de 1987 que contaba una anécdota mínima: un niño de unos ocho años buscaba por todos lados en un pueblo vecino a un compañero de la escuela para devolverle un cuaderno que él había tomado por error y que si su amigo no tenía al día siguiente sería expulsado. Los actores eran amateurs, nativos de la remota locación montañosa donde se filmó la película. El trabajo de cámara denotaba una aparente espontaneidad que recordaba el cine de Bresson y la narrativa era a la vez ingenua e intensa, humorística y ligeramente perturbadora, en un tono que parecía evocar a Truffaut. Esta historia simple de responsabilidad y camaradería podía interpretarse como un manifiesto sobre la decencia y la honestidad en un momento en que las relaciones de ese país con Occidente, y en particular los Estados Unidos, estaban dominadas por la sospecha, la controversia política y la amenaza. Este filme, conocido como la primera parte de la trilogía de Koker (por la localidad donde fue filmado), es una de esas obras que no se olvidan fácilmente y fue mi primer acercamiento a los filmes  de Abbas Kiarostami. A partir de entonces quedé obsesionado con su estilo y desesperado por ver el resto de su obra. Aunque parezca difícil de creer, hubo una era prestreaming y preNetflix en la que, en Nueva York, no era fácil tener acceso al cine de un país considerado enemigo, por lo que pasó bastante tiempo hasta que tuve oportunidad de ver otra cinta de este autor. Afortunadamente la Film Society del Lincoln Center de Nueva York estaba dirigida entonces por Richard Peña, un gran admirador y amigo de Kiarostami, quien se dedicó a difundir el cine iraní en los Estados Unidos, labor que hizo de manera extraordinaria.

Cuando se exhibió A través de los olivos, de 1994, no quedó duda de que estábamos ante un cineasta prodigioso, un autor complejo que disertaba en torno a la vida y el cine con gran talento. Kiarostami tenía una comprensión privilegiada de la forma en que la representación y la ilusión configuran la experiencia y viceversa, y era capaz de revertir las fórmulas y de reinventar la relación entre la pantalla y el espectador. Kiarostami empleó con originalidad el formato del filme dentro de un filme, disolviendo la historia en una trama aparentemente documental hasta el punto en que se perdían los referentes y la realidad se transformaba en una más de las posibilidades de la ficción.

Tuve la fortuna de ver una amplia retrospectiva del cine iraní organizada bajo la dirección de Peña, con toda la obra hasta ese momento de Kiarostami, incluyendo los sensacionales cortos educativos con que comenzó su carrera y con los que aprendió el oficio de hacer cine, filmando para el Instituto de desarrollo intelectual infantil y de jóvenes adultos. Kiarostami aseguraba que debía su formación como artista y el privilegio de no haber tenido que hacer cine comercial a esos cortos pedagógicos. También ahí pude descubrir un gran número de cintas clásicas pre revolucionarias así como el cine de la transición y la filmografía completa de otro de los grandes maestros del cine iraní, Mohsen Mahmalbaf. El clímax de esa serie fue sin duda ese prodigio incomparable y lamentablemente poco conocido que es Close-Up, de 1990, una cinta hipnótica que parte de un hecho real el cual Kiarostami convierte en cine para hacer una inquietante reflexión sobre la cinefilia y la identidad. Este trabajo es una docuficción inspirada en el caso de un hombre que se hizo pasar por Mohsen Makhmalbaf y trató de engañar a una familia con la promesa de que filmaría su próxima película en su casa y con sus hijos. El hombre fue arrestado y Kiarostami filmó el juicio. Pero el elemento innovador fue que después recreó el episodio con los propios protagonistas: el impostor, Makhmalbaf y la familia. De esta manera el cineasta revelaba la mecánica de la construcción de una historia a través del azar, los hechos reales y la fluidez de la inventiva fílmica. Con esos elementos se construía la visión poética y filosófica de un autor que fue también pintor, publicista, ilustrador y escritor. Otro de sus grandes experimentos fue La vida y nada más…, de 1992, en la que cuenta su regreso a la zona donde filmó Donde está la casa del amigo, después del terremoto que devastó esa zona en 1990, en busca de los protagonistas de aquella película. Todos los temas de su cine están presentes ahí, la búsqueda, la solidaridad, la corrupción y la compasión. Su estilo en gran medida pasó a ser considerado sinónimo del cine iraní contemporáneo.tumblr_nqcu91io2t1qej1i6o1_1280

Kiarostami comenzó su carrera antes de la revolución iraní pero realmente despegó en la era de los ayatollahs. A pesar de que sabía que tendría que contender con la censura puritana que imponía el régimen de Khomeini, para él resultaba inconcebible el exilio. Se imaginaba a sí mismo como un árbol que si se arrancaba para sembrarse en otro lugar nunca más daría frutos. Su cine no fue directamente político y evitaba cualquier referencia religiosa, a menos de que fuera inevitable. Trabajó dentro el sistema, convirtiéndose en un fabuloso simbolista, empleando metáforas y jugando con la ironía para confundir y engañar a los censores de manera semejante a lo que hicieron cineastas como Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem y Victor Érice bajo el franquismo. A diferencia de varios de sus colegas Kiarostami nunca fue encarcelado o reprimido por el Estado y sólo al final de su vida comenzó a ser censurado. No obstante, vivió tiempos turbulentos y fue víctima de la vejación insolente de la ignorancia cuando en plena paranoia del post 11-S se le negó la visa para presentar un filme en el Festival de cine de Nueva York, de 2002.

Muchos descubrieron a Kiarostami por su película El sabor de la cereza, de 1997, la cual ganó la Palma de oro en Cannes. En esta se muestra a un hombre que maneja aparentemente a la deriva por carreteras rurales en busca de alguien que lo ayude a quitarse la vida por razones que desconocemos. El protagonista pregunta a la gente que se encuentra en el camino si pueden, a cambio de dinero, pasar a las seis de la mañana del día siguiente a la fosa que él ha cavado para sí mismo y llamarlo. Si responde, sólo deben ayudarlo a salir de ahí; si no lo hace, deben cubrir su cuerpo con tierra. Hay algo inquietante y potencialmente perverso en la forma en que el hombre se aproxima a los extraños y les hace su delirante propuesta; sin embargo, lo que parece simple locura tiene sus razones en la prohibición del suicidio en el islam. Con lo que el filme resulta un vago comentario respecto de la teocracia dominante y la manera en que esa ideología estaba asfixiando o enterrando la cultura y vitalidad de ese país.

A Kiarostami le encantaba filmar gente manejando, estaba fascinado por la disposición que imponía el auto a los pasajeros y conductor, por la concentración requerida, por ser un espacio privado e íntimo y, a la vez, público y externo. El auto permite interactuar sin que los involucrados tengan que mirar a su contraparte o bien requerir de planos contra planos para filmarlos. Con ese entusiasmo realizó Diez, en 2002, en el cual una mujer conduce acompañada por otras mujeres con las que conversa. El filme consiste en diez tomas largas de close ups en las que la charla toma una variedad de giros y apenas oculta una crítica a una sociedad conservadora que reprime brutalmente a la mujer. Este fue su primer filme enfocado en la experiencia femenina y no fue visto con buenos ojos por las autoridades censoras iraníes. Kiarostami había optado por filmar niños debido a que, de esa manera, evitaba polémicas y censura. Filmar mujeres para él resultaba un problema ya que, de hacerlo en su hogar o en cualquier espacio íntimo, lo natural sería que aparecieran con la cabeza descubierta pero debido a las normas del pudor eso no podía mostrarse en el cine. Así que su negativa era una forma de manifestar su incomodidad; sin embargo, llegó un momento en que se negó a seguir siendo cómplice del sistema. A partir de Diez, todos sus filmes tenían protagonistas femeninas cautivadoras, fuertes e interesantes.

Debido al deterioro de las condiciones de trabajo en su país, las restricciones para viajar y la desconfianza de las autoridades por los reconocimientos internacionales de que era objeto,  a comienzos del siglo XXI Kiarostami decidió filmar en el extranjero. En 2010 en Italia hizo Copia certificada, con Juliette Binoche y William Shimell, en la cual enfatizaba su interés por las relaciones humanas, las apariencias y las emociones en otra historia minimalista. A este le siguió Como alguien enamorado, en 2012, filmado en Japón, en el que un profesor (Tadashi Okuno) contrata a una joven estudiante que por las noches trabaja como prostituta (Rin Takanashi) sólo para compartir una cena en casa y tener una conversación. Sin embargo, la joven tiene un novio celoso (Ryo Kase), que no sabe de su trabajo nocturno y, al descubrirlo, se enfurece y trata de castigar al profesor. Estos filmes cosmopolitas e interpretados por actores profesionales estaban geográficamente retirados de su Irán natal; sin embargo, conservaban su obsesión por el cine como dispositivo de reflexión y proyección.

En marzo de 2016 Kiarostami fue diagnosticado con cáncer gastrointestinal. Tras varias intervenciones, murió en París el 4 de julio de 2016 a los 76 años. No es una exageración señalar con Jean Luc Godard que: “El cine comienza con D.W. Griffith y termina con Kiarostami”. Este era un cineasta que decía no inventar nada, sino que sólo encontraba y observaba. En su observar reconocemos una atracción por ciertos pequeños (y no tan pequeños) desafíos a la autoridad y al orden, desde el niño que ignora las indicaciones de sus padres y se aventura a viajar a Teherán para ver un partido de futbol, o bien, en el chico que se arriesga a buscar a un compañero de la escuela sin saber su dirección, hasta las mujeres que conducen autos en una sociedad misógina y hostil. Esos pequeños desafíos se traducen en un estímulo revolucionario y transgresor muy necesario en una era de nihilismo, guerra, caos y pobreza espiritual. Perder a Kiarostami justo en un tiempo en que las relaciones entre el mundo islámico y Occidente son catastróficas, hace su muerte aún más trágica y dolorosa.

Naief-Yehya-150x150Naief Yehya es narrador, periodista y crítico cultural. Es autor, entre otros títulos, de Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios (Planeta, 2013) y de la colección de cuentos Rebanadas (DGP-Conaculta, 2012). Es columnista de Literal y de La Jornada Semanal. Twitter: @nyehya


Posted: July 11, 2016 at 11:32 pm

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