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Al ritmo de Mathias Goeritz

Al ritmo de Mathias Goeritz

Miriam Mabel Martínez

Al leer a Parménides García Saldaña los pies empiezan a moverse, unas descubren a su Chica alborotada interior, otras se asumen las novias un poco locas y otros se coronan como El rey Criollo. Leerlo es bailar rock and roll y también descubrir una Ciudad de México en transformación, en sus cuentos el desparpajado y divertido Distrito Federal de Chava Flores, empieza a tomar un aire más funcionalista y cosmopolita, no sólo se trata de la juventud escuchando rock & roll, sino de la propia urbe asumiéndose parte del mundo y adoptando a artistas visionarios como Mathias Goeritz.

En 1955 Gloria Ríos, acompañada por la orquesta de Chucho Hernández, introduce en México un ritmo que en Estados Unidos ya era considerado rebeldía pura: el rock & roll había llegado para definir el resto del siglo XX. En esos mismos años Luis Barragán y Mathias Goeritz proyectan las Torres de Satélite, configurando la entonces ciudad futura. Luego, nada sería igual, ni siquiera la relación entrañable que hasta ese momento existía entre el arquitecto jalisciense y el artista de origen alemán, cuyo intercambio creativo reconfigurara el rostro de México, haciéndolo contemporáneo del mundo. Son los fabulosos años cincuenta en los que el twist hace bailar a los treintañeros y a los adolescentes. La instrucción es Aviéntense todos.

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La energía del Hanky Panky no sólo hizo cantar a la novia, a la suegra y a la hermana sino a los intelectuales, sobre todo este sonido impulsó una revitalización intelectual que se convirtió en un parteaguas del siglo XX mexicano. La generación del medio siglo, el grupo Nuevo Cine, el Movimiento de la Ruptura, los muchachones escritores de “la onda”, los rocanroleros que se convierten en los cronistas del momento contándonos historias de rebeconas que hacen volar a sus compañeros, de presumidas que no pueden dejar el caviar o que manejan autos a gran velocidad. Y al ritmo acelerado del rock & roll, el arte y la arquitectura mexicana integran a su historia a Mathias Goeritz. Su obra es refrescante y también nos enseñaría a soltarnos el pelo, a quitarnos la corbata, a vestir jeans y hablar de hombres ilustres desde otro enfoque: el cotidiano. La cultura pop y la alta cultura unidos por el Bule bule.

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Así como el rock and roll nos mostrara otra manera de ver, Goeritz nos enseñó a definir la ciudad desde otra perspectiva más lúdica. Su visión corre paralela a un mundo que se reinventa, y él –como un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, con una educación erudita y un desarrollo creativo nómada– tuvo la oportunidad de alimentar su alma rebelde desde distintas tradiciones. Siempre inconforme, hizo de su arte una revolución. Tal como lo planteó en su momento la aparición del rock en el mundo. Su llegada a México en 1948, fue tan provocativa como la llegada del rock. Su propuesta es tan alentadora y renovadora que, como ya lo advierte Chuck Berry, en su Rock around the clock, pareciera advertirle a la tradición las nuevas noticias. El paso por España de Goeritz así lo constata con la fundación de la Escuela de Altamira y su discurso crítico e irónico de su debut y despedida de la Academia de la Crítica.

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Este artista alemán, como ya lo había aprendido en su éxodo por el mundo, huyendo de la guerra, no tenía nada que perder y sí todo por ganar. Su postura frente al arte fue crítica y bien fundamentada. Sus estudios en artes y su doctorado en filosofía e historia del arte en Berlín son la base de una visión que se fue ampliando en su exilio. Desde su llegada a la entonces recién inaugurada Escuela de Arquitectura de Guadalajara, para dar el Taller de Educación Visual México e invitado por el arquitecto jalisciense Ignacio Díaz Morales, se convirtió en punto de referencia. Su personalidad e inteligencia pronto le ganaron amistades, como el ingeniero Luis Barragán y el pintor Jesús Reyes Ferreira, su trabajo conjunto transformó la arquitectura Mexicana y los tres se convirtieron en protagonistas de la historia del arte –y no sólo la mexicana.

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Así como el rock & roll transformó a la sociedad mexicana conservadora –que en los cincuenta se resistía a entrarle a los covers divertidos, cafeterías, vestimentas de una generación satanizada en todo el orbe–, las enseñanzas de Goeritz –de avanzadísima y llenas de sentido del humor– se toparon con resistencias, pero también pronto encontraron sus groupies, como el empresario Daniel Mont –un mecenas excentriquísimo– que le pidiera, en 1953, hacer “algo”, lo que quisiera con libertad absoluta, y Mathias construyó el Museo Experimental el Eco y la teoría de su Arquitectura Emocional.

La personalidad de Goeritz se sumó a las vanguardias a la mexicana que otros intelectuales ya estaban urdiendo. La región más transparente, esa de Carlos Fuentes, se convertía en un verdadero laboratorio. Mientras en los garajes de las casas de las familias clasemedieras mexicanas, pubertos y adolescentes repetían los acordes del alocado rock & roll y le daban duro al trombón, otros jóvenes –en sus veinte y treinta– se enamoraban de la pintura abstracta, de la pluma de Ernest Hemingway, descubrían al también joven Truman Capote, se fascinaban por el cine francés y armaban tertulias en los cafés de la Zona Rosa. La creatividad hervía en todos los rincones de una Ciudad de México, que desde sus 2400 metros sobre el nivel del mar se asumía un laboratorio. Con su recién estrenada Ciudad Universitaria se plantaba como el modelo a seguir. Aquí todo podía pasar, todo ya estaba pasando, Mathias Goeritz era parte de este movimiento; su aportación teórica, estética y práctica, ya fuera en el salón de clases, a través de la escultura, en experimentos formales en pintura, la continua investigación de su arquitectura emocional como en sus manifiestos contribuía a la gestación de la modernidad mexicana.

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Por un lado, el México conservador temblaba por los ingeniosos covers de los Black Jeans, los Teen Tops, Los Rebeldes del Rock, Los Locos del Ritmo (famosos por sus composiciones originales, Tus ojos), sin aceptar que el mundo ya temblaba al ver a las chamaconas con falda a las rodillas y movía las caderas siguiendo los acordes del rock, que ya no se iría nunca más; como tampoco se fue la aportación artística de Goeritz, quien además se convirtió en puente de la vanguardia internacional y la nacional: están sus poemas visuales (Pocos locos cocodrilos) que hace casi simultáneamente al planteamiento de la poesía concreta en Brasil. Su obra está plagada de sentido del humor y crítica aguda, como la expresada en su Manifiesto –y acción– de Los (H)artos. Experimental y atrevido, hizo también de la ciudad un museo: en el Pedregal aún se puede admirar su famosa escultura de la serpiente, las Torres de Satélite son ya patrimonio urbano, sus biombos inspirados en la cultura huichol son parte de la colección moderna del Museo Nacional de Antropología, la Ruta de la Amistad nos recuerda su pensamiento colaborativo… al seguir sus pasos en este 2015 llegamos a la celebración del centenario de su nacimiento (aunque un artista de su calidad y compromiso, no necesita pretextos para recordarlo) y a una gran exposición-homenaje realizada por Fomento Cultural Banamex y el Museo Reina Sofía de España: Mathias Goeritz. El retorno de la serpiente. Esta muestra curada por Francisco Reyes Palma es un gozo para la vista y para el corazón,  y que tal como cantaran Los Locos del Ritmo, “es un dulce canto que me hace soñar”.

Locos del ritmo

Palacio de Cultura Banamex, ciudad de México, hasta septiembre de 2015 / Museo Amparo, Puebla, octubre de 2015 – febrero de 2016

  Miriam Mabel Martínez es narradora y coordinadora editorial de la revista Nat Geo Traveler. Es colaboradora de Literal.


Posted: September 9, 2015 at 9:02 pm

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