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American Dirt o cómo parecer de México y triunfar en la vida
COLUMN/COLUMNA

American Dirt o cómo parecer de México y triunfar en la vida

Alberto Chimal

La novela American Dirt (Tierra americana) de la escritora estadounidense Jeanine Cummins –que todavía se puede considerar una novedad editorial en el momento en que escribo esta nota– recibió el apoyo de una campaña millonaria de promoción: de las que se dan a muy pocos lanzamientos editoriales cada año en su país de origen y siempre prometen gran éxito.

Desde el principio, la campaña insistió en sus propios gastos exorbitantes como si American Dirt fuera no un libro sino una película de Hollywood: la historia de un triunfo. Cummins –autora especializada en “el tema del trauma”, que hasta aquel momento había publicado un par de novelas de poco éxito y un libro de memorias– firmó un contrato de edición de al menos un millón de dólares (“a seven-figure deal!”) tras una puja entre nueve editoriales. Flatiron, perteneciente al grupo McMillan, fue la empresa ganadora e invirtió aún más dinero en hacer un primer tiraje de 500,000 ejemplares, con la intención de que la novela llegara lo mismo a supermercados que a librerías de prestigio. La editorial logró también obtener reseñas elogiosas previas al lanzamiento en medios tan prestigiados como el New York Times y Kirkus Reviews, así como muestras de apoyo de celebridades desde Stephen King y Don Winslow hasta Salma Hayek y Yalitza Aparicio. Finalmente, Oprah Winfrey seleccionó a American Dirt para su Club del Libro, uno de los más importantes “árbitros del gusto” lector en los Estados Unidos y un reconocimiento que influye decisivamente en las cifras de venta en las librerías y los criterios de selección de educadores y bibliotecas. Nada menos que Sandra Cisneros describió a American Dirt como “no solamente la Gran Novela Americana, sino la Gran Novela de las Américas”. Una traducción al castellano ya fue lanzada también en los Estados Unidos por Vintage Español, y la edición mexicana de la misma debe estar a punto de aparecer, si no lo ha hecho ya. Cerrando el círculo, ya está firmado el acuerdo para la adaptación cinematográfica.

American Dirt es una “novela sobre migrantes”: una ficción basada, según su autora, en años de investigación. Su protagonista es Lydia Quixano, mexicana, dueña de una librería en Acapulco y esposa de un periodista que publica denuncias de un cártel local. Cuando el esposo, y más de una docena de otras personas, son asesinados a tiros por los narcos durante una fiesta de quince años, Lydia consigue escapar de la masacre con su hijo Luca y decide huir de México a los Estados Unidos. El viaje incluye intrigas, traiciones y más episodios violentos que culminan en un tramo sobre el techo de un tren de carga que va hacia la frontera –la famosa Bestia–, y tal vez la novela podría haberse publicado como un mero page-turner, un thriller sin mayores aspiraciones que su escenario inusual para un lector estadounidense “promedio” (es decir, blanco, anglosajón y protestante).

Sin embargo, como se puede ver por el elogio de Sandra Cisneros, el libro fue anunciado también como una obra señera, relevante para una época en la que el gobierno estadounidense lleva a cabo políticas abiertamente discriminatorias contra migrantes, separa familias de refugiados que llegan a la frontera entre México y Estados Unidos y se empeña en fomentar el odio racial entre los seguidores del Partido Republicano. Ciertamente sería una gran hazaña que un libro pudiera ayudar a la comprensión de las dificultades de la migración entre la “mayoría” (de nuevo: la población blanca, anglosajona y protestante) de los estadounidenses, que suele estar muy poco informada e ignorar todo sobre “latinos” y “extranjeros” salvo los clichés difundidos por los medios masivos (o, peor, por los canales de información explícitamente racista y alineada con el régimen de Trump, desde Fox News hasta Breitbart). De acuerdo con Cummins, ella –ni mexicana ni migrante; presumiblemente capaz de juzgar la situación objetivamente por no ser una parte interesada de la misma– estaba en la posición de “ser” ese puente necesario, y estaba interesada en “dar una cara” a los migrantes, frecuentemente “retratados como una masa café, sin rostro”. La frase puede sonar insultante, pero por desgracia describe una limitación real de la cultura estadounidense, en la que persisten muchas formas de racismo encubierto, profundamente enraizado y del que no se habla; Cummins ha dicho que se preocupó también por mantener una postura apolítica, arguyendo que tanto republicanos como demócratas usan a los migrantes para sus propios fines partidistas, y que su objetivo era “humanizar”, simplemente, a quienes intentan llegar a los Estados Unidos en busca de una vida mejor.

¿Logra el libro su presunto cometido? American Dirt es polémico ahora debido a una reacción muy fuerte en su contra por parte de autores, periodistas y lectores mexicoamericanos. Su movimiento, con precedentes pero tal vez más significativo que la propia American Dirt para el momento actual, fue iniciado por Myriam Gurba, escritora y artista que criticó duramente la novela en una reseña publicada en internet en diciembre de 2019 y difundida por ella misma en redes sociales. Una segunda reseña del Times, más crítica, y varias otras han aparecido desde entonces. El escritor y profesor David Bowles abrió otro frente de la discusión al relacionar la novela con las desigualdades del propio medio editorial estadounidense. La etiqueta #DignidadLiteraria se está utilizando para mantener “vivo” el tema y resaltar las desigualdades que sus proponentes intentan combatir.

A juzgar por lo que ellos dicen, y por las muestras que yo mismo he podido revisar, la novela falla en casi todo. Es un libro que se deja leer fácil y rápido (lo cual es una proeza mucho más frecuente de lo que creen algunas personas), y ciertamente da nombre a sus personajes y describe sus rostros individuales, aunque también les da una fijación más bien inverosímil en los tonos de café de su propia piel y las de quienes los rodean. Pero

  1. está lleno de inexactitudes y falsedades sobre la vida en México, desde modismos regionales hasta datos sobre costumbres y cultura material, que sugieren una investigación descuidada y superficial (la escritora mexicana Edna Montes ha hecho una lista en español de muchos de estos errores, que incluyen, por supuesto, el apellido Quixano y el nombre Luca, no imposibles pero de ninguna manera comunes en México, como sugiere Cummins);
  2. no se escapa de ningún estereotipo de “lo mexicano”, incluyendo la mujer sexy y peligrosa, el criminal seductor o la heroína de melodrama tan inocente que parece estúpida: por ejemplo, al comienzo de la novela, Lydia coquetea con un cliente de su librería, atractivo, bigotón, de aspecto refinado…, que resulta ser el líder del cártel, y ella no se da cuenta a pesar de que su marido dedica su vida a investigarlo;
  3. tiene una redacción frecuentemente torpe, lo cual no es una ofensa contra la cultura mexicana o la experiencia mexicoamericana sino contra la lengua inglesa, y
  4. tal vez por mantenerse alejada de lecturas “politizadas”, o porque no desea complicar el entretenimiento de sus lectores potenciales, se queda muy, muy corta a la hora de examinar las causas de fondo, el contexto social y político, de las aventuras de sus personajes: los buenos son muy buenos, y los malos malísimos, pero sólo porque sí, porque México es un país salvaje y atrasado como por arte de magia, uniformemente, y desde siempre. Nunca se habla de la complejidad de la vida en diferentes regiones del país; nunca se menciona el papel de Estados Unidos como país consumidor de drogas y suministrador de armas a los cárteles; nunca se discute la corrupción ni el racismo al norte del Río Bravo.

Este es, pues, un libro insuficiente en el mejor de los casos, y en el peor deliberadamente deshonesto. Se puede escribir de la experiencia ajena si se le investiga, si se intenta al menos la aproximación a la conciencia de un “otro” (de lo contrario, ninguna ficción sería posible), pero American Dirt no lo hace realmente: por el contrario, se propone emocionar, sí, pero también sanitizar y simplificar las dificultades de la migración y crear un libro deliberadamente fácil, que resuelve todos los problemas de su mundo narrado en su propia conclusión y no alienta ninguna reflexión posterior. Una lectura entretenida y útil, cuando mucho, para expiar una culpa social: para dar la oportunidad a algunos lectores de decir “ahora sé que algunos migrantes también sufren”.

Y hay un problema aún mayor.

Myriam Gurba cuenta haber escrito su reseña de American Dirt por encargo para la revista feminista Ms., que después la rechazó por considerar que era demasiado negativa y su autora “no tenía suficiente prestigio” para escribir algo así. Ella escribe, pues, desde una posición que frecuentemente se considera “de resentimiento” pero es muy conocida por autores estadounidenses de origen hispanoamericano, y en especial mexicano: tiene la conciencia de pertenecer a un grupo que se considera –aunque rara vez se admita– de segunda clase en el mejor de los casos, y que por lo general queda fuera de toda discusión acerca de lo que es la cultura estadounidense más allá de las obras y opiniones de su (una vez más) “mayoría”.

Una nota sobre American Dirt aparecida en el diario La Jornada, con opiniones de David Bowles, Valeria Luiselli y yo mismo, cita algo que dije: que el libro es el producto de una “apropiación cultural” de la experiencia de los migrantes. El término me valió algunas respuestas en redes sociales de personas en desacuerdo con la idea de “apropiación” como algo negativo. Toda cultura se nutre de las demás, me dijeron, y también que tal o cual sector “radical” emplea la palabra para hacer ostentar su superioridad moral e intentar poner límites a lo que en realidad es un proceso necesario y probablemente inevitable. Es verdad que ninguna cultura puede existir en absoluto aislamiento, y que la idea de apropiación, que tiene una carga muy negativa en las discusiones culturales en los Estados Unidos, pierde muchos de sus matices cuando sale de ese entorno cultural. Pero también creo que el problema de fondo de American Dirt sí es, para decirlo claro, uno de desigualdad.

La apropiación realizada por Cummins es asimétrica, alevosa: no por sus deficiencias sino porque se da en circunstancias de disparidad, en un “campo de juego” que no está nivelado, para traducir literalmente un modismo del inglés. No es (como han querido argumentar algunos de sus defensores) que ahora se intente negar a Cummins el derecho de escribir de lo que quiera por no ser de tal o cual grupo étnico. Una autora ajena a la cultura mexicoamericana puede hacer lo que Cummins –con todos los falseos y torpezas de su libro– y ser pagada generosamente por ello; ¿podría suceder lo opuesto? ¿O podría suceder que una persona entre los miles de mexicoamericanos que ya han escrito sobre migración, en ocasiones de manera brillante, pudiera llegar a tener las mismas oportunidades y beneficios que ella ha tenido? Hasta el momento no ha pasado, y lo que se ve, por el contrario, es una enorme falta de diversidad en el medio editorial estadounidense que no refleja sus propias estadísticas de población. 76% del personal de las editoriales, los reseñistas y los agentes literarios son blancos…, lo cual no es únicamente un señalamiento del color de su piel sino de los contextos en los que más probablemente se formaron y la información a la que tienen acceso. Por ejemplo, un dato anecdótico que ha salido a la luz en los últimos días es que las grandes editoriales de Estados Unidos tienen su pequeño porcentaje de libros latinos, pero la cantidad de títulos y el origen de sus autores refleja la proporción de habitantes de origen hispanoamericano en Nueva York, donde las editoriales tienen sus sedes, y no en todo el país.

En todo esto se ven otras consecuencias del racismo sistémico, frecuentemente invisible, de los Estados Unidos. Y ni pensar en qué necesitaría una persona mexicana, escribiendo desde México, para tener una acogida semejante a la de American Dirt. En realidad, algo así es tan improbable que no tiene sentido buscarlo: sólo un autor o dos de cada generación consigue ser el token latino en aquel mercado tan insular, y ni siquiera Isabel Allende o Gabriel García Márquez llegaron a obtener, hasta donde sé, lanzamientos semejantes a los de Cummins. Pero el camino tendría que pasar, de cualquier manera, por representar los clichés de la mexicanidad en la escritura y hasta fuera de ella: “actuar la propia identidad”, como escribió recientemente el poeta Pedro Poitevin, y ceñirse a los temas “correctos”, tratados del modo “correcto”, para satisfacer las expectativas más estrechas posibles.

Durante décadas, un par de frases del cuento “Las dos Elenas” de Carlos Fuentes se repitieron en México –fuera de su contexto preciso– como una declaración o un mandato respecto de estos temas: “Tenemos que ir vestidos de murales mexicanos. Más vale asimilar eso de una vez”. Pero tal vez sería hora de preguntarse no sólo qué dice el resto de aquella narración, sino cómo podemos dar la vuelta a las que se cuentan sobre nosotros, y en nuestro nombre.

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.


Posted: January 28, 2020 at 10:48 pm

There are 2 comments for this article
  1. Pingback: Tierra mexicoamericana – Alberto Chimal
  2. Frank Aguilera at 6:03 am

    Me ha parecido acertada la opinión de Alberto Chimal acerca de la novela de Jeaninne Cummings. Vi una entrevista de la autora con Oprah Winfrey por YouTube, y también leí una entrevista hecha por el New York Times. Resalta la visión identitaria que la autora tiene de sí misma, una visión que delata un grave conflicto interior. Declara ser de origen puertorriqueño e irlandés, pero criada y formada en un ambiente enteramente blanco. Hasta hace poco tiempo se declaraba abiertamente como persona blanca, aunque su apariencia es de mujer mestiza. A raíz del escándalo publicitario provocado por su novela American Dirt, procedió a Re identificarse como Latina. El mismo título de la novela contiene una ambigüedad negativa, ya que la palabra dirt, aparte de significar tierra, tiene también el muy común significado de suciedad. No es nada difícil entender a quienes se refieren. En la entrevista Cummings da la impresión de vivir en un estado de ansiedad perpetua provocado por el color de la piel, la de ella y la de los demás. El color blanco parece tranquilizarla, y el café, o marrón, le sobre estimula la ansiedad, Declara que personas de color más café que el de ella podrían escribir mejor lo que ella hizo. En cierto sentido, Cummings refleja el racismo blando de la gente blanca liberal, y su condescendencia hacia los que no son como ellos. Jeaninne es la imagen de la raza blanca en un espejo quebrado. Los racistas extremos son por lo menos más claros, y ni siquiera se molestarían en publicarla. Cummings es una víctima más de las editoriales oportunistas, quienes encontraron en ella a un Uncle Tom para estos tiempos confusos.

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