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Casa de cielo

Casa de cielo

Ana García Bergua

Todos los lectores ejercitamos una especie de sentido de la orientación, especialmente en la narrativa. Así, nuestra primera inquietud consiste en preguntarnos hacia dónde va el texto que abordamos, como si echáramos a andar en un paseo con rumbo desconocido y sin darnos cuenta leemos buscando coordenadas. Esto viene muy a cuento en Casa de cielo, de Héctor Perea. Como él mismo lo ha señalado, sus cuentos provienen de paseos por Roma y la Ciudad de México –saliendo de Puebla, pienso yo. Paseos en los que quizá, como en uno de estos relatos, donde una niña y su padre visitan un museo de espacios vacíos, peludos, pegajosos y performanceros, el lector termine caminando por el techo, amarrándose y desamarrándose las agujetas a cada paso para no caer.   

No sé por qué los cuentos de Héctor Perea me hacen pensar en Efrén Hernández, en esa imaginación que de plano se va por las grietas, por las sombras que cruzan un muro o las penumbras de la imaginación. Alguien entra por una puerta, alguien escucha una historia y ve pasar una sombra, alguien se pone lentes, alguien va a un museo, alguien maneja por la carretera para llegar a un hospital, alguien va a un congreso en Roma: así podrían definirse las premisas de algunos de los cuentos-paseos de Casa de cielo. A partir de ahí, cualquier cosa puede suceder, en el espacio abierto o cerrado, en el sueño, en el recuerdo, afuera o adentro del cuerpo. Como bien dice Mónica Lavín en su breve pero muy sustancioso prólogo al libro, “no es posible trazar una línea divisoria entre el arte y el contexto, entre la pieza de museo y la vida, entre la percepción y el suceso, entre lo vivido y la memoria, entre el tiempo detenido y el que corre pues todo cabe en el retablo de claroscuros de la experiencia humana donde el cuento es rendija y lupa.”

Rendija y lupa y también voz, flujo de conciencia y de inconsciencia que no para mientes en muros, espacios y seres, inmaterial como una fotografía, sombra o sueño. Así, los cuentos de Casa de cielo suceden de maneras extrañas adentro y afuera de los personajes, en las grietas, las sombras, las cavidades y la ensoñación, en todos aquellos sitios por donde la realidad se desliza o se derrama como agua, como luz, como aire y viento. Cuentos líquidos para una cultura líquida, para el mundo líquido en el que estamos viviendo ahora. Nunca sabremos bien qué va a hacer a la Ciudad de México el hombre que maneja por la carretera en su Porsche amarillo 911, por qué el hombre del estacionamiento le entrega un cepillo de dientes, lo que sí sabemos es que está a merced del aire, del viento y del tiempo que corroe todo lo que hacemos. Tampoco entenderemos cómo un poco de sangre que corre de una herida de la lengua y se traga puede producir una inversión total del interior del cuerpo a la realidad y viceversa. Desde el primer relato del libro, en el que un personaje abre una puerta y otro lo ve abrirla adentro de la habitación, Perea nos propone, quizá nos advierte, de la perspectiva poliédrica con que emprende sus historias: trayectos escherianos donde lo menos importante es el establecimiento de una verdad narrativa, pues al parecer son muchas las verdades o los planos de verdad con que el lector se topa y lo más importante es que unas verdades estén más inventadas que otras, a fin de cuentas todo es invención y de eso se trata el juego. “Y fue entonces cuando escuché el rumor, nacido al lado o dentro de mi oído, de que jamás podría olvidar a esa mujer llena de manías, que contaba cosas, con imágenes y movimientos, seguramente inventadas”, dice, por ejemplo, en el cuento “La memoria encubierta” y así nos da quizá una pequeña clave de lo que sucede en su narrativa: el rumor nace afuera o adentro del oído, la historia nace adentro o afuera y ese recorrido entre el adentro y el afuera es lo importante, esa revelación que supone para el escritor el atisbo de un momento, una grieta, una luz, una mujer que cuenta lo mismo siempre a otra mujer que la escucha conmovida. El misterio de una historia que no termina de revelar su naturaleza y el escritor como un peeping Tom que la atisba. Esos misterios se despliegan siempre de maneras desconcertantes: el hombre que flota en la limonada y el hombre que trata de salvarlo afuera del vidrio, de que se lo beba otro hombre que podría ser él mismo. La pareja que fantasea con devorarse mientras espera la carta en un restaurant. En esa multidimensionalidad también los niños juegan el papel de los grandes subvertidores de la realidad, los que son capaces de vivir en el mundo de cabeza sin que el resto de la humanidad se dé cuenta. Hay un par de niñas en estos cuentos, la que recorre el museo en Italia en “El performance” y hace, en su recorrido, un performance por sí misma, y la que tras colocarse los lentes con los que debería ver todo con más claridad, opta por bajar las cortinas de los ojos y ver el paisaje de su interior.

Así en los cuentos de Héctor Perea una materia maleable e infinita juega con las dimensiones, las proporciones, pues no somos cuerpos aislados y como tales no vivimos historias aisladas de la materia. Así, todo puede alcanzar la pesadilla, incluso un vaso de limonada en una tarde calurosa, en esa realidad líquida, líquida como la sangre, como la limonada, como el vino, como el agua y el viento, que nos revelan los abismales, sorprendentes relatos de Casa de cielo.

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos.

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Posted: May 29, 2018 at 10:57 pm

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