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Cómo el Gobierno de México encontró a Cristo
COLUMN/COLUMNA

Cómo el Gobierno de México encontró a Cristo

Alejandro Gonzalez Ormerod

«Nobody panics when things go “according to plan”.
Even if the plan is horrifying»
—The Joker, The Dark Knight (2008).

En los últimos meses, el mundo parece haber perdido el quicio ante algo que ha sido evidente durante un buen rato: la religión ha regresado al Estado como nunca. Se vio con la apertura del Palacio de Bellas Artes a un evento de proselitismo religioso, se vio con el anuncio de que la iglesias apoyarían al gobierno para distribuir su Cartilla Moral, se está viendo con las sucesivas juntas de líderes religiosos que buscan modificar el artículo 130 constitucional que separa a la Iglesia del Estado.

Por si fuera poco, el ímpetu principal detrás de esta agenda religiosa no proviene de esa vieja constante —la Iglesia Católica— sino del chico nuevo del barrio; el cristianismo protestante evangélico. El resultado es un mundo al revés en el que el Presidente moviliza a las iglesias para aplicar sus programas mientras la jerarquía católica en México arguye a favor del Estado laico.

Esto no debió ser así: ¿acaso no entraba un gobierno juarista y de izquierda?

Hoy en día, el término cristiano se ha vuelto sinónimo de protestante evangélico (sin duda un gran triunfo a nivel marketing). En el sentido técnico, un cristiano es alguien que cree que Jesús de Nazaret es el hijo de Dios. Por lo tanto, de los 120 millones que viven en México, el 90% practica algún tipo de cristianismo —entre católicos, mormones, testigos de Jehová y las diversas ramas del protestantismo— el cual, sí, incluye a los evangélicos, una minoría muy pequeña.

Lo que preocupa a la Iglesia católica es lo que desde hace décadas se ve venir; la crisis del Catolicismo en México. En 1970, el 96% de la población se decía católica; en el 2000, el número de católicos cayó a 88%. En nuestra década el porcentaje apenas rebasa el 80%. La mayor carga poblacional se la han llevado las diversas denominaciones protestantes (8% de la población), pero también los no creyentes han crecido (5%).

Ahora bien, a diferencia de los no-religiosos, los evangélicos son una fuerza potente en la política en todo el continente. Le han asegurado triunfos al Partido Republicano de Estados Unidos desde Reagan. Son una fuerza crucial en Brasil y varios países de Centroamérica, donde es impensable no contar con el voto evangélico ya que, en algunos casos, constituye casi la mitad del electorado. A lo largo del hemisferio las diferentes agrupaciones cristianas tienen en común las causas conservadoras. Por ello sorprende el fenómeno en México, un país cuya proporción evangélica es mucho menor a la de otros en países de América y donde su arribo al poder no surgió desde la derecha.

¿Por qué?

Simplemente, porque esa alternativa hubiera sido demasiado obvia. En las condiciones históricas y demográficas actuales del país no había de otra: tenía que ser Andrés Manuel López Obrador el primer presidente en reintroducir la religión al gobierno de un Estado históricamente laico.

La política de masas debe regirse con base en símbolos y arquetipos. Esta predictibilidad es la que permite al votante resumir las complejidades de un amplio proyecto político en una sola disyuntiva: derecha, izquierda, comunista, capitalista, neoliberal, morenista. Cada una de estas palabras representa una ideología, aunque —como bien sabemos— la reducción de una vasta gama de ideas a una sola fórmula tiene el poder de convertir a agrupaciones y personas en caricaturas de sí mismas.

Cuando se clasifica a alguien según su ideología, el público más o menos puede predecir el camino político que tomará esa persona —prioridades, políticas, programas. De esta manera, sus simpatizantes no tienen que investigar mucho para aplaudirla ni sus oponentes reflexionar demasiado para alistar su oposición.

Por eso en el 2000, cuando ganó el candidato de un partido abiertamente de derecha, la preocupación constante de la oposición fue el desmantelamiento del Estado laico mexicano. Panista, derechista y mocho eran prácticamente sinónimos en el glosario político popular. Y, efectivamente, el presidente Fox estrechó relaciones diplomáticas con el Vaticano, entre otras concesiones a su fe, pero cada uno de sus pasos fue vigilado minuciosamente por aquellos que veían en cada decisión presidencial otro atajo en el largo camino hacia el fin del Estado laico.

Esa ruta parecía no existir con el candidato López Obrador. Cuando se arropó con la bandera juarista y de izquierda a poca gente se le ocurrió sonar la alarma ante actos que hubiesen hundido a un candidato del PAN, desde su alianza con el evangélico Partido Encuentro Social, el silencio del Presidente frente a temas de derechos sociales (particularmente aborto y matrimonio igualitario), hasta los guiños religiosos del nombre del partido que ahora controla el gobierno. La resistencia a todas estas acciones tomadas por un gobierno de derecha hubiera sido infranqueable.

El regreso de la religión a la política tenía que venir desde la izquierda.

La otra mejilla

Por otra parte, el hecho de que el presidente haya logrado la hazaña de reintroducir la religión desde la izquierda es solo una cara de la moneda. La otra nos obliga a preguntar, ¿qué gana AMLO con hacerlo? Esta pregunta es mucho más importante ya que habla del México que fue y del México que será.

Más allá de que si es o no es evangélico, el Presidente ha descubierto una mina de oro electoral nunca antes explotada en el país.

La influencia política del cristianismo evangélico supera a sus aún pequeños números ya que posee una riqueza que va mucho más allá del dinero y los números brutos. Ésta consiste en su coherencia organizativa e ideológica, principalmente alrededor de temas socioculturales.

Su rango de acción es amplio, desde las intervenciones de a pie que alcanzan los titulares de los medios —como cuando un grupo religioso se organizó para cubrir de blanco los cruces peatonales pintados del arcoíris LGBT en Puebla— hasta la influencia de alto nivel, como evidencia la cercanía de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas con el Presidente y el líder del Senado. Lo que les permite esa influencia es su combinación potente de metas y métodos unificados.

Esto explica no sólo su eficacia política, sino también por qué el otro grupo que ha crecido con la «crisis» del Catolicismo —los no creyentes— no se ha beneficiado de la misma manera. Los ateos, agnósticos y otros no-religiosos simplemente no están organizados de una manera coherente para hacerse sentir en la esfera política.

Resulta irónico, ya que los orígenes del despliegue de fuerza política desproporcionada se pueden encontrar en un pasado completamente contrario al de los evangélicos. De hecho, los no-religiosos —o por lo menos los laicos—actuaron históricamente como un bloque unificado en el llamado Partido Liberal. Su influencia minoritaria era tan odiada por la entonces poderosísima Iglesia Católica que los descalificaba no sólo bajo la injuria de ateos y masones, sino también protestantes.

La historia y la demografía nos da patrones que podemos interpretar para tratar de predecir un poco lo que nos depara el futuro. Pero, asimismo, es esencial recordar que las grandes transformaciones históricas no se predicen, sino que suelen llegar de manera completamente inesperada. Por lo tanto, un ejercicio vital para aquellos que estudian el poder consiste en contemplar lo impensable, porque a veces lo que más nos hace perder el quicio es aquello que no parecía ser «parte del plan».

 

Alejandro González Ormerod. Historiador y escritor anglomexicano, colabora en Letras Libres Nexos. Es coautor de Octavio Paz y el Reino Unido (FCE, 2015). Actualmente es editor de El Equilibrista, columnista deLiteral Magazine y titular del podcast Carro completo, dedicado a la historia y la actualidad política. Twitter: @alexgonzor. 

 

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Posted: July 31, 2019 at 10:16 pm

There is 1 comment for this article
  1. Francisco Aguilera at 9:49 pm

    Lopez Obrador utilizo el voto del movimiento evangelico como un simple acto de oportunismo politico. Respecto al crecimiento del poder socio-politico de los evangelicos, esto se debe principalmente a que representan el unico bloque social verdaderamente conservador en paises del continente americano. La iglesia catolica, aparte de su tradicional oposicion al aborto y la homosexualidad, forma parte inseparable de los poderes politicos en turno, sean estos de izquierda o de derecha. El movimiento evangelico posee la virtud de proporcionar a sus miembros un sentido de orden moral y de unidad colectiva que ninguna otra organizacion laica o religiosa puede proporcionar en la actualidad. Sus lideres son claramente motivados por el lucro y el poder, pero sus seguidores son sinceros en sus creencias conservadoras.

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