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Cuerpo íntegro-Apoptosis 1.0 Por una muerte celular programada

Cuerpo íntegro-Apoptosis 1.0 Por una muerte celular programada

Daniel C. Dennett

La vida está llena de miseria, soledad y sufrimiento
–y todo acaba demasiado pronto.

WOODY ALLEN

Cualquiera que haya vivido la terrible experiencia de ver a un padre morir centímetro a centímetro sabe que ésta no es la mejor forma de acabar. Teniendo en cuenta que la muerte (aún) es inevitable, qué prefiere usted para sus últimos días en la tierra: ¿ser alcanzado por un rayo justo un momento antes de que comenzara a perder sus facultades o un periodo indefinidamente largo de declive, durante el cual, poco a poco, se vuelve incapaz de realizar las acciones más simples de la vida y participar de manera significativa en la conversación o la toma de decisiones? Casi todos prefieríamos la muerte súbita. Sin embargo, los rayos casi nunca caen y, por su parte, mucha gente se aparta ante cualquier desviación artificial –el suicidio asistido o la eutanasia– que implique una toma de decisiones para sí mismos o para los demás. ¿Por qué? Porque allí donde se decide qué hacer sobre nuestra calidad de vida, el deterioro o el sufrimiento, entran en juego (inevitablemente) motivaciones no deseadas: la codicia, la impaciencia o –en el caso de una posible muerte temprana– la culpa por seguir vivo más allá de lo previsto. Cualquier práctica socialmente aceptada y extendida lleva consigo –me temo– una presión excesiva e incorrecta hacia la autoconciencia. Como el filósofo Kurt Baier bromeó alguna vez haciéndose eco de Sócrates: “No vale la pena vivir una vida sin examen, pero una vida examinada en exceso tampoco”. No queremos terminar nuestros días preguntándose si todo el mundo que nos rodea está echando un vistazo al reloj y al estado de nuestras facultades. El reconocimiento de que uno se ha “quedado atrás” en los diferentes campos de juego de la vida es demasiado fuerte, sin considerar cómo afecta profunda y efectivamente nuestras espectativas. Así que sería mejor, en aras de un juicio razonable, dejar en paz a la familia, los amigos, la “sociedad” y a uno mismo. ¿Cómo podría realizarse? ¿Cómo podríamos hacerlo sin una intervención humana específica y sin provocar un caos? Mediante el diseño y construcción en todo el mundo de un sistema sólido de apoptosis.

La apoptosis es una muerte celular programada. Como señala Wikipedia: “La apoptosis es un proceso de renuncia deliberada a la vida de una célula en un organismo multicelular. Es uno de los principales tipos de muerte celular programada (PCD) determinada por una serie de eventos bioquímicos coordinados, los que desembocan en una morfología muy particular de la célula y en la muerte.

A diferencia de la necrosis –muerte traumática producto de un daño celular agudo–, la apoptosis se realiza como un proceso canalizado, con ventajas incluso para el ciclo de vida de un organismo. Así por ejemplo, para la diferenciación entre los dedos de manos y pies en un embrión humano en desarrollo, se requiere de la apoptosis para que los dedos se puedan separar. Por otra parte, en un adulto humano promedio mueren entre 50 y 70 mil millones de células cada día debido a la apoptosis; en niño de ocho a 14 años, de 20 a 30 mil millones células. Esto significa en un año la proliferación y posterior destrucción de una masa de células equivalente al peso corporal de un individuo.”

Podríamos hacer que un cuerpo se apague de forma definitiva y sin dolor a la vez que programada. Pero casi nadie quiere saber la fecha y la hora exactas de su muerte. Así que debemos introducir un elemento de aleatoriedad sustancial, alargando la curva en forma de “toque de difuntos” durante un período de –digamos– cinco años. Entonces cualquiera sabe que si no ha muerto ya por alguna causa, en algún momento impredecible de entre, por ejemplo, su cumpleaños 85 y el 90 lo hará, tal vez en el centro de un swing de golf o al tratar de terminar de escribir su última novela o, incluso, al hacer el amor.

Trátese de nosotros mismo o de nuestros descendientes, las implicaciones y repercusiones de estos intentos de programar un cuerpo para la muerte son alucinantes. Podríamos darnos una idea de los pros y contras esbozando una versión simple que aún puede necesitar ajustes importantes:

Cuerpo íntegro-Apoptosis 1.0. Instalamos en todo ser humano y en cada embrión subsiguiente un sistema que garantiza la muerte rápida e indolora en algún momento determinado al azar, entre los 85 y 90 años –en caso de que la muerte no haya ocurrido ya por alguna otra causa.

¿Cómo podemos lograr esto? Los detalles técnicos son importantes ya que cada medio concebible para este fin tiene algunas desventajas o debilidades asociadas que se magnificarán con cualquier tipo de desacuerdo. Es muy posible –pensemos en ello– que los problemas éticos y políticos que acosen a este sistema lo tornen esencialmente inaplicable: no se puede llegar al objetivo sin cometer un acto éticamente inaceptable o inviable políticamente. En ese caso, tendríamos que sobrellevar nuestras formas actuales y tristes de morir… Sin embargo, exploremos el territorio para ver qué podría hacerse.

El proyecto técnico se divide en dos: suministrar un sistema de vida y la ingeniería genética para los embriones subsiguiente. Este último es un problema de “Evo-Devo” (evolución-desarrollo) para los biólogos, quienes están comenzando a desentrañar los relojes biológicos que activan y desactivan varios procesos de desarrollo.

Conocemos mucho acerca de cómo nuestra bioquímica organiza el calendario de eventos tales como la pubertad y la menopausia, e incluso sabemos que la cultura humana ya ha interferido con éxito este proceso en un pasado distante. A diferencia de los otros mamíferos, muchos de los humanos adultos puede digerir la leche cruda porque la selección natural ha producido un gen útil para tal efecto. Tan natural es este ajuste genético en nuestra especie que, para referirnos a quienes adolecen de él, hablamos de “intolerantes a la lactosa” en lugar de calificar al resto como, por ejemplo, “digestivo infantiles”. Fue la práctica humana de producción lechera, culturalmente evolucionada y heredada, la que condicionó esta adaptación y su posterior transmisión genética. Lo que la selección natural puede alcanzar en unos pocos miles de años más (la agricultura comenzó hace 10.000 años) podría estar al alcance de los genetistas inteligentes en pocas décadas. No veo ninguna razón por la que un ingeniero en genética no podría hacer explotar ahora una bomba de tiempo enzimática que, de otra manera, explotaría de todos modos en algún momento terminal de la vida. Esa bomba comenzaría a liberar endocurarins en el torrente sanguíneo deteniendo todo movimiento muscular voluntario y, en consecuencia, sofocando al cuerpo con gran eficacia. (El término endocurarin está inspirado en la denominación de las endorfinas, opiáceos endógenos que producen fenómenos como el alto rendimiento de un corredor. El curare, veneno legendario lanzado en un dardo que paraliza y rápidamente conduce a la asfixia, llevó al desarrollo de los relajantes musculares para la cirugía –d-Tubocurarina, por ejemplo–, que mataría al paciente si no fuera por el respirador que acompaña su administración.) ¿Cabría diseñar algunos genes para generar curare endógeno? ¿Podríamos importar quizá los genes apropiados de las plantas venenosas o las ranas y adaptarlos para servir a nuestros cuerpos? (Ya hemos hecho que una planta de tabaco brille en la oscuridad gracias a los genes de luciérnaga empalmados en su genoma.)

Cabría diseñar también un gen que, desencadenado por el reloj biológico, producirá algún tipo de gas nervioso endógeno o algo que lleve a un colapso de los vasos sanguíneos provocando un derrame y la muerte cerebral. Dejo a los expertos una mayor exploración de estos y otros sistemas fisiológicos alternativos de aceptación voluntaria de la muerte señalando sólo algunas consideraciones obvias: el método empleado debe ser altamente confiable e inescrutable (no debe existir forma de calcular cuándo va uno a morir), totalmente notóxicos y –en lo posible– a prueba de manipulaciones y, finalmente, sin efectos genéticos secundarios graves.

¿Pero qué pasa con quienes vivimos ahora? ¿Por cuál voy a optar, por ejemplo, para administrármelo a mí con el propósito de lograr dicho efecto en algún momento de los próximos 20 años (tengo 65 mientras escribo esto)? Quizá el medio más simple sería una cápsula de veneno de liberación bien conocido en la medicina, pero con un fusible de 20 años: + random < 1800 días. Esta cápsula podría ser implantada como un marcapasos a prueba de manipulación (si intenta quitarlo explota). O quizá sería mejor la inyección de un medicamento de bio-ingeniería que, tras 20 años o más, empezara la descomposición y acumulación de algo en el torrente sanguíneo. La fiabilidad y no toxicidad deben ser muy, pero muy altas antes de ofrecerse. Tales decisiones serían sólo moderadamente más trascendentales que una vasectomía o una cirugía con escasas posibilidades de desenlace fatal. En este terreno estamos acostumbrados a tomar las decisiones necesarias con base en buenas razones: por su confiabilidad para resolver problemas importantes con niveles aceptables de riesgo.

¿Pero cuántos otros comparten mis ideas? ¿Qué campañas públicas, programas educativos, debates políticos y discusiones podrían generar una mayoría favorable a la adopción de la apoptosis? Dejemos de lado, por ahora, las cuestiones económicas –interesantes e importantes– sobre el seguro de salud y de vida y el impacto que este proyecto podría tener en ellos. Ahora bien, quiero hacer hincapié en que esta no es una propuesta para proteger el dinero de los contribuyentes o preservar su patrimonio sino que está destinada a reducir el gran e inevitablemente sufrimiento sin sentido que las otras tecnologías nos tienen reservado si no cambiamos algo.) Tomando en cuenta las controversias a propósito del agua fluorada o los programas de vacunación obligatoria, podemos esperar una tormenta de debates. Sin embargo, tales campañas nos han enseñado mucho sobre la forma de presentar estas cuestiones y cómo no hacerlo. “Intervenir contra la voluntad de Dios” es una objeción cada vez más gastada y poco convincente. La gente está comenzando a ver los beneficios y ajustando sus principios y creencias.

“¡Ajá!”, dirán los fanáticos. “¡Ahora vemos que teníamos razón al atacar estas mejoras tecnológicas! Preparan el terreno para el horror de los horrores: la muerte programada.’’ Pero la tecnología ha llegado a aceptar ya que la muerte sin programar es cada vez más difícil de contemplar y apoyar –piensen en la pobre Terri Schiavo–, así que creo que los fanáticos ganarán menos partidarios cada vez.

¿Qué más hay en contra de esta innovación, aparte de lo que la tradición enmascara como “principios”? ¿Quiénes se verían perjudicados por ella? ¿Las personas que de otro modo habría vivido una vida sana hasta cumplir cien años? Esto plantea una cuestión delicada sobre la que muchos podrían estar en desacuerdo: ¿85 años es demasiado joven o demasiado viejo? Hace sólo unas décadas, alguien de 90 años conservándose entero era muy raro, pero hoy ya no. ¿El margen se trasladó hasta los 95 o, incluso, 100 años? Esto daría a unos cuantos ancianos saludables unos pocos años más de vida que vale la pena vivir, pero todavía nos haría falta considerar a los que mueren pronto y evitar tanto sufrimiento. ¿Cómo podemos equilibrar el aumento del sufrimiento contra el no sufrimiento de unos pocos? Evidentemente, no hay ningún punto de equilibrio a menos que se corte a la mayoría de la gente en la “flor de la vida”. Si prefiere morir bajo un rayo mientras es eficaz y saludable, el precio que debe estar dispuesto a pagar es el de algunos años o meses en los que habría sido igual de eficaz y saludable. No hemos tenido ninguna buena experiencia pensando en nuestras vidas en términos de rendimientos decrecientes. Aunque muchos, sin duda, piensan que más días de vida –no importa cuán dolorosos y confusos– son siempre mejor que menos. Pero tal vez podemos empezar a contemplar y tomar en serio la idea de que sólo porque podríamos organizar nuestras vidas hasta los 100 (¡o 120!) no tenemos realmente derecho a utilizar más que nuestra parte justa de los recursos del mundo y sus instalaciones.

Esta es una nueva e inquietante forma de pensar en la vida, y es difícil decir cómo la gente modificaría sus expectativas para el reconocimiento de tal realidad. ¿Quiénes podrían asumirlo apartando sólo lo suficiente para apoyarse (en la salud) durante unos años y luego regalar el resto, de modo que consiguieran disfrutar del placer y la gratitud de sus herederos? ¿Comenzaría una tradición de fantasear con la fiesta del cumpleaños 85 celebrando la vida y los hechos de las personas del modo en que los entierros lo hacen hoy, pero con el no difunto (aún) presente? ¿Y cómo se viviría el fracaso después de los 85 años? Gozaría de todos los derechos, trabajando o jugando como uno quisiera, o viviendo un poco más arriesgadamente o no. Uno debe recordar lo que ya sabemos: todos vamos a morir y muy pronto. La innovación de la que vengo hablando acentuaría esta certeza sobre lo ya sabido, sin pretender crear algo completamente nuevo.

Una de las objeciones más interesantes que he escuchado en discusiones recientes es la sugerencia de que esta política, de ser adoptada, nos privaría de preciosas oportunidades para mostrar nuestra entereza aguantando el sufrimiento. Un amigo me confió incluso que nunca apreció tanto a su madre como cuando la vio inquebrantable y digna en condiciones horribles. Si la política de la que hablo aquí hubiera estado vigente, su madre habría muerto muy poco apreciada… Este tipo de sufrimiento implica un costo social enorme como para pagar por expiaciones ocasionales. Por lo demás, la misma línea de pensamiento podría ser usada para rechazar los analgésicos, recetados ahora rutinariamente y en cualquier dosis, alegando que privaríamos a la almas pobres de oportunidades de oro para demostrar su fortaleza ante miembros de familia escépticos y a otros espectadores. Sí, habría menos empleo para el personal sanitario de vida “terminal”, menos trabajo para quien encuentra el significado de su vida en el cuidado de la gente mayor semi comatosa, incontinente, insociable, etc. Algunos podrán sentirse consternados por esta disminución, aunque no muchos, conjeturo. Ahora bien, todavía habría mucho sufrimiento por atestiguar ya que nada en esta propuesta garantiza que la gente no moriría de muertes terriblemente prolongadas –de cualquier enfermedad y en cualquier condición– a la edad de 60, 70 u 80 años.

Otra objeción surgida a menudo es que yo señalo que una persona activa de 90 años es cada vez menos rara que hace unas décadas, pero a continuación ofrezco el argumento que afirma que (a) morir en la “flor de la vida” es un precio que vale la pena pagar para evitar un final doloroso, prolongado y confuso. Asimismo, que viviendo (b) hasta los 120 años implicaría un consumo superior al de nuestra parte justa de los recursos y servicios. Sin embargo (a) y (b) representan conceptos independientes: si una persona se ve cada vez más perjudicada ampliando su rango de vida hasta los 120 años (por ejemplo), esto también implicaría que la calidad de vida disminuye y aumenta quizá el consumo derrochador de recursos. Por otra parte, si la persona se mantiene sana y activa, entonces ha ganado 30 años de vida de buena calidad comparada con el destino de generaciones anteriores. La discusión en el sentido de que esos 30 años sanos deberían ser abreviados para ahorrar recursos parece un punto de vista moral muy retorcido. En cualquier caso, si la persona está sana, entonces podría mantenerse productiva, generando un beneficio neto social durante sus años suplementarios, tal y como los principales ensanchamientos de la vida útil han reportado sus ventajas en la evolución humana pasada. Para ser razonables, parece que el programa de una vida útil debe andar muy cerca de una vida saludable. Sin embargo, la articulación de dicho proyecto necesita considerar 80 años (o tal vez 120), ante la posibilidad de que nuevos desarrollos puede prolongar la vida saludable aún más. Las soluciones que se ocupan de la cuestión podrían ser factibles (¿reajustar el tiempo de la muerte?), pero añaden problemas adicionales significativos.

Sí, en efecto, podríamos utilizar la tecnología para afinar el proyecto, vigilar los diversos indicadores sobre la calidad de vida de los individuos y poblaciones, de modo que la apoptosis podría ser el camino óptimo para reducir las tasas de deterioro. Ya se ha esbozado un modelo matemático de lo que el gobierno espera ahorrar según las variables de la apoptosis. Pero mientras que el proyecto podría realizarse con las mejoras deseables, el gobierno hace recortes desfavorables al espíritu de esta propuesta.

Debemos hacer una pausa para tomar en serio –muy en serio– la protección de algunos aspectos de nuestras vidas y muertes programadas y, por lo tanto, replantear nuestro paisaje de decisiones. ¿Por qué debemos dedicar gran parte de nuestro presupuesto de investigación y desarrollo para encontrar formas de prolongar la vida? No estamos obsesionados de modo similar con hacer de nuestros descendientes individuos más altos, más fuertes o más simpáticos. Sin embargo, al saber que usted podrá esperar sólo determinados años de vida enfocaría su mente y voluntad de mejor modo.

La idea de Cuerpo íntegro-Apoptosis abre perspectivas amplias sobre el significado de la vida y el sufrimiento, sobre la suposición no probada de que más es siempre mejor que menos, y sobre la posibilidad de vivir sus últimos días relativamente seguro de que hará a un lado los recuerdos de una disminución patética con el fin enfocarse en lo que verdaderamente importa. ¿Qué daría por este intercambio? Yo, cualquier número de años más allá de los 85.


Posted: April 25, 2012 at 10:20 pm

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