Essay
Detrás del éxito de BTS, ¿una historia de explotación?

Detrás del éxito de BTS, ¿una historia de explotación?

Irma Gallo

Hace unos meses, un año para ser precisa, que mi hija de 14 años solo escucha música coreana. Este género, que se conoce como KPop (música pop proveniente de Corea del Sur), destronó rápidamente al reggaetón en sus gustos. Esto, debo decir, me alegró mucho porque las letras misóginas de las canciones de Maluma ya me tenían harta, a pesar de su ritmo pegajoso.

Mi niña, adolescente mexicana, que solo habla español y un poco de inglés, y que nunca antes había tenido una referencia de Asia, de pronto solo escucha esta música de la que no entiende más que los coros (y eso porque, por lo general, están en inglés, excelente estrategia mercadotécnica).

Hace unos días, su obsesión nos llevó a Nueva York a ver a su grupo favorito, BTS, como regalo adelantado de 15 años. La experiencia fue alucinante, desde varios puntos de vista.

Antes de comprar por internet los boletos (los más baratos, por supuesto) para el concierto, yo no era capaz de distinguir entre uno y otro de los siete miembros de Bangtan Sonyeondan, nombre original, completo, de BTS. Son siete chicos de entre 21 y 25 años de edad, todos altos, delgados y blancos. Lo único que los diferenciaba para mí, en ese punto, era el color del cabello. Sin embargo, poco después descubrí que para cada video se lo cambian. Cuando a todos se los tiñeron de negro me quedé en ceros: era imposible saber quién era quién.

Otra característica de estos “idols” (así se les dice en Corea a estos ídolos del KPop) es su look andrógino. Aunque usen pantalones militares, pants, cachuchas o jeans rotos, casi siempre traen sombra de ojos, aretes y lipstick.

No entendía la obsesión de mi hija por estos chicos, más allá de reconocer que son excelentes bailarines. Pero cuando llegamos a Nueva York y vi que en Times Square había anuncios de ellos por todos lados, y que para entrar a la tienda de Line Friends, que en esos días tenía como novedad los personajes de BT21 (diseñados por los propios miembros de BTS), había que hacer una fila de una hora y media, me di cuenta de que estaba ante un fenómeno que solo recordaba haber visto con Michael Jackson durante mi propia adolescencia.

El día del concierto -al día siguiente de nuestra llegada a Nueva York- nos trasladamos desde nuestro alojamiento en Midtown Manhattan al estadio Citi Field, que está en Queens, en metro. Unas estaciones antes, el vagón donde viajábamos se empezó a llenar de “army” (término con que BTS nombra a sus fans). Todas llevaban un detalle de los personajes de BT21, como una diadema, un llavero para colgar en la mochila o un mono de peluche; o bien, una playera del Love Yourself Tour. Sí, porque la mercadotecnia alrededor de este grupo es de lo más potente. Detrás de esos siete jóvenes surcoreanos hay una empresa llamada BigHit Entertainment, que ha sabido capitalizar la locura que provocan en millones de army en todo el mundo.

En el metro mi hija se empezó a identificar con sus pares. Casi no habla inglés, pero esto no fue impedimento para que se comunicara con las demás chicas que habían viajado desde otras ciudades de Estados Unidos, incluso desde otros países, para asistir al concierto de BTS.

Cuando llegamos al estadio Citi Field aquello era la locura. A pesar del orden con que los norteamericanos llevan a cabo todo -y en especial los actos masivos-, las army corrían como desesperadas hacia el control de seguridad para poder entrar al estadio.

Una vez ahí me llegó la segunda revelación: entendí que estaba ante algo grande cuando vi chicas afroamericanas, rubias, latinas como mi hija, musulmanas con su yihab, indias con su bindi en la frente, y por supuesto muchas asiáticoamericanas, coreando, bailando y gritando, histéricas, cuando BTS aparecía en el escenario. Pronunciando sus nombres en coreano, cantando sus canciones que solo tienen un par de versos en inglés. Llorando, literalmente, de emoción.

El espectáculo es, aunque el adjetivo me choque por gastado, impresionante: pantallas gigantes, fuego, luces de colores, cambios de vestuario entre cada canción, etcétera. Cerca de dos horas y media de energía desbocada.

Pero más allá de la parafernalia hay siete hombres jóvenes que son unos excelentes bailarines. Y vuelvo a Michael Jackson: solo el “Rey del Pop” me había impresionado así, con su forma de moverse, alguna vez.

Después del concierto, en el que mi niña conoció a una chica de Sudáfrica y a otra de Costa Rica y se reconoció como army con ellas, emprendimos el largo trayecto en metro hasta nuestro hotel en Times Square.

Cuando ya no existe la vida privada

A fuerza de ver horas de videos en YouTube e historias de Instagram con mi hija, ya reconozco por lo menos a tres miembros de BTS (excepto cuando todos traen el pelo negro): J-Hope (Jung Ho-seok), RM (Kim Nam-joon) y Suga (Min Yoon-gi).

Como escribí aquí antes, todos son bailarines prodigiosos, pero estos tres parece que vuelan. No me imagino cuántas horas al día tienen que practicar para lograr esas coreografías en que todo son saltos, volteretas en el aire y, por supuesto, una perfecta coordinación. Además, aunque están jóvenes, seguramente llevan una dieta estricta para no subir de peso y arruinar sus figuras esbeltas, estilizadas y andróginas que tantas army adoran.

Pero eso, finalmente, es parte de su trabajo ¿no? por eso ganan millones de dólares. Por eso usan ropa y accesorios Gucci, sacos Chanel y joyería Tiffany. Por eso viajan en un avión privado.

Lo grave del asunto es que para estos siete jóvenes coreanos, todos nacidos en ciudades pequeñas -ninguno en la capital, Seúl-, ya no existe la vida privada. Entre las horas y horas de material fotográfico y en video que se puede encontrar en las redes sociales no queda un resquicio para la intimidad: BTS comiendo, durmiendo, jugando juegos de mesa, nadando, cruzando el mundo en el jet privado (en el que, por supuesto, tienen una cama, botellas de champagne, baños, comida de la mejor), ensayando, grabando el Behind The Scenes de sus giras, en los photo shoots, en los camerinos, de “vacaciones” en una isla perdida. Siete jóvenes que desde hace cinco años llevan un ritmo de vida que difícilmente aguantaría cualquier persona común y corriente.

Sí, son millonarios. Pero más millonarios son los dueños de la empresa que los creó y los maneja. Sí, millones de chicas (y chicos) en todo el mundo los adoran. Sí, pueden comprar lo que quieran (uno de ellos siempre trae algo Gucci). Sí, tienen un jet privado en el que recorren el mundo en sus giras. Y maquillistas, diseñadores de vestuario, peluqueros (cambian de color de cabello en cada video), coreógrafos, mascotas, asistentes personales, choferes y nutriólogos…

Pero ¿cuánto durará todo esto?, ¿cuánto faltará para que uno de ellos decida que no puede más y se suicide como otro idol, Jonghyun, vocalista de la banda SHINee, que se quitó la vida por inhalación de monóxido de carbono el 18 de diciembre de 2017, a los 27 años de edad? 

¿Cómo le hará la empresa, Big Hit Entertainment, para mantener a BTS en la cima? Cada video es más estridente, más colorido, con más efectos especiales; cada cambio de imagen es más radical, cada coreografía es más osada.

A veces, entre las horas y horas de vida trasmitida en vivo, es posible atisbar el cansancio, la tristeza, el hartazgo, en el rostro de alguno de ellos.

El 9 de octubre, unos días después de que nosotros los viéramos en Nueva York, Jungkook se lesionó antes de que el grupo ofreciera un concierto en Londres y permaneció sentado todo el tiempo.

El 12 de octubre Jimin, otro miembro de la banda, no pudo aparecer en el programa británico de televisión The Graham Norton Show, debido a “fuertes dolores musculares en el cuello y la espalda”, según informó la empresa Big Hit Entertainment.

Yo soy una señora de casi 47 años de edad. Y después de ese concierto, cada día que manejo a mi trabajo en una televisora cultural en esta enloquecida Ciudad de México escucho a BTS, un grupo formado por siete chicos que podrían ser mis hijos.

Pero ¿qué pasará con ellos cuando el último reflector se apague y nadie más quiera cantar sus canciones?

 

Irma Gallo es periodista y escritora . Colabora para Canal 22, GatopardoEl GráficoRevista Cambio, y eventualmente para otros medios. Es autora de Profesión: mamá (Vergara, 2014), #yonomásdigo (B de Block, 2015) yCuando el cielo se pinta de anaranjado. Ser mujer en México (UANL, 2016).

 

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Posted: November 8, 2018 at 9:43 pm

There are 3 comments for this article
  1. Yunuen González at 9:10 am

    Si bien es cierto que trabajan muchísimo, que nosotras sus fans nos preocupamos mucho por ellos y que sus ritmos nadie normal podría seguirlos, me parece una falta de respeto gravísima que saque de la nada el tema de Jonghyung y haga semejante comparación.
    También noto que no sabe nada sobre el grupo más allá de lo que su hija le muestra y no haría mal un poco se investigación sobre ellos pues no vienen de una empresa que fabrica idols de forma masiva, están donde están por su esfuerzo y dedicación. Sí, ensayan muchas horas y casi no duermen, están en todos lados, pero no simplemente porque sean un producto a vender. Y precisamente por no ser un producto es que son tan populares.
    Entiendo que ha escrito ésto desde su perspectiva y a causa del impacto que le ha causado, pero igual me parece que saca algunas conclusiones y afirmaciones sin siquiera conocer sobre el tema. Y, repito, la mención de Jonghyung fue innecesaria e insensible.

  2. Jhess at 9:08 pm

    Estimada señora, me gustó leer su experiencia junto a su hija en un concierto de BTS, sin embargo no pude estar muy de acuerdo cuando dijo que como harían para mantenerse en la cima, y deje me decirle que “Army” lo hará, suena cursi pero es la verdad, existe un lazo fuerte que va más allá de la mercadotecnia y más allá de la barrera lingüística, es un lazo de amor, su música está dirigida a fomentar el amor propio “love yourself” el auto respeto y a la auto reflexión, por favor apoye en este camino a su hija, ser Army es difícil, recorremos un camino largo y rocoso pero no lo caminamos solos “los chicos” estan siempre presentes y eso en definitiva es maravilloso.

  3. Carmen rolón at 4:54 pm

    Triste pero cierto los esfuerzan demasiado yo veo a veces en videos sus caras triste 😓 y miradas nostagicas a Tae y Suga se ven más seguido tristes y cansados.

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