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Dispatch From London

Dispatch From London

Annuska Angulo

Esto se parece al sismo, pero en cámara lenta 

 A mí todo esto me agarró pensando en feminismos, animales y traducciones; pensando en dejar las redes sociales, y con ganas infinitas de “pasar un fin de semana entero en casa sin salir, sin compromisos familiares/sociales. Deseo concedido.  

 Esta situación me recuerda al temblor, pero en cámara lenta. En vez de dos minutos, dura dos semanas: lo que tarda la epidemia en volverse algo de lo que no hay que preocuparse demasiado; de “Keep calm & wash your hands”, a un encierro en casa empachados de información, de chistes, de consejos para la cuarentena, de memes. Se ha vuelto el único tema de conversación, una pandemia, una emergencia global, algo sin precedentes; ya hay rumbas, corridos y coplas de COVID-19. Apenas hace tres días que Boris Johnson declaró el “lockdown”, pero hace sol y los ingleses se empeñan en pasear. Nadie está yendo a los museos, y el distrito financiero está desierto. El parque en frente de casa nunca ha estado tan animado.  

Más extraño aún: por el cielo de Londres no pasan aviones.   

Algunos de nosotros hemos seguido trabajando. El virus no ha cambiado la vida laboral de un traductor independiente, de momento. Seguramente pronto se vea afectada por la ausencia de trabajo. La maestría sigue, me mantiene ocupada. El tema de las últimas semanas ha sido la traducción audiovisual, y simultáneamente, Critical Discourse Analysis”, un campo entre la lingüística y la sociología. Hemos leído a Orwell (Politics and the English Language), a Jeremy Munday (Translation and Ideology) y a Teun A. van Dijk (Discourse, Power and Access). De tarea he tenido que escuchar y analizar el discurso de 30 minutos de Trump en el Economic World Forum, de enero de este mismo año. Ya había un primer caso de COVID-19 confirmado en el estado de Washington. En el minuto 24:15, el hijueputa dice: “Sin embargo, para aprovechar las oportunidades del futuro, debemos rechazar a los eternos profetas de la ruina y sus predicciones del apocalipsis. Son los herederos de los ridículos adivinos del pasado.”  

Greta Thunberg estaba entre el público, Australia en llamas y Wuhan en cuarentena. Lo que hace Trump es una estrategia clásica del dominio discursivo de los poderosos: nombra a los científicos del clima y a los jóvenes que desesperadamente tratan de movilizarnos para cambiar el mundo como “los eternos profetas de la ruina y sus predicciones de apocalipsis”. Pero el dominio rara vez es absoluto, me dice van Dijk 

Trump es nuestro chofer del apocalipsis”, pienso mientras trato de traducir partes de otras declaraciones más recientes para hacer subtítulos y guiones de voice-over. Les reto a que intenten traducir a Trump.  Es lo más difícil del mundo, porque lo que dice no tiene sentido ni lógica.  

Seguramente por estar traduciendo a Trump, la semana pasada me dio gripa, justo cuando empezaba a ponerse seria la cosa por aquí. Mocos, dolor de cabeza y garganta, pero no tengo fiebre ni tos, de momento, me digo en mis momentos de preocupación, cuando me imagino en la sala de espera del hospital agonizando, rodeada de desconocidos enfermos como yo.  

La situación es esta: tenemos familia y amigos en cuatro puntos de mundo: Estados Unidos, México, España e Inglaterra. Más Berlín. De mis diez compañeras de maestría, cinco son italianas, dos somos españolas, una taiwanesa, una norteamericana y una inglesa. Todas mujeres, sí (hay muchas más mujeres traductoras que hombres traductores, por si no sabían ese dato). Estoy viviendo la pandemia desde muchas perspectivas diferentes 

La cosa es que uno tarda un rato en darse cuenta de lo que está sucediendo. Luego llega y hay que ajustarse a la emergencia (papel higiénico y esas cosas). Y después de tres días de encierro, por fin empiezo a preguntarme ¿dónde me agarró la pandemia? En eso también se parece al sismo. Uno se pregunta: ¿En qué estaba yo pensando?, ¿qué me preocupaba?, ¿cómo y cuándo fue mi último día de vida “normal”? 

Aquí en Londres a los chinos les da miedo llevar una máscara, algo que los asiáticos hacen cotidianamente, acostumbrados a controlar contagios masivos. Yu Wen, la compa taiwanesa, lo pasó mal, y ya se ha regresado a su país. El primer caso en Londres, el 14 de febrero, fue en mi distrito, Lewisham: una mujer llegó a la sala de emergencias EN UBER con severos síntomas de coronavirus (que todavía no se llamaba COVID19). Después, cada día se reportaban más y más casos. Pero las clases continuaron en las universidades, en las escuelas, todo siguió igual un mes más. Dos muchachos chinos recibieron una paliza, pero los imbéciles agresores fueron detenidos. 

En España la familia y los amigos empiezan el “confinamiento a la italiana” desde el 14 de marzo: todos encerrados, policía y ejército en las calles, compras de pánico, mil videos de gente aburrida haciendo cosas locas en casa. Se cancela el semestre de mi hijo mayor que estudia en los USA –me lo mandan a casa: the best bad news. En la cuarentena se hacen aparentes las diferencias: no es lo mismo estar encerrado en un departamento que en una casa; no es lo mismo si tienes ahorros o si vives al día, o si eres freelance o trabajas para una gran corporación. Hay atisbos de cooperación y apoyo, gente que se organiza en el barrio para ayudar a los vecinos enfermos o ancianos. Empieza a hablarse de reducción de impuestos, apoyos a empresas pequeñas. El daño a la economía, siempre desigual, siempre pegando más duro a quien menos tiene, va a causar más muertes que el COVID-19, dicen. Mi madre cumplió 91 años y nadie pudo ir a darle besos ni abrazos. Mi hermana Lili le llevó flores a su casa, pero no cruzó la puerta.   

Todo el trabajo se ha cancelado. Nuestro edificio en México sigue en obra desde el sismo. No podemos rentarlo ni regresar a vivir allí, aunque quisiéramos. Igual que en el sismo, da vergüenza si quiera pensar en estos problemas propios cuando hay gente que de plano no tiene casa para confinarse en ella. 

Mi hermana mayor es doctora de la sanidad pública vasca. Estuvo dos semanas en aislamiento porque un paciente suyo dio positivo; dos semanas después ya está de nuevo en la clínica. Me cuenta que todo es un caos, no hay equipo para proteger a los doctores y las enfermeras, y que cuando el virus pega fuerte es una enfermedad horrible. Muertos ya. Muchos. Mi hermana regresa a casa y llora. Su esposo es diabético. Me dice que no me preocupe por mi resfriado, que haga vahos de manzanilla y toronjil, que tome té de jengibre con miel y limón. Que mientras pueda describir mis síntomas, todo está bien. Que, aunque no puedas ni hablar, la vas a tener que pasar en casa. Que sólo te llevan al hospital cuando de plano no puedes respirar.  

En la BBC escucho a una epidemióloga. Dice que en las dos últimas décadas se ha visto un aumento alarmante de virus que pasan de animales salvajes a humanos. El HIV se asocia con uno de estos saltos. Menciona otras pandemias: SARS, H1N1, ébola. Lo que dice suena a que nos hemos metido donde no nos llaman; que hemos destruido naciones enteras de animales, y los virus que vivían con ellos han encontrado en nosotros un nuevo hábitat. 

En la BBC reportan un aumento de violencia doméstica y divorcios. La gente no sabe cómo lidiar con el enojo cuando están encerrados. Los placeres del home-schooling son nuevos para muchas parejas.  

La BBC siempre aconseja conservar la calma. Están buscando habitaciones de hoteles para los que no tienen casa. Ya hay 250 habitaciones, 250 suertudos homeless alojados.  

Siempre me pasa: cuando todos en el mundo hablan, opinan y postean su postura, yo me quedo muda. Me digo a mí misma: “para qué publicar lo que pienso, ya lo están publicando otros”. Me parece un cacareo inmenso, todo esto. Ya quiero silencio. Quiero dejar de pensar, pero no puedo. Lo que pienso es que esto a mí me suena a venganza de los animales. Otros pensarán que es el castigo de Dios por los bebés abortados. Es el ajuste de cuentas del comunismo contra el capitalismo desbocado, piensan otros. Suena a venganza cósmica al estilo de los viejos dioses vengativos. ¿Recuerdan la plaga de langostas que tuvieron en Pakistán el mes pasado? ¿Los fuegos en Australia, también “sin precedentes”?   

A mí me suena a que el planeta en general está hasta los cojones de nosotros y nuestros jueguecitos. Alguien nos está intentando decir algo, pero desde hace ya mucho tiempo, y algunos de nosotros, más que nada los que manejan todo el asunto (las compañías de petróleo, los fabricantes de armas, de químicos para la agricultura, las enormes corporaciones que nos alimentan, los que mueven el dinero), no estamos escuchando el clamor de la primavera silenciosa que Rachel Carson describió hace ya más de cincuenta años.  

[¿Quién era Dracón? Un legislador ateniense, me dice el diccionario etimológico, que castigaba con la muerte, aunque el delito fuera menor. Como, por ejemplo, durante una cuarentena, salir a la calle sin una excusa y acabar encarcelado. Como en China. En Italia los alcaldes amenazan a sus ciudadanos con lanzallamas para dispersar congregaciones. En Berlín cantan ópera y no se mueren tanto. ¿Qué es un delito menor?]  

Cuando les digo a mis amigos que me quiero ir a vivir al campo“no, a un pueblo no; a una casa en medio de la nada, a dos kilómetros de la tiendita más cercana” se piensan que estoy bromeando o que no aguantaría ni dos semanas. Más que nunca ahora me reafirmo en mi idea y mi plan. Ya tengo a varios apuntados. 

Esto es solo el comienzo, dicen en la BBC. Más pandemias vendrán, más plagas, más tormentas y fuegos. Ojalá que este asunto nos sirva para darnos cuenta de que no necesitamos más coches ni más aviones, que podemos vivir más despacio y con menos cosas. Habría que replantearlo todo, limpiar la casa, tirar lo que no sirve, escuchar a los niños y a los jóvenes que creen que sí es posible eliminar las guerras y el consumo sin fin.  

Mientras pasa esto, el plan es quedarse en casa y seguir vivos. Lo mismo que cuando se armó la marcha de las mujeres en México: no era momento para hacer sutiles distinciones entre feminismos. Los movimientos sociales son oceánicos, y nos igualan a todos. Es la única forma de acabar con los diques, los patriarcados, las pandemias y la economía del crecimiento sin fin: con humor, sentido común y apoyo mutuo. Creo yo, vamos. 

Mientras tanto, la primavera, indiferente, ha llegado a Londres con los primeros cinco días de sol seguidos desde el 17 de septiembre de 2019. Tengo la suerte de vivir en una casa con jardín, mi jardín de Emma (Emma es mi casera). Desde hace cinco días el jardín zumba y vibra, cada día cambia y se vuelve más frondoso y amarillo. Hoy he visto la primera mariposa. Como ya no pasan aviones ni se oye el rugido distante de la ciudad, la voz del jardín se escucha clara. Tengo una pequeña plaga de cebollas silvestres de la que ocuparme. Tengo que poner alimento a las rosas y sembrar semillas de pasto. Esto es lo que me hace feliz. Ya no puedo escuchar más noticias; mejor escucho cómo despierta mi jardín de Emma.  

Information will never replace illumination.” (Susan Sontang) 

Hygienically yours, 

Annuska. 

 

Annuska Angulo Rivero (Bilbao, 1971) es escritora y traductora. Se licenció en Letras Modernas Inglesas en la UNAM, y actualmente realiza una maestría en traducción en la universidad Goldsmiths, en Londres. Recibió el primer premio de poesía del concurso Punto de Partida 2017 de la UNAM. Es coautora del libro de ensayos El mensaje está en el tejido (2016) y Vidas sin fronteras (2019), y ha publicado cuentos y novelas para niños, como El misterio del lago olvidado (2007), Suena México (2006, 2016) y Blancanieves en el metro (2016).

 

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Posted: March 31, 2020 at 9:24 pm

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