Fiction
Doctor de elefantes

Doctor de elefantes

Gerardo de la Cruz

Mi aversión al circo no ha impedido que Jack aspire a convertirse en domador de leones y Elsie en malabarista. Debo confesar que oportunidades para asistir con la familia han sobrado, pero siempre pude encontrar un pretexto para escabullirme, hasta que Carrie me acorraló y no tuve más opción que asistir. Quizás el planteamiento sea exagerado, lo cierto es que me sentí atrapado como un tigre en el zoológico de Londres.

Carrie, lo afirmo sin temor, prepara el mejor pudín de Sussex, de hecho, el suyo es el mejor de Inglaterra, así que este sábado no pude sustraerme a la tentación de anticiparme al postre; me introduje a hurtadillas en la cocina y le di una probadita al dulce, insignificante y delicioso pudín; luego otra y otra, hasta que la probadita dejó un boquete del tamaño de un chelín. Creí que nadie me observaba cuando escuché atrás la voz de mi mujer, que detesta esta clase de incursiones.

—Parece que no tienes mucho que hacer.

—No mucho, por ahora he terminado.

—Con el pudín, querrás decir.

—Con el trabajo —respondí ingenuo y divertido—: con el pudín apenas comienzo.

—Me alegra, porque iremos al circo.

—Ya sabes que no me gusta que animes esas fantasías en los chicos —dije, relamiéndome el bigote.

Carrie dejó la cuchara en la mesa y me fulminó con la mirada:

—¡Eres el hombre más cínico que he conocido!

—Yo no, conozco peores. Pero está bien, vayan y diviértanse.

—He dicho que iremos al circo —replicó imperativa—. Los cuatro.

Me apresuré a fabricar alguna excusa, pero Carrie es persistente, así que del pretexto transité a la protesta. Ella insistió y yo continué en mi negativa, hasta que entraron los chicos en escena, dando giros y piruetas. Antes de que pudiera decir algo, su mamá les anunció alegremente, con una sonrisilla maquiavélica, que papá los llevaría al circo. Elsie y Jack gritaron emocionados y corrieron a abrazarse de mis piernas.

—¿Papá los llevará al circo? —pregunté a Carrie en voz baja—. Dijiste iremos, en plural, y los cuatro, lo cual te incluye.

—Te has portado muy mal, así que los llevarás tú y yo los esperaré aquí… Ya me contarán cómo les fue. ¡Por fin un día de descanso!

Sacó del delantal una grotesca postal publicitaria que puso en mis manos.

—¿El Gran Circo Mundial?

—De Viterbo Rossi —precisó.

Dando vueltas alrededor de la mesa, como presidiendo una caravana de saltimbanquis, los niños coreaban:

—¿Adónde iremos hoy? ¡Al Gran Circo Mundial! ¿De quién? ¡De Viterbo Rossi! —en realidad, uno preguntaba y la otra respondía.

En la colorida postal, el circo de Viterbo Rossi se anunciaba como el mayor espectáculo “jamás visto” en Inglaterra: serpientes del Nilo, osos de Tanzania, tigres y leones de regiones inexploradas de África (que a la fecha no encuentro en los mapas), hombres fuertes, contorsionistas, payasos, artistas del alambre, acróbatas, mujeres barbudas y otros fenómenos de la naturaleza. ¿Qué era esto, un circo o un zoológico? Admirado en China, Rusia (una imagen del Zar cautivado por su magia), Turquía, Europa entera habían caído a sus pies. Sólo una de las atracciones principales me llamó la atención: el rey de las estepas de Astracán, Rupa el pitagórico, sobre el cual aparecía montado el mismísimo Rossi. ¡Ay, el circo! Eché la propaganda al bolsillo y el domingo al mediodía abordamos el coche que nos llevaría a Hove, justo a tiempo para ver el desfile.

Abril es un buen mes en la costa de Sussex, el cielo se encuentra despejado y al atardecer suele caer una refrescante brizna de lluvia. Brighton crece aceleradamente y aunque es frecuente encontrar espectáculos como el de Rossi, ninguno contaba con la fama que le precedía. El circo había desembarcado la semana pasada y tenía programadas algunas funciones en Hove, antes de proseguir su camino hacia Londres, donde haría una temporada larga antes de regresar a Italia, de manera que sería una de las pocas oportunidades que tendríamos para verlo, pues no tenía planeado viajar al centro de Inglaterra.

Nos integramos al desfile en el Paseo del Rey. Los niños que seguían la caravana se agitaban inquietos tras los últimos carros, como la cauda de una cometa cuando parece que va a chocar contra las alas y el viento la devuelve a la retaguardia. Corrían pesadamente para no rezagarse y había quienes incluso rodaban hechos un ovillo.

—¡Mira papá, los enanos! —exclamó Jack.

Los enanos, ¿cómo no los distinguí? Tal vez porque desde donde estábamos no se podía ver nada excepto las colas de los caballos. Supuse que darían un rodeo más y opté por atajar la procesión cerca de la carpa.

—Nos perderemos el desfile —rezongó Elsie.

—Al contrario, veremos cómo termina desde el principio.

Siempre es lo mismo con Elsie, tiene el carácter de su madre: es imposible tomar una decisión libremente sin antes consultársela o sin ser cuestionado. Torció la boca para expresar su disconformidad y resignada me siguió dando grandes zancadas, sin soltar la mano de Jack. La idea no fue muy original ni efectiva, pues al llegar había ya demasiada gente que, pensando como yo, habíase apostado a las puertas del circo; ocupamos sin embargo un buen lugar apenas un par de minutos antes de que se avistara la cabeza del desfile, un elefante de dimensiones desproporcionadas, coronado con una diadema de brillantes en forma de corazón y estrellas. Al verlo, los recuerdos echaron a andar; era este animal, para mí, como un viejo y querido conocido.

—¡Sólo por unos días, damas y caballeros, niños y niñas, sólo unos días el Circo Mundial del gran Viterbo Rossi! —gritaba a voz en cuello el maestro de ceremonias, cuya voz se oía imponente desde el megáfono. Iba sentado a horcajadas en la cabeza de Rupa y vestía casi como un verdadero nawab, excepto por las botas prusianas: casaca negra satinada, bombachos, charreteras, múltiples insignias y turbante. Dadas las expresiones de grandeza no podía tratarse sino de Rossi, que en nada se parecía a la figura que en el cromo montaba a Rupa.

Viterbo Rossi era corpulento, más bien gordo y fatigoso; sus ojos color esmeralda apenas se advertían en esas ranuras de alcancía que cedían a sus mofletudos cachetes; la abundante cabellera rubia, ensortijada bajo el turbante, con largos bigotes retorcidos en zigzag y una barba partida en dos que alcanzaba su pecho.

—¡La magia que ha encantado a Asia y Europa! ¡Sólo unos días, hoy o nunca! ¡Tarnés, el león blanco de Mongolia! ¡Ngotu, la pantera negra de Nigeria! ¡El hombre más fuerte del mundo, Ursus! ¡Vean a Vlady, el anciano niño de Armenia!

La verdad es que Rossi no requería de un pregonero, bastaba ver a la hermosa pantera y al feroz león en sus jaulas; cómo saltaban los músculos de Ursus al levantar unas pesas; a Vlady, el armenio, sentado en una silla, diminuto, con su cara infantil arrugada y el cabello encanecido. De cuando en cuando Rossi dejaba el megáfono a un lado y con la mano derecha blandía un bastón como una cimitarra, dibujando elaboradas figuras; con la izquierda realizaba con el turbante, a la manera de un prestidigitador, toda clase de suertes. Jack y el resto de las personas en torno nuestro lo miraban boquiabiertos. Al evocarlo, me viene a la memoria la segunda visión que tuve de él, ante la taquilla, que es la de un jabalí abochornado, transpirando a mares bajo el sol de primavera, bufando mientras limpiaba con un percudido pañuelo su rostro empapado en sudor, que apenas secaba volvía empaparse. Esta cualidad era, por decirlo de alguna manera, su piedra de Sísifo. A ratos las jaulas de los animales parecían ceder a la salvaje fuerza de las bestias y la gente retrocedía alarmada. Entones un grupo de jinetes se acercaban, látigo en mano, para dominarlas, y aquéllas se devolvían con mansedumbre al fondo de su corral, sólo para reanudar la carga minutos después. De la mano de mis hijos veía lo que más detesto del espectáculo: la torpe fábrica de situaciones límite, la ingenuidad ensayada, su espontaneidad calculada. Eso era, en resumen, lo que Rossi había demostrado hasta ahora con su Gran Circo Mundial. Un circo, cualquier circo, todos los circos.

—¡Capturado en las insondables estepas de Astracán, rey de reyes entre los salvajes, el elefante de la memoria prodigiosa, Rupa, el pitagórico!

¿Capturado en las estepas de Astracán? Dije que el elefante era de dimensiones desproporcionadas, lo cual sería una perogrullada si no se tratara de Rupa. El paquidermo era inmenso como cualquiera en su especie, pero en éste había una particularidad, tenía una enorme cabeza y una trompa y orejas pequeñitas, sobre las cuales descansaba la ridícula tiara que lo coronaba como rey del espectáculo. Esta clase de elefantes me resultaba familiar, y aunque no podía recordar dónde exactamente los había visto, tenía la certeza de que no fue en Astracán.

—¿Qué tendrá de particular esa bestia?

—¡Papá! —protestó Elsie—, ¡Rupa no es una bestia!

—Es el animal más inteligente del mundo —explicó Jack.

—Es el elefante de la memoria pro-di-gio-sa.

—Hijos míos: los elefantes tienen una memoria prodigiosa, y son bestias, tal como el león, la pantera, el oso, son bestias… ¡Y ese paquidermo no es la excepción a la regla!

—¡No-es-una-bestia, papá! —insistió Elsie, a estas alturas francamente molesta conmigo.

Rupa pasó frente a nosotros sin barritar siquiera, con sus ojos acuosos y su pequeña trompa alicaída. Giró pesadamente su cabezota hacia nosotros y, por un instante, clavó su mirada desganada en mí. Cualquiera diría que atestiguó la discusión; no obstante, sentía simpatía por el animal, o mejor dicho, por los recuerdos que me traía.

—Míralo qué triste se puso —dijo Elsie, jalándome del saco con cierta aprehensión—… ¡Te escuchó, papá, te escuchó!

Jack se me escapó de la mano y corrió hacia el elefante. Me apresuré a apartarlo del camino y lo reprendí.

—¡¿Qué has hecho?! ¡Una más y se terminó la visita al circo!

—Quería pedirle disculpas, papá, ¡lo hiciste llorar! —dijo Jack, señalando a Rupa. Observé al elefante. Tenía razón, en su piel rugosa se perdían algunas gruesas lágrimas. ¿Cómo explicarles que tal vez se debieran a alguna infección, al clima, qué sé yo? Jack y Elsie no se mostraban contentos, en verdad lo estaban y yo, ¿qué estaba haciendo?, ¿convertir lo que debía ser un domingo feliz en un día para no recordarlo nunca?

—En cuanto termine el espectáculo le pediré al señor Rossi que nos permita ver a Rupa y le ofreceré una disculpa.

—¿Lo prometes? —preguntaron al unísono.

—Prometido. Ahora, ¡a divertirnos!

Una hora más tarde, cuando vi a Rossi en la taquilla convertido un jabalí transpirante, los chicos me azuzaron para asegurar que le diera mis respetos a Rupa. Intenté presentarme para solicitarle el favor, pero me repelió esa imagen simplona de príncipe indio como salida de un cuento de Conan Doyle, fabricada tan torpemente; lo sentí como un insulto personal, una perversión creada por mí. Otra percepción exagerada y llena de vanidad.

—El señor Rossi está algo ocupado, chicos, cuando termine el espectáculo iremos a felicitarlos.

La función inició a las seis, prácticamente con lleno total. Iluminaban la pista unos gigantescos reflectores giratorios que apuntaban hacia todas partes para luego concentrarse en la pista. Nuestros asientos eran de primera fila, la cuarta para ser precisos, y a mi izquierda, un caballero que había asistido a los ensayos, inspector sanitario quizá, se desgañitaba contando con lujo de detalle los pormenores de cada acto y cada comentario suyo, al menos para mí, los desnudaba de esa magia inesperada que debería prevalecer en el circo.

—¿Podría hablar en voz baja? Los niños, usted sabe.

—¿Le conozco? —respondió.

—Lo dudo.

—No puedo —dijo el sabelotodo, señalando a sus tres hijos, más o menos de la edad de los míos—: “los niños, usted sabe”.

Los chicos, sin embargo, supieron sacar ventaja de sus indiscreciones, en especial a partir de que Lucinda, la equilibrista, cayó del alambre sin hacerse daño. Rossi manejó el accidente como parte del espectáculo y alzó el puño de Lucinda para que el público le rindiera una gran ovación. De no haber sido por el sabelotodo, jamás habríamos reparado en el error.

—¡Ahí, ahí debía girar con la pértiga! ¡Pudo haber muerto!

Lo malo entonces fue que Jack y Elsie decidieron comentar la función con la familia Sabelotodo, dejándome al margen como mono pintado. Y así, conmigo borrado y en calidad de comparsa, vimos al jefe indio Águila en Llamas bailar la danza del fuego con dos serpientes enroscadas en los brazos, brincoteando con los pies descalzos sobre brasas ardientes; a los trapecistas volar de extremo a extremo de la carpa, entre dobles y triples saltos mortales, causándonos un vacío creciente en el estómago con el vértigo de sus evoluciones en el aire; al fiero y níveo Tarnés y a la taimada Ngotu dominados por el Capitán Alden; a enanos y larguiruchos payasos con la gastada broma de la cubetada de agua que al final lanzan al público con papel picado; al gran Ursus, que además del truco de las barras de acero podía doblegar a Mnyama, el supuesto oso de Tanzania.

Mnyama significa “bestia” en suajili —expliqué a los niños.

Elsie me lanzó una miradita de desdén e incredulidad; Jack, ni siquiera escuchó, y mis improvisados acompañantes, total indiferencia. En cambio, cuando el señor Sabelotodo anticipó: “Miren cómo Ursus lo va a cargar ahora… ¡impresionante!”, ahí sí que pusieron atención. Me devolví entonces a mi inesperado papel de espectador de mis propios hijos; no veía la hora en que este desagradable episodio en mi vida concluyera.

Llegó por fin el momento estelar, y con esto el fin de mi tortura: Rupa el memorioso, o el matemático, o lo que fuera. Grande entre los grandes, reconocido en la Europa continental, en Japón, América y el Cono Sur; Rupa, cuya fama ha surcado los Siete Mares… Así anunció Viterbo Rossi al elefante, sin dejar de mencionar, claro, el asunto de las estepas de Astracán, a lo cual me preguntaba cuántos entre el público sabían que las dichosas estepas están en Rusia.

El señor Sabelotodo fue prolijo en detalles de la actuación de Rupa, aunque realmente no había podido verlo porque tuvo que abandonar el ensayo, hecho que no importó para que los niños se desinflaran en un “¡Oh!” redondo de admiración.

Guardamos reverente silencio cuando hizo su entrada triunfal. El paquidermo avanzó hasta el centro de la pista con paso lento, pesado y cadencioso… como suele ser cualquier caminata de elefante, dicho sea de paso. Viterbo Rossi hostigaba a la bestia con su látigo, chasqueaba los dientes, gritaba y manoteaba al aire claves comprensibles sólo entre él y Rupa. Al verlos, lo único que me cruzaba la cabeza era la arbolada geografía de Sudáfrica, de la India, de Pakistán, sin dejar de pensar en el timo de Astracán. Rupa dio unas vueltas en torno a la arena, para saludar al público —o despedirse, si se prefiere— y sorpresivamente, ante nuestra mirada incrédula, o mejor dicho, para desconcierto nuestro, se desvaneció en un montón de paja, muy cerca de donde estábamos. Viterbo Rossi conservó la calma, aunque no pudo disimular su consternación. Tronó los dedos y sus asistentes le trajeron una silla, en la que se sentó y, sonriente, extendió una mano como presentando a la masa inmóvil, “el gran Rupa”. Se escuchó al unísono un suspiro de alivio, risas y aplausos. La escena en verdad hubiera resultado cómica de no ser porque se prolongaba. Rossi se aproximó al elefante, le dio unos golpecillos en su pequeña trompa y ordenó con un doble aplauso:

—¡Hop-hop!

El elefante, inmóvil. Cogió esta vez el látigo, dio un rodeo por la pista, y otra vez:

—¡Hop-hop!

El elefante ladeó su enorme cabeza y alzó su pequeña trompa, de la que salió un barrito limpio y diáfano que me transportó al Valle de Swat en Pakistán. ¿Cómo pude olvidarlo? Al ver a Rupa postrado, sentí pena y compasión por la bestia. De ser cierta la historia de Hathi, el elefante tendría los días contados.

—¡Hop-hop! —y los silbidos y chicotazos del látigo sobre la gruesa piel del paquidermo se multiplicaron. Rupa no se movía, tenía los ojos cerrados, como si durmiese. Rossi hizo señas para que entraran a la pista sus asistentes, pero no pudimos ver mucho porque las luces sobre ellos se desviaron hacia el público. Se hizo un grave silencio que pronto se convirtió en rumor y del rumor pasó a la rechifla.

—Niños —advertí a mis hijos y a los de Sabelotodo—, creo que esta noche Rupa no actuará.

—¡Pero qué tonterías dice! —exclamó mi rival—. Usted no ha visto nada del gran circo de Rossi…

—¿Y usted sí?

—Bah, seguramente lo planeó.

—¿Como el accidente del equilibrista?

El señor Sabelotodo hizo un mohín y se dirigió a los niños:

—Esperemos, chicos, esperemos a ver qué sorpresas nos ha preparado Rossi.

Elsie y Jack nos examinaron, como sopesando nuestros argumentos. Para mi asombro, gané en su juicio, porque me pidieron que me acercara a ellos para decirme algo en secreto al oído:

—¿Rupa está enfermo, papá?

—Sí, hijita, está enfermo.

—¿Porque está triste?

—Sí, hijito, porque está triste —asentí, con la intención de explicarles la naturaleza de esa tristeza, pero al instante volvieron las luces sobre Rossi y su voz se elevó al cielorraso, distorsionada por el megáfono, para solicitarnos paciencia, quitándose el turbante en señal de respeto.

—Damas y caballeros, niños y niños, gran público de Inglaterra, el Gran Circo Mundial experimenta dificultades técnicas fuera de programa. Les ruego su comprensión y… ¡continuamos con el espectáculo!

Los reflectores dejaron nuevamente a Rupa a oscuras y se dirigieron hacia el otro extremo de la pista, donde Ursus, Mnyama y un grupo de payasos hacían malabares al compás de la música. Parecía un acto previsto para estas contingencias y aunque la reacción del público fue negativa y por un momento temí que la situación se saliera de control, al final y por fortuna, los artistas lograron captar la atención de la mayoría, aunque en ésta desgraciadamente podía descontar a Jack y Elsie. Allí los tenía frente a mí, con una mirada lánguida, decepcionada, que podría matar a cualquiera. Me dolía, porque en sus rostros adiviné que el objeto de su decepción era yo, el único responsable del estado de ánimo del elefante. A través de la oscuridad pude observar al animal, sumido en la añoranza, y al mofletudo Viterbo Rossi a punto de reventar. El destino del elefante estaría sellado si no se levantaba.

Rupa batió las orejas con suavidad y resopló, pero ese resoplido era un largo suspiro. Me sentí veinte años más joven, observando a otro elefante de la misma especie, igualmente abatido y añorante, en el Paso de Malakand. El episodio en las frías llanuras del Valle de Swat se desveló por completo en mi memoria y vi al viejo Shere Hathi, como le decíamos al cuidador de elefantes, devolviéndole a su bestia algo de aquel paraíso perdido. A riesgo de quedar como un estúpido, decidí intentar lo mismo con la esperanza de reivindicarme ante mis hijos.

—No se muevan de aquí —les ordené.

—¿A dónde vas?

—Voy a ponerle remedio al asunto.

Descendí con grandes zancadas sobre la gradería, abriéndome paso a empellones entre niños, mujeres y hombres, hasta que llegué al borde de la arena y me detuvieron. Los asistentes de Rossi me rodearon y uno se atrevió a cogerme de las solapas.

—Dígale a su jefe que soy veterinario —aseguré, confiado en que mi pinta de médico respaldaría la mentira—. Sé lo que tiene esa bestia, digo, el elefante.

Me miraron con desconfianza e intentaron hacer que volviera a mi lugar. En torno a Rupa había desesperación; Rossi dialogaba con el Capitán Adler y se rascaban la cabeza sin comprender qué sucedía; vi que revisaron la temperatura de la trompa y examinaron sus minúsculas orejas tras el rastro de un animal ponzoñoso. Insistí en mi cuento del médico y argumenté que si no me permitían ingresar a la pista, haría cerrar el circo porque podía ser portador de “la plaga”. La amenaza sólo surtió efecto cuando señalé al inspector sanitario, el señor Sabelotodo.

—Avisa a Rossi —indicó el jefe a uno de sus muchachos, que corrió a darle parte al propietario del circo. Viterbo Rossi se volvió hacia mí, se colocó el turbante e indicó con un gesto que me acercara.

—Conque usted es inspector.

—Algo así.

—Le aseguro que Rupa está en excelentes condiciones, ayer lo revisaron, pasó la inspección, todos los animales del Gran Circo Mundial están sanos, como ha podido constatar su compañero.

Rupa tenía abiertos los ojos, negros y redondos como dos aceitunas. Parecía que me miraban, pero sabía que el elefante no estaba realmente aquí, en el circo, sino perdido en las planicies del Swat. Había que traerlo de vuelta o moriría de añoranza.

—¿Usted es su entrenador?

—No, él murió hace tres días.

—Lo lamento.

—Irremplazable… ¡fue el mejor faquir que hemos tenido!

—Grande entre los grandes —acotó el Capitán.

—¿Ha dicho usted faquir? ¿Acaso era indio?

—De los pies a la cabeza, como Rupa, de Astracán. Pero ya ve, murió.

—Su alma se elevó sin dar aviso —dijo el Capitán Adler.

¡La bella y la bestia! Adler un poeta y el gran Viterbo Rossi un ignorante. Me pregunto cómo se puede confundir Pakistán con Astracán. Ahora comprendía algunas excentricidades del maestro de ceremonias, como su vestimenta de príncipe indio.

—Óigame usted, Rossi, no sé cómo llegó a la conclusión de que Astracán está en la India, pero este animal pertenece a una especie de elefantes arraigados al Valle de Swat, en Pakistán. Extraordinarios, cierto, pero si salen del valle mueren de melancolía.

—¿Está diciendo que Rupa agoniza, que no tiene remedio?

—No exactamente, si me permite, puedo intentar algo que aprendí hace tiempo en la India. Le llaman “práhtikar”, un método para conservarlos con vida fuera de su hábitat.

Rossi se encogió de hombros y se apartó. Entonces advertí que los reflectores nos apuntaban y el circo estaba pendiente de mi actuación. Ya era parte del espectáculo. ¡En qué lío me había metido! ¿Y si el práhtikar era una más de las historias de Shere Hathi? Sería el hazmerreír de Inglaterra y quedaría en entredicho mi reputación. Me volví hacia Jack y Elsie, los saludé nerviosamente con la mano. Di unos pasos hacia donde yacía Rupa, hasta quedar justo frente a su gran cabeza, y entoné discretamente, lo mejor que pude, aquel monótono rumor que durante veinte noches continuas escuché en el Paso de Malakand, que simula el correr del río. Me incliné para acariciar su trompa, pero el elefante no reaccionó. Quería devolverme a mi asiento, mas al imaginar los rostros de Jack y Elsie decepcionados de mí, lo intenté con más ímpetu.

—¡Esa tonadilla! —exclamó el Capitán Adler, y sus palabras fueron de alivio porque me indicaban que no era nueva para él. Me aproximé cuanto me fue posible a las pequeñas orejas del elefante y proseguí con mis onomatopeyas como si le confiara un secreto, mientras buscaba en mi memoria los detalles de aquellos parajes deslumbrantes para reconstruir en una especie de melodía la naturaleza del valle, el correr del río, la lluvia al chocar contra las rocas, el crujir de la hierba, el vuelo del águila… Después de uno o dos minutos, mis ruidos se habían convertido en una suerte de mantra al que se habían unido Adler, Rossi, Ursus, los payasos, el público, crush crush shsh tiptip, en una sola voz que se extendía desde la arena hasta el trapecio y a la cual Rupa, finalmente, fue sensible. Su pequeña oreja aleteó y salió de su trompa uno de esos barritos inspiradores y diáfanos como las aguas del Swat. La expresión triste de sus ojos se disipó paulatinamente y, con parsimonia, se incorporó sobre sus largas patas traseras como una elevada montaña del Hindu Kush. Rupa barritaba también ese rumor seseante que más bien era el viento de las montañas, giró sobre su propio eje y, al cabo, se deslizó alrededor de la pista, ágil como un tigre, y esa voz única que se había elevado para sanar la nostalgia de Rupa por su tierra, esa fatal melancolía que invade a los transterrados del Swat, se fue apagando para ceder ante un prolongado aplauso.

Shere Hathi decía que no hay mayor tristeza que ver morir a un elefante, ni mayor alegría que verlo regresar a la vida. Tenía razón. Retrocedí con pasos suaves, cuidadoso, como quien se aleja de un castillo de naipes recién construido para evitar que se derrumbe, hasta que desaparecí de la pista y me hallé de nuevo junto a mis hijos bajo esa lluvia de aplausos que, desde luego, no eran para mí, sino para Rupa el pitagórico, en plena actuación. Aún escuché que Sabelotodo comentaba a sus hijos:

—Les dije que estaba planeado, ¡Rossi es un genio!

Para mí, ni el sabelotodo ni el acto de Rupa tenían importancia. Colgados de mi brazo, Jack y Elsie me admiraban como si hubiesen descubierto la verdadera identidad de su padre.

—Cuando sea grande —dijo Jack antes de caer dormido camino a Rottingdean—, quiero ser doctor de elefantes, como tú.

Carrie no tuvo oportunidad de interrogar a los niños, como acostumbra hacerlo cuando salen conmigo apenas llegamos a casa. Tampoco fue necesario hacerlo después, porque varios periódicos locales relataron el incidente, incluso hubo alguno, bastante ocioso, que le dedicó una nota en primera plana. Pequeña, pero suficientemente exagerada como para llamar la atención.

—“Míster Kipling salva la noche” —leyó Carrie en voz alta—, ¿es verdad todo esto cuento?

—Me declaro culpable —dije—, soy un héroe.

—¿Héroe? Te dejo una tarde a solas con los niños y al día siguiente apareces en todos los diarios, ¡eres una calamidad!

La actitud de Carrie no correspondía con sus palabras, así que tomé la reprimenda como un halago disfrazado.

—Así es —sonreí, con los ojos de la memoria puestos en Rupa y los niños—, una feliz calamidad.

 

 

Gerardo de la Cruz (Ciudad de México, 1974) estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM y Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la Sogem. Es escritor y editor. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y del Programa Jóvenes Creadores del Fonca. Recientemente ha colaborado en las revistas Correo del MaestroLa palabra y el hombre y el suplemento El Cultural, de La Razón. Entre sus libros recientes figuran las novelas La inacabada vida y obra de J. Chirgo (Terracota, 2015) y El capitán implacable (Alfaguara Juvenil, 2018).

Posted: January 22, 2020 at 11:45 pm

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