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Donald Trump: el canalla que nos merecemos

Donald Trump: el canalla que nos merecemos

Hisham Melhem

Tal y como observó George Orwell hace 70 años: “si el pensamiento corrompe al lenguaje, el lenguaje también puede corromper al pensamiento”.

La degradación del lenguaje –y, por extensión, de la cultura política al borde de lo fraudulento– que hemos visto en los últimos seis meses podría afectarnos toda la vida.

Antes de que el tren fuera de control llamado Donald Trump se detenga –porque lo hará, aunque ignoramos en qué estación–, dejará a su paso los restos de un proceso político disfuncional plagado de mentiras, doble discurso y obsolescencia, donde la mayoría de los demócratas y republicanos han ocupado el escenario sólo en tanto baile de sombras político.

Independientemente de hasta dónde llegue, seguiremos preguntándonos cómo un bufón políticamente analfabeta y narcisista, un fanático sinvergüenza con el vocabulario de un niño de 13 años, pudo dominar la política de la democracia más poderosa del mundo en estos seis meses.

Gesticulaciones
Los discursos Trump son un torrente de palabras inconexas, marcados por gruñidos y referencias interminables a “mí”, “yo” y “¡wow!”, acompañados, histriónicamente, con gestos extravagantes.

Su arsenal de palabras es frustrantemente limitado. Para él las cosas son “asombrosas”, “increíbles”, “fantásticas” y la gente “estúpida” o “tonta”.

Su reacción ante cualquier crítica, incluso leve, es apretar el gatillo disparando un arsenal de insultos e invectivas contra sus críticos reales e imaginarios. Trump tiene el hábito de lanzar epítetos raciales y religiosos contra diversos grupos y minorías pero si los periodistas lo cuestionan –en muchos casos tímidamente–, rápida y descaradamente exclama: “Amo a los negros” o “amo a los mexicanos ”. Recientemente nos regaló incluso esta joya: “Amo a los musulmanes”… La misma gente a la que le gustaría mantener fuera de su pretendido imperio.

Su envilecimiento del lenguaje ha infectado parcialmente a sus críticos, quienes no están satisfechos tildándolo de demagogo, charlatán, bufón o sinvergüenza, sino que van más allá de lo que es significativo y realista aventurando que Trump es un fascista, o haciendo una escandalosa comparación con Hitler –un abuso de las analogías históricas y un insulto a las víctimas de Hitler. (Invocar a Hitler y el nazismo para ofrecer un punto de comparación político me resulta en extremo inexcusable e intolerable).

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La genealogía de Trump
Los analistas han hecho ya la observación de que Trump es el ejemplar más reciente de una muy larga línea de peligrosos demagogos que han dado gracias al cielo por los temores de la gente en tiempos de incertidumbre y crisis.

Así, ha sido comparado con el fallecido gobernador de Alabama, George Wallace, quien hizo campaña por la presidencia en los años 1960 y 1972 como un descarado segregacionista. Otros comparan a Trump con un demagogo grandilocuente anterior a la década de 1920, Huey Long, quien se desempeñó como gobernador de Louisiana y, más tarde, representó a ese estado en el senado. Pero la comparación más certera ha sido con el ya fallecido senador republicano Joe McCarthy, quien, en la década de 1950 y mediante la manipulación de la política del miedo y la xenofobia en pleno apogeo de la Guerra Fría, llevó a cabo una implacable campaña contra supuestos comunistas infiltrados en el gobierno de Estados Unidos. Como Trump, McCarthy utilizó, manipuló e incluso intimidó a los medios de comunicación.

La simpleza o incluso la chifladura de algunos medios de comunicación –en particular la televisión por cable que ve a Trump como una celebridad decantada en político– explica en parte por qué Trump aún tiene que gastar mucho en publicidad. Sus primeras y escandalosas declaraciones contra periodistas, especialmente mujeres, no han provocado el tipo de reacción y cuestionamiento firme que uno esperaría de los medios de comunicación serios. Durante meses, Trump se permitió dominar y dar forma a la cobertura televisiva de su campaña. Así, ha estado de planta en diversos programas de entrevistas, en persona o vía telefónica, en donde se muestra amistoso con personalidades de la televisión que lo llamaban “Don” o “Donald”.

La política del miedo
Trump se burló y ridiculizó a los políticos liberales y conservadores; insultó a los hispanos, afroamericanos y musulmanes estadounidenses y, tras cada señal indignante, su popularidad aumentó.

Durante semanas muchos han visto cómo vivía su fantasía: un presidente de la realidad televisiva. En ella Trump mantenía su habitual personalidad grosera, riéndose a nuestra costa en el trayecto de su nominación como candidato del Partido Republicano a la Presidencia de los Estados Unidos. Al principio, es verdad, había cierto aspecto entretenido en lo que parecía una campaña quijotesca. Pero recientemente y en una cuantas semanas la retórica de Trump se ha vuelto cada vez más tóxica y peligrosa, incitando a la gente a espiar a sus vecinos estadounidenses musulmanes, clamando por la inspección y cierre de algunas mezquitas y exigiendo que norteamericanos musulmanes cuenten con documentos de identidad especiales.

Recientemente, Trump llevó a Estados Unidos a una nueva zona de hostilidad con el mundo musulmán. Su llamada a negar a todos los musulmanes la entrada a Estados Unidos fue en extremo ofensiva y gratuita.

En un artículo que en días pasados publiqué en Politico Magazine  comparando las experiencias de las comunidades musulmanas en Estados Unidos con sus correligionarios en Europa, especialmente en Francia, me sentí obligado a añadir que “en Estados Unidos y durante 2015 muchas figuras públicas se dedican a la incitación abierta contra sus compatriotas. A ellos habría que recordarles que sus palabras podrían traer sangre”.

Pasado y presente
Se ha escrito mucho sobre la historia de la exclusión en los Estados Unidos, sus restricciones a la inmigración procedente de determinados países o pueblos. Tan recientemente como en la década de 1930 y 1940, judíos europeos que huían del fascismo y el nazismo no fueron bien recibidos en EE.UU.; al mismo tiempo y en este país, se crearon campos de concentración para 120.000 japoneses-americanos, muchos de los ellos legalmente ciudadanos estadounidenses.

Sin embargo, esta es la primera vez que una figura pública norteamericana, y el principal candidato del Partido Republicano a la Presidencia, exige prohibir el ingreso a Estados Unidos de los seguidores de la segunda religión más grande del mundo.

Trump ha tenido mucho éxito con la manipulación del miedo de la gente y sus incertidumbres de orden económico. Encuestas recientes muestran que el miedo al terrorismo está elevando los índices de aprobación de Trump como un potencial líder fuerte, más exitoso en la lucha contra el ISIS que el presidente Obama.

Una encuesta reciente de The New York Times/CBS mostró que el público tiene poca confianza en el desempeño que el presidente Obama tendría ante la amenaza terrorista del llamado “Estado Islámico”. El fenómeno Trump en este momento de la vida de EE.UU. –al igual que las recientes victorias electorales de los partidos de extrema derecha en Europa, particularmente del Frente Nacional en Francia– debe entenderse en el contexto de una crisis de confianza y liderazgo tanto en el Estados Unidos como en la Unión Europea. Se trata de un problema traído a las primeras planas a raíz de la histórica crisis de refugiados en Europa provenientes del Medio Oriente y, asimismo, posterior a los ataques terroristas en París y San Bernardino cometidos principalmente por hijos de inmigrantes musulmanes.

Nunca antes la UE se sintió tan insegura respecto de algunos de sus fundamentos –multiculturalismo, fronteras abiertas, políticas de inmigración liberales– como se ha mostrado el último año. Mucho antes que Estados Unidos bajo Obama, la UE fue retirándose del Medio Oriente y algunos de sus países recortaron drásticamente sus presupuestos militares. Ahora, Francia y el Reino Unido se están viendo obligados a reaccionar militarmente ante los estragos causados por ISIS en el corazón de Europa. Es un signo de los tiempos que EE.UU., tras más de un año de una campaña aérea contra ISIS en Siria e Irak y con un despliegue limitado de fuerzas especiales, siga mostrándose incapaz no ya de derrotar sino de contener a ISIS. Ningún país occidental está dispuesto a desplegar tropas de tierra para destruirlo.

Tiempos peligrosos no sólo para el Medio Oriente –particularmente para Siria e Irak– sino también para EE.UU. y la UE. Los desafíos a la seguridad, las incertidumbres económicas y los liderazgos débiles son terrenos fértiles para las simpatías de Trump en EE.UU. y Le Pen en Francia.

Muy probablemente Donald Trump no será elegido presidente de Estados Unidos pero ya ha mostrado que, incluso en Estados Unidos, canallas ambiciosos pueden ascender invocando el patriotismo, proyectarse como líderes populistas, degradar la cultura política demonizando a otros estadounidenses o, asimismo, enarbolar el látigo de la xenofobia y el nativismo tosco. Hemos visto diversos rostros de Trump a lo largo de la historia norteamericana. Un estridente, vulgar y narcisista aspirante a jefe salvador ha surgido entre nosotros. Este canalla es un nativo: creció en nuestra cultura política y ella se lo merece.

© Al Arabiya News
Traducción de D.M.P.

 MelhemHisham Melhem es columnista y analista de Al Arabiya News Channel en Washington, DC. Melhem ha entrevistado a numerosas figuras públicas estadounidenses e internacionales. Es corresponsal de Annahar, el diario libanés más importante. Durante cuatro años fue anfitrión de Across the Ocean, programa de actualidad sobre las relaciones entre Estados Unidos y el mundo árabe para Al Arabiya News Chanel. Twitter: @hisham_melhem


Posted: January 20, 2016 at 11:55 pm

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