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El día de mañana
COLUMN/COLUMNA

El día de mañana

Andrés Ortiz Moyano

Leo en algunas cabeceras digitales que las ventas de La peste (1947) de Albert Camus se han disparado desde que vivimos en esta suerte de pecera apocalíptica provocada por el dichoso “bichito”, que diría mi hija. De igual forma, no debe extrañar que la película Contagio (2011), de Steven Soderbergh, sea la más buscada en plataformas de entretenimiento doméstico.

Y no puedo evitar una media sonrisa.

Me imagino que alguno, espero que pocos, se desanimarán al no descubrir en la formidable obra del argelino un thriller trepidante sobre una pandemia global neutralizada por atléticos y audaces infectólogos alrededor del mundo.

Sí imagino que muchos otros, merced más bien a una serendipia inesperada, valga el pleonasmo, descubrirán en las palabras de Camus un encubierto canto a la vida y, sobre todo, un extraordinario y lúcido análisis de la sociedad, de las personas y del mundo.

Porque en La peste (basada en la epidemia de cólera que sufrió Orán, Argelia, de donde era oriundo el filósofo), lo que menos nos preocupa es el virus, es una mera excusa. Lo realmente fascinante es el comportamiento de sus personajes; sus decisiones, reflexiones y acciones en un escenario perturbador e inquietantemente similar al que padecemos estos días.

Decíamos que la enfermedad en La peste es irrelevante; o quizás es de suma importancia siempre que identifiquemos su verdadera identidad, al auténtico villano de la trama. Camus tuvo la genialidad de disfrazar de virus a un terror mucho más poderoso: la verdadera peste que describe es la opresión del poderoso. El nobel era hijo de su tiempo, heredero del más atroz de los colonialismos y testigo de los inhumanos movimientos comunistas y fascistas. Él mismo era francés nacido en tierra ajena, repudiado y hasta odiado por otros intelectuales galos. Conocida es su tensa relación con Jean Paul Sartre, a quien, fíjense qué curioso, la historia ha castigado con justicia su proximidad esnob a las barbaries soviéticas mientras que el libérrimo Camus está más vigente que nunca.

Camus es el absurdo, el heredero de los pensadores alemanes, pero quizás con un barniz más optimista. Lo que precisamente rezuma la obra a pesar de su aparente patetismo. La peste nos recuerda este absurdo: las personas no somos más, ni menos, que individuos que dependen de su circunstancia incontrolable (pensamiento muy orteguiano, por otra parte). “El absurdo surge de la confrontación entre la búsqueda del ser humano y el silencio irracional del mundo”, decía el filósofo. Y acaso hoy, en este confinamiento en nuestro paraíso occidental y tecnificado, mas derrotados por KO por un enemigo invisible que ni siente ni padece, ¿no es eso un absurdo?

Pero, ojo, este absurdo mal interpretado puede infectarse del estúpido relativismo, tan cacareado y pontificado por cobardes y vagos. Un relativismo licencioso que justifica la condescendencia y el onanismo emocional bobo de estos días. El absurdo de Camus no se completa sin reafirmar el último y más rotundo de los humanismos: esto es, la absoluta sacralidad de la libertad.

Sí. Porque el mañana, a pesar de todo y de la languidez del tiempo enlatado, es presuroso en todos sus sentidos y deberemos estar preparados. Preparados para un nuevo mundo, un nuevo amanecer, alegorías optimistas que, sin embargo, guardan una peligrosa mascarada.

El día de mañana veremos cómo nosotros mismos, como sociedad, hemos interpretado estos días infernales. Porque los males sacan a la luz tanto lo encomiable como lo facineroso del ser humano, y es en los escenarios extremos donde la lucidez debe asirse con fuerza para leerla y comprenderla.

El camino de la lucidez está adoquinado por los años, las experiencias y las lecturas. De no emprenderlo, la oscuridad ciega, y nos convertimos en entes estimulados por corazones de piedra. Es la lucidez la que, diáfana, transforma los rincones empantanados de la razón y la decisión. Es la que nos muestra el mundo como en realidad es, lejos de filtros y prismas que vician el juicio.

Gracias a la lucidez somos objeto de revelaciones necesarias, como la incomparable epifanía de nuestro lugar en el mundo, o el entendimiento del engranaje oculto de la sociedad que nos rodea y de la que formamos más parte de la que creemos. La lucidez no tiene por qué ser benevolente, pero en estos días de incertidumbre y miedo, nos demuestra que la simpleza es, en muchos casos, la clave para el análisis acertado. Es la llave, por ejemplo, para entender por fin que para encontrarnos a nosotros y al prójimo en este difícil escenario no son necesarias avalanchas de etiquetas, pertenencias a bandos, o afiliaciones a grupúsculos, tan de moda en nuestros tiempos de saturación informativa y ritmos exhaustos. Nunca antes la definición de la persona fue tan difícil.

Gracias al ejercicio de la lucidez, descubrimos que en realidad nuestro entorno es más sencillo que el que nos obligan a percibir. Reduzcamos nuestra propia presión arrojando piedras de la mochila.

Al fin y al cabo, las personas nos dividimos entre los decentes y los mezquinos. No hay mucho más. Y en esa lapidaria dicotomía no importan los colores de cada uno ni el color de cada uno; ni su lugar de nacimiento, ni su dios, ni su cama. Quiero pensar que el primer grupo es más numeroso, pero lo cierto es que los segundos parecen multiplicarse en tiempos de zozobra y desgracia, últimamente refugiados en su cobarde parapeto del cuasianonimato de las redes sociales.

Quizás lo complicado no sea averiguar quién es qué, sino decidirnos por el lado en el que queremos posicionarnos. Resulta tan sencillo como tentador provocar daño por acción u omisión en un mundo de sentimientos aislados. Pero basta con que recordemos que la decencia y la honestidad son mucho más fáciles de alcanzar de lo que creemos, pues un simple vistazo a nuestro alrededor nos permitirá comprobar que no somos los únicos acólitos de una causa perdida.

Decía el poeta Yevtushenko que “llegará un día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán estos días extraños en los que la honestidad más simple era calificada de coraje”. Qué tristeza comprobar que quizás estemos en esos días.

Pero en las tinieblas deberíamos recordar que el nuevo amanecer es, decía ut supra, sólo una interrogante a merced de los actos que decidamos acometer hoy. Y entonces resulta inevitable pensar de nuevo en Camus, y en que en el mundo existen muchas más cosas de admiración que de desprecio. Porque la elección de una apuesta por una distopía autoritaria o por un futuro de humanismo, globalización compensada, sostenible, e identitaria de lo que nos hizo grandes, depende de cada uno de nosotros.

Porque como decía otro hijo de Camus, el Quereas de Caligula (1944): “Bien debemos seguir abogando por el mundo si queremos vivir en él”.

 

Andrés Ortiz Moyano, periodista y escritor. Autor de Los falsos profetasClaves de la propaganda yihadista; #YIHAD. Cómo el Estado Islámico ha conquistado internet y los medios de comunicación; Yo, Shepard y Adalides del Este: Creación. Twitter: @andresortmoy

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Posted: April 2, 2020 at 8:32 pm

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