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El pacto de la hoguera

El pacto de la hoguera

Ana García Bergua

Nos trajeron las cervezas y las pusieron sobre una mesita maltrecha. Allí todavía no llegaba la ley seca, estábamos alejados de la capital. Allá en Villahermosa, hacía tres años, el gobernador había mandado quitar las puertas de los bares y los parroquianos se agachaban ante los mostradores de setenta centímetros para beber sacando el culo hacia fuera. Esto con tal de provocarles vergüenza. En las asambleas revolucionarias se decía que el alcohol minaba los salarios y reducía la productividad.

Alfredo Núñez Lanz, El pacto de la hoguera.

¿Qué podría definir a una buena novela histórica?, ¿la trama, la solvencia con que se narra, el retrato fiel de una época, la caracterización de los personajes o la comprensión de los hechos históricos? Yo diría que es una mezcla equilibrada de todos los elementos, pues no por ser histórica, una novela deja de ser una apuesta literaria, a la vez que propone una interpretación sobre un acontecimiento o un momento de la historia. Esto supone una habilidad del narrador que va más allá de la factura novelística, pues requiere de un complicado equilibrio entre todos los elementos que en muchas novelas del género se suele romper en un sentido o el otro. Por eso es más que loable que en su primera novela, Alfredo Núñez Lanz haya apostado por el difícil género histórico, internándose en sus vericuetos con una buena investigación que sostiene una historia situada en el Tabasco socialista de 1930. 

En el espíritu de La estatua de sal, las memorias que Salvador Novo no permitiría que se publicaran sino hasta después de su muerte, El pacto de la hoguera retrata las dolorosas imposibilidades del amor que no se atrevía a decir su nombre en una época en la que éste subsistía en medio de la clandestinidad, la autonegación y el escarnio, sin poder proclamar, como diría Cernuda, “la verdad de su amor verdadero”. El entorno de la novela de Núñez Lanz es la época en que fue gobernador Tomás Garrido Canabal, quien prolongó la Guerra Cristera más allá de Calles, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas de quien sería Secretario de Agricultura, hasta que el 30 de septiembre de 1934, un grupo de Camisas Rojas dispararía en Coyoacán a los feligreses que salían de misa en la iglesia de San Juan Bautista, lo que provocaría su destitución. Los dos personajes que narran la novela son los protagonistas de un amor negado que, a la par de su desarrollo tortuoso, va mostrando aquel Tabasco de los múltiples ríos, incomunicado del resto del país, y el ambiente exaltado de la militancia en aquellos años de experimentos postrevolucionarios, así como el bullicio del mercado de La Merced en la Ciudad de México donde la vida se iba normalizando al amparo del cardenismo. Obligados por las circunstancias a pertenecer a las filas de los Camisas Rojas, Amador y José, dos jóvenes de clase social distinta optarán por dos caminos distintos: Amador no tendrá otra salida que militar en las filas garridistas y José ayudará a los católicos que celebran sus ritos en secreto para después huir a la capital con su esposa y poner una bodega de plátanos en La Merced. En ese cruce de caminos, su pacto de adolescentes se habrá roto.

Los personajes están muy bien vistos: José es el hijo de familia, en tanto Amador –nunca un nombre tan bien escogido—es el protegido, el extraño, el hijo de la criada. Sin embargo, han crecido como hermanos y su relación alcanza la complicidad de la que, en apariencia, sólo es consciente Amador. La voz de cada uno está muy bien definida; así, el relato de José es más, por decirlo así, realista y agitado; la historia de la bodega de plátanos nos depara, amén de sus recuerdos del episodio cristero, un sabroso thriller que recuerda a aquellas películas mexicanas de los años cuarenta donde el mal acecha a la virtud en un encadenamiento de malos entendidos:

Las calles están desiertas. Las ratas salen de las alcantarillas y nos miran, culpándonos. Refugio y yo llevamos cargando a Rogelio Morales como si estuviera borracho. Su brazo izquierdo me rodea los hombros. Quería que fuéramos compadres y ahora lo somos. El brazo derecho descansa en los hombros de Refugio, como si los tres saliéramos de un burdel, abrazados, cansados de tanto pecar.

La voz de Amador, en cambio, es de carácter más íntimo, pues es la que reconoce la verdad de los sentimientos. La suya es una confesión desgarrada en la que quedan más que patente la hipocresía y el machismo militante, que no se cuestionaba la atrocidad de violar a un niño para hacerlo “hombrecito”, y que nos hace ver cómo quien oculta secretos y resentimientos por temor será capaz de infligir las crueldades que sufriría él mismo si se le descubriera. Amador, atrapado en la virilidad postiza y agresiva de los Camisas Rojas, empeñado en entender y compartir una lógica que lo rechaza, verá en el comportamiento de José, quien trafica con alcohol a la vez que ayuda a resguardar la imagen religiosa, una traición a su amistad y una reacción propia de su clase:

Ocampo me estrechó la mano antes de separarnos. Su caminar pujante me hizo saber que era un hombre de carácter. Un buen revolucionario daba el ejemplo, su presencia era parte de su mensaje. Yo, en cambio, no podía erguirme con mis convicciones. Era un hipócrita, un traidor. Te había permitido seguir con la locura del Sagrado Corazón. Ahora las familias se turnaban su custodia y tú parecías burlarte de mí por pertenecer a ese movimiento. Eres muy ingenuo si piensas que tendrás un futuro en esa organización, me decías, no eres familiar ni amigo cercano del gobernador. Y así, sin querer, me recordabas mi origen, tus palabras equivalían a un espejo donde podía ver, nítida, mi pobreza.

Muy bien investigada por Núñez Lanz, El pacto de la hoguera incorpora con naturalidad los detalles del entorno histórico a la trama, tanto en el retrato del garridismo y sus caprichosos uniformes y humillantes costumbres, como en el curioso Señor de las Llamas, Sagrado Corazón que trasladan de una casa a otra los aterrorizados creyentes, dirigidos por la madre de José, y que otorga a la novela el tinte delirante, incluso onírico, que lo alejaría un poco del realismo propiamente dicho. El Señor de las Llamas es el anhelo secreto de un grupo de católicos, así como el anhelo secreto de Amador es una vida imposible al lado de José. La perspectiva de la novela, desafiliada a ambos fanatismos, el de los cristeros y el del socialismo paramilitar de Garrido Canabal, permite una mirada a la vez tierna y descarnada, comprensiva con sus personajes y ajena a los dogmas de los que ambos son víctimas de alguna manera.

Escrita con solvencia e imaginación, si algo tenemos que reprocharle a El pacto de la hoguera, es el hecho de ser una primera novela. Con esta promesa, Alfredo Núñez Lanz ha hecho un pacto con los lectores: el de escribir, en lo sucesivo, muchas más.

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos. 

 

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Posted: July 30, 2018 at 9:31 pm

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