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El reboot de la historia

El reboot de la historia

Alejandro Gonzalez Ormerod

Lector, tú bien conoces al delicado monstruo,
—¡hipócrita lector —mi semejante—, mi hermano!

“Al lector”, Charles Baudelaire

Ya no sé en qué creo. O tal vez nunca lo supe y el mundo solo ahora comienza a desmentir todo en lo que creía creer antes. Los viejos nombres de las viejas ideologías se han mantenido intactos mientras su contenido se ha ido vaciando. Facciones opuestas y beligerantes en el terreno de la filosofía política se pelean por autoproclamarse “liberales”; ser de “izquierda” o de “derecha” significa tantas cosas contradictorias que ya no parece representar mucho; y luego están todas estas palabras que solían significar algo —“feminista”, “capitalista”, “fascista”— pero cuyas connotaciones desconsensuadas hunden cualquier definición objetiva que pudiesen haber tenido en algún momento.

No soy el único que ha entrado en esta crisis de confianza ideológica. A nivel mundial hemos visto lo que pasa cuando se desmoronan las ideas que aglutinan la sociedad. Por lo tanto, no me extenderé con una lista de los extremistas que han llegado al poder en sociedades polarizadas, ni mencionaré las crisis de legitimidad que están experimentando viejas instituciones establecidas, ni los fuertes cuestionamientos que están enfrentando las viejas ideologías de antaño; todo esto lo vemos diario en medios que nos bombardean las veinticuatro horas al día. El problema es que no ha surgido ni una contundente respuesta al extremismo, ni un reemplazo convincente a las instituciones deslegitimadas, ni sistemas alternativos a las viejas verdades. Nos quedamos solamente con el cascajo de los contratos sociales sobre los cuales construimos nuestras sociedades. Nuestra era es una de posmodernismo ascendente; un mundo en el que la “realidad” es completamente subjetiva y pertenece al mejor postor —al más rico, al más poderoso, al más locuaz.

Clarifico, no es como si el pasado hubiese sido mucho mejor —no lo era—, pero, eso sí, lo que las ideologías hegemónicas del ayer proporcionaban era estabilidad, al menos temporal. Durante toda la historia hemos visto cómo crisis políticas y económicas acompañadas por cismas en los medios de comunicación a menudo llevan al reemplazo de la ideología hegemónica del momento. En la Edad Media se aseveraba con gravedad que la autoridad de los reyes venía de Dios, solo para ser arrollada por la prensa Gutenberg, el Protestantismo y el crecimiento del poder de los Estados y las clases medias. En México, el Porfiriato cayó por una combinación de crisis políticas (la sucesión presidencial) y económicas (recesión de 1907), apuntaladas por fuertes cambios en los medios de comunicación (telégrafo y ferrocarril). El resultado fue diez años de gesta violenta mientras el país decidía cuál sería la nueva ideología preponderante. La batalla se dio entre las muchas opciones, incluyendo el anarquismo magonista, el liberalismo maderista, el jacobinismo obregonista, el constitucionalismo carrancista, el indigenismo zapatista y un largo etcétera. La ideología que emergió fue una suerte de compromiso mixto, bizarro pero resistente, que mutó en lo que ahora llamamos priismo, una hegemonía ideológica que duró siete décadas ininterrumpidas en el poder.

En los albores de este siglo, con la decadencia simultanea del comunismo internacional y del priismo en casa, México le apostó durísimo a la ideología mundial preponderante del momento, el liberalismo. Se decía que todo en el mundo sería liberal de ahí en adelante: las economías, las democracias, las sociedades. Hasta hace poco, tras la Crisis del 2008, el liberalismo triunfalista pareció haber superado su peor embate postsoviético, pero las reverberaciones de ese episodio rápidamente han desmentido la arrogancia de esta interpretación. Ahora queda claro que la ideología hegemónica de nuestros tiempos —el liberalismo— está experimentando un profundo cisma histórico tanto en México como a nivel global.

El efecto principal de este cisma ha sido la generalización de la incoherencia política. Antes la coherencia era la moneda de cambio en un mundo ideológico estable y, en el caso mexicano, la hegemonía priista aseguró una estabilidad tenue por muchos años durante la cual la inteligencia mexicana del siglo XX atesoró este valor sobre todas las cosas. No había insulto más grave al intelectual mexicano de esas épocas, a favor o en contra del régimen, que de ser acusado de incoherente. Mientras tanto, hoy en día, la incoherencia ideológica es lo único que vemos a diario en nuestras pantallas: la democracia liberal más poderosa del mundo cierra sus fronteras al comercio mientras el régimen comunista más poderoso lo enarbola. La economía mundial crece robustamente mientras la gente se siente cada vez más pobre. Estamos más informados que nunca mientras la verdad parece ser cada vez más inalcanzable. El sentimiento posmoderno de estas contradicciones es palpable y no más que con respecto al último punto, el cisma que se está viviendo en los medios de comunicación con el fenómeno del internet.

A diferencia de lo que decían sus optimistas pioneros, el auge de internet —y en especial el de “las benditas redes sociales”— no ha “democratizado” tanto la información como la ha masificado. Nuestra atención la poseen algunas pocas celebridades, empresas y organizaciones que compiten por nuestros clics en una avalancha diaria de información. Nuestros cerebros primates no están diseñados para este embate diario, así que optamos por creer en lo que primero nos llega o lo que más se viraliza. Los gobiernos y las empresas del mundo están más que enterados sobre este fenómeno y lo usan a diario para manipular nuestras preferencias políticas y de consumo. Por ejemplo, están las instancias de la interferencia rusa en las elecciones de Estados Unidos. Está la manera en que la revista Glamour despidió a todo su departamento editorial y de investigación para reemplazarlo por influencers. Está todo lo que hace Facebook tras puertas cerradas con la información personal que les damos sin mayor cuestionamiento. Pero, resulta curioso que, aun en el caso de estos ejemplos que cito, la saturación informática ha llegado a tal punto que ni siquiera puedo saber a qué grado todo lo que acabo de decir es verdad. Yo solo repito estos ejemplos porque todo el internet los repite ad nauseum. La masificación de la información nos ha saturado al grado que ya no sabemos a quién creerle y ha desembocado naturalmente en que ya no sabemos qué creer.

Los viejos baluartes de la verdad —el Papa, el Presidente, Jacobo Zabludovsky, López Dórgia— han sido desmontados por la misma tendencia posmoderna que nos ha regalado el #FakeNews. Quien se rehúsa a ver esta tendencia elije la información falsa que más le conviene. Pero, aquellos que deciden sí salir de la caverna platónica, tienen al menos la oportunidad de preguntarse si es este el momento de replantearnos todo. Yo he llegado a este punto y me entusiasma que son las generaciones más jóvenes —aquellas personas que los Baby Boomers siguen insistiendo en llamar “nativos del internet”— las que mejor tienden a poder discernir entre las paparruchas e información fiable. Así que habrá con quién aventarse al agujero de conejo posmoderno en el que nada es verdad; en el que la pericia es una desventaja; en el que quién tiene más Likes es rey; en el que las viejas narrativas ideológicas ya no tienen efecto.

Entonces, habiendo aceptado el estado de las cosas como son, propongo —y seguiré proponiendo mensualmente en esta columna— tres cosas: una hipótesis, una apuesta y una advertencia…

La hipótesis: yo sí creo que sí hay tal cosa como la “verdad”. El problema es que las viejas ideologías de la filosofía política son cada vez menos capaces de describir y calificar la experiencia humana en un mundo vaciado de una ideología hegemónica y reemplazado por diversas “realidades” en conflicto.

La apuesta: hay que emprender una nueva búsqueda por definir qué es política, económica, social y culturalmente bueno, deseable y factible con base en lo que podamos argüir que es verdad. El rompimiento con las viejas ideologías del pasado brindan una oportunidad de llegar a nuevos consensos. Habría que apoyarse sobre el pensamiento crítico y la información más comprobable posible, pero no propongo aplicar el método científico a este ejercicio de reflexión, porque la moralidad social es un ente subjetivo y cambiante —en efecto, algo que pudo ser bueno, moral o verdadero ayer, hoy lo deja de ser. Este ejercicio será uno de reflexión crítica, alimentada por un diálogo profundo con una combinación diversa de medios, la sociedad y con ustedes.

La advertencia: por todo lo anterior, he concluido que habrá que despojar el concepto de la coherencia ideológica hasta que lleguemos a un nuevo consenso hegemónico —ya estemos a favor o en contra de él. Esto no significa que se debe de abandonar la coherencia definida como racionalidad, sino específicamente la coherencia política-ideológica; aquella que adhiere ciertos principios a ciertas ideologías. Por ejemplo, ¿podrían (deberían) existir oxímorons como una globalización municipalista, un capitalismo ecológico o privacidad colectivista? Parece que es hora de empezar a combinar conceptos antes contradictorios para resolver las crecientes contradicciones que enfrentan nuestras narrativas con la realidad.

El ejercicio de redefiniciones ya comenzó en México. El primero de diciembre, por primera vez en mucho tiempo, el apenas presidente dedicó una gran parte de su discurso inaugural a la redefinición de paradigmas. La Cuarta Transformación implica nuevos valores, nuevas metas, una nueva realidad que busca ser, pero todavía no es, hegemónica. Habrá que tomar la invitación transformadora del nuevo presidente en serio para tratar de replantear nuestro pensamiento político y así, tal vez, explicar nuestras incoherencias como sociedad.

Por lo tanto, advierto, esta columna inevitablemente será hipócrita. No a propósito, sino por consecuencia natural de las interpretaciones de la realidad política en conflicto en las que nos encontramos hoy. Pasará el tiempo y una “verdad” colindará con otra; algo que pasa hasta en las matemáticas —cuando dos axiomas comprobables se cruzan y se contradicen— y, cuando esto pase habrá que modificar posturas. La hipocresía no es la cosa más deseable, pero es un fenómeno natural en nuestros tiempos incoherentes. Así que, dentro de esta columna al menos, le voy a perder el miedo a ser hipócrita: a ver si así me topo con un modo de pensamiento, una ideología, en la que en verdad pueda creer.

 

Alejandro González Ormerod. Historiador y escritor anglomexicano, colabora en Letras Libres y Nexos. Es coautor de Octavio Paz y el Reino Unido (FCE, 2015). Actualmente es editor de El Equilibrista y titular del podcast Carro completo, dedicado a la historia y la actualidad política. Twitter: @alexgonzor.

 

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Posted: December 11, 2018 at 10:33 pm

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