Essay
El síndrome Godínez

El síndrome Godínez

Miriam Mabel Martínez

“Mi compa se baña, se viste, desayuna y ya muy arregladito, sale, le da una vuelta a la manzana y se regresa a su casa a trabajar”, me comentó un amigo hace un par de años, tratándome de “animar” ante intempestiva reinserción a la vida freelance. No le respondí, porque él al igual que mi marido, mi terapeuta, mi padre y uno que otro despistado (la mayoría masculina), ninguno había entendido el pesar que me avasalló durante el último año de mi vida como esclava de los horarios de la hoy llamada vida “Godín”.

¿Cómo pasó? ¿Cómo me convertí en una Godín? ¿Cómo y cuándo el Godínez se sintetizó en Godín? ¿Cuándo? ¿Cómo podría quitarme ya no el estigma (aunque para muchos, orgullo) sino la costumbre? Y si JuanGa tiene razón y la costumbre es más fuerte que el amor, ¿la costumbre mata todo? Entonces, ¿cómo es que no mata el síndrome ni el estilo de vida Godín?

En aquellos primeros días de libertad, me resultaba casi insultante que mis afectos cercanos creyeran que yo podría caer en una depresión por no ir a una oficina, no cumplir horarios, no lidiar con el tráfico, cargar la charola del comedor. Como por qué tendría que extrañar una vida de convivencia con gente en otro ámbito no transitaría en mi universo; cómo podría añorar los congestionamientos viales (algún día contabilizaré los kilómetros que tejí durante esos años transitando sobre Av. Constituyentes para no enloquecer). ¿De verdad la proyección de una existencia fuera de la cotidianidad oficinista no merecía una mínima proyección exitosa? ¿Acaso mi vida les parecía tan aburrida como para vaticinar la depresión?

Con estos presagios acerca de mi futuro, me lancé a mi vida libre de horarios. Así, con una atención que rayaba en el morbo, mis observadores se sorprendieron al comprobar que no sólo había logrado sobrevivir, sino que hasta parecía disfrutar eso de levantarme tarde o de pasear sin límite de tiempo a mi perro, de comer en casa, echarme una siesta, leer con los chinos despeinados o escribir en pijama. Me miraban incrédulos como si mi proceder fuera una excepción; con extrañeza me vigilaron esperando que tarde o temprano me colapsara y llorara la vida Godín perdida.

Pasaron uno, dos, cuatro, seis, diez meses y lejos de decaer, mi pelo recuperó brillo, mi rictus se suavizó, la sonrisa se pegó a mi cara negándose a descansar, mis chinos se alborotaron aún más. La liberación de la vida Godín me había convertido en otra persona… No, corrijo: había recuperado a mi identidad. Sinceramente me había extrañado muchísimo. ¿Cómo le había hecho para aguantar tanto tiempo sin ser yo? Mi vida más allá de lo Godín me reconfiguraba. No tenía nada que hacer más que aburrirme, ¡qué gran lujo! Me sentí privilegiada. No hacer nada es la mejor forma de hacer y descubrir posibilidades. Gracias a ese no hacer nada pude perderme en Correo Mayor para reencontrarme con mi creatividad tejedora; pude cuidar y acompañar a mi fiel perro Morgan en la enfermedad hasta su muerte (le leí el Libro de los muertos). Había recuperado mi espíritu situacionista. En mis caminatas, sin destino, entendí que la pregunta que debía responderme no era qué haría sin la vida Godín, sino cómo me había habituado a ese estilo de vida “incluyente y democrático” que esclaviza a burócratas, profesionales, obreros, técnicos, jefes, directivos y demás trabajador que cumpla con horario flexible e inflexible dentro y fuera de la iniciativa privada, del ámbito gubernamental y sus similares.

“Ánimo, todo se compondrá”, aún insiste alguno que otro amigo soldado del ejército Godín convencido de que esa vida es la neta y que yo finjo para ocultar mi desalentadora y depresiva existencia, y a escondidas desesperadamente busco un reintegrarme a la nómina godinezca. Es preferible pensar que yo miento, antes de aceptar que hay muchas experiencias de vida y alternativas formas de trabajo más allá de las normas establecidas por la inercia del sistema Godín. ¿No es absurdo en sí misma la idea de extrañar una oficina?

Trabajé una década en una editorial con oficinas en Santa Fe. Durante ese tiempo crecí profesionalmente, aprendí, conocí a colegas que luego se hicieron amigos. Aproveché las prestaciones del trabajador (INFONAVIT, vacaciones, aguinaldo, seguro de gastos médicos, caja de ahorros con una tasa de interés competitiva) y de los beneficios “buena onda” de mi entonces empresa (25% de descuento en tarjetas de la Comer, Wallmart, Chedraui, Liverpool y 20% en boletos de avión antes de la quiebra de Mexicana, los saldos de marcas propias de los Godínez hipsters como Pepe Jeans, Diesel… o de Adolfo Domínguez para las Godínez con alma de señora, o en lentes de sol y graduados de firmas elegantes que van con el estilo de vida santafecino) que operaba como una eficiente tienda de raya. Con mi equipo me divertí, me pelee y editamos muy buenos números; si bien disfrute mi labor como editora, también sufrí dos megaobras en Constituyentes, la construcción de más oficinas, la explosión de centros comerciales, la explotación del capitalismo editorial y la burocracia privada (la cual es peor que la gubernamental, believe it or not).

Fui una trabajadora “feliz”. Disfruté de mi cubículo, mi estómago se acostumbró al comedor (no así mi paladar), dejé de fumar en el pasillo de los fumadores, el cual tenía más reglas que el patio preparatoriano de mi escuela salesiana (en mi trabajo me reportaron más de dos veces por sentarme inapropiadamente, whatever that means)… Podría ser considerada una Godín satisfecha, pero también una exGodín que ha redescubierto que la felicidad no tiene horario ni embotellamientos y sí mucha flexibilidad.

Recuperarme en la escritura ha sido un invaluable triunfo –y no se trata de concebir la escritura como un hacer místico, sino como un ejercicio profesional que además de placer me da para vivir–, quizá por ello cada día me parece más extraña la aspiracional y difundida vida Godín (hasta programas de radio especializados como “Mundo Godín”, 90.5 FM). Supongo que “alabar” el Godin way of life es una manera de exorcizar al diablo patronal capitalista. Caricaturizar un estilo de vida para hacerlo, sino más habitable, sí menos doloroso, podría ser un remedio. Reír para no llorar… Reír llorando como el actor de la Inglaterra, protagonista del verso de Juan de Dios Peza. ¿Será que esos enfermos de pesar y muertos de tedio prefieren crear avatares sonrientes que inventen ficciones de una cotidianidad Godín condenada a la ironía de la desventura? Sin duda es una estrategia funcional y preferible al melodrama de Gutierritos (1958), filme que traza la línea genealógica del Godín contemporáneo; preferible, también, a la miserable cotidianidad de Señor Pérez, interpretado por Joaquín Pardavé en La familia Pérez (1949), quien es víctima del hoy castigado mobbing laboral y de la discriminación social por ser un rancio “Pérez”. La tragedia del oficinista ha sido caricaturizada en cine, radio y televisión, un programa ya clásico de la década de los setenta es Mi secretaria, protagonizada por Lupita Lara y Pompín Iglesias; esta serie vaticina la enajenación futura del trabajo: todo sucede ahí desde la ineficiencia hasta el enamoramiento.

Al linaje mexicano se le suma el internacional. Quizá el término Godín sea un reflejo de la hibridación mexamerican y sea un eco del “Señor Godínez” de Los Simpson. Los nacionalistas lo negarán alegando su origen chespiriano. Parece ser que a Chespirito le debemos, además del “dígame licenciado”, la chiquitolina, el chanfle, el “se me chispoteó” y el “como digo una cosa digo otra”, el origen de la vida Godín, por aquel personaje Godínez que se la pasaba rehuyendo de las responsabilidades. No cabe duda que “fue sin querer queriendo”.

Más allá de los relatos historicistas, está el económico. Entre los entrañables regalos del capitalismo y del neoliberalismo, además de las deudas bancarias justificadas por la búsqueda de una vida “mejor” está la neurosis. ¡Qué clase de vida sería la nuestra sin la sobredosis de neurosis que nos suba la adrenalina y la bilirrubina requeridas para ser un individuo productivo! Hoy la felicidad radica en tener muchas cosas que hacer. Estar ocupados. Un neurótico de clase premier tiene una schedule saturada y muchos issues y facts y pendientes. Trabajar, trabajar, acudir a citas, correr, desesperar en el tráfico, juntas, llamadas, subir, bajar, enviar correos, lamentarse, comunicados, más juntas, deadlines, estrategias, marketing… Esta saturación es la antesala, si no al paraíso, sí al limbo Godín, un espacio imaginario y concreto, donde no vive el éxito sino el trabajo limitless que se expande fuera de la geografía Godín imponiendo el modelo free Godín a través de los “co-working”. Resulta hilarante que se rente una oficina para ser Godín aunque sea por unas horas. Lo siento, mes es incomprensible la simulación de la experiencia, la recreación de un escenario que prometa la “vivencia” del estereotipo para mayor comodidad del usuario. Irónicamente estos lugares rentan la fantasía de pertenencia oficinista. Ser un salaryman, como en la cultura japonesa, es un honor… o tal vez únicamente evidencie las aspiraciones del “buen profesionista” y la oficina –y sus similares– sean necesarios para completar la fantasía. Estos espacios son los contextos adecuados para presumir los logros. Porque la ilusión Godín es ganar lo suficiente para dispendiar el dinero en lo que sea, desde cafés de Starbucks, bolsas piratas, cinturones de marca fake, restaurantes de caché, autos del año a cómodas mensualidades con seguro incluido, las vacaciones o zapatos a 48 meses sin intereses, tarjetas de invitados especiales a lo que sea o pan sin gluten. La fantasía godinezca es ser un Godín de alcurnia. Ser un Godín de Godínez que exhiba superioridad entre esos otros “verdaderos” Godínez que usan transporte público, comen en el comedor, llevan su comida, pagan sus deudas, como si eso fuera raro y/o “malo”. Entre Godínez también hay clases sociales.

¿Qué se podría añorar de la vida Godín? ¿Por qué extrañar la vida Godín? Quizá porque los Godínez no tienen de otra (o eso creen). La vida de oficina aniquila al sujeto, se deja de ser quien se es para sumarse al “club” Godín. El trabajo es la vida. Aquellos logros laborales de jornadas de ocho horas, por ejemplo, son más que nostalgia, una ficción. A las ocho horas se le suman una o dos de comida, más otras dos, por lo menos, del trayecto de ida y vuelta; además del tiempo en casa que se dedica a prepararse, en la mañana, y para desafanarse, en la noche, ¿una hora al principio y otra al final?, añadimos dos. Más el tiempo extra para equilibrar en la fuerza laboral los déficits de las empresas, las cuales implican menos recurso humano, más trabajo, menos sueldo y más ganancia. Aquellas peleadas ocho horas son cosa del pasado, la mayoría de la gente le designa al trabajo más de 14. Si a las 10 restantes le quitamos las de sueño (seis, ¡ojalá pudieran ser ocho!), quedan cuatro horas “libres” para darle vuelo a la vida; pero, claro, hay que ir al súper, cocinar, lavar, limpiar, así que la familia, el placer, el entretenimiento, los amigos… se quedarán para el fin de semana, ese que se ocupa en dormir, terminar con las obligaciones domésticas y si es posible descansar. ¿El tiempo libre?, como el amor, ya llegará…

¿Por qué extrañar la vida Godín? Quizá porque es lo único que se tiene. En la oficina se desayuna, se gasta, se chatea, se chismea, se enamora y desenamora, se pelea… se construye la realidad Godín, la Second Life que, en términos millenial, es la vida real.

Se extraña la vida Godín, porque se carece de otra.

Tengo varios conocidos que cayeron en depresión cuando la vida Godín les dio una patada. Sin importar si fueron despedidos o renunciaron, todos –sin excepción– añoraban la oficina. Todos, también sin excepción, se reincorporaron rápidamente al mundo laboral, pero dentro de un esquema distinto: el freelance. Sin embargo, eso del libre albedrio es para unos cuantos, el resto opta por la depresión y las pastillas, gastos que se suman a los presupuestos, porque, aunque hay más ganancias, también hay más tiempo libre y rehuir de sí mismo se dificulta. La nostalgia por la oficina es solo un síntoma. Ninguno sabe qué hacer con esas horas “extras”. Ninguno entiende que no los comprenda.

La loca soy yo, sin duda. La loca que disfruta de la soledad laboral; sobre todo, la loca que sabe qué hacer con su tiempo libre. “¿Qué haces?”, intrigados cada uno por su cuenta y en las crisis más profundas me cuestionan. “Lo que se me da la gana”, mi respuesta los deja estupefactos. “¿Y qué significa hacer lo que se te dé la gana?”. Eso: hacer lo que se me dé la gana; o sea: desde nada hasta asumir retos laborales, aprender cosas nuevas, retomar proyectos o inventarlos. Les causo recelo, porque mi no hacer nada los confronta a su no saber qué hacer. Peor aún: los obliga a ejercitar la creatividad y a combatir el miedo. ¿Miedo a qué?

A los Godínez y a los ex Godínez les aterra tener que buscarse (ya no se diga de encontrarse), literalmente, la vida fuera de las reglas y de la costumbre. El terror que provoca la promesa de “hacer lo que se quiera” paraliza, porque es más fácil vivir cumpliendo horarios, obedeciendo, perteneciendo. Esa esclavitud se recompensa con la posibilidad de ser víctimas, de culpar a esa vida Godín, a los compañeros, al jefe, al tránsito… de todo lo que no hacemos, de la tesis inacabada, de no hacer ejercicio, de no convivir con la familia, de no tener tiempo libre. La vida Godín es el pretexto perfecto para no responsabilizarnos de nosotros mismos…  Aspiramos a una vida Godín porque nos esconde de la vida.

 

Miriam Mabel Martínez es escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (colección Sello Bermejo, Dirección General de Publicaciones de Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y  El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016).

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Posted: March 12, 2019 at 10:17 pm

There are 6 comments for this article
  1. Sara Elena at 8:06 am

    Excelente texto. Me sentí muy identificada de principio a fin. Yo sí soy otra que dejé esa vida enajenada (detesto el apelativo Godínez) después de más de 30 años y jamás, ni el primer día, la he la extrañado. La vida está conmigo, no fuera de mí.

  2. Ilona Kadas at 5:35 pm

    Maravilloso artículo! Gracias por recordarme que soy felíz no siendo Godín! La vida free-lance está llena de retos, pero valen la pena!

  3. Alejandra Delgado at 1:26 pm

    Me encantó. Dejé la vida Godín y me siento liberada. Sólo una cosa. Pienso en los millones de Godínez que querrían dejar de serlo, pero que no tienen más remedio que pasar horas en el tráfico y llevar sus topers con ensalada de atún a la oficina. Ojalá tuvieran la oportunidad de bajarse de esa rueda y brincar a la vida. Estoy segura de que también lo disfrutarán enormemente.

  4. Karla at 10:06 am

    Que buen artículo! Hace una semana rechacé una propuesta laboral Godín y me sentía tan culpable! Ahora un viernes leyendo desde mi cama a las 10 am me reanima de no tener q tomar el atascado metro a las 7am para ir a Polanco. Decir q sí a mi proyecto de vida q no quiero posponer más por un salario de explotación laboral pero q es seguro y fijo me ha caído bien. No sabía q la adicción a la neurosis diaria me podía gustar, fuerte!

  5. Ana Laura Barriendos at 9:51 pm

    Miriam, qué lindo leerte y saber que no soy la única que volvió a ser ella misma tras ser expulsada de la vida godín. Sigue disfruta.

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