Interview
El único centro: la crítica. Una conversación en torno a Carlos Monsiváis

El único centro: la crítica. Una conversación en torno a Carlos Monsiváis

Adolfo Castañón

Señoras y Señores,
Distinguido público,
Amigos y cómplices:

Tengo el gusto de presentar a ustedes a uno de los colegas, qué digo: a uno de los pocos, afortunados lectores, devotos librescos de Carlos Monsiváis, el Hombre llamado Ciudad, el Arqueólogo de las Ciudades visibles o invisibles del Presente Mexicano, a un amigo —que no empleado— del Abominable Hombre de Portales, del Profano Varón de las Nueve Plagas, a uno de los Pacientes más Antiguos de la Doctora Ilustración: el Maistro (que no maestro) Adolfo Castañón.

—Buenas noches, señoras y señores. Buenas noches, Adolfito.

—Dinos, por favor, cuándo conociste a Don Carlos III de México y V del Caribe.

—Mira: como reza la canción: antes de conocerlo ya me lo sabía y cuando lo conocí tuve el presentimiento de algo fatal.

—¿A qué te refieres?

—Me explico: cuando era niño, los domingos mis padres nos llevaban a mi hermana y a mí al mercado con todo y canastas. Íbamos a la Merced a comprar naranjas por gruesa (doce docenas da una gruesa) y plátanos por penca. Al regresar, cansados, hartos y asoleados, mis padres empezaban a disputar por cualquier cosa o caso. Hasta que empezaba por radio la transmisión de un programa divertido hasta las lágrimas.

—Te refieres, me parece, a la Semana de la Crítica.

—Sí, creo que así se llamaba. Era una especie de talk show pionero, una suerte de circo acústico —entre Jardiel Poncela y Tremenda Corte de Nana Nina— que nos hacía reír a todos con sus puntos y nos hacía olvidar los lodazales de la Merced que a mi padre, fascinado, le recordaban el México de Madame La Marquise Calderón de la Barca. Recuerdo que una vez mi padre tuvo que detener el auto para reírse a gusto y no atropellar a un futuro monumento a la leperocracia.

—Así que esa fue la primera vez, maestro…

—Maistro, ya le dije. Sí, una de las primeras; quizá por eso siempre pensé que Monsiváis es, después de un hombre de libros y periódicos, un hombre de la Radio y no de la T. V., el comic, el cine, la fotonovela.

—No me diga que Tristán Vox y Carlos Monsiváis…

—Sí y por eso creo que él está muy cerca de la poesía, de la música, de todo tipo de música (pero sobre todo vocal), de la banda sonora del cine, de la voz viva, de la lírica —y no sólo por aquello de la improvisación—, de los coros, del coro. No me quisiera poner peripatético pero el sentido de la historia que tiene Monsiváis, su instinto para la épica tiene que ver con esa aptitud congénita para saber por dónde va entrar el coro, qué va a decir Juan Pueblo.

—Maistro, con todo respeto querrá usted decir para la Tragedia no para la épica…

—Para los de abajo da igual.

—Sin embargo hay quien piensa que el verdadero demonio de Monsiváis, su daimon, es el teléfono…

—Por supuesto, y ahora lo será la prodigiosa red. Internet acabó con las bancarrotas por pagar llamadas de larga distancia… Volviendo al tema de nuestro sujeto, de una cosa estoy convencido: Mr. Memory —como lo llama Sergio Pitol— es una de las pocas personas que pueden sostener varias conversaciones telefónicas simultáneamente.

—¿Te refieres a que la gente habla demasiado? ¿A que es muy rara la capacidad de escuchar como real la posibilidad de decir ajá a cada una de las bocinas? ¿Quieres decir que Carlos Monsiváis es uno de los pocos que realmente lee y escucha?

—Sí, en parte, claro, pero sobre todo a la ubicuidad que si en otros es nada más, por así decir, un simple acto de prestidigitación física debido al saber llegar a un lugar antes; salir, sin que nadie se dé cuenta, de otro sitio y llamar por teléfono desde un tercero, en él esa vulgaridad tecnológica no es más que el principio, porque Carlos es realmente un desdoblado congénito o más modestamente, si se quiere, un teólogo de la providencia que casi siempre mata dos pájaros de un tiro y ciento volando.

—Exagera usted, maistro.

—De veras poco, muy poco.

—¿A qué se refiere? Pero permítame que demos espacio a un comercial de nuestros patrocinadores:

—¿Te sientes muy mexicano?
¿Ya tienes tu Credencial de Elector?
Sin tu credencial del IFE
No hay partido que se la rife.

—Decía que Monsiváis es un desdoblado.

—Y aún más: es un hombre plural y no con una sola sino con varias sombras. Padre, Hijo y Espíritu Profano, Inmaculada Concepción Multánime: Es legión: cronista, museógrafo, lector de la Biblia (la de Cipriano de Valera) y lector de periódicos, de Dickens, su tocayo y de Baudelaire, su otro tocayo, luchador social, novelista de la Comedia Mexicana, abogado de los derechos humanos, sastre y strip-teaser de las pulgas intelectuales y políticas de México, crítico de la telenovela nacional, abogado de la diferencia, alurófilo (es decir: amante, como Juan Soriano y Octavio Paz, de los gatos), coleccionista de Divas y Divos, noctámbulo historiador perdurable de lo fugitivo, el autor de ese sottissier (esa estupidoteca) hebdomadario (“Por mi madre bohemios”) que nos hace sentir que Karl Krauss pudo haber nacido en Portales, en fin, en fin, el Rip Van Winckle del México liberal del XIX, el psicotera- peuta del alma nacional todavía martirizada por el trauma del nacimiento, en fin, el invitado de yedra…

—Pero maestrín todo es un lugar común.

—Precisamente, es que Carlos Monsiváis —como dijo de él Octavio Paz— es menos una persona que un campo de batalla. Por cierto, Paz también lo era. Monsiváis, sí, es una plaza, un mercado, pero un mercado en movimiento, un mercado nómada, un tianguis intelectual que hoy aparece aquí y mañana allá, una procesión caprichosa que es en sí misma una ciudad, una urbe tentacular con sus suburbios rockeros, sus antros nocturnos, su centro histórico, sus zonas residenciales donde fluye la poesía de memoria, y hasta sus vías rápidas periodísticas donde la crítica moral y política puede llegar a prestar sus primeros auxilios al sentido atropellado…

—Pero, por favor, volvamos a nuestro tema. No se ande por las ramas: ya nos lo habían advertido, ese Castañón nada más divaga, y te va envolviendo en metáforas, el muy hommo divagator.

—¿Qué pasó? Respete al invitado. ¿Qué va a decir el Patrocinador… del próximo programa?

—Al grano.

—Conocí personalmente a Carlos Monsiváis un sábado por la mañana en la casa de David Huerta, el poeta autor de Incurable. Ahí estaba toda La cultura en México, es decir los colaboradores del Suplemento de la Revista Siempre! que así, muy modestamente, se llamaban: Carlos Pereyra, Rolando Cordera, Jorge Aguilar Mora.

—Perdón: ¿el hermano del Pelón Manuel?

—Sí, el hermano del trosko y de David, el hermano al que asesinaron los militares en Guatemala, también estaba el joven historiador Héctor Aguilar Camín, el otro Héctor, Manjarrez, José Joaquín Blanco, Paloma Villegas. Monsiváis me llevaba trece años de edad —más o menos los mismos años que Alfonso Reyes le llevaba a Jorge Cuesta— pero Monsiváis (y todos sus amigos) era un autor precoz, y yo un producto tardío, uno de esos remolones que nacen a los diez meses, duermen mucho y tardan en hablar y caminar. En 1974, Monsiváis tendría 35 años, acababa de publicar Días de guardar y estaba redactando el acta de defunción de un sistema herido de muerte pero que parecía gozar todavía de buena salud. Mientras tanto, yo todavía no había roto el cordón umbilical con la biblioteca paterna: Leía a Kierkegaard y a Maurice Blanchot, mientras los otros juraban por Sartre, pero todos leíamos a Roland Barthes y a Edmund Wilson. O sea que yo era un pobre venadito que no entendía nada de nada y no me enteraba por qué las matanzas en la Huasteca tenían que ver con Georges Bataille.

—Sigue usted sin entender gran cosa.

—Cierto, por fortuna. Las carcajadas, unas auténticas, otras miméticamente oportunistas, cortesanas, otras histéricas, otras eficazmente cotorras, me recordaban aquellos memorables programas de radio, pero me ponían nervioso y me daban taquicardia. Yo me consolaba recordando a Henri Bergson y pensando que yo era tan aburrido que ni siquiera era gracioso reírse de mí.

—Vaya, veo que sí entiendes algo, pero don’t fish for compliments.

—Ahí estaban los pilares de la cultura en la Colonia del Valle, las columnas de uno de los templos de nuestra ciudad editorial.

—Uno, ¿y cuál era el otro?

—Por supuesto, el de Octavio Paz. ¿Qué: no te lo dije? Yo al mismo tiempo que estaba con la carga de la Brigada Ligera de Monsiváis, trabajaba en la revista Plural, dirigida por el Poeta, ese otro guerrero que era también campo de batalla.

—¡Ajá! Traidor, delator, infiltrado.

—Así es: eso pensaban todos: los de un lado y otro, y gracias a Dios, me tenían entre ambas aguas un tanto marginado. Pero usted sabe que la ortografía y la sintaxis siempre andan escasos, y ningún redactor sensato le hace el feo a un buen corrector. Así que tanto Paz como Monsiváis me aguantaban.

—O sea que eras ambidiestro: escribías con la derecha y con la izquierda…

—A que confiancitas: eso me pasa por tener un gemelo tan payaso. Sí, ambidiestro, traidor para los bobos. A mí modestamente me interesaban los problemas (prácticos y teóricos) de la traducción. Y una de las cosas que yo le debo agradecer a Carlos Monsiváis es que él se dio cuenta de que yo no era ni de unos ni de otros, que era güelfo entre los gibelinos y tirio entre los troyanos. Me respetó y alentó a ser yo mismo. Y esto no fue algo exclusivo hacia mí: Carlos Monsiváis ha sido partero intelectual de una o de varias generaciones —caso por caso, gallo por gallo. Carlos nunca te imponía su punto de vista. A la hora de discutir te hacía darte cuenta de qué era lo lógico; con la misma fuerza —esa es la palabra— que lo atraía la marginalidad, lo animaba un formidable sentido común. Era tan socrático como Octavio Paz o Gabriel Zaid.

—O sea, que no censuraba.

—No, no era su estilo ni le gustaba eso. Sin embargo a muchos de sus compañeros de viaje radical les encantaba moralizar y juzgar, y Carlos mismo resultó enjuiciado cuando un puñado de ellos se salió del Suplemento, Florescano y Aguilar Camín fundaron Nexos.

—Hombres Nexos que acusáis…

—Sí, así decíamos. A mí el episodio me dejó claro (después de muchas confusiones y perplejidades) que Monsiváis buscaba el centro y que (puedo equivocarme pero soy fiel en el autorretrato) aquellos amigos al renunciar lo único que hicieron fue enrarecer el aire de la vida cultural en México. Pero todo eso es prehistoria, arqueología de las Atlántidas culturales aztecas. Lo cierto es que Carlos Monsiváis buscaba, busca el centro.

—El centro de atracción.

—No, imbécil, ese ya lo tenía y lo tiene. El centro ético y moral, el sentido del sentido, el punto equidistante de todos los puntos de la circunferencia. El centro que es el inaccesible sentido común, la cordura en el país que cada seis años inicia la marcha de la locura, el éxodo modernizador; el centro que es la razón natural —y su derecho— en un país ávido de luces artificiales y necesitado de parricidios y canibalismos. El centro como el lugar natural y espontáneo del testigo que encarna al coro y que lleva con dignidad el catálogo de las deudas nacionales al hacer perdurable la historia fugitiva y engañosamente presente. El centro como el espacio conspicuo donde se dan cita y se integran las más diversas conversaciones y actividades, para recordar a W. H. Auden, uno de los maestros de Monsiváis. Pero en un país donde se oscila entre el relajo, la clandestinidad relajo y una vida democrática muy endeble, el centro se transforma en oposición razonada, en crítica consistente. El único centro posible lo encarna la crítica.

—Todo eso es más que geometría de las pasiones públicas: suena —perdón— a Teología, a Buenaventura y a su antropocentrismo místico.

—Gracias, gracias, no es para tanto, en cualquier caso Monsiváis es un hombre efectivamente religioso, pero no en el sentido ritual a que nos tiene acostumbrados la jerarquía religiosa. Aunque sepamos que Monsiváis tiene poderosas simpatías hacia el protestantismo, sabemos que el único ismo del cual está cerca es el monsi-mismo: es él mismo.

—¿Y no es igual? Pero dizque Monsiváis no tiene vida privada; dizque puro exterior; pura plaza y calle; dizque su silencio es como el de las líneas cuando descuelgas el aparato y nadie te contesta.

—No exageres, Castañón, no te hagas el chistoso. Lo que pasa es que le tienes envidia a su teléfono, a su libretita, a sus amigos ubicuos, a su museo de chucherías mexicanas.

—¿La verdad? Lo que me da envidia es su biblioteca y su colección de grabados y de obras de arte que ya quisiera un zar anti-drogas, y sí, por qué no: también envidia de sus chucherías… Monsiváis es como uno de esos niños que tienen todos los juegos, que saben jugarlos y además, aunque todos le temen, todos quieren jugar con él. Y ahí está el concepto clave, el ludibrio, el chisme, el juego, el retozo —no el retobo— que lo hace amar y ser amado por la cultura popular y, secretamente, por la otra que sólo lo deja entrar con recelo, disfrazado de honoris causa, a sus altares. Y aquí todo por fin el tema del Amor.

—Te tardaste…

—Tú no. Mira: mientras para ti y tus hipócritas semejantes, vivir aquí ha sido un agobio, para Monsiváis vivir en México no ha sido ni un martirio ni un acto de sacrificio ni un oficio de tinieblas. Vivir en México, vivir México —aun en sus tragedias— ha sido una forma de ser feliz y de ser bueno, de ser juglar y sacerdote, y por eso se ha podido apropiar alegremente —con toda la gaya ciencia— del alma de México. Por eso tiene algo de Orfeo y los misterios de la ciudad —de los tugurios a las cúpulas— se abren al sonido zumbón de su risa que es —ironía y parodia— pensamiento. Como si fuese ya no sólo un discípulo de Larra y su Fígaro, de Guillermo Prieto y su Fidel, de Salvador y su Novo, sino, mucho más allá, de Boecio: es la consolación por la sátira, la crítica como bálsamo. La voz de la tos y del NO como una voz divina: tos populi, tos dei. La sonrisa como un exorcismo que permite a los mexicanos de arriba y de abajo y de en medio reconocer el presente en la nostalgia de un ready made cuyos protagonistas desechables vienen envueltos en ingenio perenne. La crítica, en fin, como una forma de hacer patria y renovar hacia el futuro de lo risible los pactos que traman el fondo compartido del híbrido solitario laberinto nacional.

—Ahora sí te fuiste hasta la cocina de la casa que está en el centro de la ciudad llamada…

—No te burles. Esa ha sido una forma de decirlo. Otra es hablar de libertad: Monsiváis es uno de los pocos hombres públicos libres que quedan en América. Es un maestro de libertad tanto en el sentido positivo como negativo, para evocar a Isaiah Berlin.

—Ya te estabas tardando en caer en una cita. Pero no está mal que te acuerdes de Berlin, para hablar de Carlos Monsiváis.

—También hubiera podido mencionar a Edmund Wilson.

—Demasiado gruñón.

—O a Cyril Connolly.

—Demasiado hedonista y decadente.

—O a Guillermo Prieto y a Francisco Zarco, a los liberales mexicanos del XIX.

—Sí, pero como él mismo dice: ésa es una herencia viva pero olvidada.

—Una herencia que se desvive en nosotros porque la olvidamos sin olvidarnos en ella, como diría José Bergamín.

—Bueno, entonces hubieras podido mencionar a José Lezama Lima.

—Sí, Lezama me gusta más, Monsiváis es en parte un hombre religioso al estilo de Lezama Lima: no un hombre de la religión del más allá sino del más acá. Por eso, por más público que sea Carlos Monsiváis, siempre será un escritor secreto.

—Todo lo que has dicho me recuerda aquella carta de François Rabelais a Erasmo de Rotterdam.

—¿Sí? ¿Qué decía…?

—Apreciado Maestro, si su bondad lo permite déjeme llamarle Padre. Pero si su indulgencia es tanta, permítame llamarlo: Madre.


Posted: April 7, 2012 at 8:50 pm

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