Interview
Alberto Ruy Sánchez: Erotic Imagination
COLUMN/COLUMNA

Alberto Ruy Sánchez: Erotic Imagination

La imaginación erótica

Rose Mary Salum

Con la reciente publicación de Nueve veces el asombro (Alfaguara, México), Alberto Ruy Sánchez enriquece el mundo imaginario del deseo: Mogador, el escenario por el cual circula la imaginación erótica del lector, es una mujer descrita como ciudad y una ciudad que ya es símbolo de la sensualidad poética. Desde la publicación de su primera novela Los nombres del aire (1987), Ruy Sánchez también inicia una carrera que estará repleta de reconocimientos tanto por su labor de escritor como de editor. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y distinguida por la Fundación Guggenheim en Nueva York, el Premio Xavier Villaurrutia (el reconocimiento más prestigioso de narrativa en México), la Universidad de Louisville en Kentucky, la Fundación Tinker a través de la Universidad de Stanford. El Gobierno de Francia lo condecoró como Officier de l’Ordre des Arts et des Lettres.

A continuación una conversación con el escritor mexicano.

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Rose Mary Salum: La numerología está presente en su trabajo, específicamente, el número nueve ha ido cobrando presencia en su narrativa hasta ser parte de la estructura formal del último libro Nueve veces el asombro. ¿Por qué el nueve?

Alberto Ruy Sánchez: Mi elección del nueve tiene su origen en la estética, no tiene nada que ver con la Esoteria. Por eso aflora naturalmente en la estructura de los libros. Ese es su lugar. El primero de ellos. Es una elección proporcional. Como un pintor que elige hacer un cuadro de dos por dos en vez de diez por catorce o cualquier otra cifra. Cada elección proporcional conduce a una forma con consecuencias estéticas distintas. No es lo mismo una obra rectán- gula que una cuadrada, por ejemplo, una pequeña que una grande.

Ahora bien, esa elección tiene muchas implicaciones distintas. La primera es que desde el comienzo asumo que la extensión o la brevedad de un libro es siempre producto de una elección. Cuando hablo con escritores me doy cuenta de que la mayoría ni se preocupa por el número de capítulos que tendrá su libro. Como si diera lo mismo. Muchos siguen creyendo que un relato es reflejo de una realidad y que esa realidad determina la extensión del libro. Otros creen que escribir es como hablar y que hay una “naturalidad” que se va dando al avanzar en su relato. Pero no hay ninguna habla natural. Todos hablamos con un acento y un léxico regional distintos. ¿Cuál es más natural que otro? Yo parto del principio de que ser escritor es crear una composición. Soy un compositor narrativo y en cualquier composición la forma, la proporción, es fundamental.

Cuando decidí hacer una exploración del deseo en varios volúmenes, tuve que encontrar una retícula interna, un principio estructural ordenador que me permitiera, a lo largo de los años, ensamblar materiales distintos y seguir en la dinámica de la misma composición. Buscando en el mundo de las estructuras anatómicas de los animales encontré que el nueve ayuda a generar la espiral en ciertos animales como el caracol nautilus y que está presente en la estructura interna y el crecimiento de muchos otros. Y en el mundo artesanal marroquí, que inspira en gran parte mi concepción del trabajo artístico, encontré que los grandes maestros azulejeros, los maalems, para hacer tableros de azulejos ensamblando noventa y nueve formas geométricas y de colores distintos usan una retícula muy antigua basada en el nueve y que se llama “cuadrado védico”. Desde Los nombres del aire, la estructura de mis libros usa el nueve como principio armónico, como elemento ordenador. Hay otras implicaciones pero ya es demasiado larga esta respuesta. Hiciste una pregunta fundamental para mi obra.

R. M. S.: De Los nombres del aire a Nueve veces el asombro han pasado 18 años. Desde su punto de vista ¿existe aún terreno por explorar en la temática del deseo y cuáles serían esas áreas?

A. R. S.: Mis libros apenas atisban en el mundo del deseo que es cambiante y tiene mil caras. Dentro de mi plan, me queda por escribir todas aquellas observaciones que he ordenado bajo el signo del fuego: el deseo tan ardiente que ya no puede ser dicho, que consume la vida. Pero cada uno de mis libros avanza no sólo recorriendo más temas sino ampliando el punto de vista del narrador. Me falta una dimensión narrativa que añada a lo sublime del deseo un ámbito de ironía, de burlarse de sí mismo. Eso está un poco ya en En los labios del agua, pero vendrá con más fuerza en el siguiente libro, el del fuego. También me hace falta reescribir el último libro, el que cuenta el origen y crecimiento del deseo de escribir estos libros que en un principio se llamó ARS de cuerpo entero y que se llamará Mi palma en la arena. Me faltan algunos relatos laterales y breves y un libro de poemas que cuentan los sueños eróticos de los sonámbulos: Espiral de sueños. Será una exploración del delirio amoroso que se tiene cuando se hace el amor. Un libro experimental más que imaginativo, aunque todo parezca como un sueño. Y aún terminado mi proyecto no cubrirá todos los temas del deseo que es posible explorar.

R. M. S.: Según Rougemont el erotismo sólo accede al nivel de la conciencia en occidente a comienzos del siglo XIX. Desde entonces ¿en qué lugar se colocaría a sí mismo dentro de la literatura erótica mexicana?

A. R. S.: Lo que Denis de Rougemont analiza y describe a partir del “Amor Cortés” ya existía en muchas otras tradiciones y notablemente en la árabe con un libro que parece hecho para ilus- trar sus teorías pero que fue escrito varios siglos antes: Majoun, el loco de Lieila. ¿Cómo me sitúo? Desde luego no me pienso a mí mismo como ajeno a la tradición arábigo andaluza que marcó ocho siglos de la vida de España antes del descubrimiento de América, es decir de nuestra lengua y nuestra literatura. Esa es mi tradición, no la renacentista. México es extremo occidente, no occidente. Y el mundo árabe no es oriente. Especialmente el mundo arábigo andaluz. El norte de África se llama a sí mismo Magreb, que quiere decir Occidente. No me considero parte de la literatura erótica mexicana sino de la literatura amorosa de nuestra lengua, la que se habla ahora mayoritariamente en el continente americano. El español peninsular, el de España, se ha vuelto una lengua regional.

R. M. S.: En la geografía de la imaginación, en ese lugar en donde se ubica Mogador y el deseo, el erotismo encuentra tierra fértil ¿es el erotismo, otro camino para acceder a lo espiritual?

A. R. S.: En la tradición arábigo andaluza, en un Islam que no era el fundamentalista que ahora domina al mundo árabe como su caricatura, se llegaba Dios a través del sexo. Libros fundamentales como El collar de la paloma, de Ibn Hazm, del siglo XII, son manuales amorosos llenos de espiritualidad a través del cuerpo y sus posibilidades de goce. Gozar nos mejora y el amor es una forma de conocimiento en varias dimensiones que incluye la mística, la tendencia a una trascendencia, a ir a través de quien amamos y con quien amamos hacia algo que nos rebasa.

R. M. S.: En una descripción geográfica y no menos poética en Nueve veces el asombro Mogador deja de ser el escenario del deseo para convertirse en el personaje de la obra. ¿Podría ahondar más en esta idea?

A. R. S.: Desde el primer texto que escribí sobre Mogador, “La Inaccesible”, la ciudad se convirtió en metáfora de una mujer deseada. Eso está presente en Los nombres del aire y en todos los libros de la serie. A una ciudad como Mogador nunca se le posee aunque se esté dentro de ella, siempre hay algo más que entender. Hay que apagar el motor para acercarse y entrar en ella si sus mareas nos invitan. Hay que escu char las señales que vienen de la ciudad hacia nosotros mientras navegamos hacia ella. En fin, toda la descripción de la ciudad ha sido considerada una descripción erótica. Y tal vez lo sea. Cada quien lo lee en la medida de sus propios deseos de verlo. Para mí lo esencial es que el mundo está erotizado y es poético incluso en lo que tiene de terrible si sabemos verlo. Erotismo es afirmación de la vida. Si sabemos distinguir claramente esa afirmación del resto estamos erotizando al mundo en un sentido más amplio de la palabra. Y Mogador es el establecimiento de un universo erotizado, como si fuera una persona amada pero también como escenario vibrante de las pasiones entre los amantes de los libros.

R. M. S.: Su trabajo literario ha hecho aportaciones significativas para la cultura mexicana, pero además es un editor con trayectoria, primero en Vuelta y ahora en Artes de México. ¿Qué piensa del mundo editorial de nuestros días?

A. R. S.: Trabajo activamente para que las legislaciones fiscales de los últimos gobiernos de México no aniquilen al mundo editorial mexicano que se encuentra englutido por los grandes grupos obviamente. La descripción terrible del mundo editorial que hace Alain Schiffrin en su libro La edición sin editores es muy certera pero la realidad va siendo peor.

R. M. S.: ¿Cuál es su opinión sobre la nueva narrativa, la relación de ésta con los medios y la mercadotecnia a la luz de los nuevos y grandes grupos editoriales como Planeta, Mondadori, Anaya, etc.?

A. R. S.: “La nueva narrativa” es un mundo que no cabe en una sola descripción. Hay áreas completas del mundo que nos dan todos los días grandes sorpresas. Para mí, por ejemplo, la narrativa más nueva y fresca está en la literatura actual de los Balcanes, escritores serbios como Goran Petrovic alegran mis días. Por supuesto no están traducidos al inglés que es la lengua a la que menos literatura viva del mundo se traduce actualmente.

Por otra parte están los agentes y los grandes grupos editoriales. Creo que con frecuencia en ellos la calidad se deja de lado por libros que dejen ganancias más inmediatas. Eso es lógico en el mundo de los negocios. Lo malo es que tiende a uniformar ciertas escrituras cuando los autores anhelan más el éxito económico y de prestigio mediático que el deseo de hacer una obra de arte literario que sea significativa para el artista y sus lectores, muchos o pocos. De vez en cuando coinciden los dos mundos, el de la calidad y el del gran público. Pero la mayoría de las veces se separan.

R. M. S.: La migración del último siglo ha introducido el idioma inglés al discurso literario latinoamericano. ¿Qué piensa de este fenómeno y en su opinión cuál es su importancia?

A. R. S.: El español está vivo y tiene que impregnarse de todo lo que lo rodea, incluyendo el inglés. Mientras no se empobrezca sino que se vuelva más rico, será un fenómeno positivo. El problema no es el inglés, que es una lengua rica y viva. El problema es que nuestra cultura se impregne de concepciones derivadas de una mentalidad estrecha muy común en el mundo de los negocios dominante mundialmente: por ejemplo esa tendencia a creer que los libros se dividen entre ficción y no-ficción. Es una cosa tan extraña desde otras culturas y se deriva claramente de sectas lectoras de la Biblia que creen que la verdad es una realidad simple cuando es una de las realidades más complejas que tienen los humanos. Uno de esos libros considerados de no-ficción puede ser menos real y verdadero que una novela. Como aquello que los soviéticos llamaban “Realismo Socialista” y que ahora incluye novelas tan claramente alejadas de la realidad pero conformes con una ideología del momento. Por otro lado, una buena novela del siglo XIX nos habla de cómo se sentía y se pensaba en ese siglo con mayor fuerza que muchos de los ensayos históricos o reportajes escritos entonces. La lengua no es un peligro, la retícula mental angloprotestante, en el sentido descrito por Max Weber, sí lo es.

R. M. S.: ¿Podría compartir con nosotros alguna anécdota que recuerde especialmente de su trato con Octavio Paz?

A. R. S.: Son tantas que me cuesta trabajo elegir una. Él era siempre sorpresivo y lúcido, cordial y apasionado.

Un día le dieron un premio importante y lo felicité. Se pasó media hora diciéndome que no merecía la felicitación porque todos los reconocimientos, o la falta de reconocimiento, eran un equívoco. Nunca se premia verdaderamente aquello por lo que se hizo el libro o la obra. Siempre es por otra cosa que se sobrepone. Al día siguiente me dieron un premio, el Xavier Villaurrutia. Y Octavio me habló para felicitarme. Me quedé sorprendido y sonriendo le pregunté si había olvidado todo lo que me dijo el día anterior sobre los premios y el hecho de que siempre son un equívoco. Si lo recordaba ¿por qué me felicitaba entonces? Él me respondió: “Claro que lo recuerdo y lo reitero. Pero te felicito porque más vale un equívoco feliz que uno infeliz”.

R. M. S.: La pregunta obligada: ¿se encuentra trabajando en algún proyecto nuevo?

A. R. S.: Estoy terminando la novela del fuego en el ciclo de Mogador donde cada libro está vinculado a un elemento: La mano del fuego. Mi mayor influencia literaria, Samuel Beckett, escribió que el arte literario tiene sentido sólo si examina su propia posibilidad de ser dicho. Algo terriblemente válido para el amor extremo, el que nos consume. Tengo un personaje que es una especie de místico erótico, un hombre barroco que vive plenamente su religión donde las mujeres son sus diosas y que logra acariciarlas hasta con la mano que no tiene, la izquierda. Hay un narrador que es redactor de una revista erótica excéntrica, El jardín perfumado, especie de Play Boy alternativo con menos rubias y más costumbres amorosas de otros pueblos. Este redactor odia la literatura erótica, el concepto mismo le causa repugnancia. Pero la vida le da ocasiones erótico literarias todo el tiempo que lo desconciertan y lo hacen reconocerse ridículo. El ridículo de los enamorados cuando su pasión es vista desde fuera. El redactor antierótico es hijo del místico erótico, pero él no lo sabe. Todavía.

También escribo continuamente ensayos sobre artistas y sobre cultura mexicana en general a través de Artes de México.

Trabajo desde hace años en un ensayo largo sobre la condición ritual de la escritura poética.