Interview
Fernando del Paso compró un libro de Jean Anouihl en Guadalajara

Fernando del Paso compró un libro de Jean Anouihl en Guadalajara

David Dorantes

Lunes 22 de mayo de 1995
La Librería Cervantes, de viejo, por la Avenida Juárez a media luz de penumbra vespertina. Al fondo del local dos sombras revisan los libros que Alberto, el erudito dueño, tiene separados para los clientes exigentes. Los bibliófilos les llama él. Las sombras hablan francés porque citan en esa lengua y en voz alta autores y títulos con alegría. En la banqueta de afuera un joven periodista de cultura del diario Siglo 21, de Guadalajara, se baja de su motocicleta para entrar en el local. Viene del Bar Saul’s a donde fue a buscar consuelo porque, para no variar, ese día no volvió a dar la talla como reportero. Sus jefes lo traen cortito y ni así le atina. Llega sin saber qué busca leer. Entra al lugar y, nada más al cruzar el umbral, se cruza con el dueño quien le dice que va por su cena y le encarga el local. Alberto sale apurado.

—¿Alberto, en cuánto da usted este libro? dice enseguida una voz con tintes de barítono que anticipa a los dos personajes que salen desde la penumbra.

Los tres hombres se quedan viendo un segundo eterno al encontrarse. El de la motocicleta se rapa el pelo de la cabeza, lleva una ajada chamarra de mezclilla, botas negras de minero y la larga barba de candado le crece hasta el pecho. Detrás de sus lentes oscuros abre los ojos de forma desmesura porque están parados frente a él Juan José Arreola, con un vaso desechable en una mano, y Fernando del Paso, quien sostiene un libro de pastas duras y negras. Arreola y Del Paso lo miran curiosos.

—¡Yo tuve una motocicleta como esa! Una Vespa igual, pero blanca, recorrí París buscando a Barrault —dice Arreola alzando los brazos en un alarde teatral como un niño en la mañana de Navidad y luego declama a voz en cuello un monólogo de la película Les Enfants du Paradis.

—¿Eso me lo contaste? —pregunta Del Paso a Arreola, con aire distraído, para luego volver el rostro con expresión inquisitiva hacia el calvo de la Vespa roja.

—Alberto salió, que volvía en un ratito —dice el recién llegado que usa los diminutivos como cualquier tapatío que se respete.

—Bueno, gracias joven —responde Del Paso y posa el libro sobre el escritorio del dueño de la librería para revisarlo cuidadosamente.

El calvo barbón tiene una sola oportunidad para enderezar su incipiente, y ya muy torcida, carrera como periodista cultural.

—Este… Don Fernando… yo… este… soy periodista de Siglo 21 y… este.. el viernes le hacen un homenaje en la SOGEM y pues, este, no sé con quién tengo que hablar para que usted me dé una entrevista. Este, maestro, no sé… —suelta el reportero al que, afortunadamente, lo interrumpe Del Paso.

—¿De Siglo 21? Deme su tarjeta. Alguien le llamará —dice Del Paso, voltea apenas un momento para tomar la tarjeta que le extiende el calvo. Arreola ha vuelto hacia el fondo de la librería. Alberto regresa al negocio con cara de preocupación. El reportero se va. La Vespa roja se pasa todos los semáforos hasta su casa en Santa Tere.

Martes 23 de mayo
—¿A ti te va a dar una entrevista Fernando del Paso, a ti? —pregunta incrédula la editora chihuahuense, detrás de sus lentes de femme fatale, porque su reportero calvo y barbón, que casi siempre escribe de rock y jazz, está en cuenta de tres bolas y dos strikes en cuanto responsabilidades y metas profesionales. La llamada no llega.

Miércoles 24 de mayo
Justo en la frenética hora del cierre del diario, suena el teléfono del escritorio del calvo que es vecino de los de policíacas.

—Don Fernando lo espera en su casa de la colonia La Calma el jueves a desayunar… —dice la voz de la secretaria de la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz que dirige Del Paso hace tres años.

Jueves 25 de mayo
(Audio y notas rescatados el miércoles 14 de noviembre de 2018 de un cassette y una libreta en una caja de zapatos escondida entre otras cajas de zapatos llenas de cassettes y libretas que se esconden en una cochera de Houstotitlán).

Socorro Gordillo, esposa de Don Fernando del Paso, ha dispuesto café y desayuno en el patio trasero. Ese iba a ser el primer desayuno en la casa del escritor entre los dos hombres, siempre para entrevistar al autor de Noticias del Imperio (1987), durante los siguientes siete años.

¿Usted ha externado que quería ser pintor, cómo se dio esa transición a la literatura?

En realidad no hubo una transición. Efectivamente yo de niño quería ser pintor. Soy dibujante, pero no puedo decir que sea un dibujante en serio porque nunca desarrollé cabalmente mi actitud para el dibujo. Sin embargo, insistí mucho hasta que un día dejé de hacerlo porque no estaba contento con los resultados.

De niño fui un gran lector… Un día de pronto me interesó más la literatura y escribí unos poemas definitivamente muy cursis que se fueron depurando y complicando hasta que llegué a un lenguaje que no era cursi sino experimental. Aquellos poemas los leyó un amigo mío, Antonio Montaña, y él me dijo que le recordaban a Miguel Hernández y me regaló El rayo que no cesa…; ese rayo fue el que hizo explotar mi vocación literaria. Le pregunté qué autores debía leer; estaba muy desorientado, y entre él y José de la Colina me orientaron sobre autores.

Desde aquel día se despertó en mí una sed enorme de lecturas y leí en un año a todos los poetas españoles contemporáneos y a los antiguos. En esas lecturas entré al campo de la novela. Al campo de James Joyce, William Faulkner y todos los grandes escritores estadounidenses.

Tardó mucho en escribir su primera novela entonces, José Trigo (1966), ¿fue doloroso el proceso de hacer aquel libro?

Decía Napoleón: “Vístanme despacio que estoy de prisa”. Me tardé mucho en José Trigo porque tenía prisa por consagrarme… Se despertó en mí una ambición muy grande de hacer una obra joyceana. Fue angustioso porque fue un trabajo muy duro. Algo que he contado muy pocas veces, pero que vale la pena hacerlo ahora, es que a la mitad de José Trigo me dio un cáncer. El médico me dijo: “Este tipo de cáncer no es de los más graves. Hay 60 por ciento de curación y 40 por ciento de muerte”. Pero yo no sé en cuál parte está usted”. Eso me provocó una gran angustia. Ya tenía tres hijos, no tenía coche, ni era dueño de la casa en donde vivía. Me radiaron con cobalto todos los días durante un año. Pero afortunadamente me operaron a tiempo y la prueba es que aquí estoy. Eso contribuyó mucho a la angustia. Además de la extrema complicación de la novela que no estaba prevista. Hubo un momento en que sentí un peso enorme. Era tirar muchos años de trabajo, pero todavía me faltaban muchos más para cumplir esas metas que me había puesto y que eran un tanto desaforadas.

¿Usted sabía que hacía literatura del tipo de James Joyce?

Sí, porque ese mismo amigo Antonio Montaña leyó un cuento mío y me dijo que era muy joyceano. Yo entonces no sabía quién era James Joyce. Con grandes trabajos conseguí un ejemplar de Ulises en español. Descubrí el mundo de Joyce y no le entendía hasta que descubrí que ante el Ulises uno no tiene nada que entender. Uno debe situarse como un mirón a contemplar las conciencias de los demás. James Joyce no descubrió gran cosa, pero lo llevó todo a la maestría. El Ulises es para mí como un sol que ilumina, no solamente a la literatura después del Ulises, sino a la literatura anterior.

¿Por qué ha escrito tan pocas novelas?

He sido muy ambicioso. De alguna manera siempre se han complicado mucho. José Trigo se complicó porque pensaba que no iba a vivir muchos años y que tenía que dar el resto en ese trabajo. Palinuro de México fue creciendo y creciendo. No le veía fin ni necesidad de ponerle fin. Descubrí con esa novela que el arte es un fin en sí mismo mientras se está elaborando el objeto artístico. Escribiendo estas novelas sufrí muchos altibajos de alegría, tristezas, angustia, tranquilidad, confianza y desconfianza. En el caso de Noticias del Imperio terminé tan saturado del tema y de la novela que me fue imposible juzgarla. No sabía lo que había hecho.

¿Cómo le va con la poesía?

En realidad me he dedicado a escribir poesía para niños. Tengo dos libros, De la A a la Z por un poeta y Paleta de colores. La experiencia que me ha dado es el lujo de regresar al meollo del idioma, a lo intraducible. Lo que hice es intraducible y eso podría ser una desventaja, pero al final de cuentas lo regresa a uno al meollo del lenguaje.

Hay un sector de la crítica que lo considera un escritor arrogante…

Creo que De la A a la Z por un poeta no es algo que pueda sostener esa opinión. Eso no es arrogancia, es humildad. Creo que publicar la vida de Juan José Arreola fue también un ejercicio de modestia. Se me ha acusado, y digo acusado porque parecería una especie de delito o crimen, de escribir obras muy ambiciosas. Cuando salió José Trigo se me acusó de tratar hacer la novela total, lo cual es imposible. Cuando salió Palinuro de México se me acusó de lo mismo. Mis libros están llenos de errores. La primera edición de Noticias del Imperio salió llena de errores que corrigieron algunos amigos posteriormente.

¿A los 60 años de qué tiene muchas ganas de hacer?

Sigo con ganas de viajar. Con ganas de leer muchísimo. A veces quisiera encerrarme semanas enteras a leer y no lo he podido hacer. Tengo muchas ganas de pintar. De escribir un libro de historias de arte para niños. Tengo ganas de seguir viendo crecer a mis nietos. ¿Desayunamos?

(Houstotitlán, en el gélido 14 de noviembre de 2018, en la casi desecha libreta el calvo de la Vespa roja anotó que el desayuno preparado por Doña Socorro y con pan dulce, huevos y café fue “deslumbrante, delicioso. ¡La salsa!” Sin embargo, al tarado se le olvidó poner más detalles del menú).

Viernes 26 de mayo

A los 60 años, Noticias dice el título de la nota, en página completa, con la entrevista en Siglo 21 con un gran plano del rostro de Fernando del Paso tomado por el fotógrafo Ernesto Herrera. El escritor mira fijamente a la cámara. Serio, pero sin dureza, en una pausa durante el desayuno del día anterior. El diario está en las manos de muchas de las personas que atestan el patio de esa casa art deco en la colonia Jardines del Bosque para el homenaje al escritor.

Los autores jaliscienses Juan José Arreola, Arturo Azuela y Martha Cerda flanquean a Del Paso en la mesa de mantel verde. Cerda hace las presentaciones formales. Azuela cuenta que conoció a Del Paso en el Hotel Iberia de las Islas Canarias en España. Arreola, alzando otra vez los brazos, pregunta: “¿Cómo le hace Fernando del Paso para tener esa memoria? Es que en José Trigo… rescata un mundo de vías y trenes que parecen ser un mundo de arterías y venas, las mías. Yo no sé si Fernando del Paso ha logrado hacer una novela total, lo cual, por cierto, no se puede hacer, pero sí que es un erudito en toda la extensión de la palabra”.

Del Paso está emocionado antes las palabras de su amigo. “Me declaro inconexo para hablar, pues estoy muy conmovido” dice el autor de Linda 67: Historia de un crimen (1995), un gran thriller que en aquel año estaba a punto de publicar y que fue su última novela, y recuerda que “ya muchas veces he declarado que hice mis pininos literarios, no a la sombra de Juan José Arreola, sino a su luz…, en un discurso que hice me declaré un liberal frente al lenguaje y no un reaccionario. Ahora me siento horrorizado por la decadencia del lenguaje. Hay un deterioro que se debe en gran medida a los medios de comunicación. Y no hablo de lo correcto o incorrecto, sino lo bello y lo feo”.

Martha Cerda pide a la audiencia que si tienen preguntas las hagan para empezar un diálogo con los autores. Arreola súbitamente con fuerza sacude la cabeza en forma negativa y dice “¡no para qué!” Se acaba el homenaje.

Lunes 29 de mayo de 1995
La Vespa roja se vuelve a estacionar frente a la Librería Cervantes. El calvo barbón viene del Bar Saúl’s a donde fue a celebrar que, por ahora, el verdugo ha suspendido la sentencia del despido cuando ya tenía la cuerda anudada al cuello. Fernando del Paso, sin saberlo, le salvó el trabajo. La librería sigue en penumbra. Alberto está sentado frente a su escritorio, como siempre leyendo, sostiene el libro El otro México de un tal Fernando Jordán. El librero de finas, elegantes maneras y voz suave apenas levanta vista cuando ve al cliente habitual que suele comprarle novelas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett.

—Alberto, el otro día, vinieron Fernando del Paso y Juan José Arreola, ¿qué libros te compraron?

—Mmmm. Don Fernando me parece que compró una antología de obras de Jean Anouihl y Arreola creo que uno de Kurt Vonnegut, de los de atrás —dice sin levantar la mirada de su lectura.
El vendedor de libros recalca la frase “de los de atrás”, como si fuera el código secreto de alguna logia a la que pocos pueden entrar. A muy pocas personas les suele hablar de los libros de atrás.

—¿Jean Anouihl? —pregunta el calvo barbón. No sé quién es, ¿tienes otro que me puedas vender, aunque sea de los de allá atrás?

Alberto alza la mirada por primera vez de su lectura con curiosidad y una leve sonrisa burlona.

(En una biblioteca casera de una casa de Houstotitlán hoy hay un ejemplar de Le Bal Des Voleurs (1938). El dueño del libro nunca lo ha leído porque no habla ni lee en francés. Tampoco nunca ha visto una obra de Jean Anouihl. Hace dos meses lo dejaron ir, como dicen los estadounidenses, cuando uno no se quiere ir de su trabajo).

 

David Dorantes es escritor y periodista. Su Twitter es @hdaviddorantes

 

 

 

 

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Posted: November 15, 2018 at 9:56 pm

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