Essay
Fragmentos de una novela inexistente III

Fragmentos de una novela inexistente III

Sandra Lorenzano

Leo una novela tras otra. Monotemática: todas sobre rupturas. Tendría que escuchar tangos o boleros, sentarme con un tequila, con el aparato de música a todo volumen , y llorar de una estúpida vez. Llorar todo. Llorarme todo, dirían los argentinos. “Llóralo y cierra este proceso. Llórala”, fue el último consejo que me dieron. Casi una orden. “Rodar y rodar”: el que sigue siendo el rey. “Llorar y llorar”: yo. Pero no. Aquí sigo tratando de entender, repitiendo escenas, sintiéndome traicionada. Asustada. Dolida. Basta. Me doy vergüenza. Quisiera agregar “ajena” (¿se usa en otros países “vergüenza ajena” o “pena ajena”, o sólo en México?). Ojalá. Ojalá fuera ajena.

Vuelvo a La mujer rota. ¿No le dio vergüenza a Simone? Fuma, escucha Mozart y escribe en primera persona. Se siente libre. Pero ése es el cierre, aunque sea la primera página. Todos lo dicen: “Vas a ver lo bien que te vas a sentir”. ¿Cuándo? ¿Falta mucho?, tengo ganas de preguntar, como cuando éramos chicos y salíamos de viaje en el auto. ¿Falta mucho? Y entonces mamá empezaba a cantar. “Ay Carmela”, “Bella, ciao”, “Bandiera rossa”… Mi madre era una militante de la canción. Y después seguían las zambas, las milongas, María Elena Walsh… “Manuelita vivía en Pehuajó, pero un día se marchó…”. Ay Carmela, digo yo ahora que me parezco cada vez más a esa tortuga con ganas de enamorarme de “un tortugo que pasó”, o de otra tortuga (una no aprende nunca). Dulce. Suave. ¿Falta mucho, mamá? 

Afuera, sobre esa jacaranda que la suerte ha puesto junto a mi ventana, los pájaros celebran el amanecer. Su alboroto tapa por un rato los ruidos de los camiones que se escuchan no tan lejos como yo quisiera. Me aferro a eso: a las flores lilas –las jacarandas hacen que marzo y abril sean los meses más bellos en esta ciudad en la que escribo. “Al este y al oeste llueve y lloverá una flor y otra flor celeste del jacarandá”-, a los trinos de los pájaros, incluso al ruido de los autos que pasan. ¿No es muy ruidoso el nuevo departamento?, me preguntan. Y yo pienso que más miedo me da el silencio. Pero no lo digo. No aún.

Para Simone es septiembre. Maurice se va a un congreso a Roma. El placer de la libertad reencontrada. ¿Falta mucho?   

“¡Te necesito y no estás aquí!”, quiere escribir en un papel para que él lo vea al entrar. Antes de saber que él ya no entrará más que para decirle que aquel es el final. “¡Te necesito y no estás aquí!” ¿Cuántas veces he pensado alguna frase similar en los últimos meses? Te necesito porque tengo miedo. Porque te tengo miedo. Una noche cualquiera. Unas converse negras. Un picahielos.

Maurice ya no lee, ya no escucha música, ya no pasean juntos por París. Y ella imagina que es su profesión la que lo distrae de la vida. Sospecho que todas las mujeres hacemos los mismos reclamos. ¿También nosotras? “Curiosa cosa, un diario: lo que uno calla es más importante que lo que anota.” (p.5) Lo que se calla… Como siempre se cruza el tema del silencio. Por ahora lo dejo de lado. Por ahora.

“Sí, algo ha cambiado puesto que escribo acerca de él, de mí, a sus espaldas. Si él lo hubiera hecho, me sentiría traicionada. Éramos, el uno para el otro, una absoluta transparencia.” El uno para el otro. La una para la otra. Unas converse negras. Un picahielos. La traición. “Si me engañaras, me mataría”. Monique, “la femme rompu”. No morimos de pena. Eso es lo más triste. Bajamos la cabeza, arrastramos los pies, el cuerpo pesa toneladas, el mundo se vuelve hostil, desconocido. Pero no morimos. Apenas lagrimeamos. Llorar de una estúpida vez. Llorar todo. Llorarme todo. Hasta la desaparición total. Hasta la desintegración de los propios huesos. Mucho tango. Mucho bolero. Demasiado. Llorar por lo menos hasta el indigno hipo. Con la A escrita en la piel.

“Me están serrruchando el corazón con un serrucho de dientes muy agudos.” (p. 11)

****

Cambia los nombres, no es tan difícil, me dijeron. Vas a ver qué bien te vas a sentir después. ¿Falta mucho, mamá?

Yo seré M. ¿Y ella? Como Monique, como Simone, una cree que busca la paz de la vida compartida: el dormirse al mismo tiempo y abrazadas, el despertar juntas, el compartir el primer café de la mañana, las charlas mientras nos arreglamos, ¿quién va al súper hoy? Se terminó el queso. O el jabón. El mundo se vive de a dos. ¿Rutina? Nos aferramos a eso. Habría que escribir una buena novela sobre el amor rutinario. No te cuestionas. No te preguntas… Sigues. Crees –como Monique, como Simone- que eres feliz. Hasta que un día encuentras tus cosas en la calle: decenas de cajas llenas de libros y papeles, bolsas negras con tu ropa, con tus zapatos, con los restos de un naufragio que nadie te avisó que se acercaba. Desalojada de tu propia vida.

Siempre me han conmovido las escenas de desalojos. Los colchones en la vereda, los chicos que corren alrededor de las sillas medio desvencijadas. Una abuela ancianísima y silenciosa que sabe que está de más. La ropa tirada de cualquier manera. Hay algo incómodo de mirar. La intimidad de la pobreza convertida en espectáculo. El lado B de los ricos y famosos que muestran sus casa en las revistas. Los quince minutos de fama de la precariedad.

Bajas la cabeza. Sabes que te están mirando. Las cajas, las bolsas. Tratas de tapar la letra escarlata.

Vaya naufragio. No Álvar Núñez. No Robinson Crusoe. No Darwin en las costas heladas de la Patagonia. Ni siquiera Kate Winsley en Titanic. No. La intimidad en una blanqueta de la colonia Roma.

¿Por qué no se terminó en “Fueron felices y comieron perdices”?

***

“No puedo ir a mi pueblo”, me dice Lidia. “Está ocupado por el narco. Lo que quedaba de mi familia se fue. Unos se vinieron para acá, al DF; otros se fueron a la frontera. Tal vez ya estén del otro lado. La verdad es que desde que mi mamá murió ya no veíamos a nadie. Pero ¿sabes por qué me duele tanto? Porque ahí, en Michoacán, está enterrada ella, y no puedo visitarla.”

Vuelvo a la historia que Lidia me contó hace años, cuando todavía era mi alumna, y que desde entonces me obsesiona. Como si se me hubiera incrustado en el cuerpo. La he escrito otras veces, pero le sigo dando vueltas, encontrándole nuevas aristas. ¿No avanza siempre así la escritura, acaso, volviendo a los mismos pocos temas con los que cada uno se obsesiona?

Un abuelo que fue “niño de Morelia”. Una abuela purépecha. ¿En qué lengua hablarían? Muchos años después, un tiro en el pecho el abuelo sin patria y una nota: “Perdón les pido a mis vivos por dejarlos así. Perdón les pido a mis muertos por haber demorado tanto”.

***

¿De qué tenía miedo? ¿Por qué lo único que quería era volver a casa? Todos los demás se metían al mar, corrían, hacían castillos y pozos, masticaban felices los granitos de arena que se pegaban a los sándwiches de dulce de leche que nos hacía mamá, y fantaseaban con quedarse a vivir allí para siempre. Yo lo único que quería era volver a casa.

Alguna vez tuve ocho años y le vi la cara a la muerte. Mucho tiempo después encontré sobre el escritorio de mi padre el papel que certificaba que sí, que había estado allí: NN y nuestro apellido. 1968. Aún no sabía que serían miles los NN en el país. Ésa era la mía. Tenía tres días de nacida y un nombre que no he vuelto a pronunciar. ¿Por qué ese nombre no estaba en el papel? Yo quería gritar, correr, vivir como si ella no hubiera existido. “¿No piensas en el dolor de tu madre?”, me preguntaba la maestra (se llamaba Margarita y tenía una vocación para el melodrama que a mí me aterrorizaba. Por eso prefería decir “madre” y no “mamá”, como decíamos todos. Me era difícil pensar en mi mamá cuando ella decía “madre”). Descubrí entonces que la muerte me daba vergüenza. Intercambiar nombres de muertos otorgaba cierto prestigio en el recreo. La muerte era un valor de cambio: las abuelas y abuelos muertos daban un aura particular, incluso los tíos. Pero una hermana muerta era algo vergonzoso. Las miradas de conmiseración son las peores.

Yo quería volver a casa. El milenario cerebro reptiliano es el único que de verdad me ha funcionado a lo largo de la vida. Pero alguna vez tuve ocho años y le vi la cara a la muerte. Entonces ya no hubo casa a la cual volver. Conjunto vacío. Cero. Nada. Las tortugas saben desde siempre una obviedad (tal vez lo esencial sea siempre obvio): que llevan consigo su hogar. Yo tardé varios siglos en aprenderlo.

Tenía un nombre que nunca he vuelto a pronunciar. NN. Cero. Nada. Y unos escarpines tejidos tan chiquitos que terminaron en una de mis muñecas. También esos escarpines salvaría en un naufragio. Y el dulce de leche con algo de arena que saboreo mientras mi mamá nada en el mar, sabia como una vieja tortuga.

Sandra Lorenzano es autora de Aproximaciones a Sor Juana (2005) y Políticas de la memoria: tensiones en la palabra y en la imagen (2007), de la novela Saudades (2007), del libro de poemas Vestigios (2010) y de La estirpe del silencio (2015). Forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte y es reconocida como una de las 100 mujeres líderes de México por el periódico El Universal.

 

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Posted: June 13, 2017 at 11:12 pm

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