Essay
Fragmentos de una novela inexistente IV

Fragmentos de una novela inexistente IV

Sandra Lorenzano

 

Parque de la memoria (1)

Y fue por ese río de sueñera y de barro
que los barcos vinieron a fundarme la patria…

J.L.B.

 

Había visto esa foto decenas de veces y siempre me provocaba un sacudimiento. ¿Qué era exactamente? ¿Dolor, tristeza, pudor? Ganas de abrazar a ese padre y decirle “Venga, vamos a llorar adentro. Lejos de todos. Vamos a recordar juntos cómo era darle la mano a la nena cuando era chiquita; esa mano a veces un poco pegajosa y con olor a caramelos y goma de borrar. Cómo era sentir su risa cuando usted llegaba de la oficina con las historietas, o con ese chocolate que venía con muñequitos. Qué colección estaban armando, ¿eh? Venga, vamos a cantar bajito como cantaba con ella antes de que se durmiera, o a contar una vez más la historia de Sandokán. Todos quisimos ser tigres de Mompracem. Venga, vamos a llorar adentro. O le hago ‘casita’ como cuando iban a la playa y había que cambiarse el traje de baño. Una casita para protegerse de los demás.” ¿Dolor, tristeza, pudor? Frente al río. “El mismo río que trajo su barco, y el barco de mis abuelos. Sandokán en tercera clase.” Para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. “Venga. El nombre es sólo eso: un nombre. En una plaquita de pórfido patagónico, le dijeron. ¿Y ella? La manito pegajosa, el abrazo, los domingos de historietas y bici. ¿Dónde está? Venga, vamos a llorar lejos de todos. ¿Quién se atrevió a tomar una foto? ¿Cómo me atrevo yo a mirarla? Le hago casita frente a este río más de barro que de sueñera. Vamos a cantar bajito: Stamattina mi sono alzato / o bella, ciao! bella, ciao! bella, ciao, ciao, ciao!” Ganas de abrazar a ese padre. “El nombre es sólo eso.” Esa tarde de viento helado y luz invernal, frente al enorme muro casi naranja por el sol del atardecer, vi, sin haberlas buscado, mis propias placas: grabados también los nombres de aquellos a quienes conocía y extrañaba. Las toqué. Como el padre de la fotografía. Las toqué como si les hiciera una caricia. Como si de verdad estuvieran ahí. Como si la negra piedra patagónica estuviera tibia de memorias. Frente a ese río más de barro que de sueñera.

¿Y yo me atrevo a hablar de miedo? ¿Yo que no tuve que esconderme, ni dormir cada noche en una casa distinta? ¿Yo que no tuve que escuchar los gritos ni los golpes contra la puerta? ¿Yo que no sentí las manos hurgando en mi cuerpo? ¿Yo que no sangré ni grité? ¿Yo que no perdí la noción del tiempo ni del espacio? ¿Yo que no caí al agua ni me volví hueso húmero en el desierto? ¿Yo me atrevo a hablar de miedo? Acaricio los nombres. “Venga. Le hago casita. No dejemos que el viento la lastime. La mano chiquita de la nena. Dulce de caramelos y goma de borrar. La risa. Las historietas. Bella, ciao.”

Ganas de abrazar a ese padre. De acariciar a esa nena.

Los nombres de los míos sobre la piedra negra. Vengo de otra parte. De otra historia. Yo que no caí al agua ni fui hueso húmero en el desierto. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estuve? Me quedan las letras en ese atardecer de invierno.

Sandra Lorenzano es autora de Aproximaciones a Sor Juana (2005) y Políticas de la memoria: tensiones en la palabra y en la imagen (2007), de la novela Saudades (2007), del libro de poemas Vestigios (2010) y de La estirpe del silencio (2015). Forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte y es reconocida como una de las 100 mujeres líderes de México por el periódico El Universal.

1) El Monumento a las víctimas del terrorismo de Estado que se encuentra frente al Río de la Plata está compuesto por cuatro estelas de hormigón que contienen treinta mil placas de pórfido patagónico; de éstas alrededor de nueve mil tienen grabados los nombres de hombres, mujeres, niñas y niños víctimas de la violencia ejercida desde el Estado entre 1969 y 1983.


Posted: August 20, 2017 at 11:14 pm

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