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Un cuento de hadas en tiempos difíciles

Un cuento de hadas en tiempos difíciles

Miriam Mabel Martínez

Calipso. La película La forma del agua me remite a Calipso. El título me ancla a los tiempos líquidos presentes en los que nadamos de un medio a otro, en los que una narrativa se adapta a distintos soportes explorando texturas y experimentando el contenido desde enfoques diferentes.

La última película –controvertida, exitosa, aclamada, denunciada– de Guillermo del Toro invita a nadar en las profundidades del cine. Como las buenas obras, aborda temas universales de una manera sencilla; quizá por ello, algunos se quedan simplemente con la historia de amor, otros con el replanteamiento de La Bella y la Bestia, o con el soundtrack, o con el casting…; yo me quedo con todo.

Me quedo con el anfibio desde su pantone camaleónico que se adapta a la narración mimetizándose en las escenas. Me quedo con Elisa (Sally Hawkins), que es una Calipso de los sesenta muda, quien acoge a la criatura, lo oculta en su casa-isla, protegiéndolo del Coronel Richard Strickland (Michael Shannon). Ambas están rodeadas de agua, reciben al náufrago, se enamoran y lo retienen, aunque en el caso de Elisa no es contra la voluntad de este dios temido por el Coronel y prófugo de un laboratorio secreto en Baltimore, quien además le abre las puertas de la inmortalidad. O tal vez esa inmortalidad sólo sucede en el recuerdo de Giles (Richard Jenkins), quien nos cuenta este cuento de hadas, otro outsider que sabe, como Elisa, lo que implica estar solo y también acompañarse en la soledad. Me quedo con la historia fraternal entre ellos, con la amistad solidaria con Zelda (Octavia Spencer), con el amor por el conocimiento del científico-espía de Robert Hoffstetler (Michael Stuhlbarg), con la posibilidad de enamorarse sin la necedad de querer cambiar al otro.

Si bien es una relectura de La Bella y la Bestia, en este filme el atractivo principal de la Bestia es su ser bestia. La criatura es hermosa, como lo constata Giles y lo plasma en sus dibujos. Ella tampoco cumple con la belleza aspiracional de las princesas. Elisa aprende a verse y entenderse como es, al igual que Giles y Zelda. Los tres son diferentes, son los “otros” de esa sociedad pujante blanca, puritana que oculta sus deseos en la disciplina del consumismo. Pero ellos no consumen ese mundo “moderno” de la posguerra que se presenta como la ruta a la felicidad con aparatos electrodomésticos, autos de lujo que conducen hacia la vida en suburbia; ellos están exiliados de ese bienestar. Ellos no tiene cabida en ese futuro capitalista prominente, ya sea por el color, por su preferencia sexual o por su discapacidad; sin embargo, tal vez esta exclusión los obliga a estar más alertas, a ser más empáticos. Ellos no tienen más que lo que son y eso les basta.

En esta película, Del Toro hace una reflexión sobre ser diferente en una sociedad que se propone producir individuos en serie, obedientes y que persigan el éxito, ese que sólo es posible si cumples con lo que se te ordena. La protagonista es libre, tanto que puede enamorarse de quien la mira tal cual es. Podría ser cursi. ¿Y? El director nos mete en un romance que sorprende por su imperfección. Si bien el espectador puede intuir el final, también se conecta con la crudeza que implica el amor. La angustia, el deseo, el miedo, la astucia, el dolor y la felicidad absolutos, sentimientos que nadan en el filme de una escena a otra, que están exaltadas en la música, un soundtrack que se amalgama amorosamente al discurso visual con la misma naturalidad con la que Elisa se comunica con el anfibio.

“Es un cuento de hadas para tiempos difíciles”, dijo en una entrevista Guillermo del Toro. Es un cuento de hadas que le da la vuelta a la magia de los hechizos para aceptar la magia de la vida que palpita en el defecto, en la muerte, en la imperfección. 

Me quedo, por supuesto, con el casting porque no necesita de físicos gentrificados, sino que nos muestra cómo eran los hombres y mujeres de los sesenta, cuando sus cuerpos y rostros aún eran consumidos como productos. Me quedo con el guión lleno de sutilezas, de consignas, de posturas. Porque este cuento de hadas critica el racismo, la discriminación por género, por edad, por preferencia sexual y por ideología. Del Toro nos muestra un año definitivo para el curso del futuro. Elisa y el monstruo se enamoran en 1962, cuando el papa excomulga a Fidel Castro y John F. Kennedy ordena el embargo contra Cuba, cuando las pruebas nucleares en Estados Unidos son el pan de cada día y el gobierno apoya militarmente a Vietnam del Sur. Cuando la idea de lo blanco empieza a colorearse de otros tonos.

Me quedo con una película que homenajea al cine, que retrata la ingenuidad de una época a través de su televisión, que juega con los géneros para dar fuerza a los personajes (es emotivo escuchar a la protagonista cantar con un anfibio que no necesita ser príncipe). Me quedo con el narrador, un Hermes añoso y gay que le pide a la Calipso-muda soltar al anfibio-Odiseo, pero que también le permite al héroe cambiar sus destinos.

Me quedo con la historia de amor. Con la propuesta de Del Toro por recuperar al Eros en la vida cotidiana, esa energía que impulsa a las revoluciones, que nos expulsa de la comodidad, que genera incertidumbre y nos hace inconformes. Pienso en Elisa y la criatura naufragando en “el tiempo del poeta”, ese que –escribiera Octavio Paz– vive al día de “dos maneras contradictorias: como si fuese inacabable y como si fuese a acabar ahora mismo”.

Salgo del cine convencida del papel fundamental del arte que, como también dice Paz, nos ofrece la oportunidad de la experiencia de la separación y de la reunión en un solo instante.

Esta vez en una sola película.

 

Miriam Mabel Martínez (Ciudad de México en 1971) escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (colección Sello Bermejo, Dirección General de Publicaciones de Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y  El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016).

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Posted: January 28, 2018 at 7:01 pm

There is 1 comment for this article
  1. Ale alex at 11:13 am

    Son más grandes y metafóricas las críticas que la obra en sí…dista mucho de tener un argumento medianamente atractivo y original. Tiene los clichés del cine Hollywoodense. Nada que ver en obras anteriores: laberinto del fauno, por ejemplo. Ves más allá de lonq realmente te da. Desperdició el tema más hermoso y complicado para un narrador: la interiorización de una muda y su empatía con el monstruo, jamás se vio ese proceso. Al espectador le quedó a deber para que sea una obra mayor en su repertorio de cineasta.

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