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¿La izquierda latinoamericana está muerta?

¿La izquierda latinoamericana está muerta?

Daniela Blei

Traducción de David Medina Portillo

“América Latina se vuelca a la izquierda”, anunciaba un artículo de la Associated Press en 2006, enumerando una victoria electoral tras otra de algunos de los candidatos presidenciales de izquierda. Los primeros años del siglo XXI fueron el inicio de una nueva era en América del Sur, un momento de transformación política sin precedentes. “No es tanto una marea roja sino rojilla”, escribió Larry Rohter en The New York Times. Entre 1999 y 2008 los líderes de izquierda y centro-izquierda llegaron al poder en Venezuela, Chile, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador y Paraguay. Mientras que el resto del mundo se tambaleaba a causa de la crisis financiera de 2008, Latinoamérica se mostraba firme. “Why the Left Keeps Winning”, un artículo de 2009 publicado en The Guardian, describía a un continente “más democrático que nunca” y en la cresta de su crecimiento económico.

Si bien estos gobiernos de izquierda eran distintos, compartían una visión que privilegia la justicia social y rechaza, en distintos grados, el llamado Consenso de Washington: la receta neoliberal de un gobierno más pequeño con privatizaciones y apertura de mercados. Este giro a la izquierda al arranque del siglo auguraba nuevas posibilidades. De acuerdo con los líderes de izquierda, las alianzas “contra-hegemónicas” se consolidarían liberando a la región del yugo de dominación estadounidense. En materia económica, prevalecerían las alternativas ante la ortodoxia y la austeridad. Latinoamérica se había convertido en “el eslabón más débil de la cadena neoliberal en el mundo”, declaró el sociólogo brasileño Emir Sader en 2008.

Hoy en día el panorama se ve radicalmente distinto. Otro capítulo en la historia política y social latinoamericana está llegando a su fin. Uno de los gobiernos de izquierda ha perdido ya y cuatro más parecen estarse debilitando. En noviembre pasado Mauricio Macri, de centro-derecha, fue elegido presidente de Argentina poniendo fin a los doce años de gobierno de los Kirchner. En Venezuela el chavismo está colapsando: con su arrolladora victoria en las elecciones legislativas de diciembre, la oposición dio un duro golpe al presidente Nicolás Maduro, sucesor designado por Hugo Chávez. El presidente de Ecuador y economista radical, Rafael Correa, anunció ese mismo diciembre que se retirará al final de su mandato. Correa enfrenta índices de aprobación en declive y una economía en contracción. En Bolivia, Evo Morales se halla en medio de un escándalo político-sexual que involucra a una joven con la que tuvo un hijo. En febrero perdió el referéndum que le habría permitido buscar un cuarto mandato presidencial. Mientras tanto, se estima que un millón de personas han salido ya a las calles en ciudades de todo Brasil para expulsar a sus líderes de izquierda, incluyendo a la presidenta Dilma Rousseff, sobre quien la cámara de diputados aprobó el 18 de abril una solicitud de juicio político (el caso pasa ahora al senado). De acuerdo con un informe de 2015 del Latinobarómetro con sede en Chile, los mayores niveles de insatisfacción global con la democracia se hallan en América Latina. La aprobación han caído drásticamente en los últimos años aunque tienen fe en las instituciones políticas.

¿Que fue lo que sucedió? Algunos opinan que la izquierda latinoamericana no pudo cumplir sus promesas mientras que otros la señalan como víctima de fuerzas económicas más amplias. En cuanto al futuro de la izquierda hay quien piensa que no existe tal. En una edición de The New York Times del mes pasado, Jorge Castañeda, politólogo y ex canciller de México, anunció la muerte de dicha izquierda. Este juicio es prematuro –Uruguay ha mostrado cómo mantener un liderazgo de izquierda haciendo frente a los desafíos económicos.

Una definición de “la izquierda”, y en particular del populismo, es muy difícil en un continente tan vasto como diverso. “Ni siquiera estoy seguro de si es una de esas categorías que se pueden manejar con el cliché de Potter Stewart ‘Lo reconozco cuando lo veo’”, dice Patrick Iber, historiador de la Universidad de Texas en El Paso. Y añade en un correo electrónico: “Los líderes que son descritos por otros como populistas no se definen a sí mismos como tales; por lo general hablan de ‘socialismo del siglo XXI’, o algo por el estilo”.

Los científicos sociales, que tienden a explicar el mundo mediante tipologías, han consagrado una considerable energía a la catalogación de qué y quién pertenece a la izquierda. Uno de los trabajos más importantes sobre el tema es muy viejo: La utopía desarmada, de Jorge Castañeda. Escrito en 1993 tras el retorno de la democracia a la región y el final de la Guerra Fría (un momento de confusión, cuando los movimientos marxistas perdieron su estrella polar soviética y la industrialización basada en la sustitución de importaciones, estrategia de desarrollo dominante desde la década de 1950, cayó en desgracia), Castañeda identificó un nuevo rumbo para la izquierda. Identificó “dos izquierdas” en América Latina. Según él, una de ellas comparte las aspiraciones y valores de los socialdemócratas europeos. Necesita un Estado de bienestar, acepta la lógica del mercado, descarta el cambio revolucionario y ha hecho las paces con la globalización liderada por EE.UU. La otra, según Castañeda, es una izquierda populista con una retórica estridente y nacionalista. “Ama el poder más que la democracia” y utiliza Las venas abiertas de América Latina, un texto antiimperialista de 1971, como libro de cabecera en asuntos internacionales. De acuerdo con Castañeda, Chávez se convirtió en el abanderado de esta “izquierda equivocada”.

Castañeda no sólo da una impresión demasiado moralista sino que su teoría de las “dos izquierdas” ha sido ridiculizada una y otra vez. La ocasión más reciente estuvo a cargo de Patrick Iber y fue publicada en Dissent el pasado invierno. Como sabemos, hay reformadores y revolucionarios en cada ala de la izquierda y la vida política es demasiado diversa para ajustarse a los límites de una dicotomía. Sin embargo, la pregunta de Castañeda, “¿Qué tipo de izquierda?”, sigue siendo relevante hoy en día, sobre todo cuando el ciclo de un gobierno populista llega a su fin y la desilusión con los líderes de izquierda ha crecido. “La izquierda perdió más de lo que la derecha ganó”, dice Raanan Rein, profesor de historia latinoamericana y española y vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv. “No es que Macri se haya vuelto muy popular”, dice Rein sobre el nuevo presidente de Argentina: “fue más bien que sus predecesores, los Kirchner, destruyeron el peronismo”, movimiento nacionalista de la clase obrera argentina. No es que el Old Right esté de vuelta. Más bien, la izquierda no cuenta ya con el apoyo de la mayoría.

Al igual que otros líderes de la región, los Kirchner persiguieron políticas redistributivas y de inclusión social basados en la premisa de que el Estado debe repartir el pastel nacional en una forma menos distorsionada. Argentina y sus vecinos son sociedades profundamente desiguales. El mes pasado un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y OXFAM mostró hasta qué grado las medidas pre y post-fiscales de la desigualdad son prácticamente idénticas en Latinoamérica, a diferencia de las de Europa o incluso las de EE.UU., donde los impuestos y sus transferencias reducen las disparidades. Los gobiernos de izquierda se han empeñado en solucionar este problema. Fuera del ámbito económico, la cultura popular se ha rehabilitado disputando el privilegio de las sensibilidades de élite. En Bolivia Evo Morales, primer presidente indígena del país, llevó a cabo su ceremonia de toma de posesión en las ruinas precolombinas de Tiwanaku como parte de una campaña para reinventar la tradición nacional, dando visibilidad y legitimidad a las culturas indígenas. Los líderes de izquierda han cuestionado también las nociones liberales y los supuestos de la democracia participativa. “El modelo no es la vieja democracia liberal, donde los ciudadanos votan una vez cada cuatro años y no tienen voz en cómo se ejerce la política”, dice Rein. “Este populismo resulta tentador ya que parece ofrecer impulsos democratizadores”, añade. “Sin embargo, sabemos que ésta es sólo una parte de la historia”.

El éxito de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, al igual que la de los demás, depende de la constante movilización de apoyo público para ir tras los enemigos reales e imaginarios. “El político populista es aquel que, retóricamente, divide a la ciudadanía entre “el pueblo” y quienes quedan fuera, por lo general una élite a la que se hace responsable de los problemas de la nación –con la ayuda frecuente de extranjeros o enemigos internos”, explica Iber. Este fenómeno puede aplicarse a la izquierda o la derecha políticas, “todo depende de cómo se define a las personas y sus enemigos”. Kirchner hizo exactamente eso, enlazar sus bandos a las plazas públicas: la construcción de la vida social y política como una lucha maniquea enfrentando a amigo contra enemigo, lo justo frente a lo injusto, “el pueblo” contra el “anti-pueblo”. Cuando una escasez de tampones afectó al país el año pasado, resultado de las barreras comerciales y la falta de dólares, el gobierno de Kirchner arremetió contra la prensa hostil por difundir los rumores que condujeron a que las provisiones se dispararan como un complot en su contra. Heriberto Muraro, sociólogo argentino, describió la situación de la opinión pública señalando ante BBC: “Nuestra sociedad está dividida entre los que odian a la presidenta y quienes la adoran, más aquellos atrapados en medio, hartos de la polarización”. Kirchner representa sólo un ejemplo en un continente plagado del discurso de la discordia de los líderes carismáticos (Chávez sería el común denominador con el que se miden todos los demás).

Fora Dila 3

La izquierda sería políticamente popular siempre y cuando cumpliera sus nobles promesas. La marea de izquierda coincidió con el auge mundial de materias primas. Los precios a la alza de estas materias mantuvieron a flote a los líderes de Quito, Brasilia y, especialmente, a los de Buenos Aires, cerrados a los mercados de capitales. La agitada demanda china colmó las arcas nacionales, suministrando dinero en efectivo para los programas progresistas. En Brasil, donde la campaña “Hambre cero” del presidente Luiz Inácio Lula da Silva estaba dirigida a las regiones más pobres, los índices de desarrollo humano se dispararon durante sus dos periodos en el cargo. El presidente más poderoso y popular del Brasil dejó Brasilia con índices de aprobación del 80 por ciento. Durante un ciclo económico expansivo, las medidas estatistas producen resultados reales. En un notable revés, ahora el legado del ex presidente Lula se ve amenazado por los demandantes que intentan precipitarlo en la investigación por corrupción más grande del país.

El problema no era tanto que los subsidios sociales hayan sido dádivas o, simplemente, formas clientelares, como han sugerido sus oponentes. Las políticas redistributivas han hecho una diferencia demostrable en la vida de millones de personas en toda Latinoamérica. Antes bien, el problema es que se acabó el dinero y no existía un plan para mantener estos esfuerzos. Las nobles intenciones dieron lugar a la ineficacia y la corrupción. Una vez que los precios de las materias primas cayeron y la economía de China se enfrió, la región se encontró con muy poco que vender en los mercados mundiales. “Gastaron mucho”, escribe Andrés Oppenheimer en The Miami Herald, pero descuidaron “invertir en educación de calidad, ciencia, tecnología e innovación”. Los impactantes resultados de un informe de agosto 2015 publicado en México en El Financiero ilustran la abrumadora dependencia de la región de las exportaciones de productos básicos. Prácticamente, Venezuela no produce nada más que petróleo, hierro y aluminio, confiando el 98 por ciento de sus exportaciones totales a las materias primas. En Ecuador, por su parte, las materias primas y los productos agrícolas representan el 86 por ciento de las exportaciones, la mayor parte de las cuales son de petróleo, plátanos y flores. En Bolivia, a su vez, el 72 por ciento de las exportaciones son de petróleo, cobre y zinc. En Argentina casi el 70 por ciento de los ingresos por exportaciones se deriva de materias primas, principalmente de soya. Pese a las ganancias inesperadas que podrían haber financiado la innovación asegurando el futuro de las políticas sociales, “el pueblo” aún depende de las fluctuaciones en los precios mundiales de unos cuantos productos básicos.

Una vez que las ilusiones se desvanecieron en la mente de los votantes, desaparecieron también las posibilidades de la izquierda. Con las reservas oficiales drenadas y la inflación creciendo, el gobierno de Kirchner recurrió a números falsos y reprimió a los economistas que los desmentían. En 2013 accedió a la distinción de ser el primer líder en el mundo condenado por la junta del FMI al “no proporcionar datos precisos sobre la inflación y el crecimiento económico”. Oxford Economics, entre otras agrupaciones, y economistas como Paul Krugman, consignaron también estos datos falsos. Días después de que Macri ganara la elección, la directora de Latinobarómetro, Marta Lagos, señaló ante The Wall Street Journal: “Cuando no hay dinero, no hay populismo”.

Kirchner perdió la confianza del público aunque ese escepticismo no es estrictamente argentino. El mismo fenómeno se extiende a Venezuela, Ecuador, Bolivia y Brasil. Pero se trata menos de un giro a la derecha que del simple rechazo a la izquierda populista. En cualquier caso, Macri fue capaz de ganarse el apoyo presentándose como un tecnócrata moderado con un enfoque pragmático de la política. Durante el periodo previo a las elecciones en Argentina, las encuestas de Poliarquía confirmaron que casi un 50 por ciento de los encuestados deseaba ese término medio, optando por la “continuidad con cambios”. La moderación se vio tan cotizada que fue adoptada como lema de campaña por el candidato de izquierda, Daniel Scioli, elegido sucesor por la misma Kirchner. Sin embargo, las promesas de “continuidad con cambios” no le permitieron ganar las elecciones porque los votantes vieron en él más de lo primero y menos de lo último. Las viejas categorías de izquierda y derecha han dejado de tener sentido en la medida en que la discordia, la ineficacia y la corrupción persisten en todos lados.

Es demasiado prematuro declarar muerto al populismo o irrelevante en los procesos contemporáneos, como algunos politólogos han sugerido. El populismo de izquierda resurgirá pronto, si bien no exactamente de la misma manera. Mientras tanto, Argentina está más polarizada que nunca e inundada de escándalos por corrupción cuyas consecuencias futuras se desconocen. Los pronósticos económicos para la región son sombríos y “en tanto que las brechas sociales sean enormes”, dice Rein, “la clase media y media baja formarán alianzas contra las élites”.

La solución que propone Castañeda –que las izquierdas latinoamericanas deben modelarse como los partidos socialdemócratas de Europa occidental– no tiene mucho sentido dado el dominio colonial de siglos en la región. Pero hay una tercera vía en casa. El pequeño Uruguay, con sólo 3,4 millones de personas, carece de líderes mesiánicos. Por el contrario, su modesto ex presidente, José “Pepe” Mujica, fue un ejemplo de servicio público. El país más pequeño de América Latina es también el menos corrupto, de acuerdo con Transparencia Internacional. Uruguay se ha convertido en líder mundial en cuanto a energía renovable se refiere. No hay “militantes sociales” vociferando consignas en las plazas de Montevideo, aunque el recuerdo de la crisis económica –resultado de la ortodoxia económica característica de la década de los 90– sigue estando tan fresco en Uruguay como en Argentina. Pero a diferencia de su vecino, el camino de Uruguay hacia el crecimiento con inclusión social ha tenido un enorme éxito, pacíficador y unificador. Esto explica la larga permanencia del Frente Amplio, una coalición de partidos de centro-izquierda que ha gobernado el país desde 2004. Uruguay enfrenta ahora un entorno económico negativo impulsados por las crisis en Brasil y Argentina, a quienes vende la mayor parte de sus exportaciones. Hasta el momento el presidente Tabaré Vázquez, ya en su segundo mandato (la ley uruguaya prohíbe la reelección consecutiva), parece haber elegido el pragmatismo por encima de la política partidista. Los progresismos latinoamericanos no deberían voltear a Europa pudiendo aprender de uno de los suyos.

• Publicado previamente en The New Republic  y editado aquí en su versión al español con el permiso de la autora.

DBDaniela Blei es historiadora y editora independiente en San Francisco. Colabora habitualmente en Reuters, The Bold Italic, The Forward, Foreign Policy y The New Republic. Twitter: @tothelastpage.


Posted: April 27, 2016 at 9:18 pm

There are 2 comments for this article
  1. Diego Solís at 1:48 am

    “El populismo de izquierda resurgirá pronto”. No a menos que haya oitra oleada de aumentos en las materias primas, es muy difícil. Lo que está ocurriendo en Latinoamérica coincide con lo dicho por alguien hace décadas: “el socialismo fracasa cuando se acaba el dinero…..de los demás”. Se acabaron las compras chinas y empezó el fracaso de los rojos.
    Y en cuanto al “éxito” de Lula, en su mayor parte circunstancial y en otra producto de publicidad pagada por el mismo gobierno de Brasil. Hoy los pies de barro del ídolo están visibles.

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