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La lectura y el enigma

La lectura y el enigma

Alfredo Núñez Lanz

Resulta sorprendente que la trama de una novela despunte a partir del misterio de un poema y nos conduzca a indagar en esa emoción que “por un acuerdo imprevisto” –en palabras de Pierre Reverdy– nos amplía súbitamente nuestro campo sensible. No abundan las novelas que traten de desentrañar ese estallido de sentido que provoca un buen poema. Y mucho menos que nos conduzca por las ondas expansivas tras la explosión. El lector a domicilio, la segunda novela de Fabio Morábito (1955) nos presenta la voz de Eduardo, un hombre provinciano de 34 años, errático y quejumbroso, que se ve obligado a leer por circunstancias azarosas. Tras cometer un delito menor, el protagonista debe realizar un trabajo comunitario si es que no quiere lavar los excusados de un hospital o un reclusorio. Gracias al expatriado padre Clark y su asociación cristiana de apoyo a personas de la tercera edad, Eduardo expía una culpa que jamás se aclara en la novela, quizá lo único reprochable de esta historia agridulce.

Sumido en el marasmo carcelario que irradia “la ciudad de la eterna primavera”, este lector a domicilio enfrenta la soledad, el declive físico del padre, la lejanía cada vez más palpable de su hermana y el comportamiento extraño de sus siete “clientes”. También es testigo de la desintegración social de su entorno y vive las consecuencias del crimen organizado, cada vez más absurdo.

Al inicio de la novela Eduardo sólo es capaz de pronunciar en voz alta lo que para él es una vil hilera de símbolos negros horizontalmente dispuestos; no capta el sentido de los textos, tampoco se interesa por seguir las peripecias de los personajes ni se deja seducir por ninguna trama. De hecho, se resiste a ofrecer un servicio digno a sus escuchas, quienes se sienten embelesados por su voz varonil y cautivante. Los hermanos Jiménez, un par de seres anodinos pero macabros, que ejecutan una especie de acto siniestro, son quienes reclaman la lectura vacía de Eduardo. A la manera de Tiresias, este par de seres maltrechos habrán de vaticinar un cambio en el protagonista: la seducción de la poesía.

Eduardo representa ese lector “amateur” que se aburre fácilmente, pues es incapaz de concentrarse mientras lee en voz alta. Pero con el descubrimiento de un poema de la mexicana Isabel Fraire, copiado a mano por su propio padre cuando el cáncer no lo había acorralado, una serie de acontecimientos extraños comienzan a suceder como caída de fichas de dominó. El poema y su fuerza persuasiva inducen a una serie de pesquisas. El texto se convierte en un enigma que habrá de tomar varias formas, todas extravagantes y casi monstruosas. La lectura del poema comienza a transformar al protagonista, pero también a la sociedad, aunque no desde un punto de vista idílico. Las palabras de Isabel Fraire embelesan, inquietan y conmueven, pero no logran filtrarse del todo y traspasar el gigantesco muro de frivolidad que divide las casas de Cuernavaca, “una ciudad que no tenía alma, sino albercas”.

Todos los personajes de El lector a domicilio se ven afectados por un poema. Pero ninguno es capaz de comprenderlo. Los miembros del programa de lectura, el sacerdote que lo lidera, el padre del protagonista, incluso el hombre que extorsiona a Eduardo en su mueblería familiar cobrándole una “cuota de protección” parecen formar parte de su misterio. Y Eduardo adquiere el papel simbólico de detective, aunque con una habilidad limitada, pues continuamente fracasa en su investigación, provocando un retorcido juego de conjeturas y malentendidos.

Con eficaces dosis de la clásica comedia de enredos, Fabio Morábito explora la figura de la paradoja: los personajes se dicen y se desdicen, conjeturan para luego retractarse, exponen sus deseos y los ocultan. Incluso, completan trozos de sí mismos con otros, nadie está completo: “Tal vez me estaba enamorando de la mujer madura, clavada en su silla de ruedas, gracias a las tetas de su sirvienta, que pretendían completar la invalidez de la patrona”. Este vaivén de suposiciones, fragmentos, verdades a medias, enamoramientos desgarrados, máscaras, extorsionadores que piden prestado y familias de sordos falsos, conforman el baile narrativo al que Morábito nos invita. Y la seducción se cumple vía la fuerza de su ironía.

Siempre se habla de la capacidad transformadora de la poesía, de las ventajas de leer: ampliar la conciencia, promover la empatía, desarrollar el hemisferio derecho del cerebro, ejercitar la memoria, viajar en el tiempo, hablar con los muertos… Todo esto como una súplica casi desesperada para contagiar ese hábito que consideramos en peligro de extinción. El lector a domicilio evade las bondades de la lectura, sus privilegios y misticismo pues nos sumerge en los vericuetos de la interpretación errónea; pinta con destreza la grandilocuencia de las tertulias literarias, el sentimentalismo, el teatro del mecenazgo, y con ello expone las relaciones de poder, las máscaras de la intelectualidad, la frivolidad de quienes con el estandarte de la cultura buscan el glamur, la aceptación social o el cumplimiento de intereses subrepticios.

Esta es una novela que evade el poder “edificante” de la lectura sin que renuncie a explorar en su misterio. Tampoco es un panegírico de la lectura especializada, analítica y profunda: “Sí, veneraban el verbo pomposo y la gesticulación emotiva, pero su capacidad de escucha y su pasmo ante la vibración del verso y la rima eran auténticos, ¿con qué derecho los despreciaba?”. Fabio Morábito parece más interesado en demostrar que las palabras son instrumentos falibles, humanos a final de cuentas. Y a veces resultan esquivos, precarios. Eduardo no logra entender las manchas que lee, de la misma forma en que no logra comprender el sentido de su propia existencia o la agonía lenta y cruel de su padre. Prefiere evadirse visitando a sus amigas las meseras del Sanborns de Piedra, comiendo ideáticos bisquets con mermelada, que encontrar un lugar de pertenencia. El lector a domicilio es la afirmación de que el misterio poético es siempre equivalente al enigma de vivir.

 

Alfredo Núñez Lanz es autor de los libros Soy un dinosaurio (conaculta, 2013), Veneno de abeja (Secretaría de Cultura, 2016) y El pacto de la hoguera(Ediciones Era, 2017) . Ganador del IV Certamen Internacional de relato breve en Cáceres, España, 2005 y finalista del Premio Nacional “Sergio Pitol” de la Universidad Veracruzana en la categoría de relato en 2006.  Fundador de Textofilia Ediciones. Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA en el área de novela, 2014-2015 y 2016-2017. Su Twiter es @NunezLanz

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Posted: December 13, 2018 at 10:00 pm

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