Essay
La mochila

La mochila

Gisela Kozak Rovero

Me dicen egoísta porque no comparto nada con nadie; pero  alguien que, como yo, ha sido víctima de un despojo no es precisamente la persona a la que se le pueden exigir contribuciones ni favores a cambio de las simples gracias.

Quien sepa mi historia, me comprenderá.

El gobierno revolucionario me asignó un apartamento de Misión Vivienda en los valles del Tuy, cerca de Caracas. El día de la entrega de mi hogar fui muy bien arreglada; aunque no se crea porque me ven vestida con esta ropa deteriorada, hice un curso de modelo profesional cuando era joven y soy egresada de un conservatorio como profesora ejecutante de guitarra. Me puse muy bonita; aunque ya tengo más de sesenta años, hay que acicalarse de vez en cuando y la ocasión lo ameritaba. Conocer al presidente  fue una gran experiencia para mí porque era muy simpático, muy llano, muy cercano. Me abrazó cuando me dio la llave de mi casa. Me rodeaban las cámaras de televisión como a una artista que lo soy, modestia aparte, porque incluso hago trabajos de extra en las pantallas chica y grande. Después de los cuarenta perdí el miedo escénico que no me permitió hacer carrera como intérprete ni como docente y me gano mi dinerillo  de vez en cuando.

Nadie me acompañaba en ese día tan importante en el que me convertiría en propietaria (realmente es derecho de uso, no propiedad, pero es lo mismo, ¿no?) y conocería a un primer mandatario. Mi familia es de oposición; mi hija me dijo que ni muerta pensaba pisar ese apartamento porque estaba en una zona muy peligrosa y la sola idea de ver al presidente en persona le causaba espanto y, qué grosera, una descomunal arrechera (qué sentimiento tan terrible es la ira). Se negó siquiera a considerar mudarse conmigo pues prefería quedarse con mi mamá en su casa; la verdad es que ella y yo nos llevamos como perro y gato porque nuestros valores son distintos. Yo estoy segura de que si llega a parir va a seguir trabajando, a poner a otra a que le cuide el muchacho, no como yo que la atendí tiempo completo. Ella se carcajea pues la verdad es que su papá y yo no trabajábamos y vivíamos de la pensión de vejez de él: me grita que no va a criar a un  niño pasando penalidades como las pasó cuando pequeña.

Qué ingratos son los hijos. Cómo es posible que no me haya acompañado a mí, a su madre, a recibir mi casa. Entiendo que mi mamá no fuera: está muy mayor (pero eso no le quita carácter para regañarme y criticarme todo el tiempo). Mis hermanos no quisieron saber nada del tema. La que es diez años más joven que yo casi se cae al suelo de la risa cuando le conté sobre el apartamento concedido través de la Casa del Artista por mi condición de extra de televisión y cine, amén de egresada de un conservatorio. Es una médica muy brillante y alegre pero burlona e iracunda como mi hija; tiene una personalidad que sólo puedo describir como una mezcla entre Bart Simpson y su hermana Liza. Me dijo que yo nunca había hecho otra carrera artística que ver de quién vivía; mi hija, que la adoptó como madre porque ambas son independientes y orgullosas, la respaldó. Cada vez que intentaba hablar del tema se repetía una y otra vez una conversación más o menos como esta:

–Vivir toda la vida sin trabajar, que te den una pensión de vejez y un apartamento es todo un arte –decía mi hija.

–Como dice el comandante: si yo crié a una niña de la patria me merezco mi vivienda –respondía yo dignamente.

–¿Niña de la patria? Tu hija tiene 32 años –comentaba la entrometida de mi hermana.

En esa época yo todavía estaba muy agradecida con el gobierno. El diciembre del año anterior hasta un viaje a Margarita me dio el INAGER, una oficina del gobierno para la atención del adulto mayor. Fui muy feliz en esa preciosa isla, con razón llamada la perla del Caribe. Alojaron a un montón de gente mayor de sesenta años en un hotel muy bueno con todas las comidas incluidas. Viajamos en una Van hasta la laguna de La Restinga, con una playa muy bonita pero con fuerte oleaje que me dio mucho miedo. Caminé entonces como una hora cantando y a veces hasta bailando que no es cuestión de ocultar la alegría; aunque había gente en la playa me sentía absolutamente sola y libre, y pensaba con gratitud que el presidente era como un padre, como un hijo, como un hermano…

Por cierto, mi hermano mayor es un déspota que ni siquiera se preocupa por mamá y hasta me ha mandado a vender caramelos en las busetas como esa gente que se sube a los transportes y dice: “aquí le vendo estos caramelos, más baratos que en las tiendas, por cien bolívares que no empobrecen ni enriquecen a nadie”. Es un amargado porque tiene una mujer a la que detesta pero con la que se queda para no tener que vender el apartamento y dividir el dinero. Ni que lo hubiera comprado él, lo compraron los padres de ella, pero igual se lo merece, es muy buen padre. De hecho sus suegros querían poner el apartamento a nombre de mi hermano porque la hija es una irresponsable. Diagnóstico de mi hermana sobre nuestra cuñada: discapacidad mental disfrazada de persona imbécil pero normal. Bueno, sigo con mi historia, qué bello fue ese viaje, hasta fuimos a nadar con delfines;  me tomaron fotos y una película. Todas las noches bailábamos en el hotel. Me lucí bailando sola y acompañada canciones como “Tú eres mi cachorrita mamá, y yo soy tu perro y quiero morderte…”

Fui muy feliz en Margarita pero no tanto como el día venturoso en que me entregaron la llave de mi independencia y felicidad: se acababan los pleitos con mamá y mi hija, las impertinencias de la médica que cree que se la sabe todas, la queja por los ceniceros llenos de colillas, la cara de asco de todo el mundo porque pongo mi colchón en el suelo de la habitación por miedo a dormir en la litera que tenemos, no sea que la cama de arriba se desprenda y me aplaste. Tampoco puedo dormir en la cama superior porque me da miedo caerme.  Se acababan los reclamos porque en mis ratos libres me ocupo en vender  cosas que nadie compra (la médica se lleva las manos a la cabeza cuando le digo que hay gente en la calle que me pregunta si es mi hermana; es que nos parecemos).

Libre al fin.

Entré en mi apartamento y canté, canté, canté a todo pulmón, a pesar de que algunos desconsiderados me mandaba a callar. Gente muy inculta, desconocedora de la música clásica. Abrí todas las ventanas, examiné las tres habitaciones, miré extasiada la blancura de los baños. Pensé en la biblioteca con mis pocos libros: psicología, novela erótica, autoayuda. Dejé en uno de los cuartos, mi cuarto, la mochila con algunas cosas: ropa, un paquete de pasta (todavía se conseguía). Tenía que esperar que llegaran los muebles del apartamento, la lavadora, la cocina, la nevera. Pero igual pensaba quedarme así fuese una noche antes de que esto ocurriera. Lloré de felicidad y decidí regresar a Caracas.

Al salir del conjunto residencial, flotando en el aire de contento, oí gritos destemplados. Horrorizada vi venir en mi dirección una poblada; por fortuna soy una atleta que ha hecho ejercicio toda la vida y me escondí detrás de un muro derruido. Los hombres empezaron a trepar las paredes de los edificios con agilidad de gatos, ayudándose con escaleras y con las barandas de los balcones. Niños gritaban: dale papi, dale papá, dale tío, dale hermanito, dale chamo, dale huevón. Las mujeres se ocuparon de entrar a la fuerza en los apartamentos con mandarrias, martillos y hasta machetes en la mano ayudadas por los hombres que habían reventado ventanas y puertas de vidrio. Arrojaban por las ventanas los objetos de los legítimos propietarios, bueno, propietarios no, los que íbamos a vivir ahí; supongo que mi mochila tuvo el mismo destino. En posteriores reclamos a distintas autoridades me enteré que los galfaros y forajidos de ambos sexos que ocuparon los apartamentos eran gente que tenía tiempo esperando por una vivienda y moraban en la zona.

Pensé que me volvería loca de dolor, hablaba y hablaba sobre el tema hasta que un día decidí olvidar.

Voy a hablar claro: yo voté por Chávez en 2012 y por Maduro en 2013 porque el difunto comandante me concedió una pensión y mi casa que perdí. Mi hermana cada vez que me ve se ríe y me dice:

–Todos los días recuerda que votaste por esta mierda que vivimos. 

Por fin alguien me escucha, señora Gisela, porque mi hija, mi mamá, mis hermanos me tratan como si estuviera loca, como si mi palabra no tuviera valor ni el despojo del que fui objeto tuviera importancia. No entienden, sólo me miran o me increpan, me reclaman, me exigen, y yo lo que tengo es una pensión de vejez concedida por La Casa del Artista que apenas me alcanza para cigarrillos, algo de comer y salir a la calle, pues soy una persona que se ejercita diariamente. He adelgazado quince kilos porque antes ingería azúcar, pasta, chocolate y refrescos (nada más porque todos los otros alimentos siempre han sido muy caros para mí) pero ya no es posible hacerlo; la situación es muy dura, la pasta y el azúcar son inconseguibles, las colas para comprar son interminables y el refresco es muy costoso. La médica, casada, dos hijos, con su apartamento propio, aporta  para el hogar de mamá porque si no en lugar de quince kilos yo hubiera rebajado veinticinco, pero claro, reclama, a veces grita, es brava. Mi mamá la adora, es la que se ocupa de ella y le da satisfacciones de esas que les gustan a las madres convencionales: una carrera, valerse por sí misma, dos nietos en buenos colegios, solidaria con la familia, viajes (antes, ya no se puede). Claro, tiene cómo (aunque ella diga que lo que hace es trabajar como una burra y que para cumplir con sus obligaciones no se come ni una hamburguesa en la calle, no se compra un par de zapatos y se angustia tanto que no duerme). Yo nunca ayudé a nadie cuando mi difunto marido estaba en buena situación porque ni cuando había plata me alcanzaba, cada quien es como es y yo… no agrego más.

Señora Gisela, diga la verdad, por favor, toda la verdad, no omita nada. Usted es una mujer seria, a usted le van a creer, estoy segura.

GiselaKozakRoveroGisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006);  Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales(Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak

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Posted: August 24, 2016 at 10:49 pm

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