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La tarde que perdimos la memoria

La tarde que perdimos la memoria

Alberto Chimal

El 4 de julio de 2018 no hubo partidos del Mundial de futbol, pero en México persistía la sensación de vértigo general, alegría de unos, rabia de otros, pataleos y carreras de toda la clase política, tras las elecciones del día primero. Con eso bastó para que no nos diéramos cuenta, en general, de que habíamos perdido una parte importante de nuestra memoria: la Wikipedia en español estuvo bloqueada durante todo aquel día y un poco más.

Yo quise comenzar este artículo entonces, pero sucedió lo siguiente: no pude consultar la Wikipedia en español para documentarme. Por ejemplo, deseaba conocer la fecha precisa en la que el proyecto Wikipedia entró en operación. No sabía cuál fue. (Ahora lo sé: 15 de enero de 2001.) Wikipedia en inglés estaba disponible, al igual que muchos otros sitios, pero mi primer impulso no fue pensar en la cantidad de fuentes disponibles en línea ni en las direcciones que llevaban a ellas. ¡Mucho menos ir a una biblioteca o hemeroteca! Todo lo que se me ocurrió, al menos en los primeros segundos, fue escribir unas cuantas palabras clave en la barra de dirección de mi navegador, que también funciona, igual que en millones de otras computadoras, como interfaz de Google. Los primeros resultados de la búsqueda remitían a la Wikipedia en español; cuando los vi, sabiendo que estaba bloqueada: a pesar de haber visto que lo estaba, de todas maneras hice clic en los enlaces que se me ofrecían, para ver el mismo aviso de suspensión que ya había leído varias veces.

En lo que hice hubo un poco de estupefacción y, luego, otro poco de interés morboso. La desaparición de Wikipedia, aunque fuese parcial y temporal, daba la oportunidad de formular una pregunta.

Para cualquier persona que pudiera estar interesada, repito que el sitio estuvo bloqueado, pero ya no lo está. Lo pueden consultar sin ningún problema. También agrego que los sitios de Wikipedia en italiano y polaco también fueron bloqueados (y luego desbloqueados), y que los cierres tuvieron lugar en protesta por un proyecto de ley que estaba a punto de pasar a votación en el parlamento de la Unión Europea.

La propuesta “para una directiva del Parlamento Europeo […] sobre copyright en el Mercado Único Digital” se anunció como un intento de mejorar la protección de los derechos de autor en internet y su alcance se entendía como global porque hubiera impuesto obligaciones a plataformas digitales y otros sitios que hicieran contacto con usuarios de la UE sin importar su propia procedencia. Aunque sus defensores aseguraban tener buenas intenciones, cientos de organizaciones, activistas y personalidades de la red –incluyendo a Tim Berners-Lee, el inventor de la World Wide Web– la criticaron. Sus artículos más polémicos, de seguirse al pie de la letra, hubieran causado la aparición de nuevas y severas restricciones para enlazar contenido periodístico en línea y para compartir información de forma gratuita; peor aún, éstas hubieran sido desproporcionadamente más rígidas y difíciles de sortear para individuos y pequeñas empresas. Felizmente, la presión internacional parece haber surtido efecto y la directiva fue rechazada, aunque una nueva versión de la misma será sometida a una segunda votación en septiembre.

El 4 de julio, en la prensa mexicana apenas hubo referencias al cierre temporal de la Wikipedia en español o a la votación en el parlamento europeo, a pesar de las consecuencias enormes que podría haber tenido para la vida de millones de personas que utilizan internet todos los días. En las redes sociales hubo el mismo desinterés. De hecho, el primer aviso que vi de la protesta de Wikipedia en español era una nota de Facebook, escrita desde México por alguien que se burlaba de los estudiantes que ya no tendrían de dónde copiar sus tareas escolares. El resto de las notas que encontré se quedaban en la misma frivolidad.

Y este es el año en el que no solamente ha salido a relucir una serie de cuestionamientos muy serios del dominio de las grandes empresas de internet, incluyendo las redes sociales, sino que persiste una tendencia comentada con frecuencia en lo que va del siglo: nuestra dependencia creciente de internet como asiento de nuestra memoria colectiva.

Wikipedia es sólo una parte de esto, pero es en muchos sentidos una parte crucial. El depósito de información gratuita más accesible del planeta; la herramienta digital que acabó con las enciclopedias, de las que toma parte de su nombre. Se han hecho reparos a la fiabilidad de los datos que almacena y a sus criterios de edición, y cada tanto circulan bromas crueles en la red acerca de sus peticiones de apoyo económico, pero es poco probable que Wikipedia funcionara mejor, o contuviera datos más fiables, de ser propiedad de Facebook (o de Google, o de Elon Musk) y no una organización sin fines de lucro. Y, en cualquier caso, no se puede negar su presencia ni su valor para muchas personas.

Aunque la red se ha convertido, como ha escrito Cory Doctorow, básicamente en el sustrato de empresas de “vigilancia comercializada” y ha dejado atrás las imágenes míticas de su comienzo (la “Supercarretera de la Información”, etcétera), todavía nos impresiona. El volumen de la información que vertemos en ella todos los días nos sigue haciendo creer que guarda “todo”: lo que hay, lo que tiene sentido buscar, y también que semejante caudal se guarda allí de forma más conveniente, más segura que en cualquier otro sustrato material.

(Hace no tanto, un librero tuiteó la foto de cientos de volúmenes de enciclopedias y diccionarios enciclopédicos que estaban en su tienda y se quejó de que ya nadie los iba a comprar. Hoy mismo, en la mañana, una amistad me contó algo similar: se muda de su ciudad y tiene la fantasía de prenderle fuego a todos sus libros porque va “a andar paseando las seis Salvats y la Sigma de matemáticas por medio país”.)

Pero la pregunta a la que me referí al comienzo de este artículo –la que me sugirió mi tarde sin Wikipedia– es pertinente: ¿debemos dar por sentada la existencia y el funcionamiento continuo, y gratuito, de todos los depósitos de información en internet? ¿Qué estaría sucediendo de haberse aprobado las medidas propuestas al parlamento de la Unión Europea? ¿Qué más puede suceder todavía, en el proceso por el cual la red se aleja –aunque sea muy despacio– de los ideales de apertura, gratuidad y equidad de sus comienzos?

O de otro modo: ¿qué sucede cuando una cultura, una sociedad, una especie renuncia al cuidado de su propia memoria?

En un ensayo de Otras inquisiciones, Jorge Luis Borges recuerda “El holocausto de la Tierra”, una ficción alegórica de Nathaniel Hawthorne en la que

[…] los hombres, hartos de acumulaciones inútiles, resuelven destruir el pasado. En el atardecer se congregan, para ese fin, en uno de los vastos territorios del oeste de América. A esa llanura occidental llegan hombres de todos los confines del mundo. En el centro hacen una altísima hoguera […]

…y queman todo: Borges enumera larguísimamente (libros, genealogías, ejecutorias, cetros, cartas de amor, bolsas de café) para describir la eliminación de la memoria humana, que en el texto de Hawthorne es evidencia de su naturaleza pecadora. La narración tiene resonancias apocalípticas que se han vuelto a poner de moda en nuestra época, pero que se creen más propias del cine, los videojuegos o los espacios de vivales y locos en internet. Sería irónico, por decir lo menos, que un holocausto distinto: digital, en cámara lenta, estuviera empezando precisamente ahora y que nadie lo estuviera mirando.

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

© Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.


Posted: July 10, 2018 at 9:21 pm

There is 1 comment for this article
  1. Susana Garduño at 3:56 pm

    He leído el artículo de Alberto Chimal y mirado a mi alrededor. Mi casa, de pared a pared, ha acumulado los libros de al menos tres generaciones y recientemente un albañil que vino a reparar una ventana me dijo: “¿Para qué quiere tantos libros? ¡Ya ni se usan!”
    Ya ni se usan… Curiosamente los uso muy a menudo, pues, a pesar de las dudas que puedan albergar algunos, de vez en cuando, Internet no llega a ser tan vasta ni profunda para descifrar el sentido de algún término en uno de los libros que magnánimamente nos dejó Umberto Ecco. (Al menos no sin tener acceso a las bases de datos del Archivo General de la Nación o tal vez de la CIA).
    En este artículo de Alberto Chimal encuentro este llamado a no olvidar un pasado que para la gente de mi edad no es tan lejano. Aquel pasado en que todavía escribíamos letra de molde con las manos, sobre un papel y si teníamos suerte, en vez de bolígrafo, usábamos lápiz. No olvidemos esos días, porque quién sabe si en un momento dado nos veamos obligados a decir: ¿qué haríamos sin ellos?

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