Fiction
Las buenas costumbres

Las buenas costumbres

Luis Muñoz Oliveira

Esas historias se las perdió Isabel, y se nota, por eso salió mojigata.

—Cuéntanos una —dijo Susana encantada. Yo hervía de celos.

—Esta historia es muy buena: en un viaje a Nueva York mi abuelo conoció a un periodista que cubrió el famoso “juicio del mono”. Según contó mi madre, juzgaron a un joven profesor de ciencia por enseñar la teoría de la evolución. El abuelo, más que reírse de la capacidad de los estadounidenses para aprobar leyes oscurantistas, se burlaba de que el muchacho, John Scopes, en realidad nunca enseñó la teoría de Darwin. Scopes daba clases de ciencias en la escuela de Dayton, una pequeña localidad del estado de Tennessee. En aquel entonces el pueblo pasaba por momentos económicos difíciles, ¿cómo no? era 1925. Cuando se aprobó la ley que prohibía enseñar la teoría de la evolución, los hombres de negocios del pueblo tuvieron una idea brillante —Sebastián soltó una carcajada—:

¡convencer al joven profesor para que reconociera, aunque fuera falso, que enseñaba la teoría de Darwin! Con esto conseguirían llamar la atención del país. Y claro, supieron que lo habían logrado cuando vieron que llegaron reporte- ros de todos los periódicos importantes a cubrir la noticia.

  —Qué buena historia, ¿no te parece, Esteban? — dijo Susana. No sé si trataba de ser amable o de verdad le gustaba aquella farsa.

  Refunfuñé y fingí una sonrisa para no enfurecerla más.

  —¿Sigo?

—Por favor —dijo ella.

—El ilustre abogado Clarence Darrow tomó la defensa del muchacho y el político William Jennings Bryan, varias veces candidato a la presidencia estadounidense, fue a Dayton como fiscal en jefe. El «juicio del mono» fue el primer juicio transmitido en vivo por la radio. Día con día los estadounidenses siguieron su evolución. Transcurrida una semana, llegó el momento cumbre del juicio: cuando el señor Darrow llamó al señor Bryan a testificar como experto en la Biblia. Los dos magníficos oradores se enfrentaron en una discusión memorable. Darrow preguntó: “¿Cuándo exactamente se creó la tierra? ¿Cuántos días tomó esto?”. El juez intentó detener el interrogatorio pero Bryan replicó que no tenía por qué hacerlo; que él estaba ahí para “intentar proteger la palabra de Dios del mayor ateo de los Esta- dos Unidos”. A John Scopes, claro, nadie le hacía el menor caso, de hecho, sólo se le dio la palabra cuando lo condena- ron a pagar 100 dólares de multa, pero ¿en qué estaba?

—El bautismo —dije.

—Ah, sí, como puedes ver, querida nuera, y para eso era el paréntesis, ni en el seno de una familia ilustrada como la mía se puede asegurar que el flagelo del oscurantismo quede desterrado. A mi hijo yo no lo hubiera bautizado jamás, lo habría llevado conmigo a escupirle a los curas Sebastián sacó un puro, lo mordió y escupió al suelo— y le hubiera enseñado a jugar cartas desde pequeño.

—¿A jugar cartas? Discúlpame Sebastián, pero tu hijo no me contó nada de tu vida.

—Juego a las cartas desde que soy un mozalbete.

—Dice que sabe jugar póquer, pero los hechos muestran otra cosa.

—Calla, no sabes de lo que hablas —se salió de tono—. En puerto Vallarta me sentaba con mi abuela Angélica y con mi madre y les ganaba. Luego iba al pueblo a comprar cigarros y tequila. Era bueno aquel tequila; barato y bueno. Después caminaba hasta unas rocas cercanas para sentarme a ver el mar. Me fumaba cuatro o cinco cigarros y volvía a casa, donde mis padres y la abuela se tomaban sus buenas botellas de coñac.

»Si no recuerdo mal, la última ocasión que visitamos a la abuela Angélica, antes de que se muriera, yo tenía doce años. Una tarde, como de costumbre, estaba sentado en las piedras viendo el horizonte, cuando debajo de mí, en la playa, oí unas risas. Asomé sigilosamente la cabeza y vi a dos lindas muchachas tiradas al sol. Hablaban quebecuá. Entonces tomé mis cigarros y el tequila, y bajé a la playa. Desgraciadamente no pude sorprenderlas. Así que cuando llegué a su lado ya se habían tapado los senos con toallas. Les ofrecí, en francés, alcohol y tabaco. Ellas, son- rientes y sorprendidas, aceptaron un cigarrillo. Fumé a su lado, viéndolas como si fueran el horizonte.

—¿Y ese poema de quién es? —dije en burla— “viéndolas como si fueran el horizonte”, no seas ridículo.

—Este hijo mío es más árido que un páramo —  se quejó—. Apenas acabé mi cigarro le dije a una de las muchachas, que se llamaba Frederique, que nada más de verla me enamoré, así somos los nobles: pundonorosos y gallardos. Frederique se puso roja y yo le di un beso. La seguí viendo varios veranos. Ya pasaron tantos desde entonces —dijo y fumó de su puro—. Ella era varios años más grande que yo. Me enseñó las distintas artes amatorias.

—Siempre terminas hablando de mujeres —dije—. Estabas hablando de lo bueno que eres jugando cartas.   Y queda al descubierto la gran contradicción: si eres tan bueno ¿por qué has perdido tu casa dos veces? Ni se te ocurra que olvido que una vez nos tuvimos que mudar con Soledad porque apostaste y perdiste la casa —pensé que Susana tendría algo que recriminarme, pero más bien me vio azorada. Tampoco conocía esa historia.

—Bueno, yo aposté a que el ranchero fanfarroneaba. Como se me acabó el efectivo, le pregunté si aceptaba una casa en la ciudad de México; y perdí. En el juego también se pierde. He ganado miles de veces y sólo te acuerdas de las derrotas. ¿De qué crees que vivimos todos estos años?

—De las rentas de Isabel.

—Claro, eso te hizo creer la zángana. Y bueno, sabrás que para mí tampoco fue grato que ustedes se fueran a casa de Soledad, pero sólo piensas en ti.

—Uy, pobrecito, si tenías amante, que te debe de haber acogido en sus brazos.

—Terminé en casa de Isabel, yo no tenía efectivo y mi hermana no pensaba prestarme ni un centavo. Y es que buena parte de las propiedades están a nombre de los dos. Me dijo: “lo único que puedo hacer por ti es darte habitación y alimento, pero ni un solo peso. A ver si aprendes a no andar apostando: ¡ay Dios mío, qué hice yo para merecer esto!”. Y de la amante no vamos a hablar aquí, pero no es como tú piensas. Lo cierto es que no aguanté ni tres días en casa de Isabel. Llegaron a tal grado sus des- atinos que invitó a comer al cura González, un maricón con sotana, para que hablara del recto camino —solté una carcajada—. No lo decía en ese sentido —se rio también Sebastián—. El asunto es que me paré indignado y le dije que así como el marqués de Pombal expulsó a los jesuitas del reino portugués, yo me tomaba la libertad de echarlo de casa de mi hermana. Además, ya estaba medio borracho, así que intenté levantarlo de la silla. El cura se resistió y ter- minó de espaldas sobre el tapete. Isabel tomó el cucharón de la sopera y golpeó mi espalda. Yo, cautamente, refrené mis ganas de darle una patada al religioso, que se esforzaba por levantarse. Los gritos de Isabel llegaron a la cocina y por eso la criada se secó las manos en el delantal y corrió al comedor para ver qué pasaba. Al abrir la puerta, vio cómo le vaciaba mi plato de vichysoisse al curita maricón.

Salí corriendo por el pasillo, entré en la habitación de Isabel y robé un reloj y un collar de perlas que más tarde empeñé para hacerme de un poco de efectivo. Ojo, después se los devolví sin que se diera cuenta de nada. Al día siguiente visité al administrador de nuestros bienes raíces, un empleado de Isabel, y le ordené que consiguiera lo más pronto posible una de mis casas. Mientras tanto, instalé mi marquesado en un hotel. Aposté lo que me dieron en la casa de empeño y tripliqué mi efectivo en una noche.

—¿Y no fuiste capaz de mandarle un peso a mi madre, cabrón?

Sebastián estaba borracho y no había dormido nada. En ese momento, cosa que nunca antes vi, se puso a llorar:

—Ya hiciste que me acuerde de Margarita. Nadie dijo nada, cobardes, ni que estaba embarazada, ni mucho menos que decidió abortar. Después de que la incineraron tomé mi coche y manejé hasta Puerto Vallarta —Sebastián se secó las lágrimas y se meneó el bigote—. Me hospedé en una pensión llena de gringos y vi el anochecer y el amanecer por muchas semanas, tomando tequila y fumando ci- garrillos sobre las mismas piedras de mi infancia, aquellas desde las que hallé a Frederique. Cada noche destapaba la urna funeraria y tiraba una pizca de cenizas al viento, para despedirme poco a poco de Margarita. Después tomaba otra pizca y me la comía, para quedarme con ella. Luego regresaba a la pensión y hablaba con los turistas. No pue- do negar, aunque esté Susana aquí, tú entiendes ¿verdad?

—ella asintió—, que seduje a un par de canadienses, pero ninguna como Frederique.

Una mujer que intenté seducir varias veces, sin lograrlo, preguntó a la cuarta noche: “¿Qué haces aquí, no pareces turista?”. “Esparzo las cenizas de mi esposa muer- ta”. Y eso bastó para que me hiciera una felación. Luego no dejó que consumara el acto: “no quiero serle infiel a mi novio”, argumentó, aún recuerdo esa tontería. Cuando la urna quedó vacía, supe que no alcanzarían las olas para decirle adiós a Margarita, y me fui.

—Qué cursi.

—¡Cabrón! Está hablando de la muerte de tu madre, no seas así —dijo Susana y se levantó de la mesa, furiosa—, me largo, que les vaya bien.

Comimos en silencio, ya no teníamos ánimo de hablar. Poco después lo llevé a dormir al cuarto de visitas, estaba molido. Otra vez me sorprendió su delgadez y la pérdida de masa muscular, se veía enclenque. La vida se evapora.

 

*Este fragmento pertenece al libro Las buenas costumbres de Luis Muñoz Oliveira (Dharma Books, 2019)


Posted: October 14, 2019 at 9:20 pm

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