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Libros en lugar de cuernos de chivo

Libros en lugar de cuernos de chivo

Socorro Venegas

Para Santi y Marcelo

En estos días en que estamos sobreviviendo la tregua que impone el discurso navideño, me gustaría contarles cómo acabé entendiendo qué significa la paz en una de las comunidades más violentadas del estado de Michoacán, en México. Un lugar conocido como uno de los principales laboratorios de droga sintética de este país, y por lo tanto bastión de la narcoviolencia.

Comencé a trabajar en el Fondo de Cultura Económica dirigiendo las colecciones de libros para niños y jóvenes en 2013. Muy pronto, a menos de un año de haber llegado al Fondo, me pidieron que me desdoblara: ese era el reto, pues había que asumir un papel más, el de gestora cultural, para abrir un centro cultural en Apatzingán de la Constitución, localidad de la región de la Tierra Caliente michoacana. De alguna manera, se pensó que un proyecto cultural era una respuesta urgente a la violencia que se vivía en esta región del país, y la tarea se le encomendó al FCE.

Antes de colaborar en esta casa editorial, dirigí a nivel nacional el programa Salas de Lectura, una iniciativa del Estado mexicano que apuesta por la creación y fortalecimiento de comunidades lectoras, sobre todo en lugares apartados y con escaso o nulo acceso a servicios culturales. Sin embargo, nada, ninguna experiencia previa, podía prepararme para lo que fue emprender este proyecto.

Permítanme un paréntesis contextual: en 2014 el país estaba en pie de guerra contra el narco; el movimiento de autodefensas –sociedad civil armada que asume la defensa de su comunidad contra el crimen organizado– estaba en plena efervescencia. Nombres de lugares como Lombardía, Tepalcatepec, Nueva Italia, la Huacana, Aguililla, entre otros, aparecían en las crónicas de nota roja de los medios de comunicación nacionales: eran los lugares bloqueados por autodefensas, territorios en disputa que involucraban a civiles, la Marina Armada, policías federales y el ejército. También eran los nombres de los lugares que rodean Apatzingán, el lugar donde teníamos la misión de abrir un centro cultural.

Un proyecto así requería de un equipo de trabajo, y tenía que formarse con talento michoacano, así reencontré o conocí a mediadores de lectura y promotores culturales como Martha Luna, Míriam Domínguez, Dilea Torres, Claudio Naranjo, Daniel Benítez, Adriana Zavala, Adriana Rincón, entre otros, con quienes comenzó a tomar forma el proyecto. Del lado del Fondo de Cultura Económica, Lidia Menéndez, enlace administrativo de la Coordinación de Obras para Niños y Jóvenes, se volvió mi compañera en los caminos de Michoacán. Mientras se desarrollaba el proyecto arquitectónico para rehabilitar la casa de la cultura de la comunidad, empezamos con la arquitectura social: buscamos y conocimos a los líderes comunitarios, a promotores culturales que ya se rifaban entre balaceras para organizar festivales, talleres, para preservar sus tradiciones. Con ellos trabajamos, de ellos aprendimos, juntos construimos el proyecto del centro cultural “La Estación”, que se llama así porque ocupa el edificio de una antigua estación de ferrocarril.

No voy a olvidar la mirada de Ema, tallerista de la casa de la cultura que impartía un taller de psicomotricidad para niños pequeños, cuando nos vio llegar con cajas de libros del FCE. Fue lo primero que hicimos, abrir un pequeño espacio para la lectura. En realidad lo que se abría entre las páginas eran conversaciones. Así supimos que los propios talleristas de la casa de la cultura vivían en un clima de violencia interna tremendo, que se combinaba con los hechos que violentaban su comunidad: no se hablaban entre ellos aunque compartían un mismo espacio de trabajo; no se miraban a los ojos aunque se conocieran de años. Había desconfianza y también viejas rencillas que nunca sanaron. ¿Qué podían hacer por ellos esos libros? Por lo pronto, fue con la comunidad de talleristas con quienes comenzamos a trabajar. Las historias del papel amplificaban las historias personales, se compartían emociones, anécdotas, recuerdos. Las personas volvían a conocerse. Esto era reconstruir el tejido social, una fórmula con la cual he visto que se justifican y otorgan presupuestos a proyectos, pero no estoy segura de que realmente se comprenda qué es.

La razón por la que no olvido la mirada de Emma es porque sólo un par de meses después me contó que se había llevado prestados algunos libros de un taller que estábamos armando para que los papás leyeran con sus bebés. Tomó los libros y los empezó a leer con niños y papás de un grupo del DIF, donde también trabajaba. Quiso poner a prueba lo que estaba aprendiendo. “¡Y ya vi que sí funcionan los libros! Los papás son más pacientes con los niños”, me dijo sorprendida. En un tono más confesional, añadió: “Cuando las vi llegar a ustedes pensé que si realmente querían cambiar algo, deberían traer cuernos de chivo en lugar de libros”.

Otras estrategias se plantearon y fuimos registrando los resultados. Talleres de escritura autobiográfica, de autoretrato, de cómic, de juego y lectura, de escritura y música tradicional. Se sumaron iniciativas que no imaginábamos: un grupo de jovencitas alumnas y talleristas del nuevo centro cultural formó el primer grupo de música tradicional de Tierra Caliente: “Las Campiranas”. Desafiaron el rol que en 500 años han tenido las mujeres de la región: zapatear mientras los hombres hacen la música. Pero, de la mano de su maestro Claudio Naranjo, ellas aprendieron a construir sus propios instrumentos musicales, a tocarlos y pronto también van a componer sus canciones.

Otro nombre fundamental es el de Luz María Chapela (q.e.p.d.), a quien le pedimos que a partir de las experiencias y la información que recabábamos en Apatzingán construyera un modelo de gestión para una cultura de paz, que ella más bien concibió como un horizonte donde todos, desde la trinchera en la que trabajen, pueden aplicar esta propuesta que busca, en primer lugar, la reflexión individual. Si pensamos que son los otros los que deben servir a nuestra idea de paz, nos quedamos cortos. La paz es, primero, una conquista personal. Y después se comparte, se hace colectiva, alimenta a la comunidad.

Se trata de hacer trabajo comunitario, de hablar y mirar a los ojos a cada persona. De tocar a su puerta para que sepan que el edificio que está a cinco pasos de su casa, a cinco pasos de la banca donde se sientan los chavos a fumar mota, a cinco pasos del cine que sólo proyecta cine porno, ese centro cultural abre sus puertas para ellos y adentro encontrarán libros, conciertos, talleres, teatro, cultura digital. Que su derecho a la cultura no es solamente, como decía don Guillermo Bonfil Batalla, a recibir, sino también a producir. El Fondo publicó este modelo y los testimonios alrededor del proyecto en un libro que puede descargarse gratuitamente aquí.

Siempre parece que urgen las cifras y los grandes resultados. Bueno, la experiencia que vivimos en Apatzingán es que para llegar allí hay que ir de puerta en puerta. No va a funcionar de otro modo. Es paradójico, pero en nuestra época globalizada, es urgente construir más laboratorios para la paz a partir del trabajo comunitario. El centro cultural “La Estación” tiene cupo lleno en todas sus actividades, pero antes ha habido un proceso de socialización que continúa: el centro cultural va a las escuelas en busca de los adolescentes –la población más vulnerable y la que un proyecto como éste le disputa al crimen organizado–; también se llevan actividades a cárceles, rancherías, hospitales y albergues.

Comprender cada espacio, cada territorio, su dinámica, su problemática, y apostar por los individuos. Hay que salirse de detrás del escritorio y mirar a los ojos de quienes, como en Apatzingán, han vivido la guerra contra el narco y padecido sus “efectos colaterales”. Quienes hoy tienen la responsabilidad de pensar los proyectos y programas culturales tienen esta responsabilidad adicional: pensar que su trabajo será fundamental en la pacificación de México. Las palabras abren, sanan, visibilizan, reconcilian, reconstruyen. Menos cuernos de chivo, más libros.

 

Socorro Venegas es escritora y editora. Ha publicado las novelas Vestido de novia (Tusquets, 2014) y La noche será negra y blanca (Era, 2009); los libros de cuentos Todas las islas (UABJO, 2003), La muerte más blanca (ICM, 2000) y La risa de las azucenas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997 y 2002).  Ha recibido el Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, Premio Nacional de Novela Ópera Prima “Carlos Fuentes”, Premio al Fomento de la Lectura de la Feria del Libro de León y el Premio Ciudad de México por el programa “El Fondo visita tu escuela”. Dirige las colecciones para niños y jóvenes del FCE. Su Twitter es @SocorroVenegas

 

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Posted: January 3, 2019 at 9:00 pm

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