Essay
Lo que sí sabes

Lo que sí sabes

Lolita Bosch

La literatura tiende al orden. Y lamentablemente ésta es una certeza en la que confiamos poco y que apenas permitimos que nos ayude en nuestro proceso de creación literaria. Con frecuencia, cuando estoy con los alumnos y alumnas en talleres presenciales y les pregunto de qué parten para comenzar a escribir o a pensar en una novela, en lugar de preguntarse qué ocurriría si se dejaran llevar, suelen contestarme que tienen “material” (que normalmente tiene que ver con una anécdota o personaje real), o bien una idea. Y yo siempre les pregunto: ¿una idea de qué?, ¿y de qué te sirve?, ¿de qué manera se usa esta idea para escribir un texto literario? Suponemos que con recursos aprendidos como, por ejemplo, describiendo a los personajes o eligiendo a un narrador. Pero en realidad este tipo de recursos –que no tienen que ver con la creación– no sirven porque aunque logren crear la falsa sensación de que estamos avanzando –porque estamos haciendo algo– lo que avanza no es la novela sino, si tenemos suerte, la concentración en un proyecto, la disciplina o la domesticación de tu deseo de escribir. Pero con este tipo de recursos que usamos sin pensar realmente en su efectividad, el destino más probable de nuestra escritura es la terrible sensación de fracaso, un estado doloroso cuya perspectiva logra con demasiada frecuencia que muchas personas no se atrevan a embarcarse en la creación de un texto literario a pesar de desearlo. A eso yo les diría que el método que están empleando es la antítesis del proceso literario. Y que nuestra novela, para que avance, necesita que nosotros seamos capaces de hacer dos cosas: 1). Dejar de pensar en la historia –algo en lo que nunca insistiremos bastante; y 2). Vaciar lo que ya sabemos de nuestras novelas. Porque aunque sin un entrenamiento de nuestra intuición nos cueste darnos cuenta, hay muchas cosas que ya tenemos de nuestras novelas y hay un modo de vaciarlas para no descartarlas, sino para utilizarlas de manera apropiada y para tener espacio mental y emocional para construir otras cosas. La prueba es que si tratamos de pensar en qué momento comenzamos a hacer la novela en la que estamos trabajando o que deseamos hacer, es probable que nos demos cuenta que llevamos años pensándola desde ámbitos distintos. Y si revisamos nuestras bibliotecas o lo que estamos leyendo en estos días, muy seguramente también nos sorprenderá darnos cuenta que tiene mucho que ver con lo que queremos escribir. Con lo que de verdad queremos escribir. Y esto es así porque hay muchas cosas que ya sabemos de nuestros textos, aunque no sepamos que las sabemos y aunque no tengamos ni idea de cómo utilizarlas. ¿Pero por qué? ¿Por qué tenemos esta sensación de partir de la nada a menos que tengamos “material” que tenga que ver con la realidad o con una historia medianamente estructurada? En primer lugar porque seguimos pensando como lectores y sólo somos capaces de asirnos en lo que nos parece completo (una historia, un suceso real). En segundo lugar porque entender que tenemos intuición literaria. Y en tercer lugar porque nos cuesta todavía más entender que la intuición literaria es una herramienta que funciona, es un proceso. Y que por mucho que lo entendamos –intelectualmente hablando–, asumirlo y crear en consecuencia es algo que se va consiguiendo poco a poco. Pero ocurre.

Piensa, por ejemplo, en el texto que estás escribiendo o que quieres escribir de una manera plástica, orgánica: ¿De qué color es? ¿Es frío o caliente? ¿Que forma tiene? ¿Lisa, rugosa, suave? ¿De qué material es? ¿Vidrio, líquido, piedra? Hay muchas cosas que ya sabes y eso en sí mismo es importante. Pero además, estas cosas que ya sabes son con las que te identificas; y esto es todavía más importante. Porque esto, aunque cueste pensar sin ponerlo en práctica, eso es lo que te servirá para escribir.

Tú.

Tú que eres capaz de identificarte con lo que sabes, lo que intuyes, lo que ya has imaginado o lo que sientes y extraer de este proceso de auto cuestionamiento un hilo abstracto o emocional para utilizar. ¿Y cómo se logra iniciar este proceso? ¿Cómo lo generamos? De dos formas. Una que tiene que ver con lo que ya hemos aprendido y otra que tiene que ver con lo que sigue: pensando en todos los elementos que conforman una novela y preguntándonos para qué queremos hacerla.

Los elementos para construir una novela, cuando se los pregunto a mis alumnos y alumnas, suelen ser siempre palabras aleatorias pero intuitivamente precisas: ambientación, acción, personajes, pasado, narrador, ritmo, suceso, trama, emoción, espacio, mirada propia, atrezzo, amor, carácter, música, estilo, lugar, universo, relaciones, violencia, transformación… Y, en referencia a las razones, cuando les pregunto para qué quieren hacer una novela, suelen responder que para entender algunas cosas del mundo y de ellos mismos que no puedo entender como la muerte, por ejemplo; para entretenerse; porque no están a gusto con cosas de la vida y quieren analizarlas; para hacerse escuchar; para entenderse y explicarse; por venganza; por dignidad; porque en el mundo literario las cosas se arreglan; para que exista; porque lo consideran un reto; para atravesar el proceso; para descubrir si les gusta escribir; para crear un mundo propio; porque la fantasía transforma a quien la crea; para recuperar historias y recuerdos de la infancia; para sobrevivir; para darle una oportunidad a determinados personajes… Todas ellas razones importantes y a tomar en cuenta, que Ana María Matute resumía diciendo que escribía porque era la única manera que tenía de estar aquí. Y en efecto, escribir literatura es esta posibilidad privilegiada de ser exactamente quién eres y estar exactamente donde estás: una de las formas más contundentes de la libertad. Y así es como se hace una novela, pensando cosas como éstas antes de comenzar la escritura física. Porque de otro modo, cuando nos sentemos finalmente a escribir nos sentaremos únicamente a escribir y no a resolver otras cosas, no a construir, no a continuar un proceso íntimo que ya hemos comenzado.

En una tesis de posgrado que hice en la Universidad Nacional Autónoma de México estudié la obra temprana del autor peruano mexicano, Mario Bellatin. Y en la primera de las muchas entrevistas que le hice, le pregunté cómo escribía. No por qué, sino cómo. A lo que Bellatin me respondió: “Escribo tumbado en la cama y mirando al techo”. Y si bien en aquel momento no pude entenderlo, con el tiempo, tras la escritura de varias novelas, el acompañamiento en el proceso de creación de muchos alumnos y alumnas y la observación minuciosa del trabajo de otros escritores y escritoras, sé que aquella afirmación es una verdad que nos cuesta infinitamente asumir: hay una gran parte de la novela que se hace tumbado en la cama y mirando al techo. Es una de las formas más efectivas de ir construyendo y resolviendo ciertos aspectos literarios: detenerse y pensar. Eso no significa construir historias mentalmente (porque si resolvemos un texto mentalmente, con la “ayuda” de la imaginación, ya no necesitaremos escribirlo o nos aburrirá hacerlo), sino preguntarnos por el deseo, la intención, la abstracción, los materiales… De tal modo que cuando comencemos finalmente a escribir la novela que estemos haciendo utilice la inercia que hemos generado. Entre otras muchas razones estrictamente literarias e intelectuales, porque es fascinante descubrir lo que nos sucede cuando finalmente escribimos.

Es decir ver qué me pasará a mí por hacer esto.

 

*Imagen de la autora

Lolita Bosch nació en Barcelona en 1970, pero vivió mucho tiempo en Albons (Baix Empordà). También ha vivido en Estados Unidos, India y, durante diez años, en la Ciudad de México. Ha publicado, entre otras novelas, Tres historias europeasLa persona que fuimosLa familia de mi padre o Esto que ves es un rostro, así como su antología personal de literatura mexicana Hecho en México y el ensayo narrativo Ahora, escribo. Su Twitter: @LolitaBosch

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Posted: December 10, 2017 at 9:33 pm

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