Flashback
Mariano Picón-Salas. De la Conquista a la Independencia

Mariano Picón-Salas. De la Conquista a la Independencia

Gilberto Prado Galán

 La imagen del venezolano que promete volver y el que, obligado por su sino, tiene que permanecer en su tierra ha sido ilustrada, por Picón-Salas, en el umbral de Literatura venezolana, por medio del mito de Amavalica. La mujer errante que, tras paralizar las piernas de sus hijas, las abandona para afincarlas en su territorio. Los indios, añade el historiador, confundieron la llegada de Diego de Ordaz con el retorno de Amavalica. Y así la imagen de la patria desmembrada nos retrotrae a los primeros años de la conquista, y será tarea principal de las generaciones venideras hacer la patria, esto es, “recogerla en su dispersión” (p. 7).

La figura de Juan de Castellanos, trotador de costas, selvas y serranías, y aficionado más a la isla Margarita que a su natal España, autor de un fatigoso cronicón rimado, preside la historia de la literatura venezolana. La distinción entre los siglos XVI y XVII, que habrá de ser elucidada a fondo en De la conquista a la independencia, incide también en el mapa literario de Venezuela: a las “ásperas” guerras de conquista, la movilidad y el terror en el siglo XVI, se opone el sopor y la ceremonia que caracterizaron el siglo XVII venezolano. El ensayista traza el perfil de nómadas y sedentarios escritores venezolanos, sin ignorar, por supuesto, los decisivos viajes de Simón Bolívar y Francisco Miranda, gestores de la independencia, a Europa.

En su acercamiento a la literatura venezolana el autor de De la conquista a la independencia señala un dato fundamental para la inteligencia del proceso de desarrollo: la llegada de “los navíos de la ilustración”(p.40), por donde se filtran las ideas pre-revolucionarias y el enciclopedismo; mas no será sino hasta la época del romanticismo cuando la diáspora de preclaros escritores –su ida y vuelta– resulte fecunda: García de Quevedo vive en España y regresa a Venezuela para presenciar la revolución de abril en 1858, Antonio Ros de Olano se va a matar moros al Africa (p. 98), Jacinto Gutiérrez ha pasado –dice el autor de Los tratos de la noche– largos años en Europa, José Antonio Calcaño viaja a Londres y, herido por la nostalgia –esa saudade nuestra–, escribe esta cuarteta reveladora: “¡Feliz quien nunca dejó su suelo,/quien en su cielo ve el sol salir!/ ¡Ay, los ausentes de sus cabañas¡/ Ay, mis montañas donde nací!”. Picón- Salas, quien vivió a caballo entre Venezuela y múltiples países, sabe que la nostalgia cala aún más a quienes llevan, de manera permanente e inmediata, su entrañable tierra original a todas partes: cuando está lejos de su patria vive pensando en Venezuela, cuando está en Venezuela vive pensando en Mérida, cuando está en Mérida vive pensando en su primera e inconfundible morada.

La literatura venezolana oscila, desde 1840 hasta 1870, entre la temática de la propia tierra (nativismo) y la imitación extranjera (exotismo). El contacto con el viejo continente modifica la concepción de la literatura, y esto se refleja en quienes vivieron algún tiempo en Europa, como César Zumeta, Manuel Díaz-Rodríguez y, en el extremo, Pedro César Domínici, quien representa ese “…tipo de escritor desarraigado, que vivió largos años en los boulevares de París” (176-177 pp.). Y habremos de esperar hasta la novela fraguada por José Rafael Pocaterra quien en Tierra del Sol Amada consigue conciliar, con fortuna, elementos nativos y cosmopolitas (p. 193). Y esa fuga “de lo más próximo a lo más lejano”, advertida por Picón-Salas en el gran novelista Rómulo Gallegos, complementada por la varia pintura de los personajes venezolanos, con énfasis en la mujer, llevada a cabo por Teresa de la Parra, constituye lo mejor de la literatura venezolana en la primera mitad del siglo XX.

Mas lo que me interesa mostrar aquí es cómo el libro de Picón-Salas apuesta, por su ambición conglobante, a la formación de una verdadera y libre patria literaria. Si la tarea, inscrita en la procura de fraguar la patria venezolana, es “recogerla en su dispersión”, ¿qué mejor empeño que Literatura venezolana para juntar en un solo discurso, en una sola red de emotivas y lúcidas palabras, los fragmentos dispersos del pensamiento venezolano? Ahora digo, sin asomo de hipérbole, que si la gran empresa de Simón Bolívar fracasó en el sentido de “reconstituir el Estado roto en pedazos” (p. 66), la tarea de Picón-Salas, como reconstitución de la historia literaria de Venezuela a partir de la junción, en ese libro fundante, de los varios y heteróclitos discursos de los venezolanos de intra y extramuros ha sido cumplida con cabal fortuna: ha reunido en su barca de letras obras disímiles como El Orinoco ilustrado y defendido, historia natural, civil y geográfica de este gran río y de sus caudalosas vertientes de José Gumilla, así como la Historia corográfica, natural y evangélica de la Nueva Andalucía…, de Fray Antonio Caulin, obras españolas más importantes de tema venezolano del siglo XVIII (p. 40); más aún: el historiador de la literatura ha destacado lo mismo las tres mil cartas del Libertador que la Hecatonfonía de Fermín Toro; ha puesto en diálogo la Venezuela heroica de Eduardo Blanco con La geografía espiritual de Venezuela de Felipe Massiani. Quiero decir que en Literatura venezolana concurren recensiones sobre libros escritos con prosa académica (los de José de Oviedo y Baños o los de Rafael María Baralt) con otros de aliento más vital (como, por ejemplo, la obra de Juan Vicente González); se dan cita comentarios respecto de posiciones antagónicas; se despliega un panorama que no excluye a ninguno de los brazos rivales del Congreso o de la junta Patriótica y, con el mismo ánimo con que juzga a Cecilio Acosta –“hombre comedido, demasiado analista como para militar en cualquiera facción extrema, trata de conciliar los términos contrarios”–, podemos juzgar la principal propuesta –tolerante y antidogmática sin dejar de ser acerada y crítica– que despunta en las páginas de esta gran fiesta verbal donde son presentados, sin máscaras ni disfraces, los principales protagonistas de la historia de la literatura venezolana.

Insisto: en Literatura venezolana Picón-Salas ha conseguido reunir los retazos dispersos de la literatura escrita por –y sobre– Venezuela en un todo armónico. El escritor no cede a la tentación de descalificaciones superfl uas: atento a todos los instrumentos de la orquesta, aguza el oído, distingue cada tonalidad, dice de cada autor lo más significativo y luego goza la música.

En 1936 Picón-Salas acepta ser encargado de negocios –ad interim– de Venezuela en Checoslovaquia. Este viaje significa su primer encuentro con el Viejo Mundo. Acusado de comunista, se ve obligado a renunciar al cargo diplomático y, al año siguiente, regresa a Chile para tornar después a Caracas, en el ocaso de 1938. Su primera experiencia en Europa ha sido condensada en un hermoso libro: Preguntas a Europa. Obra que a ratos induce, por el espíritu emocionado que tiembla en sus páginas, ese estremecimiento anímico que sólo los grandes libros provocan: “Música y muerte de Viena” y “Reino de Bohemia, reino de Dios” confirman este aserto. La imagen de Mérida cumple un recorrido que, al ensancharse, culmina en la pintura de ciudades europeas, como ocurre en esta espléndida guía de viajes. Con esto quiero decir que el punto de partida, localizable en la ciudad andina, en ese “escabel tallado por los ríos”, como lo ha dicho el historiador venezolano, es contrastado con otras regiones del mismo país, y después con regiones de otros países y, por último, con ciudades remotas, pero imantadas por esa nostalgia ambulante que la primera visión de Mérida despierta. En el prólogo explica la otra cara del viaje; ese rostro que se traduce en la distinta valoración de la propia tierra vista a través de la lejanía: “El viaje a Europa fue un viaje al fondo de mi yo suramericano que anhela tener conciencia de lo que le falta, y lo busca a través de los hombres, los paisajes y las culturas distintas” (p. 11) . De hecho, durante la trayectoria de Preguntas a Europa, libro que recuerda, por sus penetrantes interpretaciones, a Viaje a Italia de Göethe, se despliega un permanente contrapunto respecto de la realidad suramericana. En “Meditación francesa”, por ejemplo, se alude al “…choque de un alma inestable frente a lo que advierte sólido, permanente” (p. 21) y al contraste entre el “inmenso trabajo colectivo” francés y el espíritu de improvisación, ya visto por Alfonso Reyes, nuestro “acaso” suramericano (p. 24).

En una obra posterior, valorada como parte del canon clásico de la historiografía hispoanoamericana, De la conquista a la Independencia, Picón-Salas elucida lo que ocurre a los hombres nacidos en América cuando emprenden el trazo del perfil más íntimo de su añorado territorio, tal sucedió al Inca Garcilaso y al jesuita Alonso de Ovalle: “La lejanía les hace sacar de adentro el color y la luz de la tierra americana. Si se hubieran quedado en Indias, no sólo la emoción fuera más débil, pero acaso ni habrían advertido la individualidad y extrañeza de aquel mundo” (p. 97). Y es cierto.

Esa lejanía posee una dimensión distinta en Mariano Picón-Salas.

BIBLIOGRAFÍA CITADA
De la Conquista a la Independencia, Fondo de Cultura
Económica, México, 216 pp.
Literatura venezolana, Editorial Las novedades, Venezuela,
3ª Edición, 246 pp.
Preguntas a Europa, Zig-Zag, Chile, 1937, 144 pp.


Posted: April 22, 2012 at 4:52 pm

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