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Pitol, múltiple y único

Pitol, múltiple y único

Rodolfo Mendoza

Sergio Pitol,
Memoria 1933-1966,
Era, México, 2011.

 

1. La obra de Sergio Pitol es una cartografía a través de la cual se pueden emprender varios caminos para realizar un viaje ya planeado, ya sorpresivo. Las rutas por donde nos llevan sus novelas, cuentos o ensayos son acaso inéditas en la lengua española. A él se debe el descubrimiento de varios autores que no habían sido traducidos al español, pero aún más: en sus páginas el lector se enfrenta no a un rompimiento de géneros –como se ha dicho–, sino a la confluencia de todos ellos. No es nada nuevo decir que en la obra toda de Sergio Pitol la memoria cumple un papel vital, como lo hacen, también, los libros y, por supuesto, esas afinidades electivas a personas, autores, obras, que llamaremos aquí simplemente amistad. A la muerte de Walter Benjamin, Maurice Blanchot escribió el espléndido volumen, La amistad, en el que da cuenta no sólo de su cercanía con el malogrado filósofo, sino que escribe de la amistad como una manera de ver la literatura y el pensamiento: llegamos a los libros por recomendación de amigos, conversamos esos libros con los amigos, recomendamos los libros a otros amigos, hablamos de las opiniones que tienen nuestros amigos de esos libros, nos volvemos amigos de los libros, en lo escrito por nosotros hablamos de nuestros amigos… Voltaire decía que la amistad no se impone, sino que se sella un pacto entre dos que se acuerda y se rige bajo sus propias leyes. En Memoria 1933-1966, de Sergio Pitol, encontramos todos esos ejemplos de amistad a los libros y los amigos a través de, precisamente, la memoria. El autor de El arte de la fuga ha dedicado centenares de páginas a sus amigos literarios: Charles Dickens, Antón Chéjov, Benito Pérez Galdós, Witold Gombrowicz, pero también a sus amigos reales desde entonces: Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco. El libro que acaba de ver la luz es una edición ampliada y corregida de aquella Autobiografía precoz aparecida en la serie “Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos” y que nos pone de frente a un jovencísimo Pitol que empieza a delinear, a través de su propia vida, lo que serían más tarde sus libros capitales: El arte de la fuga, El viaje, El mago de Viena, la Autobiografía soterrada.

2. Potrero. A mis treinta y tres años me doy cuenta de que todo lo que he escrito es en cierta forma autobiográfico. Y es cierto, Sergio Pitol está presente en todo lo que ha escrito. El tomo IV de sus Obras reunidas compendia sus textos autobiográficos, incluida la primera edición de estas Memoria 1933-1966, y ahí leemos que un niño de nombre Sergio Pitol Demeneghi descubre la lectura de forma casi accidental pero inmediatamente entrañable: muertos sus padres teniendo él apenas cuatro años, queda perplejo frente a los árboles de toronjas que había en la casa de su abuela y sus tíos, un terreno nuevo que habitar, aunque familiar, inhóspito. Una injusta acusación infantil lo expulsa de la tierra. Contrariamente al caso de Adán, Pitol no es expulsado de un paraíso lleno de árboles, flores, casas bellísimas, sino que es desterrado de una tierra hostil para entrar a un paraíso posible del que ya no saldría nunca: los libros. A esa corta edad, entre las sirvientas y los familiares, el niño conoce y se reconoce entre los libros, por fin un lugar que es posible habitar y en el que se puede alcanzar la felicidad.

3. Córdoba. De 1945 a principios de 1950 me encuentro en Córdoba, Veracruz, en aquel entonces muy bella… En esta ciudad veracruzana, el adolescente Pitol es ya un lector avezado, un jovencito que se ha curtido entre las letras. Si en la infancia se daba sus “banquetazos” con Verne, ya a esta edad pasaba por sus manos y sus ánimos Shakespeare, O’Neill, Reyes, Neruda, Pirandello, Vasconcelos, es cierto, lecturas sin ton ni son, desordenadas pero hechas con toda la pasión de un muchacho que acaba de saberse entregado a las letras y decidido a escribir. Mientras tanto, debía cumplir con la escuela y estudiar la preparatoria. Años más tarde leería a su Tomas Mann, su hondo Tonio Kroger.

4. Ciudad de México. A principios de 1950 me trasladé a la ciudad de México para proseguir los estudios de licenciatura. El joven ni enterado estaba de que podía estudiar formalmente en la Facultad de Filosofía y Letras, así que viajó a la capital del país con la firme idea de estudiar Derecho, lo que era común entre quienes querían dedicarse a la literatura. Leía como un desesperado, como hipnotizado, lo que entonces era lo más nuevo: Joyce, Mann, Sartre. Apenas con 17 años, el descubrimiento de un mundo cosmopolita, lleno de música, cine, teatro y ópera le da un vuelco a su vida. Ya no sólo se alimenta de libros, necesita el mundanal ruido y sale a la calle acompañado de Carlos Monsiváis y Luis Prieto. Se topa con don Manuel Pedroso, sobre el que ya han escrito tantos elogios no sólo él, sino Carlos Fuentes, Flores Olea, tantos otros. Un hombre sabio, del que mucho quedó en Pitol. Pero no sólo asistió a la facultad de jurisprudencia, comenzó a frecuentar el edificio de Mascarones que albergaba la Facultad de Filosofía y Letras, y a escuchar a Alfonso Reyes, a O’Gorman, a Usigli dictar cátedra: el joven había encontrado otros abrevaderos, pero el libro seguía siendo su piedra angular.

5. Viajes. Dos acontecimientos tuvieron lugar en aquella época que iban a repercutir en el resto de mi vida: los viajes y la política. Al salir por primera vez del país en un viaje hacia Nueva Orleáns y Nueva York, Sergio Pitol, el recién egresado de la carrera de derecho, tuvo su camino de Damasco. El viaje, el sentido de desplazamiento, de asentamiento en un lugar nuevo, tuvo en la visión del mundo que hasta entonces tenía el joven una vuelta de tuerca que lo marcó para toda la vida. Nunca más volvió a estar demasiado tiempo en un lugar y viajó por China, Rusia, Sudamérica, Europa toda. Con Monsiváis, a quien le dedicó el primer cuento que escribió, participó en su primer acto político en apoyo a Guatemala. Tampoco se detendría en manifestar y apoyar las causas en las que creía; de ahí y hasta su célebre texto sobre el Subcomandante Marcos de El arte de la fuga, Sergio Pitol siempre ha participado políticamente llevando por delante sus convicciones, sus libros y sus amigos.

6. Primeros trabajos. Terminado el periodo de la universidad, en 1955, viví distintas peripecias: dirigí una revista literaria de jóvenes izquierdistas, Cauce, de la que aparecieron dos números. Cuenta Pitol que, aunque estaba ya infectado con el virus de la escritura, siemprepensó que quería dedicarse al trabajo de edición. Fundó esa revista y cincuenta años más tarde, dirige una colección para la Universidad Veracruzana y compartió sus ánimos editoriales en otra revista. En 1967 Sergio Pitol habla de su nuevo libro, y nos dice que incluirá un texto que le gusta mucho “Hacia Varsovia”; en 2012, cuarenta y cinco años más tarde, ese cuento es ya un insoslayable de su obra.

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Un hombre que lee y que escribe, que finca su fe en los libros, en el viaje, en sus amigos y en la memoria. Un hombre que se sabe muchos hombres y que ama la vida. Un hombre borgeano, que se ve a sí mismo y que es, al mismo tiempo, el otro. Sergio Pitol: un hilo entre los hombres.


Posted: June 30, 2012 at 4:15 am