Essay
Poesía y negocios (fragmento)

Poesía y negocios (fragmento)

Dana Gioia

Traducción al español de David Medina Portillo

LA SITUACIÓN

“El dinero es una especie de poesía”, escribió Wallace Stevens, abogado corporativo experto en finanzas, vicepresidente de Hartford Accident and Indemnity y al parecer casi accidentalmente, uno de los mayores poetas norteamericanos. Es una lástima que Stevens nunca haya abundado en torno del tema ya que, ciertamente, sabía mucho sobre los dos polos de la ecuación, como cualquier hombre de su tiempo. Significativamente, Stevens –quien pasó la mayor parte de sus días trabajando en una oficina– nunca hizo la más mínima mención de los negocios o de las finanzas en toda su crítica o poesía.

Que tan prolífico escritor haya guardado silencio sobre medio siglo de vida cotidiana resulta extraño. Quizá su personalidad debió ser parcialmente responsable: pocos hombres, y menos escritores, han mostrado tanta reticencia como Stevens sobre sus asuntos privados. No obstante, ésta es sólo una parte de la verdad. El silencio de Stevens apenas si es inusual cuando se observa el contexto de la poesía norteamericana. Por elección o necesidad han existido muchos poetas importantes que se ganaron la vida trabajando en los negocios, aunque ninguno de ellos vio en esto una experiencia sobre la cual escribir. Otro poeta estadounidense, T. S. Eliot, pasó la década más productiva de su vida en el departamento internacional del Lloyds Bank de Londres y lo más cercano que llegó a escribir sobre dicho entorno fueron estas líneas de La tierra baldía:

At the violet hour, when the eyes and back
Turn upward from the desk, when the human engine waits
Like a taxi throbbing waiting…

[A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda
Giran hacia arriba desde el escritorio, cuando el motor humano aguarda
Como un taxi palpitante y esperando…] Una imagen apenas significativa… Sin embargo, estas líneas resumen todo lo que la poesía moderna de Estados Unidos ha tenido que decir sobre el mundo de los negocios, su tedio, aislamiento e impersonalidad.

Generalmente, la poesía norteamericana ha definido los negocios por exclusión. No existen en el mundo de la poesía y, por lo tanto, se han convertido en todo lo que la poesía no es: un mundo sin imaginación, espíritu o percepción. El universo del que la poesía está tratando de escapar.

Los poetas norteamericanos modernos han escrito magníficamente sobre bicicletas, marmotas, tendederos con ropa al aire, tarjetas de béisbol o postes telefónicos. Uno de los mejores poemas de Randall Jarrell describe un supermercado. Elizabeth Bishop ha escrito conmovedoramente sobre un atlas y Robert Lowell a propósito de un par de lentes de contacto averiados. James Dickey encontró el modo de mandar a algunos animales al cielo y Ezra Pound puso a muchos de sus conocidos londinenses en el infierno. La sodomía, el incesto y la pedofilia han sido domesticados por nuestra musa nacional tan fácilmente como lo ha hecho con los zorrillos, armadillos, sapos y, al menos, un jabalí. Pero de alguna manera este desarrollo poético nunca ha sido capaz de mirar adentro de las paredes de una oficina corporativa y ver con la misma intensidad lo que cuarenta millones de estadounidenses hacen durante su semana laboral. A menudo, parece tratarse de una poesía de la excepción y no de lo cotidiano. En definitiva, rara vez trata con las instituciones públicas que dominan la vida norteamericana o con aquellas situaciones que la tipifican cada vez más. Si nuestra poesía concede algo, reduce esta empresa nacional enorme y diversa a unas pocas imágenes obsoletas heredadas del cine –las chimeneas de las fábricas eructando humo (circa 1870), el magnate barrigón con un cigarrillo (circa 1890), un doble de Chaplin saboteando las líneas de montaje (circa 1920) y, para el verdaderamente au courant, un hombre de franela gris corriendo a un desayuno de negocios en la avenida Madison (circa 1950). Imágenes todas de un mundo visto sólo desde el exterior. Para la poesía estadounidense lo que sucede en Wall Street o Wilshire Boulevard parece tan remoto como el archipiélago de Zembla bloqueado por el hielo. No, incluso más remota –Zembla ha tenido admiradores recientes.

Digo esto no tanto para denostar la realidad como para observar sus hechos y, creo yo, observarlos ampliamente. El mundo de los negocios, incluyendo las enormes empresas corporativas que para bien o para mal han cambiado la estructura de la vida norteamericana en los últimos cincuenta años, se encuentra notablemente ausente del vasto mundo de la poesía escrita en nuestros días. Y aunque dicha ausencia apenas si es motivo de alarma, sin duda merece nuestra atención.

La situación resulta especialmente sorprendente cuando recordamos que una afirmación importante y recurrente de la poesía contemporánea estadounidense ha sido su pretendida capacidad para tratar con la gama completa de la vida moderna. Todo es propicio para la poesía contemporánea, según han insistido los críticos desde hace décadas; a diferencia del arte del pasado, la poesía de hoy no excluye nada. A menudo, nuestros poetas han anunciado su indiscriminada disposición para experimentar con todo lo que Norteamérica abarca. La más sucinta de estas afirmaciones apareció en un volumen de Louis Simpson, ganador del Pulitzer: At the End of the Open Road (1963). Ilustrativamente, uno de sus poemas se titula “American Poetry”. Dice así:

Whatever it is, it must have
A stomach that can digest
Rubber, coal, uranium, moons, poems.

Like the shark, it contains a shoe,
It must swim for miles through the desert.
[Sea lo que sea, debe tener
Un estómago que pueda digerir
Caucho, carbón, uranio, lunas, poemas.

Como un tiburón que ingiere un zapato,
Debe nadar varios kilómetros por el desierto.]

Un poema corto e ingenioso. Pero como la mayoría de los alegatos de nuestro genio nativo, es preceptivo en lugar de descriptivo. Nos guste o no, ciertos alimentos van mejor con ciertos estómagos. La poesía ha dispuesto de más tiempo para digerir otros poemas que caucho o carbón, y ha encontrado indigesto incluso al ejecutivo más venerable. Aunque pretende hablar sobre el mundo, la poesía norteamericana termina hablando de sí misma.

MANERAS DE SOBREVIVIR

Leyendo cualquier relato sobre los inicios de un escritor, a menudo se habla de cantidades muy pequeñas de dinero. Hay una buena razón para ello teniendo en cuenta que el dinero es precisamente el problema central en la vida de todo autor joven, o de su sobrevivencia.

Malcolm Cowley, And I Worked at the Writer’s Trade

 

Pocos críticos, sospecho, estarán preocupados por la ausencia de los negocios en la poesía moderna norteamericana. Probablemente, creerán que esta omisión es justa. A sus ojos, el mundo corporativo parecerá más un territorio para novelistas que de poetas. Refleja el ámbito de la experiencia ordinaria, no las vivencias particulares y privadas supuestamente en el centro de la poesía. Y si nos apremian, podría argumentarse también que su omisión proviene del background personal de nuestros mejores poetas. Pocos tenían una experiencia significativa de ese mundo, así que ¿cómo iban a escribir sobre él con interés o autoridad alguna?

Los estadounidenses tenemos fuertes prejuicios acerca de nuestros poetas. Deben ser individuos fuera de lo común, personas graves e incluso excéntricas. Muy a menudo aparecen como estudiosos o vagabundos: Longfellows o Whitman, Allen Tate o Allen Ginsberg. Las artes populares están llenas de tales imágenes. Considera ingenuamente a Leslie Howard vagando por Norteamérica con una mochila en The Petrified Forest. En un grado sorprendente, incluso las artes más serias comparten estos estereotipos –ver Humboldt’Gift de Bellow, Pictures from an Institution de Jarrell, Pale Fire de Nabokov y las diversas novelas beat. Tanto estudiosos como “bohemios” son percibidos viviendo fuera de los sistemas económicos y sociales que caracterizan a nuestra nación. Usualmente por elección, se apartan de la vida cotidiana de la clase media estadounidense. Por nuestro lado, nos hemos habituado a respetar esta separación.

Una anécdota servirá para resumir la sabiduría convencional acerca de los negocios y los poetas. El hermano de Allen Tate, Benjamin Nathan Tate, fue un magnate que se formó a sí mismo fundando dos compañías de carbón en Cincinnati y presidiendo el consejo de administración de algunas grandes empresas, incluyendo la Western Union. Cuando Allen dejó Vanderbilt en 1922, Benjamin decidió iniciar a su hermano en una carrera de negocios ofreciéndole trabajo en una de sus oficinas del carbón. “En un día, la compañía perdió 700 dólares por el envío de un poco de carbón a Duluth, el que debió haber ido a Cleveland”, explicó más tarde Benjamin. En consecuencia, entendió de inmediato que Allen debía hacer una carrera literaria. La moraleja es fácil de adivinar. El poeta no es práctico sino alguien distraído incapaz de mantener un trabajo cabal. Demasiado aburrido en los negocios como para prestar atención a los detalles básicos, un poeta no puede ser sino un poeta.

Sin embargo, los estereotipos no resisten un examen riguroso. A menudo, los poetas norteamericanos surgen en los lugares más inesperados, incluidas las empresas. Stevens no es una excepción inexplicable, como generalmente se cree. Por el contrario, es ejemplar de cierta clase de poeta americano.

Aunque uno piensa ahora sobre Stevens como el arquetipo del poeta y empresario, él mismo habría considerado a Edmund Clarence Stedman como su modelo a seguir. Hoy un poeta olvidado, Stedman fue un antólogo y crítico de poesía muy influyente y su obra aún era una presencia poderosa durante la juventud de Stevens. Nacido en la Hartford adoptiva de Stevens en 1833, Stedman ingresó en Yale a los 17 años sólo para ser expulsado poco antes de su graduación (aunque, por esa dulce ironía que persigue la carrera de los poetas, 22 años más tarde la universidad le concedió un doctorado honoris causa). Tras varios intentos fallidos en el periodismo, Stedman llegó en 1863 a Wall Street, donde pronto abrió una firma de correduría. Sus respectivas carreras en las finanzas y la poesía prosperaron juntas. Como poeta, Stedman fue un destacado portavoz de la Genteel Tradition, aunque en su crítica exhibió un amplio aprecio por otras modalidades de poesía, quedando como testimonio su alguna una vez definitiva An American Anthology (1900), que celebró la tercera centuria de la nación definiendo las proezas poéticas de nuestro pasado. En la ciudad presidió la vida literaria de Nueva York, mientras que en su casa de campo –en la recién establecida colonia de artistas de Bronxville– entretuvo a jóvenes poetas oscuros como E. A. Robinson con sus reminiscencias de Whitman. Murió a la altura de su fama y prosperidad en 1908.

Stedman ha tenido muchos sucesores más allá de Stevens y Eliot. Richard Eberhart fue durante muchos años uno de los principales ejecutivos de la Butcher Polish Company en Boston y presidió durante años su consejo de administración. El fallecido L. E. Sissman fue director y, finalmente, vicepresidente de Kenyon y Eckhart, agencia de publicidad de Boston, donde manejó las cuentas de las industrias financiera y alimentaria. Del mismo modo, Archibald MacLeish, abogado de profesión, durante una década se desempeñó como editor de la revista Fortune, la importante publicación de negocios norteamericana ya legendaria en los años 30 y 40.

A. R. Ammons, ganador del Pulitzer, el Bollingen, el National Book Award y el National Book Critics Circle Award para poesía, cuando apareció su primer libro era vendedor en una fábrica de cristal para uso científico en Nueva Jersey. Había abandonado la enseñanza en una escuela primaria unos años antes, uniéndose al departamento de ventas de la empresa de su suegro, Friedrich & Dimmock, Inc. “Era un aislamiento total”, recordaría más tarde, pero gracias a haber realizando las llamadas correspondientes al área de Paterson, consiguió visitar al entonces inválido William Carlos Williams y acompañarlo al menos en un paseo ocasional. Pasó diez años en aquella empresa antes de renunciar para dar clases en Cornell.

A sus treinta años, James Dickey también abandonó la enseñanza a cambio de una temporada exitosa en los negocios. En 1956 se unió como junior copywriter a la agencia de publicidad McCann-Erickson en Nueva York, encargándose de la cuenta recién adquirida de Coca-Cola. Cuando la agencia movió esa cuenta a su oficina de Atlanta, Dickey fue ascendido y trasladado también a esa ciudad. Tres años más tarde, ya establecido en su nueva profesión, cambió de agencia para aumentar su sueldo y sus responsabilidades, llegando a ser copy chief de otra agencia de Atlanta. Dos años después, Dickey realizó nuevamente otro salto en su carrera, esta vez para convertirse en el director creativo de Burke Dowling Adams, la mayor agencia de Atlanta. Mientras desempeñaba su carrera en la publicidad, Dickey publicó su primer libro, Into the Stone and Other Poems, cuya resonancia le permitió obtener la beca Guggenheim que lo indujo a dejar los negocios por  la escritura.

Robert Phillips abandonó también la academia por la publicidad. Tras seis años de enseñanza universitaria, en 1964 Phillips se unió al departamento creativo de Benton & Bowles; luego se trasladó sucesivamente a McCann-Erickson y a Grey Advertising, antes de convertirse en vicepresidente de J. Walter Thompson, la mayor agencia nacional de Estados Unidos, donde tenía la responsabilidad principal en las enormes cuentas de Ford Motors e Eastman Kodak. A sus cuarenta años, David Ignatow pasó ocho años ayudando a manejar la Enterprise Bookbinding Company, un negocio familiar. Tras la muerte de su padre, se convirtió brevemente en el presidente antes de su liquidación. Ignatow ocupó después otros dos trabajos en la industria de la impresión, antes de recibir la beca Guggenheim que, finalmente, lo devolvió a la enseñanza.

Hay muchos ejemplos más. El fallecido Richard Hugo estuvo trece años en la Boeing Company de Seattle, hasta que la publicación de su primer libro le trajo la oferta de un puesto de profesor. En 1964, Ted Kooser salió de la escuela de posgrado de la Universidad de Nebraska y tomó un empleo temporal en Lincoln Benefit Life. Ha trabajado allí desde entonces, la primera vez como asegurador y, luego, como ejecutivo de marketing. William Bronk manejó una empresa familiar maderera y de combustibles en el estado de Nueva York. R. M. Ryan trabajó como corredor de bolsa en Milwaukee. Richard Grossman pasó casi diez años trabajando para Gelco, compañía de arrendamiento controlada por su familia en Minneapolis. James Weil también gestionó un negocio familiar de muchos años, además de dirigir una editorial literaria privada. Terry Kistler, ex presidente de Poets & Writers, ha administrado una empresa de inversión. James Autry, presidente del grupo de revistas Meredith Corporation, es autor de dos colecciones de poesía. El fallecido Ronald Perry fue director de publicidad y relaciones públicas de Outboard Marine International. Arte Beck, el misterioso poeta de San Francisco, es el seudónimo de un banquero local. Si se suman además los poetas que practican el Derecho (una profesión distinta que, en algunos aspectos, está más relacionada con la academia que con los negocios), como Melville Cane, Archibald MacLeish y Lawrence Joseph, la lista sería aún más larga. Y sin duda, hay muchos otros poetas-hombres de negocios desconocidos para mí.

También hubo algunos supuestos poetas entre los auténticos American Businessmen, el más notable: Hyman Sobiloff. Gran filántropo y poeta empalagosamente sentimental, Sobiloff presidió el consejo de media docena de grandes empresas y debió haber percibido un ingreso anual mucho mayor que el de los veinte poetas norteamericanos más importantes. Ostenta asimismo la rara distinción de ser el único poeta nominado a un Oscar. Sin embargo, Sobiloff reconoció que su poesía era menos perfecta y cabal que la de Conrad Aiken, Anatole Broyard y el fallecido Delmore Schwartz, quien le dio lecciones de poesía semanales, aunque tenía que estacionar su limusina a la vuelta para huir del exasperante Schwartz.

Hubo entonces al menos media docenas de poetas importantes y muchos de menor relevancia que fueron hombres de negocios. Si bien esto es un hecho interesante en sí mismo, requiere de ciertas precisiones. La excepcional carrera de estos poetas presionados mientras escribían contrasta de tal manera con las carreras más convencionalmente “literarias” de sus contemporáneos que es fácil pasar por alto sus similitudes. Las vidas y las obras de estos empresarios tienen más en común de lo que uno podría sospechar con la corriente principal de la poesía norteamericana. Necesitamos recordar que ninguno de ellos decidió hacer carrera en los negocios. Inicialmente, todos ellos intentaron una carrera literaria convencional. Eliot estudió filosofía y luego, como Dickey y Ammons, dio clases por algún tiempo. Eberhart ingresó en varias universidades y, más tarde, fue tutor privado del hijo del rey de Siam. Phillips sirvió como administrador de una universidad y profesor. Sin embargo, pronto y debido al agotamiento, fracaso, insatisfacción o pobreza, todos abandonaron sus vocaciones por un puesto en los negocios. Éstos fueron la mejor alternativa cuando sus primeras ambiciones resultaron contrariadas y, entonces, hicieron lo que sus padres y familia llamaron quizá una “elección razonable”.

Que la poesía es una vocación de larga data en el pensamiento de estos hombres tiene una importancia más allá de la simple precisión biográfica. Es un elemento necesario en la comprensión de su desarrollo como escritores. Cuando uno observa cómo estos hombres indiscutiblemente instruidos se inclinaron por la poesía desde jóvenes, resulta ingenuo presentarlos como seres primitivos emergiendo súbitamente de los sombríos bosques de la vida empresarial, capaces de hablar por igual en la lengua de los hombres y de los ángeles. Muchos críticos han expresado su admiración inocente al ver que cierto empresario de verdad escribía poesía, sin mencionar que ésta podía ser buena y aun gran poesía. De diferentes maneras, las imágenes públicas de Stevens y Dickey han sido especialmente distorsionadas por este tipo de caracterización. Y es fácil ver por qué. El símil businessman de día-poeta de noche hace un buen contraste. Todo el mundo disfruta las historias de una doble vida e identidades secretas. Los niños tienen a Superman, los intelectuales a Wallace Stevens.

Incluso a los críticos de primer orden les resultó imposible evitar el sensacionalismo ante la paradoja del ejecutivo de modales suaves que, en casa, escribía poesía cabalmente moderna y sin concesiones. Queda como testigo la malévola alegría de Delmore Schwartz, quien inició su análisis de la poesía de Stevens con una descripción de su vida en la oficina. Sin embargo, ¿el talento de Stevens para crear ficciones supremas mientras trabaja en Hartford fue acaso más sorprendente que la capacidad de Ezra Pound para escribir majestuosamente sobre la belleza de la vida en una prisión de Pisa? La carrera de Stevens, al igual que las de otros poetas-hombres de negocios, no era inusual. ¿Realmente fue inesperado que un hombre de Harvard, antiguo editor de Advocate y escritor en ciernes en Nueva York, con el tiempo llegara a convertirse en un poeta importante de Estados Unidos? Al contrario, parece la formación clásica del escritor norteamericano de aquella generación. Lo más curioso de Stevens no era su ocupación sino que, más bien, nunca visitó París o Roma, como hace la mayoría de los vicepresidentes corporativos.

Para algunos poetas norteamericanos fue sólo una forma más de sobrevivir. Aunque no fue lo que cualquiera de ellos anheló originalmente, los sostuvo hasta que la otra carrera, más difícil, se hizo realidad. Dejemos que el ingenuo piense que el apoyo que necesitaban era sólo financiero. Sin duda el trabajo en una compañía paga las facturas, pero también proporcionó a cada poeta algo más que dinero. Al menos exteriormente, dio sentido a su vida, una conciencia del lugar y propósitos en su sociedad. Les proporcionó metas factibles –desarrollo, ascensos, pensiones– en contraste con los objetivos aparentemente inalcanzables de su vida artística. (Queda como testimonio el orgullo de Eliot en cada uno de sus ascensos en el Departamento Internacional del Lloyd Bank durante sus primeros años de Londres). La rutina de la vida oficinesca podría ser anestesiante, aunque dicho aspecto también tenía sus ventajas para un poeta. El patrón que todo trabajo impone a la vida ayudó a serenar quizá la ansiedad que sentía entre poema y poema, en esos periodos de sequía largos, cuando parecía que no escribiría más. Porque un trabajo es más tangible que el talento: no puede desaparecer repentinamente, como a menudo sucede con la creatividad. En definitiva, los negocios proporcionaron a estos hombres la misma seguridad y satisfacción que muchos de sus contemporáneos hallaron en la enseñanza. Siendo todavía poetas jóvenes, eligieron entre las dos carreras buscando la misma recompensa. Finalmente, la dirección que tomaron fue cuestión de temperamento y valores.

 

LA PRIMERA VOZ

La primera voz es la del poeta hablando

consigo mismo –opara nadie.

T. S. Eliot, “Las tres voces de la poesía”

 

Stevens, Eliot, Ammons, Dickey, junto con otros poetas que he mencionado, constituyen un grupo extremadamente diverso. Se diferencian tanto en el tipo de empresas en las que trabajaron como en la poesía que escribieron. Vienen de diversas partes del país y de diferentes niveles sociales. Tampoco comparten afinidades espirituales o literarias obvias. Sus carreras muestran poca similitud, con la excepción de que todos escribieron poesía mientras trabajaban en los negocios. No obstante, si uno analiza sus vidas a partir de alguna información biográfica disponible, las semejanzas comienzan a emerger.

Todos tuvieron éxito en sus carreras de negocios y pronto alcanzaron un nivel de vida cómodo y seguro. Sin embargo, una vez que alcanzaron cierto nivel de fama, renunciaron a sus puestos de trabajo (excepto Stevens, para quien la auténtica fama llegó muy tarde). Y, por último, lo más importante: a pesar de que escribieron gran parte de su mejor obra durante sus años de trabajo, ninguno tuvo algo que decir acerca de dicha experiencia, al menos en su poesía. Si bien su vida laboral pudo tener una influencia importante en el curso de sus escritos, esa influencia no se manifestó directamente. Se mantuvo un silencio indiferente sobre el orbe de la jornada de trabajo. La poesía confesional puede ser la modalidad dominante en la tradición norteamericana, pero en la medida en que nos abre las puertas al estudio, la sala de estar o el dormitorio de un poeta, se ha mantenido lejos de su oficina: a menos que dicha oficina esté ubicada en un Departamento de Inglés.

Dado el carácter acentuadamente personal y a menudo autobiográfico de gran parte de la poesía estadounidense, es asombroso que estos hombres no emplearan los motivos y circunstancias de sus ocupaciones diarias, es decir, que no recurran a eso que Marianne Moore llamó la “materia prima” de su poesía (ya que, como señala en el mismo poema, no deberían “discriminar sus business documents”). La aversión a esta parte de sus vidas es indicativa de cómo las modas imperantes en la poesía norteamericana determinan lo que han escrito incluso sus poetas más talentosos. También es prueba de la hipótesis de Northrop Frye en el sentido de que lo escrito por un poeta con mayor frecuencia proviene de otra poesía que de su propia experiencia de vida. Y por último, parece que en el proceso creativo de estos escritores-empresarios el silencio colectivo es una forma de censura voluntaria, la que a menudo determina qué y cómo debe escribir un poeta.

La incapacidad para escribir sobre sus mundos profesionales es sintomática de una falla mayor en la poesía estadounidense –a saber, la dificultad para discutir sus inquietudes públicas. Si los negocios son inexistentes como sujeto poético, también es sorprendente la grave escasez de poesía con temas políticos y sociales. No sólo nuestra poesía ha sido incapaz de crear un lenguaje público significativo sino que, incluso, carece de los elementos necesarios para que este tipo de expresión pueda configurarse. En la actualidad, la poesía norteamericana tiene poco en común con el mundo exterior a la literatura –privada del sentido recíproco de una misión, sin un conjunto de ideas e inquietudes comunes y carente de una estructura simbólica compartida, no experimenta la imbricación propia de una tradición. A menudo, da la impresión de que estos dos mundos no comparten un lenguaje común. Lo mejor de nuestra poesía ha sido privado antes que público, íntimo más que social, ideológico en vez de político. Ha discurrido sobre lugares más simbólicos que reales, incluso cuando da nombres verdaderos a sus símbolos. Con mayor facilidad vive en lugares atemporales que históricos. Por muchas razones –algunas forzadas–, han rechazado la lengua vernácula de nuestros hombres educados intentando desarrollar lenguajes visiblemente personales y privados.

Se ha ganado mucho en este proceso de refinamiento: mayor precisión e intensidad lingüísticas, rigor intelectual y originalidad sorprendentes. También se ha perdido mucho, entre otras cosas, el público del poeta. Pero antes de que la audiencia desapareciera, sucedió algo más significativo aún: el poeta había olvidado la relevancia de dirigirse a un público, perdió la convicción de que entre ellos y él existía algo importante y común. Esta falla modificó todo lo que escribiría en adelante. Aún podía hacer declaraciones públicas ocasionales o alcanzar cierta popularidad, pero éstas parecían estar relacionadas más bien con el curso general del arte. Los lectores todavía existían, pero ya no forman un grupo cohesionado e influyente. Tampoco importaban económicamente. Eran muy pocos y demasiado dispersos para recompensar al poeta con riqueza o fama. A veces parecían existir a pesar de él, y él a pesar de ellos…

Paradójicamente, el poeta en los negocios ha prosperado sin mayor atención. Su trabajo, como el de la academia, lo ha protegido de las consecuencias económicas de la escritura sin público. Incluso, le ha enseñado a sobrevivir en el aislamiento. Cada día en la oficina le recuerda su vida espiritual inútil: si sus socios saben que escribe, no encuentran mayor valor en ese esfuerzo poco lucrativo. De manera no muy distinta, sus amigos poetas encontrarán monótono su trabajo. Desestimado en ambas profesiones mientras él se ocupa de sus dos vocaciones. Si sobrevive como artista, sin duda será capaz de hacer frente al desinterés de un público invisible. Si persevera como poeta, escribirá sobre todo para sí mismo, aunque la actuación para un público educado y exigente tiene sus ventajas (si bien la fama y la riqueza no están entre ellas). Escribir para uno mismo hace innecesaria la exposición autobiográfica. El poeta puede sumergirse en la idea o la experiencia particular que le interesa. La estructura puede ser compleja, las ideas difíciles y el simbolismo privado. No importa, siempre y cuando el poeta pueda continuar. Todo pertenece al mundo personal que es la mente del poeta. Sus poemas serán eso que Stevens describe en “Planeta sobre la mesa”:

 

Ariel was glad he had written his poems.
They were of a remembered time
Or of something seen that he liked.
Other makings of the sun
Were waste and welter
And the ripe shrub writhed.
His self and the sun were one
And his poems, although makings of his self,
Were no less makings of the sun.
It was not important that they survive.
What mattered was that they should bear
Some lineament or character,
Some affluence, if only half-perceived,
In the poverty of their words,
Of the planet of which they were part.
[Ariel estaba contento de haber escrito sus poemas.
Trataban de un tiempo recordado
o de algo visto que le gustó.
Otras obras del sol
eran deshechos y desorden
y el arbusto maduro, contraído.
Su ser y el sol eran uno
y sus poemas, aunque obras de su ser,
también eran obras del sol.
No importa que sobrevivan.
Lo fundamental es que preserven
algún rasgo o carácter,
Alguna opulencia, aunque apenas percibida
en la pobreza de sus palabras,
del planeta del cual formaban parte.]

Posted: June 30, 2012 at 3:11 pm

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