Essay
Puro cachanilla

Puro cachanilla

Francisco Hinojosa

De los seis a los nueve años viví en Mexicali, Baja California, al lado de una laguna que ya no existe. Hacía tanto calor en el verano (con temperaturas superiores a los 40 grados centígrados) que cada vez que podíamos nos dábamos un merecido chapuzón. Otras veces, al regresar de la escuela con mis hermanos y mi padre de su trabajo, nos poníamos todos un traje de baño y prendíamos un surtidor de agua en el pequeño jardín que teníamos frente a la casa para refrescarnos. Mi madre hacía agua con kool aid y mucho hielo para colaborar a soportar esos rayos de sol que nos quemaban. En ciertas épocas del año soplaba mucho viento. Eso hacía rodar con fuerza unas grandes bolas de ramas secas llamadas chamizos.

Cuando iba en tercero de primaria, los hijos de unos vecinos me invitaron a acampar cerca de la casa. La colonia en la que vivíamos estaba en las afueras de la ciudad y por lo tanto había mucho espacio para hacerlo. Yo no sabía entonces qué significaba eso de acampar. Con nosotros, niños de siete-ocho años, iba alguien a quien yo recuerdo más grande: seguramente el hermano mayor de uno de ellos, que no habrá tenido más de quince. Montaron la tienda de campaña e hicimos una fogata para asar salchichas y quizás, aunque no lo recuerdo con claridad, malvaviscos. Y nos metimos a dormir. Al despertar, a la mañana siguiente, aunque aún no salía el sol, salí de la tienda con mi linterna en la mano ya que había escuchado un sonido extraño. Me quedé paralizado al ver frente a mí a una serpiente, animal que solo conocía por fotografías en libros. No grité para no despertar a mis amigos vecinos y, ya pasado el primer susto, me metí a toda velocidad a la tienda y a mi saco de dormir. Me quedé quieto, más bien inmóvil, como creyendo que si me movía la serpiente intentaría entrar. En cuanto amaneció, conté lo que había visto hacía apenas una hora. El hermano mayor tomó una rama que había metido a la casa de campaña y nos pidió que nos quedáramos allí mientras él salía a ver que no hubiera peligro. Al cabo de poco tiempo nos dijo que estábamos a salvo y que seguramente se había tratado de una víbora de cascabel, reptil muy común en la zona. También nos contó que para hacerle frente había que pegarle al centro para romperle los huesos: así ya no podría moverse.

No volví a ver una serpiente en Mexicali. A pesar del insoportable calor, recuerdo con gusto mis años allí. Solo me asustaba saber, al escuchar pláticas de mis padres, que había niños que morían insolados y que la gente se ahogaba en la laguna. Escribí este poema:

La Laguna Verde arrojó un nuevo cadáver,

Y nosotros, en la indestructible infancia

Que temió todos los días al ahogado,

Del mismo color que la tierra muerta,

Con la sal del insolado adherida al cuerpo

Y los mundo redondos de ramas secas

Que nos arrojaba el viento más loco del mes

Nosotros miramos el cuerpo hinchado

(La esponja de agua y vapor que cada noche

Alguien tiraba en nuestras espaldas);

El muerto sin nombre, solamente muerto

Ciertamente lanzado a la tristeza inútil

De nuestros juegos nocturnos en el agua,

De frente, sin poder cerrar los ojos,

Atentos al llanto de la ambulancia rota,

A una piel mojada y muerta que también

Humedecía nuestros sueños azorados.

Cuando cumplí nueve, mi padre recibió una oferta de trabajo en el Distrito Federal y tuvimos que regresar. Tardamos tres largos días mi madre, mis hermanos y yo en recorrer en tren la distancia entre las dos ciudades. Una avería en la locomotora hizo que quedáramos varados muchas, interminables horas, que se hacían más largas a fuerza de un sol a plomo que nos acompañó desde el principio. En ese entonces no estaba permitido importar de la fontera ningún tipo de electrodomésticos. Y como el menaje de casa ya había partido, mi madre trajo consigo una plancha ocullta en las maletas. Mi hermano Javier de seis-siete años fue el encargado de decirle a un inspector aduanal que viajábamos con mercancía ilegal.

Sin convertirnos en cachanillas –gentilicio de los nacidos en Mexicali–, sí volvimos con las influencias lingüísticas de quien vive en la línea fronteriza: algunas de nuestras palabras eran spanglish puro.

Solo he regresado una vez, invitado a una feria del libro. Pedí a mis anfitriones que me llevaran a reconocer el conjunto residencial, llamado Club Campestre, en el que había vivido de niño. Asintieron sin más. Por supuesto no recordaba que estuviera tan lejos de la ciudad. El fraccionamiento fue inaugurado en 1959, un año antes de que llegáramos nosotros, y se trataba de una colonia de clase media alta construida alrededor de su mayor atracción, un campo de golf, y de un oasis de agua en medio del desierto: la Laguna Verde. Aunque la colonia que vi estaba en ruinas, semi vacía, lejos de la vida vecinal que yo recordaba, a través de Google me entero de que el campo de golf sigue en pie.

• Este fragmento corresponde a un libro en proceso cuyo título provisional es Bitácora de peces.

Hinojosa2-150x150Francisco Hinojosa es poeta, narrador y editor. Es autor y antologador de más de cincuenta libros y columnista en Literal. Su twitter es @panchohinojosah


Posted: March 8, 2016 at 10:48 pm

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