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Tu patriarcado no existe

Tu patriarcado no existe

Alejandro Gonzalez Ormerod

 Uno de los mandamientos principales y más laudables del feminismo progresista es el que exige no revictimizar. Este estandarte no solamente tiene sentido en sí mismo, sino que surge de una necesidad muy concreta: parte fundamental de la lucha contra el patriarcado consiste en combatir la invisibilización del sufrimiento y la normalización de la represión de las mujeres; a las víctimas se les debe tomar en serio. Muchos activistas del Movimiento por los Derechos del Hombre (MDH) reviran que esto mismo es lo que se les está negando a los hombres, citando instancias como el fraude de paternidad o la deshechabilidad masculina. La réplica de algunos feminismos revira que estos problemas de “represión masculina” son minoritarios y surgen por una predisposición social hacia ciertos roles que en su mayoría son perjudiciales a las mujeres. El resultado siniestro es que bajo este esquema de argumentación, la validación del sufrimiento de un género a menudo recurre a la vilificación del otro, revictimizando así a las víctimas del lado opositor.

El debate binario en el cuál uno de los géneros mayoritarios amerita más o menos consideración no solo invisibiliza sufrimientos, sino que desaparece a ciertas personas por completo. Este es el caso de las comunidades transgénero, transsexual (a quienes he dedicado un artículo separado, concretamente sobre su exclusión como producto del debate binario de género, llevándonos a fallarle a la comunidad trans como sociedad) e intersexual. Hay pocas invisibilizaciones más impactantes que la de las personas en estado intersexual, las cuales conforman el uno por ciento de la población humana según la OMS. Estas son 73 millones de personas a nivel mundial que biológicamente no se conforman a nuestro binarismo de género y que prácticamente no vemos representadas en los medios, ni en la política ni en las artes. Según los pocos censos llevados a cabo al respecto, muchas personas intersexuales se someten a cirugías invasivas para “componerse”, varias acaban en la pobreza, otras más recurren en desesperación al suicidio en tasas muy elevadas. El binarismo mata.

La binarización mujer/hombre existe porque ha tenido sus usos a lo largo del tiempo. Desde la prehistoria se utilizaba para la división de labores, lo cual después fue utilizada para definir roles sociales. La misión de racionalizar al mundo natural y social, que conllevaron las revoluciones científicas e industriales, lo redujo todo a simples subcategorías elementales basadas en razonamientos fuertemente influidos por sesgos específicos a su momento histórico, creando abominaciones como la eugenesia. Luego, el imperialismo europeo ayudó a diseminar estas creencias pseudocientíficas al mundo, desde la pirámide socioracial de castas en Latinoamérica hasta la criminalización del “tercer género” —jisras— en la India.

Los progresistas de hoy en día, a pesar de sus mejores intenciones, tampoco son mucho mejores. Actualmente, el binarismo de géneros se utiliza para subcategorizar nítidamente varios síntomas de represión social, pero esta nitidez paga el precio de ignorar complejidades sistémicas y, por lo tanto, excluye soluciones integrales. El basar soluciones en el binarismo genera contradicciones y conflictos: ¿qué tanto excluye a la comunidad homoparental la prohibición del “alquiler de úteros”? ¿cómo conciliar espacios exclusivos o seguros para mujeres con el espectro de género que incluye a personas trans? ¿se deben evacuar a mujeres y niños antes que a hombres de una zona de guerra, aunque sea mucho más probable que estos últimos sean sumariamente ejecutados que los primeros? Las respuestas a estas preguntas vistas desde posturas binarias y polarizadas tienden a volverse una competencia de quién sufre más o de quién carga con más culpa en vez de buscar soluciones diferentes que atiendan los problemas de raíz. Es esta complejidad la que hace tan difícil vencer al patriarcado.

Poder genérico
Propondría, al menos en este espacio, deconstruir el concepto del “patriarcado”, no solo evitando binarizarlo entre mujeres y hombres, sino también sin subdividirlo en quién o quiénes lo perpetúan o lo sufren, para mejor entender su naturaleza sistémicamente represiva. Aquí el punto no es minimizar o enaltecer a algunos contra otros, sino subrayar la naturaleza fractal del patriarcado: si nos acercamos a un caso o a un conjunto de casos para aumentar nuestro entendimiento del fenómeno, lo único que aumenta son la cantidad de matices que el enfoque más fino descubre. Lo que sí se vuelve más evidente es que la represión sistemática del patriarcado se ve depositada, no en individuos, sino en desbalances de poder en sistemas sociales complejos con síntomas tan complicados e integrados a nuestro tejido social que se vuelve extremadamente difícil saber por dónde empezar a desenredar el problema.

Los males del patriarcado parecen conectarse y fortalecerse alrededor de desbalances de poder. Entonces, ¿podría ser que el sistema patriarcal —con todos las perversiones que de ahí emanan— sea en sí solo otro síntoma proveniente de otro sistema de poder? Los marxistas ya tienen un término para este fenómeno, le llaman superestructura; el sistema que subyace toda realidad social y que determina toda interacción humana. Para ellos, la superestructura es el sistema económico capitalista y el sexismo, el racismo, el elitismo, el clasismo y literalmente cualquier otro fenómeno social son solamente síntomas del capitalismo. Por lo tanto, la única receta para todos esos problemas es la receta marxista de revolución, dictadura del proletariado, socialismo y, finalmente, comunismo.

A mí me falta esa seguridad absoluta. Además, como se enteró, por ahí de 1920 Lenin en su Rusia revolucionaria, describir y prescribir una receta es mucho más fácil que aplicársela al paciente. Las complejidades de la realidad social evaden respuestas fáciles. En el caso de las sociedades comunistas, la realidad social cambió con el cambio de políticas, pero la nueva realidad simplemente arrojó nuevos problemas con los cuales había que contender sin haber arreglado ningún problema de fondo.

Igualmente, el problema del patriarcado es muchísimo más complejo y profundo de lo que los binaristas dan crédito y, en consecuencia, las respuestas que se han aplicado para combatirlo no han abordado ni sus problemas fundamentales ni arreglado muchos de sus síntomas cotidianos —sexismo, violencia de género y demás. Temo que una descripción definitiva de la naturaleza del sistema patriarcal es, si no imposible, el producto de una investigación mucho más sería que ésta, pero, ¿se podría volcar esta misma complejidad sobre sí misma para empezar a combatir los males del patriarcado de manera más efectiva? Tal vez podríamos explorar esta pregunta con un ejemplo concreto: la brecha salarial entre hombres y mujeres. (Sin embargo, subrayaría que dada la misma naturaleza fractal y sistémica patriarcal que se presenta aquí, ninguna descripción de cualquier síntoma del patriarcado —por más detallada que sea— podrá describirlo de manera satisfactoriamente integral. Este ejercicio se trata más bien de una excursión muy limitada, pero ojalá ilustrativa, de la complejidad de este sistema; no una descripción exhaustiva).

En México, los hombres profesionistas tienden a ganar 12% más que sus contrapartes femeninas.
Inicialmente, las políticas públicas aplicadas para solucionar este problema han buscando criminalizar la práctica de pagarle menos a las mujeres que a los hombres por hacer el mismo trabajo. Pero, esto no parece haber eliminado la brecha. Y no solo en México, en donde escasea el Estado de derecho, sino que en el resto del mundo también. Acercándonos a las cifras desglosadas se empiezan a entender los matices. Sorprendentemente, se observó en el Reino Unido que las mujeres entre 22 y 29 años ganaban más en promedio que sus contrapartes masculinos. Claramente es improbable que a los treinta años el Club de Toby británico se active y decida ignorar a las mujeres, así que la pregunta es ¿qué está pasando a nivel sistémico en este caso?

En un principio la equidad salarial (hasta los 29 años) se consiguió en el Reino Unido proporcionándole las mismas oportunidades a las niñas y mujeres que a los varones. Para el siglo XVIII las niñas se escolarizaba como a los niños, desde 1869 las mujeres comenzaron a entrar a las universidades y la ley contra la discriminación salarial entró en vigor en 1970. Cada acción conllevó un avance de la mujer en áreas de actividad tradicionalmente masculinas. El resultado fue que entre 1970 y 2016 la brecha salarial se redujo desde un 50% (el más alto en su momento del mundo industrializado) a un 16.8%. Estas cifras brutas indican que a pesar del progreso, todavía hay una brecha sustancial. Sin embrago, una vez desglosados estos números —tomando en cuenta la empresa, la función y posición— la diferencia se reduce a un 0.8%.

Lo que arrojan estos datos no es que a las mujeres no se les está pagando menos por hacer lo mismo, sino que hay menos mujeres en empleos bien pagados y en posiciones altas —salarios y funciones que tienden a ocurrir en los periodos subsecuentes de la vida laboral, o sea, después de los treinta. Entonces, ¿qué es lo que tiende a ocurrir cuando una mujer llega a los treinta años? La respuesta es: las familias tienden a tener hijos y las mujeres deben cargar con el embarazo y la mayor parte del cuidado posnatal. Acto seguido, una enorme brecha se abre entre hombres y mujeres en el terreno laboral.

La respuesta habitual por parte de Estados progresistas ha sido una de empoderamiento femenino por medio de leyes que prohíben la discriminación contra mujeres embarazadas y facilitando su regreso a la misma posición. Pero, al regresar, una mujer que fue a cuidar a un bebé recién nacido —a veces con generosas prestaciones de maternidad (no disponibles para personas trans en el Reino Unido, por cierto)— se encuentra con que sus compañeros varones han avanzado en el ámbito laboral. Más siniestramente aun, muchos de estos generosos derechos maternales pueden perpetuar la lógica discriminatoria (pero a veces inconsciente) por parte de varios patrones que detectan que, al llegar a los treinta, hay “cierto tipo de persona” que tiende a abandonar la empresa durante un largo periodo de manera perfectamente legal. Aquí la respuesta no es quitarle a las mujeres este justo periodo de maternidad, ni implementar una regla aún más draconiana para prevenir la discriminación, sino obligar a la otro lado de la ecuación de embarazo (usualmente un hombre, pero no siempre) a tomar cartas en el asunto.

La indagación de la masculinidad en esferas tradicionalmente femeninas es un territorio poco explorado. La excepción son los estudios que indican que, aún al haber entrado a la esfera tradicionalmente masculina, las mujeres profesionales siguen cargando con la mayoría de la carga de trabajo doméstico. Pero, en el caso de la paternidad, los problemas siguen siendo estructurales. Muchas sociedades dan mucho menos tiempo legalmente a los hombres para ir a cuidar a sus recién nacidos que a las mujeres. Peor aún, aunque sí esté disponible la ausencia laboral por paternidad, muchos hombres no la toman, ya que la práctica de que el hombre abandone su puesto para atender labores tradicionalmente femeninas es mal vista en muchas culturas empresariales y locales.

Algunos países han encontrado fórmulas que ayudan a sobrevenir este problema. En Suecia, la ausencia posnatal pagada se divide en tres partes: tres meses exclusivamente para la mamá, tres meses exclusivamente para el padre y tres meses distribuibles entre los dos. El cálculo cambia de inmediato. La familia debe reconsiderar el rol del hombre en casa o perder tres meses irremplazables de cuidado posnatal. La aplicación de esta suerte de “empoderamiento masculino” incentiva a los hombres a entrar a espacios tradicionalmente femeninos y también cambia el cálculo en las empresas. De repente se vuelve mucho menos claro cuáles individuos estarán abandonando su puesto al llegar a la edad de reproducción estándar. Incluyendo abiertamente a familias homoparentales y trans a la ecuación, veríamos como la complejidad estructural que dificultaba antes la eliminación del fenómeno de la brecha de género, de repente se convierte en ventaja.

Por supuesto que los países en los que se aplican estas políticas de cuidado posnatal de manera holística son los que menos brecha de género laboral tienen en el mundo, pero ésta persiste. Presumiblemente debido a que una mujer inevitablemente debe cargar con el bebé durante el embarazo y podría optar dejar su puesto con antelación en las fases finales de gestación. ¿Aceptaría la sociedad darle más tiempo exclusivo de paternidad pagada a los hombres una vez nacido el bebé para reajustar esta diferencia? ¿Cómo tomar en cuenta las necesidades de parejas homoparentales o trans en esta ecuación? Estas son las preguntas de políticas públicas que se deben estar haciendo para enfrentar los aspectos sistémicos y nocivos del patriarcado.

Les patriarcades
La visión de la experiencia social del patriarcado presentada aquí es rara. Acepta la visión progresista de que la identidad, con los privilegios y dificultades que conlleva, es una experiencia personal incuestionable —¿quién puede negar cómo se siente alguien frente a una afrenta como el sexismo, el racismo, el clasismo o el elitismo? El dilema ocurre al enfrentar diversas identidades; cuando las experiencias de una persona o grupo entran en conflicto con las de otro. Normalmente, el progresismo contemporáneo se alía con la experiencia del individuo de menos poder —le creemos a las víctimas—, una lógica que solo tiene sentido en mundo binario de víctimas y victimarios claramente segregados. Sin embargo, nuestro mundo es uno de victimizaciones y privilegios interseccionales y cambiantes, a veces obvios y otras ocultos, por lo que este análisis sistémico se ha dedicado bastante a señalar los matices, los vacíos y las complejidades en nuestro entendimiento del patriarcado.

A mí no me queda duda de que existe un sistema de relaciones de poder desbalanceadas con base en la sexualidad y el género. Su efecto pernicioso se ve todos los días. Pero el patriarcado que experimenta cada persona de manera individual es exactamente eso: una experiencia personal, irrepetible y no necesariamente característica del fenómeno sistémico que domina nuestras relaciones cotidianas. Complejizar es comenzar a comprender, el diálogo amplio e interseccional es el siguiente paso lógico.

El sistema patriarcal existe, pero tu experiencia de él es solamente tuya, la realidad es mucho más compleja; desmantelémoslo desde esa postura.

 

Alejandro González Ormerod. Historiador y escritor anglomexicano, colabora en Letras Libres y Nexos. Es coautor de Octavio Paz y el Reino Unido (FCE, 2015). Actualmente es editor de El Equilibrista y titular del podcast Carro completo, dedicado a la historia y la actualidad política. Twitter: @alexgonzor.

 

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Posted: January 14, 2019 at 11:24 pm

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