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Venezuela explicada a la izquierda democrática

Venezuela explicada a la izquierda democrática

Gisela Kozak

Apelo a la razón y a la verdad (los debates académicos sobre Foucault, Lyotard, Derrida y Vattimo o sobre la “post verdad”  no son tema en este artículo) para intentar desde estas modestas líneas apelar a la conciencia de las tantas personas inteligentes y bien intencionadas que se califican de izquierda y son sinceramente democráticas y pluralistas. ¿Seguirán callando ante el madurismo o respaldando un Estado policíaco y militarista basado en la persecución hasta de los tuiteros, que mata, tortura, hambrea, encarcela?  ¿Es tolerable que un país esté gobernado por una Asamblea Nacional Constituyente, surgida de un fraude electoral y copiada del Estado corporativo fascista de Mussolini? ¿Es democrático que no se someta la futura nueva constitución al escrutinio popular? Me dirijo entonces especialmente a los colegas universitarios, a los políticos con tiempo de leer y  en general a la gente  que tienen dudas, interrogantes y sospechas sobre lo que acontece en mi país. Si bien los términos izquierda y derecha son filosófica, histórica  y teóricamente ambiguos y problemáticos, siguen interpelando a mucha gente. Vale la pena usarlos en este contexto.

¿La oposición venezolana es “de derecha”?

No, si por derecha entendemos al Frente Nacional, que suspira por la Francia del pasado, católica, blanquísima, con proteccionismo económico y dotada de una supuesta homogeneidad cultural. No, si por derecha entendemos a Donald Trump, de quien no sabemos qué es más grande, sus prejuicios o su ignorancia. La Mesa de la Unidad Democrática está conformada por partidos de orientación socialdemócrata, varios de los cuales, como Voluntad Popular, Acción Democrática y Alianza Bravo Pueblo, están inscritos en la Internacional Socialista. Promueven el  Estado de bienestar en versión del siglo XXI; puede que esto no sea suficiente para parte de la izquierda que rechaza por principio la economía de mercado, pero de allí a pensar que se trata de derecha o ultraderecha media un trecho importante. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela posee una orientación socialdemócrata (absolutamente presidencialista y con una concepción centralizada del poder aunque socialdemócrata). Promueve el Estado de derecho y de justicia en términos pluralistas, razón por la cual tanto en 2007 como en 2017 el chavismo-madurismo, cuya estirpe autoritaria ve en su única creación democrática un obstáculo, ha querido transformarla para abandonar los principios de alternabilidad en el poder, república federal y descentralizada, libertad de expresión y pensamiento y libertades económicas. Por cierto, la constitución de 1961 promovía también el estado de derecho y de justicia. En resumen, la política venezolana se juega en el espectro de centroizquierda, no de la “derecha”.

¿La revolución bolivariana es antiimperialista?

La Guerra Fría terminó y la experiencia del siglo XX fue concluyente: estar en contra de los Estados Unidos no significa una mejor vida para los gobernados. Continuar pensado que quien se opone a los Estados Unidos es automáticamente un aliado en la lucha por sociedades mejores, más democráticas y libres, debería recordar a Pol Pot en Cambodia, a Mao Zedong en China, a Stalin en Rusia, a Idi Amin Dada en Uganda, a Fidel Castro en Cuba y a la teocracia iraní. En cambio, Suecia, Noruega y Finlandia no se definen por estar en contra o a favor  de Estados Unidos: ¿lector, lectora de izquierda, cuál prefiere para su país, el modelo noruego o el de Idi Amin en Uganda o Stalin en la URSS? Visto así, la alharaca antiimperialista tanto del difunto Hugo Chávez como la de Nicolás Maduro no es más que una trampa destinada a hacerse con las simpatías de la gente de izquierda y, hay que decirlo, de gobiernos de fuerza que esgrimen la soberanía nacional como instrumento de opresión; Rusia y China, aliados de Venezuela,  son un buen ejemplo. Me cuesta creer que gente de izquierda piense en Putin como algo más que un nacionalista amante del patriarcado, de la ortodoxia religiosa, homofóbico y xenófobo. ¿Acaso esto no significa la derecha en su sentido histórico? ¿Mirar al pasado como ideal para organizar la vida colectiva en el presente? ¿Y China, la contaminante, autoritaria y consumista China? ¿Es de izquierda? Suponemos que no, que su única virtud es competir con los Estados Unidos y, por lo tanto, tal condición certifica tal vez a ambos países como posibles sostenes geopolíticos de la izquierda del siglo XXI. La revolución bolivariana no es antiimperialista, simplemente se apoya en otros imperios militares y comerciales. Además, le vende petróleo a Estados Unidos, único socio comercial que paga en dinero contante y sonante. Con sus préstamos China ha comprado a futuro la producción petrolera de Venezuela y, por su parte, Rusia quiere hacerse de Citgo, la refinería venezolana en USA, y del control de las reservas de petróleo a cambio de la ayuda financiera a Venezuela. Por último, la oligarquía madurista reunida en la Asamblea Nacional Constituyente chantajea a las pequeñas islas del Caribe con su ayuda petrolera para ganar el respaldo a su política de devastación de mi país. Si todo lo dicho encaja en la definición de antiimperialismo, entonces esta palabra significa algo que desconozco.

¿Si lo dicen CNN y los medios privados, es mentira?

Cuando era una joven marxista quedé escarmentada con el libro sobre la Perestroika, de Mijaíl Gorbachov: leí con la boca abierta que mucho de lo que decía el vil capitalismo occidental sobre la URSS era verdad, no solo un invento de los medios puestos al servicio de los intereses de la explotación del hombre por el hombre. Tanto el fascismo como el comunismo coincidieron en el manejo de las políticas comunicacionales, educativas y culturales con el fin de dominar a “las masas”.  Semejante concepción de los medios como conductores absolutos del pensamiento persiste en quienes, incluso con toda honestidad e intenciones democratizadoras de la comunicación, piensan que la televisión, la radio, la prensa e incluso las redes sociales (¿?) fabrican los hechos a la medida de los intereses del gran capital (del gran capital estadounidense, si se trata de América Latina). Cabe una pregunta: ¿por qué Donald Trump vive tronando contra los medios de su país? ¿Por qué Nicolás Maduro y Donald Trump coinciden en su antipatía furibunda hacia CNN –entre otras cadenas estadounidenses o no–, si se supone que están en bandos ideológicos completamente contrarios? Que las cadenas de información tienen intereses es innegable, pero tales intereses pueden contraponerse a las de otras cadenas y fuentes de información. Nadie niega que las relaciones de poder atraviesan todas las actividades humanas, pero pensar que los medios manipulan las mentes y logran lo que les da la gana es la vieja teoría marxista que considera a los sujetos como mera expresión de su clase, sometidos a la ideología dominante de la burguesía en el poder. Los estudios sobre comunicación y cultura han avanzado lo suficiente para saber que los sujetos son muchos más complejos que simples recipientes mentales. Basados en esta teoría que desprecia a los individuos, gobiernos como el de Nicolás Maduro bombardean por los medios del Estado toda suerte de mentiras pero no les da resultado: 80% de impopularidad demuestra que, haga lo que haga Maduro, tener los medios de su parte no evita que la gente lo rechace. Trump en 2016 y Chávez en 1998 tuvieron medios de comunicación muy poderosos en contra e igual ganaron las elecciones;  el ascenso de Marine Le Pen no ha sido impedido por las antipatías de los medios franceses hacia el Frente Nacional. La izquierda seria, la que separa la política del dogma y no se comporta como una secta religiosa, no puede pensar que las desgracias muy reales de Venezuela están siendo fabricadas por medios interesados en evitar el ascenso de “gobiernos progresistas”. El sufrimiento de la gente está por encima de las lealtades automáticas: el problema no es que CNN habla de presos políticos y el hambre  en Venezuela, es que efectivamente los presos políticos, la tortura, el hambre, la enfermedad y la persecución existen.

¿Ante todo, la autodeterminación de los pueblos?

La autodeterminación de los pueblos tiene fundamento racional si la misma puede traducirse en un dato básico: mayoría electoral. Pero la mayoría electoral puede apoyar gobiernos autoritarios que menoscaben los derechos humanos, arruinen la economía y lleguen a destruir los fundamentos democráticos. Son los autoritarismos competitivos de los que habla Steven Levitsky. Hasta 2013 Venezuela fue un ejemplo de autoritarismo competitivo, pero desde 2015 se convirtió en una dictadura que rápidamente derivó en una tiranía: se desconoció la Asamblea Nacional, ganada abrumadoramente por la oposición; se evitó el referéndum revocatorio –la posibilidad de destituir a los funcionarios por el voto popular a la mitad de su período–; se  destruyeron los fundamentos democráticos que permitían la alternabilidad en el poder con maniobras leguleyas y se puso en manos del poder judicial las funciones del parlamento. Pero lo peor han sido las violaciones sistemáticas a los derechos humanos traducidas solo este año en más de cien muertos asesinados en protestas pacíficas, torturas, presos políticos, detenciones arbitrarias, represión brutal. Debemos recordar que cuando los dictaduras del Cono Sur se dedicaron a cometer arbitrariedades tremendas, la izquierda -–incluso los comunistas prosoviéticos– asumieron la bandera de los derechos humanos. Recuerdo que en Venezuela en los años ochenta asistí a muchos eventos de solidaridad con Chile y nadie decía que apoyar la democracia en el país del sur significaba violentar el principio de la autodeterminación de los pueblos. Volvería en este momento a solidarizarme con países que estuviesen  sufriendo como el mío. ¿Con Venezuela vale la autodeterminación de los pueblos y con el Chile de Pinochet no valía? Otro ejemplo: la misma gente que habla de autodeterminación sobre Venezuela protestó cuando Dilma Rousseff fue apartada del poder. Y por último, es de un cinismo tremendo indicar que “todos los países tienen problemas”: no, no todos tienen los problemas de Venezuela. Lo siento, pero esto es doble moral y forma parte de la herencia estalinista que supuestamente la izquierda del siglo XXI había superado.

¿Venezuela, último bastión contra el  neoliberalismo?

Si por resistencia al neoliberalismo entendemos que el Estado convierte a los ciudadanos en sus siervos por una mínima cuota de comida, bastante irregular en estos momentos,  supongo entonces que la revolución bolivariana es ese bastión. ¿Para semejante cosa quedó la izquierda, para cohonestar el hambre, el atraso tecnológico, el desastre ambiental, la inflación de tres dígitos y la militarización de la sociedad? Es por lo menos lamentable. Además, la tiranía madurista siempre está apostando por la subida de los precios del petróleo, nada ecológico producto, y en este momento se prepara para la estocada final, el ecocidio más escandaloso que conozca mi país: el arco minero. Se trata de explotar los recursos mineros de la zona más antigua del planeta, un ecosistema muy frágil, con las consecuencias del caso para la naturaleza y gravísimo para las comunidades indígenas y criollas de la zona.

¿Guerra económica?

Este lenguaje de la Guerra Fría conviene al chavismo-madurismo porque le recuerda a la izquierda autoritaria sus heroicos tiempos anti yankees, pero el mundo cambió. Estados Unidos no es el centro del mundo ni de la economía de mercado pues China tiene un papel estelar. El giro a la izquierda en América Latina se produjo sin inconvenientes y la revolución bolivariana literalmente ha hecho lo que le ha dado la gana con Venezuela: ha manejado dos millones de millones de dólares entre renta petrolera e impuestos. La disidencia chavista –Marea Socialista, varios ex-ministros como Ana Elisa Osorio, Héctor Navarro y Jorge Giordani y la Fiscal General Luisa Ortega Díaz– calculan el dinero extraído de las arcas del Estado por medio de la corrupción en nada más y nada menos  que 300000 millones de dólares. El Estado venezolano tiene catorce años de control de cambio, por lo cual maneja las divisas a su antojo y se las concede a discreción al muy disminuido empresariado venezolano; es el gran propietario de la tierra, de la empresa eléctrica, de la minería, el cemento y los insumos agrícolas. Controla la distribución de alimentos y medicinas con los resultados por todos conocidos. Entonces, ¿de cuál guerra estamos hablando? Lo que pasa en Venezuela es la expresión del peor manejo económico de la historia de América Latina, no de la guerra económica del empresariado nacional y el imperio estadounidense. El 95% de las divisas por importación –producto del petróleo– las maneja el Estado. Maduro no es Salvador Allende ni mucho menos. Es un tirano feroz e ignorante que solo tiene talento para la violencia, el engaño y el aferrarse al poder.

La izquierda, la ética y la moral

El poderoso atractivo de la izquierda para tantas inteligencias despiertas es su fundamento ético y moral: los principios de cada quien en función de los intereses colectivos. La pregunta es simple: ¿responde un gobierno como el de Nicolás Maduro a tal fundamento? ¿O la ética y la moral de la izquierda  son  en el fondo manifestación de un supremacismo que prefiere voltear la cara ante el horror que cambiar de idea? ¿Lo que llamamos izquierda se convirtió en una suerte de escolástica incapaz de entender la vida real de la gente de carne y hueso para inclinarse por las respuestas fáciles que encierran las palabras “neoliberalismo”, “intervención gringa” y demás  comodines? ¿Venezuela  es la alternativa al neoliberalismo y las imperfecciones de la democracia representativa cuando la corrupción y los vínculos con el narcotráfico son vox populi?¿Un país sin derechos civiles para la población LGBT, con mujeres en cargos clave que prescinden del enfoque de género y obedecen ciegamente al ejecutivo, sin derecho al aborto y con una mezcla peligrosísima de política con religión es una opción? ¿Que no se hable de ecología, sociedad del conocimiento, emprendimiento, avances en derechos humanos y hayamos quedado como un ruinoso museo de los años 80 con altísimos índices de delincuencia es el ideal a alcanzar?

Imposible ser de izquierda entonces. Prefiero ser demócrata liberal, pragmática en materia económica, feminista, defensora de los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Entre Martha Nussbaum, Slavoj Zizek y Ernesto Laclau, no lo dudo: Nussbaum. 

Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006);  Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales(Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.


Posted: August 28, 2017 at 10:13 pm

There are 3 comments for this article
  1. Pingback: Venezuela explicada a la izquierda democrática – Literal Magazine | Gisela Kozak Rovero
  2. Paulette Silva Beauregard at 9:27 am

    Excelente artículo. Muy buenos los planteamientos, muy bien argumentado y con conocimientos sólidos de la situación y la política venezolanas.

  3. H. Villasmil P. at 7:02 pm

    Sugerente artículo, riguroso y que como lector me interpreta plenamente. El breve espacio de un comentario no da para mucho pero desearía corresponder a un texto así con cuatro breves referencias puntuales:
    1.Chávez y su herencia nunca fueron anti imperialistas. Fueron sí anti norteamericanos, pero no mucho no fuera que el principal socio comercial del pais se molestara de verdad. Ni que decir tiene que se gastaron lo inimaginable para procurar un recibimiento en la Casa Blanca que nunca llegó. El país es hoy la cancha de un <> donde los imperios disputan sus intereses militares, energéticos, geo-políticos. Lo que se vive ahora, teniéndonos a nosotros y al suelo patrio como protagonistas, tiene quizás como antecedente equivalente en su dimensión histórica, a la crisis de los cohetes rusos apostados en Cuba en 1962. Como aquel libro imprescindible de Don Juan Bosch: “De Cristóbal Colón a Fidel Castro: El Caribe, la frontera imperial”, el país es el estadio donde los imperios juegan y disputan su influencia, con una ciudadanía que asiste inerme a un pulso que cada vez ve más de lejos.
    2.Lo que pasa en Venezuela –y de este modo <> tuvo el problema ético y político resuelto desde hace 18 años- es que un gobierno progresista,de izquierda redunda decir, está siendo acosado por la derecha que ahora, además, es golpista en todo lo que hace, incluso cuando gana elecciones de calle como en diciembre de 2015. Tengo tantos años como el régimen chavista preguntándome cómo fue que Gabriel Puerta Aponte, Andrés Velásquez, Américo Martín, Douglas Bravo, Pompeyo Márquez, Antonio Ledezma y tantos otros se volvieron escuálidos, lo que es igual, reptiles que se arrastraban para esconder su vergüenza. Como si eso no lo hubiera inventando Fidel Castro que llamó gusanos a cuanto ser vivo se le opuso y con más vehemencia a los que con él combatieron en la Sierra Maestra creyendo que lo hacían para recuperar la vigencia de la Constitución Liberal de 1940 y un nuevo gobierno surgido de las urnas, una vez que el dictador Baptista se hubiera marchado. Huber Matos fue borrado de la memoria de aquel jeep que el 1º. de enero de 1959 hacía su entrada triunfal en La Habana con un Castro exultante que llevaba en la mano el fusil regalo del Contralmirantes Wolfang Larrazábal Ugueto. Pero no estuvo sólo en su desgracia el Comandante Matos – el maestro de Yara que luego purgó 20 años de cárcel- pues un tal Guillermo Cabrera Infante (CAIN), un tal Severo Sarduy, la “Azucarada” Celia Cruz y el más odiado de todos, un tal Reinaldo Arenas que poco antes de morir en New York en aquella entrevista que corre por <> se atreviera a decir que tenía todos las papeletas para ser un personaje maldito. Soy anticastrista, decía, escritor y además homosexual. Todos ellos fueron insignes gusanos que murieron lejos porque ni el gesto de besar la tierra por última vez merecieron. Nada de esto cambió, ese guión se escribió hace tiempo y está intacto: en Venezuela no hay presos políticos sino políticos presos -como dijo el cuñadísimo Serrano Suñer, hombre fuerte del gabinete del General Franco- lo que Chávez repetía creyéndose, como tantas otras veces, el autor de una frase ingeniosa. Privados de libertad, diría Zapatero, maestro de lo políticamente correcto y de esa equidistancia que mide cada paso para hacer recuento de daños antes de hablar.
    3.La Izquierda cuando fue minoría luchaba por el voto universal, el control civil de las FF.AA, la división de poderes, el control del Ejecutivo por el Parlamento, la alternancia del poder con lo que se esperaba alguna vez gobernar, la representación proporcional de las minorías para lograr que David Nieves -quien mediante la inmunidad parlamentaria que ganó una vez electo diputado fuera liberado de inmediato- entre otros, llegaran al Congreso Nacional. Hoy los herederos de aquellos mismos son los cancerberos de un país entero que los repudia.
    4.Pero faltaba la pieza clave del <>. La no intervención y, a su lado, la autodeterminación: manos fuera todo el mundo, menos algunos de ese mundo,desde luego. La izquierda latinoamericana se desgañitaba pidiendo, con razón, la injerencia de todo aliado posible en la lucha contra las dictaduras que nos llenó de tantos exiliados a quienes el país abrazó para siempre. Entonces pedían intervenir, tener injerencia, el aislamiento diplomático de los gobiernos militares, pues la tutela de los derechos humanos –decían con razón- no se detiene en los límites fronterizos de la soberanía. Seguramente, sin la intervención o la injerencia de la Diplomacia Venezolana, la guerra civil centroamericana estuviera campeando por su fueros, los Tratados Torrijos-Carter acaso no se hubieran firmado -lo que habría que recordar al Presidente de Panamá en estos días- o el ínclito Daniel Ortega todavía se estuviera batiendo con la Guardia Somocista y, quién sabe, si la invasión norteamericana a Santo Domingo, que el Presidente Raúl Leoni Otero fuera el primero de los jefes de Estado latinoamericanos en condenar, acaso perduraría. Las relaciones diplomáticas entre Uruguay y Venezuela estuvieron interrumpidas por nueve años desde que el Presidente Carlos Andrés Peréz tardara el tiempo que le tomó enterarse de que la sede diplomática en Montevideo había sido allanada en 1976 pretendiendo detener a la maestra Elena Quintero, luego desaparecida. Puro oportunismo, la doble vara de medir que el artículo de Gabriela Kosak pone de relieve tan brillantemente.

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