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Venezuela: ¿golpes y guerras?  La simulación de la guerra fría o Maduro no es Allende

Venezuela: ¿golpes y guerras? La simulación de la guerra fría o Maduro no es Allende

Gisela Kozak Rovero

La revolución bolivariana no tiene las excusas de la Cuba de los años sesenta del siglo pasado para explicar su debacle económica y su autoritarismo: no existe bloqueo económico “imperialista” pues Estados Unidos paga puntualmente su factura petrolera; los medios de comunicación audiovisuales se han vuelto sumamente discretos; periódicos con líneas editoriales incómodas han sido vendidos (El Universal), cerrados en su versión impresa (Tal Cual pasa a semanario) o disminuidos en tiraje; el liderazgo opositor está amenazado con la cárcel y algunos, como Leopoldo López y Antonio Ledezma, están presos; las fuerzas armadas fueron debidamente expurgadas; el empresariado está sujeto por el cuello, a menos que forme parte de la “boliburguesía”, los ricos emergentes cuya lealtad asegura negocios con el Estado. Además, éste maneja el 95% de nuestros ingresos por exportaciones petroleras. La conspiración internacional anunciada por Nicolás Maduro no pareciera muy efectiva: un canal de televisión como CNN en español o un diario como El País, de España, no tumban gobiernos; que haya jefes de Estado u organismos internacionales que expresan su preocupación, tampoco.

¿Era esta la situación de Salvador Allende? No. Además, Obama no es Nixon, John Kerry no es Kissinger y Maduro no es Allende. La revolución tiene dieciséis años con una factura petrolera que apenas el año pasado sufrió una baja con la caída de los precios. Tampoco existe la guerra fría y Estados Unidos no tiene preocupaciones respecto a una nueva Cuba porque, entre otros detalles, está negociando con la isla. La simulación de la guerra fría y la comparación con Allende es parte del discurso dirigido a las nostalgias de una izquierda revolucionaria dentro y fuera de Venezuela, no escarmentada con el fracaso del bloque soviético, la pobreza cubana y el vuelco al capitalismo de China, rival de Estados Unidos en contaminación ambiental y muy dispuesta a prestar dinero y hacer negocios con América Latina, como otrora el propio país del norte. Por supuesto, suena más “de izquierda” deberle dinero a China y comprometer el petróleo a futuro que negociar con el temido Fondo Monetario Internacional de mis años mozos de comunista a destiempo y en el que, por cierto, Venezuela tiene representante oficial (como diría Ripley: “Aunque usted no lo crea).

Apelar al espíritu anti-yankee da réditos políticos pero explicar la grave crisis económica de Venezuela por la guerra económica propiciada desde Estados Unidos, el titiritero de una oligarquía propia de una república bananera, olvida el carácter rentista de la economía y el enorme poder del Estado. En Venezuela pasa lo que ocurrió en China y la Unión Soviética: la gente está invadida hasta en su su vida más íntima (hay incluso desabastecimiento de preservativos y píldoras anticonceptivas). Nadie niega la historia de Estados Unidos, el punto es que ésta no es causa del caos económico ni los Estados Unidos de hoy son los de la guerra fría. El populismo a la chavista es clientelar, corrupto e improductivo; sus programas como las “misiones” no fueron estructurales sino asistenciales: la gente depende más del Estado que antes. Si esta es la manera de enfrentar al neoliberalismo, el remedio ha resultado peor que la enfermedad. Además, en Chile hubo un programa neoliberal aplicado a fondo, pero en Venezuela no fue así: el gobierno de Carlos Andrés Pérez, que privatizó algunas empresas sin tocar la petrolera, por supuesto, terminó antes de tiempo porque fue separado de su cargo. El expresidente Rafael Caldera, electo en 1993, era antineoliberal. Venezuela no ha dejado de ser un estado rentista.

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El golpe de estado y la guerra civil 

La historia del golpe de Estado es el cemento que intenta unir al chavismo que ya tiene su disidencia interna y una baja sustancial del apoyo popular según encuestas. No hay indicios, por fortuna, de guerra civil pues la oposición no cuenta con organización militar pero el gobierno habla de magnicidios e intentos de golpe permanentemente. El último capítulo de esta historia tiene un toque original si se quiere: un “Acuerdo para la transición” publicado en la prensa habría de fungir de aviso para que Caracas fuese bombardeada mientras las fuerzas armadas leales al gobierno se quedarían, por lo visto, cruzadas de brazos. Para los golpes se necesitan militares y el apoyo de la fuerza armada; además, publicar en la prensa un aviso de rebelión es un atentado a la discreción necesaria para triunfar en una asonada. En todo caso, encarcelar al alcalde metropolitano de Caracas Antonio Ledezma por suscribir el acuerdo y, supuestamente, ser parte de ese plan poco verosímil de golpe, es un exabrupto. Exigir la renuncia de un presidente no es delito (Hugo Chávez se lo exigió a Rafael Caldera, quien le había dado la libertad después de dos golpes de Estado con muertos, combates, tanques y aviones en la calle). 

En cuanto a un golpe de izquierda, como sugirió el ex-presidente José Mujica, las fuerzas armadas ya se han declarado socialistas-chavistas y tal vez podrían, ante la crisis, actuar para preservar la revolución.¿Qué haría el mundo y que pasaría con la oposición?

No vale el don de la profecía.

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Bonanza desaprovechada

No es fácil explicar a ojos extranjeros la tasa de inflación que la revolución reconoce como mayor al 68% anual. Tampoco que exista un dólar que cueste 6,30 bs. para comida y medicinas; otro por ahora a 12,30 bs. para viajes (pese a la reducción drástica de los vuelos internacionales que conectan al país con el mundo); otro (SIMADI) a 172 Bs. Mientras, en el mercado negro la divisa supera los 270 bs. Economistas revolucionarios como Víctor Álvarez proponen el estímulo a la producción, la unificación cambiaria y el alza del precio de la gasolina (treinta litros de gasolina cuestan la quinta parte de un cuarto de litro de agua mineral). Jorge Giordani, jefe de la economía de Hugo Chávez, ha dicho que somos el hazmerreír de América Latina y reconoció que 25,000 millones de dólares habían quedado en manos de empresas de dudosa existencia cuyas conexiones con el gobierno facilitaron la obtención de divisas a precio oficial. También reconoció que en el año 2012 se dilapidaron las finanzas públicas para “asegurar los apoyos a la revolución”; es decir, para comprar votos por la vía clientelar. Marea Socialista, disidencia del Partido Socialista Unido de Venezuela, habla no de 25000 sino de diez veces esta cifra: 260000 millones de dólares perdidos en una maraña de corrupción y mala administración.

El desabastecimiento se nota en tanto hay menos variedad para escoger pero la escasez es peor: no hay productos suficientes para la población porque los precios regulados son ajenos a su costo real. Las empresas expropiadas producen menos -si es que producen- que cuando estaban en manos privadas; y lo mismo ocurre con la expropiación de tierras. Importamos el setenta por ciento de lo que comemos y hemos vuelto al 48% de pobreza de 1998: ¿ este es el brillante resultado de un millón de millones de dólares en manos del socialismo del siglo XXI? La FAO habló de la reducción del hambre en Venezuela y felicitó al gobierno bolivariano: ¿no habría que preguntarse si pasarse la vida haciendo filas para comprar productos subsidiados es la alternativa al capitalismo?

Ahora bien, ¿cuál es la explicación de la revolución respecto a que le ha ocurrido lo mismo que a todos los países estatistas y autoritarios del siglo XX?: la guerra económica.

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La guerra económica está perdida sin librarla

Si fuese cierto que existe una guerra económica, la revolución la estaría perdiendo. Las filas son parte de la cotidianidad de la gente. Aunque se hagan en los sótanos de los establecimientos para que no se vean, no se puede tapar el sol con un dedo. Los medios oficiales afirman que el contrabando de extracción tiene la culpa:¿entonces el Estado es incapaz de tener una política sensata contra los culpables de tal delito? Cabría preguntarse por qué en las fronteras de otros países hay contrabando pero no filas para comprar productos como leche y papel higiénico. También por qué en países con gobiernos de izquierda como Nicaragua, Brasil, Chile, Ecuador, Uruguay o Bolivia no hay que corretear detrás de un litro de leche, no hay restricción para viajar ni control cambiario.

El otro protagonista de la guerra es el empresariado respaldado por Estados Unidos; el vicepresidente Arreaza ha dicho que las industrias están en una especie de huelga como cuando el paro petrolero del 2002. No obstante, nada se produce, distribuye o vende sin la mirada del Estado; las empresas están en funcionamiento y conversan con el gobierno. Este control férreo no existe respecto al sector informal. En zonas populares se consigue leche o café a cuatro o cinco veces su precio oficial: el “bachaqueo” se ha convertido en un negocio estupendo.

Si existe alguna guerra es la del gobierno contra la población: electrodomésticos y vehículos escasean y son carísimos. La infraestructura pública se deteriora. Los hospitales y universidades públicas penan entre la falta de repuestos e insumos y sueldos miserables. Constituye una odisea alquilar una vivienda y la venta de las mismas ha bajado drásticamente. 

¿Se puede vivir así? La gente en el socialismo real del siglo XX pudo.

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La oposición

El liderazgo opositor se dividió en 2014 en cuanto a formas de hacer política frente al gobierno, entre quienes propugnaban La Salida -asamblea constituyente y renuncia presidencial incluidas- y quienes se inclinaban por esperar las elecciones parlamentarias de 2015, luego del fracaso del ex-candidato presidencial Henrique Capriles Radonsky en cuanto a convertir las elecciones a alcaldes de 2013 en una suerte de plebiscito. La oposición ha vuelto a unificarse en vistas a las elecciones parlamentarias, las únicas capaces de probar la fuerza de los liderazgos y partidos opositores y la medida del debilitamiento del gobierno. Como ha ocurrido en otras historias autoritarias -el Chile de Pinochet,- la fuerza de los votos sobrepuja a la institucionalidad oficial, en este caso al Consejo Nacional Electoral complaciente con el gobierno.

El chavismo igual continuará existiendo cuando sea superado electoralmente. Las innegables ganancias organizativas, electorales, ideológicas y populares de la oposición de centro-izquierda, pese a sus innegables errores, tienen que probar su fuerza en el futuro: gobernar un estado rentista en ruinas es delicado y reconciliar a una sociedad dividida también. 

Venezuela's presidential candidate Henrique Capriles gestures during a campaign rally in Caracas

El futuro es un lugar muy grande

La revolución no es democrática no solamente porque desmontó las instituciones, fundió el Estado con el gobierno, ha utilizado la fuerza bruta contra los ciudadanos hasta el ajusticiamiento y tiene presos de conciencia, sino también porque asume la llegada de la oposición al gobierno no como parte del juego democrático sino como una catástrofe a conjurar. El autoritarismo respaldado con votos pareciera hoy más seductor que la democracia. Tiene el convencimiento de las armas, la seducción de la seguridad, el chantaje del clientelismo o del nacionalismo, el señuelo de la venganza como reivindicación. Pienso en Vladimir Putin o en Hugo Chávez. 

Recuerdo un graffiti: “Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo”. La visión del “pueblo” como “naturalmente” democrático no se sostiene. Prefiero “población” o “ciudadanía”, categorías que aceptan la índole histórica de los comportamientos electorales y los apoyos políticos. Gobiernos autoritarios forjadores de lealtades clientelares y pasiones casi religiosas han tenido votos. Existen capillas “Hugo Chávez” y noticias de milagros curativos, culto a la personalidad fomentado por Nicolás Maduro.

Hablar en nombre del “pueblo” es sustituir las diferencias de millones de individuos por una ficción de coherencia y bondad “naturales” que es una supervivencia de los nacionalismos del siglo XIX y XX. La democracia para que se convierta no solo en el protagonismo de las masas como destino de la política sino en la sangre misma de un país, expresada en fuertes instituciones y variados mecanismos de participación, exige laboriosidad, gran paciencia, talento; requiere de una imaginación y un impulso de cambio que en Venezuela tendrán que probarse en la práctica pero que existen en el horizonte de lo posible. 

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Gisela Kozak para fichaGisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Es asesora en políticas culturales, activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006);  Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Síguela en Twitter: @giselakozak


Posted: March 9, 2015 at 2:40 am

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