Essay
Viajar a la antigüita

Viajar a la antigüita

Miriam Mabel Martínez 

Viajar es un acto y un concepto en crisis. Su industrialización es parte de la decadencia. Todos viajamos. Se ha estandarizado la acción y banalizado el por qué. Ya en el siglo XX, como lo señala el antropólogo francés Marc Augé, se viajaba para presumir que se había visitado cierto lugar, para dar constancia… “se trata de una visita al futuro que cobra todo su sentido después”. En el siglo XXI, las tecnologías emergentes, con sus redes sociales, aceleramiento y contenidos líquidos, han hecho del viaje un reality show. Una transmisión en vivo cuyo objetivo es satisfacer el morbo del público. Hoy la verificación es simultánea. Los viajes se transmiten en directo anulando los usos horarios. Big Brother nunca duerme.

El ejercicio de viajar, como parte de la educación sentimental es una necedad de unos cuantos; su aura de privilegio se ha democratizado generando un viajero wannabíe que prefiere imitar el acto de poder. Confort aniquila curiosidad, asume a la naturaleza como un objeto y a la tradición como postal.

Ese pequeño mundo que se tiene al nacer, al que se refiere Augusto Monterroso en el libro Los buscadores de oro, ya no se amplía “si uno logra irse a tiempo de donde tiene que irse” la imaginación ni el marcharse bastan, hoy el mundo cabe en un teléfono inteligente, lo vemos a través de su pantalla para tomar distancia, como si quisiéramos alejarnos cada vez más de él. El mundo ha dejado de interesarnos, lo que nos importa es nuestra imagen en él. Nos mueve el espectáculo de nosotros en el escenario del mundo. Eso de viajar en la soledad para ahí reinventarse es una visión anticuada. Viajar en primera persona es hoy una forma de consumo.

Actualmente, viajar es un cliché que refleja las ansias aspiracionales. Hemos renunciado al descubrimiento, al cuestionarnos en el ejercicio de la otredad. Queremos viajar con “estilo”, como una suerte de ascención social. De acuerdo con Augé, lo que hacemos –aunque no lo sepamos– es “desrealizar nuestra realidad” para sabernos parte del espectáculo, y pareciera que el más taquillero es el glamoroso, el que huele a lujo y se apega a las exigencias de la gentrificación. No importa que no nos alcance, no se trata de disfrutar, sino de participar del concierto del capitalismo. No queremos visitar un sitio, sino una clase social que sabe que las experiencias son priceless y que para todo lo demás está Visa o Mastercard. Para lograrlo estamos dispuestos a todo, hasta dejar de experimentar el viaje para conformarnos con la simulación y en pleno show tomarnos una selfie y subirla a las redes.

Hemos renegado del relato para ser Snapchat. Nos deslumbra la inmediatez, ¿cómo, entonces, en un mundo de listas, de bullets, podremos vivir, narrar o leer una travesía. Se nos ha olvidado que este género literiario es una forma de narrar la historia de la humanidad. “El relato de viaje”, dice Ottmar Ette, plasma con claridad la relación de la escritura con el espacio, su dinámica y su necesidad de movimiento”. Un texto danzante que se mueve antes, durante y después de su escritura, que al ser leída nos nos descoloca, empujándonos al vacío de la otredad.

Durante mis travesías como escritora y lectora, el relato de viajes me ha retado a unirme al movimiento de rotación y de traslación de la tierra. Al movimiento propio del género literario sin perder la identidad, al contrario, reconfigurándola. Para mí la literatura de viajes es el movimiento del entendimiento en el espacio… Viajo a través de lo desconocido, esa extrañeza me impulsa a escribir y a leerme en otros para seguir reconfigurando el mundo. Descubro Japón con Kipling, Israel con Mark Twain, exploró Barcelona escuchando a Orwell. Siento a la India en la poesía de Octvaio Paz. Cada lectura me regresa a Itaca. Viajo para ponerme en entredicho, para exponerme… Al menos eso era antes, hoy lo que ansiamos es controlar. Queremos domar al destino. ¿Para qué ser partícipe, para qué arriesgarnos, mejor nos aferramos a lo conocido y nos hacemos dóciles. La audacia está fuera del itineriario, por ello nos colgamos de guías, consejos, tours. El destino es una escenografía.

Hemos traicionado la fascinación del relato de viajes, de la que habla Ette, esa que se “concreta espacialmente la dinámica entre el saber y el actuar humanos, entre lo que ya se sabía y lo que todavía no se sabía; entre los lugares de la escritura, de la lectura y de lo relatado”. Un proceso espacial cerrado y una experiencia abierta al lector; y como en la misma travesía, las palabras extienden el rizoma.

Al viajar transitamos dentro de un sistema bidimensional, un movimiento lineal y cronológico que se transforma en una cartografía que nos invita a “filosofar”, como dice Ette, para navegar en la posibilidad de desentrañar el metaviaje. Teorizar es un atractivo. El escritor es explorador, antropólogo, buscador, maestro, ignorante, aprendiz, preguntón. El conocimiento es un propulsor; hoy lo es la exposición, quizá consecuencia de la colonización, que en el presente se rinde a su propia ficción. La realidad ya no supera a la fantasía, sino que imita al banco de imágenes que nos bombardea. El mundo copia a Disneylandia; habrá que recorrerlo como si fuera un parque de diversiones. Nuestro objetivo es sumarnos al espectáculo, los destinos son puestas en escena y los viajeros somos espectadores, ya ni siquiera personajes.

El viaje como estudio que experimenta Estrabón; la posibilidad de transitar una cosmogonía, como en La Odisea o en el Éxodo del Antiguo Testamento; o retrazarlo en la imaginación, como en los escritos de Marco Polo, es una nostalgia. Hemos sacrificado la incertidumbre. Le tememos a lo incierto, a la imposibilidad de lo cierto. Viajar para perder parece un desatino y, sin embargo, perder, renunciar, sigue siendo la única certeza del viaje.

Sin duda, cada Era plantea una modo de viaje. La ilustración apuntó una visión racionalista para reescribir el mundo, la ciencia contribuyó con su método científico e hizo del orbe un objeto de estudio. Luego, se promovió el viaje como un acto antropológico para después subjetivizarse en el siglo XIX con el romanticismo, cuando la objetividad se arrodilló ante los sentidos. Ese viajero, como el buen enamorado, dio la vida para fundirse en el otro, que en el siglo XX se convirtió en un deseo, pero con el concepto económico del deseo. El capitalismo hizo del viaje un producto. Sin darnos cuenta claudicamos a viajar como posibilidad de riesgo para vacacionar controlándolo todo: horario, hotel, menú… con la sola empresa de tachar un playlist.

Dice Augé que “la memoria se aferra al mito más que a la historia”, transitar en ese intersticio ya no es suficiente. En el siglo XXI viajamos para vivir como espectáculo lo real, una realidad a la cual hemos despojado de su certeza orgánica. Viajamos a la escenografía de un deseo impuesto, de una búsqueda controlada. Compramos un boleto, un tour y un asiento en primera fila que satisface, por unos días, las ansias aspiracionales. Viajamos para encerrarnos en nuestras pretensiones, para ser “rey por un día”, para subir una foto a las redes que compruebe que estamos ahí. Viajamos para estar en las pantallas de los otros y huir del viaje propio.

Viajamos para ocultarnos.

El viaje de iniciación ya es pura melancolía. En el siglo XXI somos omnipresentes en las redes sociales, consumimos un mundo sin husos horarios y sin fronteras democráticamente. Viajamos para ser los mismos. La posposmodernidad y el metamodernismo siguen su curso, tal vez es tiempo dejar el espectáculo para experimentar la vida, renunciar a la puesta en escena y volver a soñar el viaje imposible. Vivir de nueva cuenta el mundo como un lugar y no como un no lugar, “no para conocer el mundo”, como propuso Antonin Artaud, “sino para desengarñarnos”. 

 

Imagen de Christian Córdova

 

Miriam Mabel Martínez es escritora y tejedora. Aprendió a tejer a los siete años; desde entonces, y siguiendo su instinto, ha tejido historias con estambres y también con letras. Entre sus libros están: Cómo destruir Nueva York (colección Sello Bermejo, Dirección General de Publicaciones de Conaculta, 2005); los ebook Crónicas miopes de la Ciudad de México Apuntes para enfrentar el destino (Editorial Sextil, 2013), Equis (Editorial Progreso, 2015) y  El mensaje está en el tejido (Futura libros, 2016).

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Posted: February 27, 2018 at 11:44 pm

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