Fiction
El limbo de enero
COLUMN/COLUMNA

El limbo de enero

Alfredo Núñez Lanz

La rosticería está cerrada. Los relucientes garrotes donde se insertan los pollos para girar y girar le parecen un instrumento horrible, algo así como una tortura industrializada. Piensa en la evolución del negocio de vender pollos, cómo pasó de las rudimentarias brasas a las máquinas donde docenas de ejemplares se rostizan a la vez. Evaristo empieza a divagar sobre las cadenas de rosticerías que conoce y se asusta de lo lejos que van sus pensamientos y del tiempo transcurrido mirando el local cerrado. Decide tomar el camino largo de regreso a casa con tal de preguntarse seriamente por qué divaga tanto. Lleva días padeciendo lo que empezó a llamar una dispersión crónica. Eso le dirá a su psicóloga, la doctora Patricia Campoamor, cuando regrese de sus vacaciones. ¿Falta mucho para el sábado 19 de enero?

Enero, repite en voz alta. La culpa es de enero. Evaristo había notado que el primer mes del año suele traer consigo una sensación difusa. Después de las fiestas y los sucesivos recalentados, siempre llega un neblinoso e insípido periodo donde él trata de adaptarse a la idea de que sólo un número ha cambiado, todo sigue igual; en teoría. Pero ahora está más endeudado, eso sí. Y más gordo, claro. Además, el frío matinal le corta las ganas de hacer ejercicio y todo el tiempo quiere comer dulces, como si su cerebro no terminara de entender que los tiempos de ponches, buñuelos, vinitos y chocolates llegaron a su fin.

El 31 de diciembre Evaristo masticó una a una las uvas con su respectivo propósito, pues la doctora Campoamor le había recomendado cambiar los deseos por propósitos. El deseo se queda en el limbo, le explicó, en cambio, un propósito exige que tomes las riendas. Pero ahora se siente incapaz de saber si el caballo de su vida trae mandos. Él se levanta de la cama con muchísima pesadez, posponiendo la alarma cinco minutos más. Luego de una inútil negociación con el reloj se mete en la regadera helada y llega tarde al trabajo con los ojos llorosos de tanta contaminación.

Los días van destilándose en una calma insoportable. En la oficina nada relevante sucede. Los clientes están como aletargados, todavía firman sus mails con buenos deseos para el año en ciernes. El único que ha hecho algo concreto de su vida es su cuñado Mauricio, que apenas llegó de sus vacaciones en la playa. Cinco noches en el mar bastaron para animarlo a comprar un tiempo compartido. Cuando le dijo el precio, supo que una parte de su cuñado se había quedado en la playa, en el año viejo. Y que por eso lo habían estafado.

Las calles están muy tranquilas, parece que la ciudad hiberna mientras él camina, con hambre, a su casa. La señora que vende tlacoyos y guisos no abrió su puesto. Los policías duermen la siesta en su patrulla. Ni siquiera los semáforos están sincronizados. El sol alumbra todavía, pero se siente lánguido. Enero es la gran resaca de diciembre, se dice Evaristo; cuando uno se arrepiente de los pecados cometidos en las fiestas y hace promesas de no volver a beber. Promesas deshidratadas que se disipan conforme los electrolitos hacen su función. Pero en enero no se puede uno enfermar de algo grave, porque no hay médicos; generalmente los especialistas se van de vacaciones y algunos, como su cuñado, regresan siendo dueños de un departamento en la playa, compartido con otros treinta. El mundo detiene su frenético ritmo y eso hace que enero sea una bisagra oxidada que une al año que fue con el que viene. Él, además, percibe una vibra ponzoñosa en el ambiente, una zozobra general.

Al abrir la puerta de su departamento le viene a la mente el dicho «enero y febrero, desviejadero». Rápido la cierra tras de sí, dejando afuera a la mala suerte. El año pasado –qué rara le parece la frase– dejó de ser joven, al menos según las instituciones, pues ha cumplido los treinta y cinco. Por eso al masticar la novena uva el propósito fue dejar el alcohol y así concentrarse más en lo importante. No ha hecho la lista de prioridades que le pidió la doctora Patricia Campoamor, pero sabe que lo primordial es ir con el urólogo, pues la peca que le salió allá abajo la ve más grande desde el primero de enero, como si creciera conforme el año avanza. Ahora que lo piensa, la peca es lo único que ha mutado en esos días. Ha leído que los astrólogos pronostican un año de sucesos radicales donde será muy necesario que la gente se conecte con su esencia para sortear las calamidades. La peca no es parte de su esencia, sin duda. El problema es que falta mucho para la quincena.

Abre una vez más la puerta del refrigerador, a sabiendas de que sigue vacío, pero una nueva verdad se revela: en diciembre cumplió un año de haber recibido el acta de divorcio. ¿Qué ha hecho desde entonces en el terreno sentimental? El cajón de las verduras es el único que tiene una cebolla seca, partida a la mitad. Entonces recuerda cuál fue el único deseo del año anterior –todavía no era ningún propósito, pues la doctora Campoamor no figuraba– y algo se le encogió por dentro. Había deseado una compañera de vida, alguien estable con quien compartir los domingos, las fiestas familiares, el pago de la renta. Un buen equipo. Así lo había definido; pero con la cebolla seca en la mano, Evaristo acepta que se ha dedicado a saltar de cama en cama y ahora alguna le heredó la única compañía de aquella peca molesta.

También había pensado en ahorrar el dinero que solía gastar en los pequeños viajes que hacía de casado para visitar a sus suegros; tras el divorcio hizo las cuentas y con eso podía comprar un vuelo redondo a cualquier parte de Europa del este. Arroja la cebolla seca a la basura orgánica y se deja corroer por la culpa de no haber viajado pese a que hace un año, a las doce en punto sacó las maletas a la calle siguiendo el ritual de su hermana. Esta vez no cayó en el pensamiento mágico, como lo llamó la doctora Campoamor. Ahora hará las cosas diferentes: retomará el gimnasio, la dieta baja en carbohidratos, dedicará tiempo a la espiritualidad, ahorrará, visitará Rumanía y hará equipo con una divorciada guapa de su edad. Una mujer de conciencia despierta, vida saludable, independiente, que lo impulse a cumplir sus propósitos. Basta de pecas en zonas indeseables. Y nunca más comerá pollos rostizados.

Con el ánimo en alto, Evaristo va a la alacena. Ahí encuentra una sopa instantánea de camarones a la thai. Saca la cebolla de la basura, la enjuaga en el fregadero y la pica en cuadritos que irán muy bien en los fideos. Mientras la sopa gira sobre su propio eje en el microondas, Evaristo enciende su pantalla de sesenta pulgadas. Se acomoda en el sillón, confiando en que siempre hay un mañana.

 

*Foto de Jerry Wang en Unsplash

 

Alfredo Núñez Lanz. Cofundador de Textofilia Ediciones. Es autor de los libros Soy un dinosaurio (Conaculta, 2013), Veneno de abeja (Secretaría de Cultura, 2016) y El pacto de la hoguera (Ediciones Era, 2017). Becario del Programa Jóvenes Creadores del FONCA 2014 y 2016. En 2018 obtuvo el “Premio nacional de narrativa histórica Ignacio Solares” para obra publicada por El pacto de la hoguera. Su Twiter es @NunezLanz

 

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.


Posted: January 27, 2025 at 10:11 pm

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *