Essay
La casa de las historias

La casa de las historias

Sergio Missana

Los seres humanos contamos historias. Es lo que la antropología llama un “universal humano”: una práctica que ha recurrido en todas las épocas, en todas las culturas. La mitología, la filosofía, la literatura, la historiografía, el periodismo, la radio, el cine, la televisión, los podcasts serían variantes de ese hábito (y necesidad) de organizar lo que nos rodea de manera narrativa, conferirle sentido al mundo a través de relatos. La literatura ha sido una forma prestigiosa de contar historias, asociada a la imprenta; es posible que quede obsoleta o que se modifique radicalmente a través de nuevas tecnologías o formatos. Se afirma que en este plano no existe la originalidad: damos vueltas de tuerca, encontramos variaciones novedosas a un puñado de temas recurrentes que nos han acompañado desde siempre, como el amor, el viaje, la muerte, la ambición o la redención.

Una modalidad fascinante de esa pulsión narrativa son los llamados cuentos tradicionales, breves relatos trasmitidos por la tradición oral desde tiempos inmemoriales, que han sido la base de la educación de incontables generaciones. Parte de la fascinación que inspiran radica en un misterio que aún no ha sido resuelto y que intrigó, entre otros compiladores, a los hermanos Grimm: variantes de los mismos cuentos han sido narradas desde la antigüedad en diversos lugares del mundo sin que exista evidencia de cómo pudieron trasmitirse de un lugar a otro, parecen haber surgido en paralelo, en distintos continentes, por generación espontánea.

Los cuentos tradicionales han tenido una continua difusión en Occidente, por ejemplo, en las fábulas de Esopo, diversas colecciones medievales, el Decamerón de Boccaccio, Los cuentos de Canterbury de Chaucer o las traducciones de Las mil y una noches. A partir de las obras de compiladores como Perrault, La Fontaine o Andersen, esos relatos pasaron a ser considerados meros cuentos infantiles o “de hadas”, en contraste con el cuento literario modelado principalmente por Chéjov. En las últimas décadas, se ha reconocido que los relatos tradicionales operan en múltiples niveles de complejidad y sutileza, más allá de su valor como entretención o el simple aleccionamiento moral. En algunos casos, los personajes representan distintas funciones de la mente; en otros, ejemplifican formas de resolver problemas mediante pensamiento lateral o intuitivo.

©Sam Parkes

El escritor inglés Tahir Shah lleva largo tiempo estudiando y compilando historias tradicionales, lo cual es una tradición familiar. Sostiene que muchos cuentos contienen una antigua sabiduría que pueden aplicarse a dilemas contemporáneos. Traza un paralelo entre la lectura de ciertos relatos tradicionales con el hecho de comer una fruta: es una experiencia placentera que también contiene una forma de nutrición. Por ello, junto a su hija Ariane Shah, ha decidido crear la Fundación Scheherazade, que toma su nombre de la princesa que narra Las mil y una noches. La fundación está dedicada al estudio y difusión de esos “cuentos enseñantes’, con la ambición de contribuir además a crear un puente entre culturas y desarrollar proyectos de empoderamiento de mujeres en situación precaria.

Como sede de la fundación, han elegido un lugar que parece salido de Las mil y una noches: Dar Khalifa, “la casa del califa”, una mansión de treinta habitaciones construida en torno a un jardín interior (o riad), situada en el distrito de Ain Diab, en Casablanca. Tahir Shah adquirió la casa, que se encontraba abandonada y dilapidada, hace casi dos décadas y le dedicó un clásico de la literatura de viajes: La casa del califa: Un año en Casablanca. Ese libro pertenece al subgénero inaugurado por Frances Mayes en Bajo el sol de Toscana: relata la compra y remodelación de una casa en un país extranjero y el arduo proceso de adaptación a una nueva cultura. La empresa encontró, como es habitual en los textos de Shah, múltiples contratiempos: un arquitecto estafador, trabajadores que parecían más empeñados en demoler que en remodelar, asistentes inconstantes o traicioneros, una invasión de familiares de los empleados, plagas de ratones y langostas, la oposición del gánster local y –lo que era más grave para los lugareños– una infestación de espíritus malignos o “genios” que debieron ser expulsados mediante un sangriento exorcismo.

©Sam Parkes

Tras La casa del Califa, Shah publicó una secuela, In Arabian Nights, en que prosiguen sus aventuras y desventuras en torno a la casa, esta vez con foco en la ciudad y el país que la rodean y en el lugar que ocupan los cuentos tradicionales en la cultura de Marruecos en nuestros días. Ambos libros se estructuran como mosaicos de pequeñas anécdotas entrelazadas, cuya acumulación va emulando el proceso de reconstrucción de la casa. Muchas de las historias tienen un aire atemporal, parecen relatos tradicionales recreados, puestos en escena en forma espontánea en el curso de la vida cotidiana. El conjunto pinta un fresco complejo, múltiple, rico en matices, de la sociedad marroquí contemporánea, una visión alejada de los estereotipos sobre el mundo árabe.

La casa del califa, que pronto se transformará en un epicentro de historias, albergando en los próximos meses un Festival de Storytelling, tiene ella misma una historia intrigante:

Numerosas ciudades y pueblos de España han heredado nombres de origen árabe, tales como Almería, Córdoba o la misma Madrid. Casablanca es una anomalía: una ciudad magrebí con nombre español. ¿Cuál es el origen del nombre Casablanca?, En el último tiempo, ha salido a la luz evidencia que apunta a que Dar Khalifa sería la casa blanca que dio su nombre a la ciudad.

Antes de llamarse Casablanca, la ciudad fue conocida durante milenios como Anfa. En los mapas, Anfa se ve situada levemente al oeste del centro de la actual Casablanca. Anfa fue arrasada por los portugueses en 1468. El navegante luso Duarte Pacheco anotó en sus diarios que, con la destrucción de la ciudad, se perdió un punto de referencia clave para la orientación de los barcos que bordeaban ese trecho de la costa atlántica. Pacheco relata que identificaron una construcción blanca emplazada en una colina sobre las ruinas de Anfa que servía como hito, a la que llamaron “Casabranca” en portugués, que con el tiempo mutó al español Casablanca.

El nombre Casablanca (Dar al-Baida en árabe) fue utilizado de manera informal a partir del siglo XV, mientras Anfa se usaba de modo oficial hasta el siglo XVIII. En 1755, la ciudad fue arrasada por un terremoto y reconstruida con su nombre actual.

El escritor Jason Webster ha desenterrado evidencia, a través de historiadores locales, que apunta a que Dar Khalifa, emplazada en una colina que domina el Atlántico y situada cinco kilómetros al oeste del centro de Casablanca, sería la casa blanca que dio su nombre a la ciudad. La casa habría sido una sawiya sufí, un lugar de retiro espiritual, y se encuentra situada muy cerca del mausoleo del santo Sidi Abderrahmán. Un escritor local asegura que dataría del siglo XIII y habría sido construida durante el reino de los Almohades, monjes guerreros que conquistaron la península hispana en el siglo XII y que utilizaban en término “califa” en su sentido original: sucesores del profeta.

Aunque estas versiones son plausibles, no es posible saber con certeza si se trata de la casa blanca original. Sea como sea, es sin duda un lugar propicio para acoger historias, historias que nuestros ancestros contaron en torno a fogatas y que proseguirán su curso –quién sabe a través de qué tecnologías y modalidades– en el futuro.

©Sam Parkes

 

Sergio Missana (1966) ha escrito más de una decena de libros. Además es periodista, académico, editor, guionista y activista medioambiental chileno. Es profesor de Literatura Latinoamericana en el Programa de la Universidad de Stanford en Santiago, Chile, y director para América Latina de la ONG ambientalista Climate Parliament. Su Twitter es @sergio_missana

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Posted: April 26, 2023 at 8:06 pm

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