Essay
Ana G. Dostoievskaia: El recurso del método*
COLUMN/COLUMNA

Ana G. Dostoievskaia: El recurso del método*

Rosa Beltrán

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Cuando Ana Grigórievna Snítkina fue invitada a trabajar como taquígrafa en la casa de Fiódor Mijailovich Dostoievski por recomendación de Olkin, su profesor en la escuela de taquigrafía donde era alumna aventajada, sintió que se abría la puerta que más ansiaba cruzar: la de su independencia económica. Para una mujer de su condición y época era casi imposible tener un trabajo que no fuera costurera, aya, vendedora. Tenía también otra ilusión: trabajar en la mesa donde se había escrito Crimen y castigo y acudir todos los días al edificio que habitaba Raskolnikov. Sus deseos se vieron colmados al comprobar que la mujer de mediana edad que le abrió la puerta llevaba sobre los hombros un chal con cuadritos verdes que recordaba el de Marmeladov; todo ello sería suficiente para hacerla levantarse todos los días con excelente ánimo y hacer el trayecto hasta la casa de su autor favorito a quien imaginó un hombre viejo -lo que enseguida comprobó- y hosco -que también.

Vivir dentro de la novela del anciano genial era más de lo que podía desear. La contratara o no, Ana se propuso dar una buena impresión a aquel hombre entrado en años y seguramente en manías. Pero bastó con que Dostoievski empezara a hablar para que Ana se percatara de que el anciano “no mostraba más de 37 años”. Se dio cuenta de otras cosas también: “Estatura mediana, muy derecho, rostro enfermizo, pelo de un castaño claro tirando al rojo, gran cansancio y una expresión penosa y enigmática”. A decir verdad, dice Ana en su diario, “a primera vista Dostoievski no me gustó en absoluto”.

Lo que más llama la atención al leer uno de los testimonios más impresionantes de lo que fue vivir con uno de los autores más complejos y geniales de la Rusia del siglo XIX desde los ojos de una joven en sus ventipocos años es la descripción sucinta y extraordinaria de personajes y situaciones para alguien que era sólo una taquígrafa. Una taquígrafa y una gran lectora. Su pasión por estar junto al autor de las novelas más amadas, de oír a su escritor favorito, es casi tan conmovedora como el empeño que Ana puso en vivir en el mundo alterno que habitó gracias a su obsesión lectora: la fusión que hizo de la realidad triste, pobre y lóbrega del autor en contraste con las prodigiosas historias y personajes que salían de su pluma. O, de modo más literal, de la pluma de Ana. Porque tras la primera entrevista donde él le confiesa el alivio que siente de que ella sea mujer —a la pregunta de Ana sobre el por qué, él responde: “porque un hombre seguramente comenzaría a beber y usted no lo hará”— Ana se decide a escribirlo todo. No sólo lo que él dicta sino lo que ve y observa en Fiódor, en sus parientes, en el barrio siniestro en que mora, en los escuetos adornos de la vivienda, en todo lo que él mismo no puede escribir, incluso. Tras la confesión inicial de Dostoievski de que se encuentra en una etapa de bloqueo Ana es quien escribe.

Sí, dicho simple y llanamente. Es correcto lo que estás leyendo, querido lector o lectora. Cuando fue contratada, entre otras confesiones del genio sobre deudas, enfermedades y abusos de familiares, Dostoievski confirma tener, como se dice en España, la seca. No puede continuar con su escritura. Tiene al odioso acreedor encima, ha firmado pagarés y no sale de su pluma una línea. Ha caído en el típico agujero negro en que a menudo caen quienes escriben y del que cuando se está dentro parece no se saldrá nunca. Ella escucha; él se duele con amargura. Le explica cómo ha firmado letras de cambio y cómo tendrá que ceder sus derechos de autor si no entrega una nueva novela al editor Stellovski, quien ha comprado los pagarés por una suma irrisoria. Las deudas ascienden a tres mil rublos, Dostoievski ha intentado reunir esa suma con paciencia pero sin éxito. Ha intentado aplazar la cita de los acreedores, sin lograrlo. Procederán al embargo de sus bienes y lo enviarán a la cárcel. Está sumido en la desesperación y en ese estado no podrá terminar la novela que lo salve. Y sólo al final de la entrevista ella le muestra lo que ha escrito en taquigrafía a velocidad sorprendente (todo lo que él ha dicho) y le sugiere que empiece a dictarle sus novelas. Pero él está angustiado. Cansado. No puede entrar en el tema. Le pregunta a ella cómo se llama y enseguida olvida su nombre. Le ofrece cigarrillos aunque sabe que ella no fuma. Y entonces empiezan a hablar de sus escritores favoritos, un tema que a él le interesa y a ella le apasiona. Hablan de Turgéniev como de un atuor talentoso pero a él le disgusta que por permanecer en el extranjero se haya olvidado de Rusia y de la vida rusa (el propio Dostoievski renunciará años después a vivir en distintos países de Europa: Suiza e Italia, entre ellos, por temor a olvidar cómo es “el alma rusa”). Hablan de Nekrásov que es amigo de Fiodor Mijailovich desde la juventud. Hablan de Máikov, a quien Dostoievski considera “uno de los hombres más inteligentes”. Entre esto y aquello, vuelven al dictado de la novela, se interumpen, F.M. cuenta algún otro episodio triste de su vida, la recrimina con esta observación:

“¡Qué gruesa es su trenza! ¿No le da vergüenza llevar pelo postizo?

Ella responde que no es postizo, que es su propio pelo.

Es decir, él dicta, se lamenta y coquetea. Y dicta otra vez. Y la cosa fluye.

El proceso es largo y tengo aquí reducido espacio para describir cómo poco a poco, a fuerza de conversaciones y caminando de un lado a otro de la habitación, el genio autor de Los hermanos Karamazov, El idiota, El jugador, Crimen y castigo y tantos libros inolvidables comienza, gracias a ella, a descubrir SU método.

Ahora bien: ¿Le debe F. M. Dostoievski a Ana G. Dostoievskaia la escritura de sus mejores obras? Sí, definitivamente. En este, como en tantos otros casos que la Historia escatima, la mujer del escritor no sólo fue su inspiración, su agente, su copista, su editora, quien se ocupaba de los pagos, la alimentación, el exilio y consecuente huida de los parientes, la crianza de los hijos y otras menudencias de la vida que distraen al artista, sino nada más y nada menos que el método para escribir una obra a la altura de su genio. La única forma para salir del bloqueo, de las deudas, para devolverle la alegría de vivir. Y de imaginar historias.

Lo que conocemos, en cambio, es la historia de su relación de pareja. Pero esa es previsible, si se sigue la forma en que todas estas relaciones han sido escritas. Como si se tratara de una sola. Sí, él se casó con ella y tuvo hijos. Eso lo sabemos. Sabemos también que ella lo aceptó pese a la diferencia de edad, la epilepsia, los achaques, la pobreza, una vida nada halagüeña rodeada de parientes indeseables que además la despreciaban (después de todo no era más que una taquígrafa). Y pese a la precariedad que lo hacía empeñar cinco o seis veces por 80 rublos el abrigo de invierno el mismo año o que lo llevó a la desesperación al no tener dinero para comer y verse obligado a empeñar algunas cosas, ella se aferró al genio y sus historias.

Lo que sabemos menos, en cambio, es que ella no sólo fue capaz de sacar literalmente al genio de la botella y hacerlo dictar obras magistrales sino que fue una escritora de primera. El magnífico libro Dostoievski, mi marido, su impresionante diario escrito en medio de todas las penalidades es un ejercicio de literatura de la buena. Muestra aun sin saberlo su necesidad de  desenterrar el hueso de las historias ocultas y un interés de querer saber siempre más. Y por encima de todo: su diario habla, quizá sin que ella lo sepa, de una auténtica voluntad de sobrevivir básicamente a través de personajes y situaciones de ficción. Cuando decimos que la literatura salva, nos salva, nos quedamos cortos en las explicaciones del por qué. Además de la necesidad para sobrevivir como especie a través de las narraciones (hoy objeto de la neurobiología), poco se ha dicho de la exigencia anímica, espiritual si se quiere, de seguir vivos que se obtiene básicamente a través de la imaginación.

*obvia referencia a la obra homónima de Alejo Carpentier

Ana G. Dostoievskaia, Dostoievski, mi marido, trad. Celia Manzoni, Editorial Espinas, Madrid, 2021

Rosa Beltrán es autora de las novelas La corte de los ilusos (Premio Planeta 1995), El paraíso que fuimos, (2002) y Alta infidelidad (2006), así como de los volúmenes de cuentos Optimistas (2006), Amores que matan (1996) y La espera (1986). Una versión ampliada de sus cuentos Amores que matan apareció en 2005. 2​ En 1994 recibió un reconocimiento de la American Association of University Women por sus ensayos sobre escritoras del siglo XX. 3​ Su obra ha sido traducida al inglés, italiano, francés, alemán, holandés y esloveno, y sus cuentos aparecen en antologías publicadas en España, Italia, Holanda, Canadá, Estados Unidos y México. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua. Su Twitter es @RosaBeltranA

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Posted: October 29, 2023 at 12:47 pm

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