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La vida enferma, Hernán Vera Álvarez

La vida enferma, Hernán Vera Álvarez

Gisela Heffes

Sudaquia Editores, 2021.

En Illnes as a methaphor, Susan Sontag propone abandonar el uso de la enfermedad como metáfora. Ya en la primera página del ensayo, sugiere que “[t]he most truthful way of regarding illness––and the healthiest way of being ill––is one most purified of, most resistant to, metaphoric thinking.” Si bien hay, en términos históricos, una tendencia humana a usar el pensamiento metafórico en relación con la enfermedad (Sontag utiliza, primero, la tuberculosis y el cáncer para ilustrar esta relación –y luego incorporará al SIDA), esa relación se encuentra asociada al misterio que provoca, en especial, cuando se sabe poco o nada respecto a su origen y posible evolución. Su ensayo concluye con una elocuente predicción: en la medida en que aprendemos más sobre etiología y sobre los posibles tratamientos para la cura de la dolencia, el sistema metafórico, de manera correlativa, comienza a disiparse. Si bien es cierto que reflexionar en una patología de manera metafórica puede tener resultados negativos, en cuanto su uso puede prestarse a prácticas de definición social, cultural, económica, religiosa, étnica o racial, también puede utilizarse de forma efectiva para ejercer una critica. Todo dependerá del ángulo y de la perspectiva.

La vida enferma, el poemario de Hernán Vera Álvarez, es un libro sugerente donde la enfermedad –el “maldito virus” (23)– nunca se menciona, aunque atraviesa desde su incepción cada uno de los versos. Los poemas exponen, alegóricamente, voces contrapuestas que, a pesar de fluctuar entre espacios –lo externo e interno, lo público y lo privado–, expresan formas de malestar, temores, ignorancia. El virus como ilusión de una realidad, una posibilidad, una potencialidad inexistente, aunque latente. Y el virus como finitud: “A veces tengo miedo de caer / bajo el virus. Pero no es miedo solo a morir / sino a ser un número más entre tantos números, / que mi vida (mi muerte) pase como otro día más. / Y en verdad es eso la vida, solo que el virus / nos enfrenta con nosotros mismos” (67).

El poemario se abre con un interrogante, el que inaugura la serie de contraposiciones: en principio, contrapone la guerra ––o el estado de guerra–– con la cotidianeidad, lo cotidiano. A este contraste le sobreviene otro, el del silencio (“El silencio de una ciudad en la que nadie puede dormir” [15]) a pesar de ––o justamente por–– la locura que define el espacio que habita la voz poética: “¿Cuándo comenzó la locura?” (13). Son justamente esos territorios (zonas de silencio, recintos de sirenas), los que a su vez asoman entre los versos y las palabras y definen, por otra parte, el tono de los poemas: “Apago las luces. / Fumo / pienso / escucho” (17). A través de frases mínimas, el poemario invita a una tregua, aunque sugiera, ocasionalmente, que estar alerta es también estar en guardia. Estar al acecho como si un evento inminente pudiera ocurrir de un momento a otro. Un estar alerta que te dice, de repente: no estés desprevenido.

Referentes como las muertes acumuladas en las aceras y esquinas urbanas apuntan a un imaginario de la peste tanto literario como literal, ante todo reciente, pero contrapuesto, aquí, por fantasías y deseos eróticos. Pensar en el sexo, en el amor, es un escape acertado frente a lo inmediato: “Yo solo pienso en mi jovencito / entre el aire sucio / y la muerte apilada en las calles” (26). En “el año de la peste” (33) las imágenes operan como pequeñas postales, rasgaduras o incisiones que la voz poética hace desde un espacio íntimo pero que conecta aquella intimidad con el afuera. De ahí proviene el “ruido del fracaso”, los “errores de lo que no se aprende” (39). ¿A qué se alude con el fracaso, con los errores que se repiten? Como una gran alegoría, el poemario, la voz lírica de los versos, trazan itinerarios y puentes que despuntan, en una galaxia de sentidos, hacia múltiples direcciones.

A pesar de su brevedad, el poemario logra, en este continuum entre pandemia y soledad, cotidianeidad y agonía, insinuar que la enfermedad propicia un tipo de soledad que deja solos incluso a los más solitarios. El “corazón de la vida enferma” (22), por lo tanto, sobrevive gracias a un cocktail de sedativos (clonazepam) y estimulantes (nicotina, alcohol). Anestesiar la vida enferma, medicarla. Cabe preguntarse, ¿hay un afuera de la vida enferma? Y, ¿qué dispara la enfermedad? ¿Es el virus, es la vida o la soledad? ¿O todos a la vez, en cualquier orden, desbaratados? Sin duda la peste exacerba el individualismo: el afuera es recelo, sospecha, temor: “En el año de la peste / cuando un hombre ve a otro hombre caminando por la calle / ridículamente / se aparta” (51). Hay miedo al contacto, hay soledad, televisión, alcohol, drogas: esto es la muerte adentro; mientras afuera, descansa “la otra muerte” (28). Así, el poemario reconfigura lo cotidiano, una cotidianidad que dispara lo más sombrío del ser humano: el miedo latente, el pánico cuando se está a punto de perderlo todo. En breve, hay desesperanza, una falta de fe en la humanidad y un querer desnudar el interior como si, a través de las palabras, pudiera radiografiarse lo más profundo y primitivo de nosotros mismos. “Nadie salva“ (32), reza un verso, en mayúscula.

Efecto visual. Miedo a ser uno más, a volverse número, deshumanizarse. Miedo, en última instancia, a devenir olvido. Las vidrieras y las ruinas de lo que fue, o solía ser, ese antes congelado en maniquíes inanimados revelan el pasado. Y el presente, que lo palpa, reorganiza la memoria, los recuerdos. ¿Cómo recuperar el sentido de lo cotidiano cuando lo que constituye la vida diaria se disipó? No es causal, entonces que, en este páramo urbano surja el fantasma del exilio. Porque es el exilio interior –esa casa vacía–, y el afuera, que sobrecoge a esa voz por ser justamente un territorio ajeno.

Los poemas tejen, elaboran silencios. Y en sus huecos, sus ranuras más hondas, se insinúan los pensamientos que dan cuenta de la experiencia de la enfermedad (esa enfermedad innombrable porque resulta metáfora de un conjunto de dolencias contemporáneas). En cierto modo, el poemario de Hernán Vera Álvarez forja una fenomenología del virus. Un modo –o búsqueda– de / por definir cómo es experimentar la peste.

Un estallido que vacía de sentidos, y que desnuda.

 

giselaGisela Heffes ha escrito  Cocodrilos en la noche (Ril Editores,2020),  Políticas de la destrucción / Poéticas de la preservación (Beatriz Viterbo, 2013), Utopías urbanas: geopolíticas del deseo en América Latina (Vervuert Verlag, 2013), Poéticas de los (dis)locamientos (Literal Publishing, 2012), Las ciudades imaginarias en la literatura latinoamericana (Beatriz Viterbo, 2008), entre otros tantos títulos.

 

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Posted: November 25, 2021 at 11:38 pm

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