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Crónica lésbica de una académica
COLUMN/COLUMNA

Crónica lésbica de una académica

Gisela Kozak

El XXXI Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana se celebró en Caracas en 1996 y por azar se convirtió en mi primera oportunidad de hablar del tema LGBT (LGBTTTIQ para los más quisquillosos) en un evento académico. Conocí al estadounidense Daniel Balderston, al cubano José Quiroga y al venezolano Alejandro Varderi. Entre los cuatro improvisamos una mesa sobre el tema LGBT en ausencia de las participantes de una mesa acerca de poesía escrita por mujeres, en la que me tocaba el rol de moderadora. Cuatro años después presenté una ponencia en otra edición del Congreso del Instituto Iberoamericano de Literatura en Salamanca (España,2000): “Diferentes discursos sobre el lesbianismo como diferencia: la lucha por la representación”.

En el año 2001 conocí a la antropóloga Marcia Ochoa (Universidad de California, Santa Cruz). Su tesis de doctorado en la Universidad de Stanford versaba sobre las transgéneros venezolanas por lo que fue a Caracas a investigar. Tuvimos un rico intercambio de ideas sobre los límites del feminismo, el activismo lésbico y el activismo trans. Marcia y yo teníamos desacuerdos políticos porque ella se inclinaba por la política identitaria desde la intersección de raza, clase, género y orientación sexual mientras a mí me preocupaba que la democracia civil venezolana estaba destruyéndose. La lucha LGBT formaba parte de mi horizonte como demócrata, en lugar de tratarse de una identidad que perfilara mi lugar en el mundo; mi punto ha sido la lucha contra un entorno militarista, conservador e institucionalmente débil como el de la revolución bolivariana, en el cual la violencia y la pobreza han hecho de las suyas con la población.

En el año 2002 coordiné las I Jornadas sobre Diversidad Sexual en la Universidad Central de Venezuela, en las cuales participaron también organizaciones no gubernamentales (Lambda, Unión Afirmativa, Reflejos de Venezuela, Ases de Venezuela). Presenté una ponencia que luego se publicaría como “¿Estudios sobre diversidad sexual, estudios sobre minorías sexuales?”. En el mismo año llevé a buen término el trabajo de grado de licenciatura De la identidad a la indeterminación (Michel Foucault y la Teoría Queer), de Víctor Galarraga Oropeza. Víctor y yo intercambiamos ideas sobre Judith Butler, una referencia insoslayable en los debates de las últimas décadas, pero siempre he coincidido con dos feministas muy distintas entre sí, la italiana Rossi Braidotti y la estadounidense Martha Nussbaum, respecto a que nacer de sexo femenino o masculino implica una marca indeleble cuyas consecuencias no pueden evadirse y cuya comprensión es esencial en el combate contra todo tipo de discriminación. Entiendo perfectamente las exigencias de respeto de las identidades de género diversas sin necesidad de negar la dimensión biológica de la vida humana ni extraer de ésta ninguna conclusión definitiva respecto al destino de cada quien. Además, se trata de un problema de políticas públicas e intervenciones específicas para evitar distintos tipos de discriminación. Por supuesto, pensar así me trajo largos debates amistosos con el propio Víctor, con Marcia Ochoa y con Tamara Adrián, abogada y primera diputada transgénero del hemisferio occidental por Voluntad Popular, partido de la oposición a la revolución bolivariana. En realidad, se trataba de una discusión teórica entre gente que ha luchado por los derechos, la visibilidad, el combate contra los techos de cristal y el estudio de las realidades específicas en cuanto a la pobreza, la represión y la segregación LGBT.

Las II Jornadas de Diversidad Sexual se celebraron en 2004 bajo la dirección del antropólogo y colega de la UCV Rodrigo Navarrete, quien apoyaba a la Revolución Bolivariana y formaba parte de Contranatura, organización pro oficialista LGBT. Marcia Ochoa fue la conferencista internacional invitada en esta oportunidad. En 2005 escribí “El lesbianismo en Venezuela es asunto de pocas páginas: literatura, nación, feminismo y modernidad”. En 2009 recibí desde Río de Janeiro un mensaje de Marcia Ochoa por correo electrónico avisando que el artículo había ganado el premio “Sylvia Molloy”al mejor trabajo sobre Género y sexualidad en LASA (Latin American Studies Association).

Dirigí la organización de las III Jornadas de Diversidad Sexual en el año 2006. Esta vez la conferencia internacional estuvo a cargo de Daniel Balderston y de nuevo chavistas y opositores dejamos a un lado las diferencias. Tanto en las ya mencionadas II Jornadas como en las III se había ampliado considerablemente el número de ponentes con colegas académicos pero, muy importante, con la presencia y voz de estudiantes. Marianela Tovar, historiadora y licenciada en Letras, también estaba investigando sobre el tema de las relaciones sexoafectivas entre mujeres. En el año 2008 asistí con una ponencia al evento coordinado por el colega Carlos Colina; la invitada internacional fue la española Beatriz Gimeno quien habló del barrio de Chueca, en Madrid, como una gran realización de un estilo de vida libremente LGBT. Más me llamó la atención que estudiantes y colegas chavistas vincularon la homofobia con la llegada de los españoles a América, apelando al pensamiento decolonial. Como no soy antropóloga me abstengo de opinar pues la variedad de los pueblos originarios no es abarcable en una mirada, pero la relación entre la libertad individual moderna y la lucha por los derechos LGBTI me parece mucho más pertinente a la hora de comprender los debates del presente.

A instancias del querido Daniel Balderston asistí al I Coloquio “Poétique Homoérotique: défense de dire, défense du dire”, organizado por el Instituto Cervantes y la Universidad de París 8. Presenté un trabajo que se publicaría después como Palabras sin nación: diáspora y lesbianismo en la poesía venezolana”. El propio Balderston me invitó a otro evento estupendo por su calidad intelectual y organización: “Queer Cultural Geographies: Sexuality Studies and LGBT Activism in Latin America” en la Universidad de Pittsburgh, USA. Arturo Matute Castro y Daniel Balderston congregaron a activistas LGBT de varios países de América Latina; se trataba de gente proveniente del periodismo, la literatura, la investigación y las organizaciones sociales. Estaban presentes, por ejemplo, Norma Mogrovejo, Virginia Lucas, José Quiroga, Tamara Adrián y la infaltable Marcia Ochoa.

También estaba la poeta y activista boliviana Julieta Paredes. Paredes me llamó feminista blanca aria (mi apellido paterno es eslavo y mi madre tenía un color de piel apenas más claro que el de la propia Paredes) porque manifesté que en Venezuela las organizaciones indígenas se habían negado hasta el momento a trabajar con las LGBT, lo cual ha sido un hecho, pero de acuerdo con ella yo era una racista que afirmaba que los indígenas eran más homofóbicos que los blancos. Las mujeres transgénero también llevaron sus pedradas al estilo de: “qué se creen esos machos que se ponen un par de tetas”. Perdí la discusión pues Paredes era la subalterna perfecta (indígena, mujer, lesbiana, de origen muy pobre, aunque muy empoderada dado el apoyo de los sectores menos conservadores del gobierno de Morales y de la academia decolonial); yo, en cambio, era una “blanca” que cuestionaba las políticas anti LGBT de Bolivia, Ecuador y Venezuela. Nadie iba a tomar partido por mí en público pero algunas personas se acercaban para decirme que tenía razón. Hasta con Daniel, un espíritu muy pacífico, tuve mi desencuentro cuando reclamé las agresiones de Paredes pero él es una persona excelente y eso no tuvo consecuencias. Más bien me parecieron insólitos los denuestos de la señora Paredes a los “hombres blancos gringos” (Daniel, por ejemplo, el responsable de su invitación al imperial Estados Unidos).

Más allá de la calidad del evento, era innegable que la izquierda de inspiración posmoderna o decolonial había logrado confiscar la causa LGBT en el mundo académico. Ya yo vivía una revolución así que las promesas de un mundo nuevo sobre las cenizas del viejo proferidas en una universidad privada estadounidense de bello estilo neogótico me parecían una impostura. Desde luego no todas las visiones eran radicales. Quiroga, Matute Castro, Balderston, Tamara Adrián y activistas de varios países eran abiertos, plurales y democráticos. Pero no es casualidad que la desgracia de Cuba y Venezuela no tuviese la más mínima importancia. Es decir, la gente real, la población LGBTI sin derechos civiles, objeto de exclusión y de violencia, era un tema sin trascendencia alguna. A diferencia de los cubanos presentes, ya criados en una tiranía, yo nací en una imperfecta democracia civil por lo que todavía me quedaban arrestos para denunciar. Diez años después entiendo mejor: llega el hartazgo ante la sordera selectiva del mundo académico y se sigue viviendo. A raíz de este evento escribí “Las múltiples formas de la visibilidad-invisibilidad lésbica en Venezuela: activismo, feminismo, escrituras (1998-2010)”.

En noviembre de 2010 fui invitada como conferencista internacional al I Coloquio de Escrituras Sáficas organizado por la UNAM y la UAM. Me volví a encontrar con Norma Mogrovejo y conocí personalmente a mi amiga y colega María Elena Olivera, responsable de la invitación. También a la poeta cubana Odette Alonso y a la investigadora mexicana Elena Madrigal. Se trataba de un evento dedicado exclusivamente a la mujer lesbiana y las posturas eran más variadas y flexibles en cuanto a feminismos y preferencias políticas. Publicaría después “Estudio de las representaciones del sujeto mujer lesbiana”. Puse fin con este trabajo a mi relación –siempre muy reticente– con la teoría queer para llegar a las raíces de la defensa de una orientación sexual y afectiva problemática: el pensamiento liberal en sus más diversas variantes ligadas al feminismo de los logros, el que ha cambiado efectivamente la vida de las mujeres en lugar de estar especulando con el lenguaje, con todo respeto por la exitosa Butler de los primeros libros. Mis abordajes posteriores sobre el tema lésbico se basan en esta perspectiva, guiada por autoras como Martha Nussbaum y Seyla Benhabib, por no hablar de la rica tradición reformista del feminismo latinoamericano que ha logrado cambios efectivos en la vida de las mujeres de carne y hueso (a propósito no hablo de sujeto, agente, etc.). Además, el siglo XXI nos obliga a pensar sobre la última gran revolución tecnológica en el mundo del trabajo, las formas de participación política y la organización de la sociedad. Es decir, hay nuevos retos para nuestros viejos y milenarios hábitos de sapiens, muy bien descritos por el historiador israelí Yuval Noah Harari.

Me ha tocado lidiar con la ceguera de la izquierda antiliberal del mundo académico y con el conservadurismo raigal venezolano. Se piensa que el feminismo liberal solamente lucha por la igualdad ante la ley cuando lo que define al feminismo liberal es que nadie puede ser sacrificado en aras de una religión, un partido, una tradición o una nación porque cada ser humano tiene una dignidad esencial por el solo hecho de serlo. Desde esta perspectiva deben abordarse las tareas políticas, sociales e intelectuales del feminismo del siglo XXI, que enfrenta los retos de una izquierda y una derecha antiliberales que confiscan para sus fines autoritarios las más diversas causas: derechos, discriminaciones, familia, pobreza, desempleo. En realidad, el objetivo de ambos sectores enfrentados de manera polarizada es poner fin a la democracia y están en camino de lograrlo.

Deploro la corrección política porque soy firme partidaria de la responsabilidad individual, del criterio adulto y de la libertad de expresión y creación. Por esta misma razón entiendo perfectamente la lucha contra el racismo y la necesidad de convertir los conflictos culturales en diálogo y deliberación. Tuve que emigrar en 2017 a México por cuenta de una dictadura de izquierda devastadora y soy consciente del auge de las derechas al estilo de Vladimir Putin. Es alarmante pues si examinamos los países en los cuales existen los mejores índices de equidad de género y respeto a los derechos LGBT, las democracias liberales ganan. El pluralismo es vital para que la política sea efectiva y se consoliden las instituciones que defenderán a los más débiles. La población LGBTI sigue siendo un eslabón débil cuyas conquistas pueden retroceder.

Veinte años después de haber escrito mi primer trabajo sobre el lesbianismo puedo decir que han habido avances importantes en las democracias respecto al tema LGBT y tenemos muchísima más visibilidad, pero no todo es color de rosa. Las facultades de ciencias sociales y humanidades de América, Europa occidental y Oceanía deben estar muy alertas en este sentido pues están levantando a las nuevas generaciones en el desprecio por el disenso, la pluralidad de pensamiento y los hechos. Semejante situación se complementa con la derecha igualmente antiliberal que de verdad cree que el matrimonio igualitario va a derrumbar los cimientos grecorromanos y cristianos de occidente o, con menos refinamiento, que la heteresexualidad va a ser prohibida. La población LGBT sale perdiendo en esta lucha porque es mentira que seamos homogéneos políticamente, cultural y socialmente hablando. El mundo académico debe recoger esta diversidad, en lugar de acallarla o criticarla por motivos ideológicos, y la política democrática también.

 

Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak

 

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Posted: June 23, 2020 at 8:53 pm

There is 1 comment for this article
  1. J. Andrés at 2:19 pm

    En un contesto radical, al estudiar Letras en la UNAM, en una clase de poéticas latinoamericanas, hubo un análisis ultraviolento contra Ernesto Cardenal por su famoso poemita de “tú pierdes más…”. El argumento de la compañera era “¿Y él cómo sabe que ella quiere ser querida por un hombre?”. Se puso súperpesada. En ese momento nadie pudo refutar. Alguno dijo que eso ni tenía sentido en poética, pero lo callaron. Todos después estábamos de acuerdo en que lo quitaran de los poetas a analizar (al menos públicamente, aunque nos parecía una estupidez a la mayoría en lo privado). Esto lo cuento solo como una vivencia donde la mayoría cedimos ante una “buena causa” obligatoria. En general, en Facebook abunda la buena ondez donde todos piensan igual. Nadie puede tener ideas originales diversas, críticas ante la mayoría “buena onda” porque lo deshacen. Incluso gente que no tiene relevancia en un tema cree que sus ideas, por ser las del bando “bueno”, deben superponerse (con ofensas y todo) a las de quienes pertenecen a un grupo o sector pertinente en tal o cual tema, con opiniones basadas en experiencia propia (como la tuya en la Academia) y no en teorías. Hoy todo el pensamiento de la gente “pensante” (humanistas, artistas, escritores, científicos, investigadores, activistas…) debe ser uniforme. Incluso no poner la foto con el tema adhoc de la semana (tal color, marca o logo pro equis tema consciente) te aísla. Me encantó este artículo por eso: por hacerlo notar desde ahí mismo. Todos vamos en un barco que busca la crítica, la justicia, el respeto y la expresión libre en la Academia y fuera de ella. Lo grave es cuando en el camino descubres cómo la poca inteligencia de personas con mucho acceso a lugares de opinión, a posturas influyentes y con conocimiento (porque todos pueden tenerlo, mas eso no garantiza ideas), ¡ah, sí!, y mucho currículum de respaldo, hacen del trayecto un discurso nefasto lleno de topes. Hoy abunda eso. Qué buen texto sobre la incredulidad con que hay que abordar estos temas para lograr la libertad. Que como masa estemos “ganando” todos los terrenos y tengamos la sensación de avanzar parejo y con mucha conciencia debería ser un buen punto de partida para entender que ahora la crítica, la rebeldía, y el descuido de algunos sectores está en otra parte. Yo lo llamaría “la falacia del populismo del pensamiento libre”. Todos piensan que ser crítico a esas ideas de masas fofas pero cultas te hace un reaccionario conservador y para los conservadores también se entiende así y te piensan su igual. Nadie tiene cerebro ni se esfuerza lo más mínimo tras leer titulares y dar likes. No veo qué hacer para combatir ese cierre mental desde las Letras porque no se lee. Cada vez menos se interesan por la crítica a la crítica mayormente aceptada por una mayoría muy enterada pero poco analítica. Sin embargo, es importante comenzarla a leer en estas posturas, no solo en el tema LGBT, sino en toda lucha expresiva y, cuantimás, identitaria, antes de que todos tengamos la misma cara como en uno de los planetas que visita Ijon Tychi en los cuentos de Stanislaw Lem.

    Gracias.

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