Flashback
La espera, el adiós y la trascendencia: Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti

La espera, el adiós y la trascendencia: Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti

Teresa García Díaz

I

“Pensé pensé pensé y hoy ya no queda  más que esta pobre cosa destrozada.”

Idea Vilariño

“Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña. Es el estado del amor.”

Juan Carlos Onetti

“Nacer significa la aceptación de un pacto monstruoso y, sin embargo, estar vivo es la única verdadera maravilla posible.”

Juan Carlos Onetti

Encuentros y desencuentros

Además de las cartas y de las obras que se dedicaron mutuamente, se pueden rastrear múltiples testimonios de amigos y testigos, entrevistas e incluso rumores, que narran, reseñan, interpretan o suponen fragmentos de la intensa historia amorosa entre Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti. A continuación retrocedo un poco en el tiempo para ofrecer una imagen más completa de la pareja de escritores. Idea nace un 18 de agosto de 1920. Su padre, Leandro Vilariño, un poeta anarquista, fue quien eligió los nombres de sus hijos: el primogénito se llamó Azul; la segunda, Alma; Idea es la tercera; y le siguen su hermana Poema y el menor, Numen. Podría incluso decirse lúdicamente que Idea Vilariño es nombre de poeta. La cercanía con la poesía desde la infancia y la visión de anarquista transmitida por el padre signaron a la mujer en que se convirtió. La poesía y una posición de izquierda, entre otras elecciones, conformaron su vida. La enfermedad le fue cercana a Idea, por ella misma y su madre, Josefina Román, quien estaba enferma permanentemente (44). Por su parte, la poeta tenía serios problemas de asma que la obligaron a vivir sola a los 16 años, por las condiciones de la casa familiar (45) que agravaban su enfermedad. Pero sobre todo tenía un grave y dolorosísimo padecimiento en la piel, un eczema, como la misma poeta recuerda: “La piel se me necrosaba todos los días. Entonces me metían en una bañera llena de agua con no sé qué producto hasta que la piel se ablandaba. Esa piel caía y yo quedaba con una piel tan frágil que si me movía se rompía.” (Vilariño, en Gilio y Domínguez, 1993: 230). La fragilidad temprana de su piel prefigura la fragilidad extendida a lo emocional y, por ende, su extrema sensibilidad. La experiencia de la muerte de seres queridos le fue cercana; varios de sus familiares directos murieron tempranamente. En 1940 muere la madre, en 1944, el padre, y en 1945, su hermano mayor. El duelo ante la pérdida se vuelve una constante en su vida, que puede deducirse de la sola lectura de los versos y confirmarse conociendo su historia. El dolor, la soledad, la ausencia, también le son recurrentes y oscurecen muchos de sus años, aunque paradójicamente iluminan sus versos. Su sensibilidad, sumada a sus capacidades creativas y a un temperamento apasionado, origina ese yo poético tan intenso, que sostiene toda su obra. Según el crítico español Antonio Muñoz Molina, en la obra de Vilariño “no hay paisaje exterior, ni explicaciones, ni adornos, ni nombres, sólo los amantes encerrados en esa habitación que será también la de la soledad y la espera, y la de un dolor demasiado cruel como para que lo designe la blanda palabra añoranza” (Muñoz Molina, 2008). Y en efecto, la palabra añoranza resulta muy tibia y limitada para calificar la profundidad de las sensaciones, los sentimientos y el desgarramiento que nutren sus versos. Respecto a la figura de Onetti, al igual que como sucedió con la de Vilariño, sus excentricidades, los imaginarios y las anécdotas de quienes lo conocían, establecen una maravillosa mezcla, para describirlo:

incontables y divertidísimas anécdotas sobre las excentricidades, extravíos y ferocidades supuestas de Onetti en sus relaciones eróticas —sobre todo las que habían jalonado sus amores con la poeta Idea Vilariño— muchas de ellas sin duda exageradas o inventadas, pero que eran una prueba tangible de la fama de “escritor maldito” que ya se había ganado […] no podía imaginar que el autor de aquellas temerarias historias fuera el hombrecillo tímido hasta la mudez y ensimismado que temblaba como el azogue ante la idea de enfrentarse a un micrófono y que, salvo cuando hablaba de algún libro, pareciera ser el más desvalido de la creación. (Vargas Llosa, 2009: 52).

La timidez de Onetti y su nerviosismo ante auditorios o micrófonos coinciden con cierto retraimiento de Idea. Dos personalidades fuertes, grandes talentos creativos, mucha indecisión de Onetti, mucho sufrimiento de Vilariño, además de la intervención de muchos otros factores —en la vida de los dos— y otras distintas situaciones, ensombrecieron desde el inicio esa singular y abruptamente interrumpida historia de amor. La misma Vilariño alude a ese momento en que Onetti la sedujo: “estaba seduciéndome a fondo con lo mejor de sí mismo y tanto que yo me quedé convencida de que aquello era la séptima maravilla. Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré.” (Vilariño, en Gilio y Domínguez, 1993: 114). Los enamoramientos son sorpresivos e inexplicables; la magnificación del ser amado como parte del proceso del enamoramiento, y la hipersensibilidad y la complacencia ante los deseos o necesidades del otro sobre las propias, explican muchas de las conductas amatorias. Sin embargo, cuando Idea se descubre enamorada, racionalmente sabe que esa relación no funcionaría. Aunque se tenga certeza de las pocas posibilidades de una relación amorosa a futuro, no impide que alguien se entregue del todo a ese amor complicado y quizá imposible o poco duradero. Las grandes diferencias y la falta de entendimiento no detienen ni limitan dicha entrega:

Teníamos la relación más difícil y más imposible […] Es el último hombre de quien debí enamorarme porque éramos lo más imposible de ligar que había. Nunca entendió el ABC de mi vida, nunca me entendió como ser humano, como persona. Y así teníamos nuestros grandes desencuentros. Si yo hablaba de algo sumamente delicado él me salía con una barbaridad. Decía cosas que me hacían echarlo, imposibles de soportar. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos un camello. Y me fui. (Domínguez, 2009: 112-113).

La incomunicabilidad del amor, los malentendidos, las heridas a través del lenguaje, (46) el sufrimiento y la permanencia en una relación deteriorada, son más frecuentes de lo deseado. La incondicionalidad y la disponibilidad de Idea — al alto costo de dejar a quien la valoraba y amaba por pasar unas horas con Onetti, a pesar de su inestable relación y la incertidumbre generada por ésta— contrastan fuertemente con la imagen que él aparenta asumir ante el amor de ella. El enigmático escritor uruguayo, en la frialdad de las siguientes líneas, expresa que nunca creyó en el amor de Idea por él:

—¿Por qué dice Idea que nunca sabrás quién es ella? — pregunta la Gilio, acaso la periodista que más lo entrevistó. —No sé […] Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí. —No entiendo, ¿cómo que nunca estuvo enamorada? ¿Y los poemas que te escribió?

—Yo no digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo es algo muy cerebral, intelectual. — ¿Nada más? —También cama. (en Pantin, 2014).(47)

El  hecho de querer reducir la entrega amorosa, a algo “muy cerebral, intelectual” puede leerse también como una explicación a su falta de respuesta amorosa. El no aceptar la existencia del amor de Idea, después de lo compartido y lo escrito por ella, significa no querer ver la realidad, implica mentirse y por lo tanto no asumir los errores y la falta de reciprocidad, tan decisivos para que la relación entre ellos fuera dolorosa. (48) Asimismo, esa incredulidad para aceptar el amor de Idea coincide con la perspectiva de los siguientes versos del poema “Y el pan nuestro” de Onetti, en el cual el yo poético expresa inseguridad en el terreno amoroso por el desconocimiento de la pareja, y manifiesta la necesidad de conocer todo de la vida y todo sobre el otro, para disipar el misterio:

el misterio

mi terca obsesión de desvelarlo

y avanzar porfiado y sorprendido

tanteando tu pasado

(Onetti, 2013: 51)

El amante siente cierta incertidumbre o necesidad de conocimiento sobre toda la vida pasada y presente de quien ama, para caminar sobre seguro en los complicados terrenos amorosos que pueden ser sorprendentes y peligrosos, para el equilibrio emocional de quien está involucrado con alguien de quien se desconocen los niveles de respuesta y de madurez emocional. Sin embargo, el amor de Idea por Juan Carlos perdurará hasta la muerte del escritor. Muñoz Molina relata a sus lectores una triste anécdota en un homenaje póstumo a Onetti:

Onetti había muerto y yo hablaba de su literatura en una sala donde estaban mirándome, sentadas en la primera fila, la mujer que había vivido con él más de cuarenta años y la que había escrito para él esos poemas de amor descarado y clarividencia sin consuelo. En uno de ellos cuenta las noches que pasaron juntos: no más de nueve. (2008)

Los cuarenta años y las no más de nueve noches, con una y otra mujer, darían una impresión contraria a la relevancia que Idea tuvo en la vida de Onetti. La poeta tuvo muy poca presencia física en la vida del narrador, pero demasiada trascendencia. Nunca se sabrá la razón por la cual Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti, amándose tanto por un largo periodo temporal, decidieron separarse de manera abrupta y definitiva; sin embargo, a través de sus poéticas se pueden establecer temas y vínculos que los unen como escritores o leer entre líneas parte de la vida que tuvieron en común. Aunque el  lector crítico sepa el sinsentido de hacer suposiciones, la literatura da la licencia poética de vincular vida y obra cuando se tienen los datos o referentes que orienten esa interpretación. Como se verá en el siguiente apartado, la comunicación epistolar fue un recurso que prolongó la vitalidad de los afectos y de la comunicación de quienes no pudieron amarse con las maneras habituales de dos seres que se aman y permanecen juntos y comparten todo, desde la cotidianidad del día a día hasta los hechos más trascendentes que les atañen.

*Este ensayo pertenece al libro Pensamiento y sensación. Poéticas en diálogo (Tabaquería Libros 2017)

Notas:

44. En el Diario de juventud Idea alude a una madre amorosa, protectora y responsable: “Mamá era una madre. Y tal vez una madre que nos hizo tímidos. Era buena y consoladora, pero era guía, rectora, severa. Nos cuidaba con devoción y se preocupaba.” (Vilariño, 2013: 171).

45. En el diario también se explica a detalle el padecimiento de la poeta: “Idea padeció durante años una rara y rebelde afección a la piel de origen alérgico como su asma, que pudo agravarse en el contacto con la cal de la Calera familiar y sólo tuvo alivio con el descubrimiento de la cortisona. Eczemas en el rostro, heridas que supuraban en las piernas: la humillación de un cuerpo joven martirizado. No solo el dolor, sino la desfiguración que la retenía días encerrada o la obligaba a usar un velo.” (Vilariño, 2013: 28-29)

46.  El peligro que implican las palabras dichas o escritas, porque, como escribe Onetti, “las palabras son más poderosas que los hechos” (2007: 19).

47. Idea percibía la incredulidad de Onetti: “‘Nunca creíste en mi amor, — dice ella— hasta pensaste que se trataba de una premeditación para la historia de la literatura’ ‘Pero no te diste cuenta [de] que era por humildad’, contesta él” (Domínguez, 2009: 114).

48.  Respecto a la incomunicación entre los hombres y las mujeres, Carlos María Domínguez, en la biografía de Onetti, cita el punto de vista del escritor con relación a esta problemática: “¿Hasta dónde un hombre entiende a una mujer? ¿Hasta dónde una mujer entiende a un macho? Una mujer entiende a un hombre de una manera muy objetiva, lo digo muy en el sentido de la pasión, del amor. A un hombre le debería importar una mujer exclusivamente desde el punto de vista subjetivo, es decir, desde su propio punto de vista de hombre.” (Onetti, en Domínguez, 2009: 75).

 

Teresa García Díaz es investigadora del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana desde 1991. Estudió el doctorado en Literatura Mexicana en la UNAM. Realizó dos estancias posdoctorales en la Università di Bologna (1998-2000) y en El Colegio de México (2009-2011), así como una estancia de investigación en el Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín (2015). Fungió como profesora invitada de Il Corso Istituzionale en el Dipartimento di Lingue e Letterature Straniere de la Università di Bologna, (1999)Ha publicado seis prólogos y tres estudios introductorios, veintisiete capítulos de libros, veinte artículos y seis libros.

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Posted: July 3, 2017 at 9:25 pm

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