Essay
La única, la (no) única, y otra versión de la última escena de Jorge Cuesta

La única, la (no) única, y otra versión de la última escena de Jorge Cuesta

Tanya Huntington

Getting your Trinity Audio player ready...

La única

En mi columna anterior sobre este tema, exploré la renuencia de los amigos de Jorge Cuesta a mencionar el nombre de su exmujer a la hora de su temprana muerte por un triple acto de suicidio. Tal vez por haberme enterado de las circunstancias de la muerte de Cuesta gracias a su nieto, Pedro Diego Alvarado, yo en cambio sí quiero hablar de Guadalupe Marín. A pesar de las advertencias de Diego Rivera, se casaron ella y Cuesta en 1929, y tuvieron un hijo que se llamaba Antonio. Se separaron en 1932 y se disolvió el matrimonio en 1934. Fue entonces cuando Marín se puso a escribir La única, que como ya he mencionado es un roman à clef donde, aunque cambia los nombres, deja bastante en claro que ella está definiendo desde la cama matrimonial a Jorge Cuesta como un hombre con tendencias incestuosas y homosexuales. Por lo tanto ella abre, o mejor dicho ventanea, ciertos temas que permanecen callados en la propia obra de Cuesta. De hecho, según la página de la UNAM dedicada a una nueva reedición dentro de la valiosísima colección Invictas, la primera edición de La única fue confiscada poco después de su publicación en 1938 por “poner en evidencia” a más de una figura, incluyendo la del poeta.

Aquí es donde entra la cuestión moral, porque Cuesta se suicida en 1942, unos años después. Venganza literaria aparte, Lupe Marín sí le ganó, en cierto sentido, como autora, dado que él mismo nunca publicó un libro en vida: sus únicas letras impresas, sin contar el efímero alcance de los periódicos y revistas que publicaron su seminal crítica literaria, serían el prólogo de la polémica Antología de la poesía mexicana moderna de 1928, más un par de folletos políticos.

Marín publicó un libro, entonces, como una especie de encapsulamiento de la anagnórisis, del autoconocimiento que desata la inexorable tragedia. La única sería, en ese sentido, una especie de bomba de tiempo. Y sin duda, logra lo que han buscado tantos autores: abrogar temas que eran considerados, igual que el suicidio, como un tabú. Me contó Pedro Diego Alvarado que, según su abuela, Cuesta “se castra, se saca los ojos y se ahorca” en “su casa”, aunque el ahorcamiento definitivamente sucedió en el manicomio al que lo llevaron después del incidente de la tina. Cuando le menciono esto a Pedro Diego durante nuestra entrevista, me contesta que ésa es la versión que tiene de su abuela, quien le dijo, “Jorge Cuesta me quiso dejar un día. Y ¿sabes qué? Se castró, se sacó los ojos y se ahorcó”. Dice que fue como si se hubiera suicidado de tres maneras, como si una no fuera suficiente. Me parece interesante que Lupe Marín, cuya ficcionalización de ciertas verdades fue ostensiblemente, según ella misma, un factor en el fallecimiento de Cuesta, luego se haya tomado la libertad de ficcionalizar también ese triple suicidio, estableciéndolo como un efecto y su novela como la causa directa.

 

La (no) única

Pude encontrar con relativa facilidad un ejemplar de La única, novela autopublicada y rechazada en su momento por críticos de la talla de José Juan Tablada como “repugnante, indiscreto y deletéreo (…) un chiquihuite de ropa sucia por su contenido y por su forma burda y mal tramada”, gracias a la valiosísima recuperación editorial que ha realizado Libros UNAM de una serie de textos escritos por mujeres bajo el rubro de la colección Vindictas.

La protagonista de la novela se llama Marcela. Sobre las tendencias sexuales “malsanas” del segundo marido, nombrado Andrés, habla primero del incesto:

Su primera pasión, que mucho tiempo fomentó secretamente, se le despertó, siendo aún muy joven, por su hermana menor. Hasta que un día, desesperado, resolvió introducirse en su alcoba. La chica, al ver que su hermano, como loco, trataba de poseerla, gritó furiosamente pidiendo protección a sus padres. Ellos, al enterarse de lo ocurrido, decidieron enviarlo a la capital a que terminara sus estudios y le asignaron una modesta pensión.

Luego sigue la atracción homosexual a un amigo poeta que no llegó a mayores, cuando menos hasta donde ella sabe. Más tarde, ya casada, cuando Andrés le entrega dos sonetos “incomprensibles”, y le da celos porque el segundo está dedicado al íntimo amigo Lorenzo, y sospecha que el primero, dedicado a “La única”, es en realidad para la hermana menor de Andrés (si se me permite un spoiler: luego resulta que sí era para una hermana menor, pero la de ella, llamada Inés). La portada original, diseñada por Diego Rivera, hace referencia con la mujer bicéfala a esta relación de Andrés con las dos hermanas, pero con la ilustración cae el velo de la ficción: las figuras que aparecen dibujadas allí son indiscutiblemente Guadalupe Marín y su hermana menor, y la cabeza cercenada, muy a lo Juan el Bautista, es la imagen y semejanza de Jorge Cuesta.

Portada original de La única, con ilustración de Diego Rivera. México: Editorial Jalisco, 1938.

Marín también deja entrever que consideraba a Cuesta un mal escritor, un periodista mediocre. Esto se suma a su indiferencia hacia Marcela, intercalada con episodios de falta de espíritu bohemio o desagradable interés en el efecto positivo que tuvo para su trayectoria la fama de haberle bajado la esposa a un artista famoso, uno que tildaba a él y a su generación de pertenecer a un “círculo mágico” en referencia, supongo, a sus tendencias homosexuales, o la referencia a que no era buen amante. Estas son las calumnias o indiscreciones de la novela —en una época en que tan sólo la insinuación de la homosexualidad se consideraba escandalosa. Al final de la novela, esta protagonista amoral lo condena por sus inclinaciones sexuales:

(…) el tipo más falso y degenerado que conozco, y con un saldo amoroso que, comparados contigo, los Borgia resultan inocentes… Primero tu hermana… después tu amigo… luego la mujer de tu amigo… y al último la hermana de tu mujer. Y no creas que pienso que eso es todo. Noté perfectamente el interés que en un tiempo tuviste por la chamaca hija del matrimonio vecino.

Luego lo acusa de haber estado siempre enamorado más bien de su propia madre. Desde luego, la propia Marcela no sale bien parada desde la mirada moralista de esos tiempos, lo cual a mi modo de ver absuelve a Marín de llevar a cabo una especie de vendetta contra su segundo marido. La protagonista abandona a su hijo para poder irse a París en un viaje de placer, donde una supuesta amiga no la recibe por ser dos veces divorciada; acepta la invitación de un extraño a tomar un café; se enamora de un tal Cremier; recibe una propuesta de matrimonio de un amigo guatemalteco y se besuquea con él; se emborracha, fuma cigarros, roba fruta del mercado y coquetea de manera descarada con un tal Jorge en una cena caprichosamente, con tal de resarcirse por el hecho de que no le hizo caso la primera vez que se conocieron. No tiene reparos Marcela en reconocer que ella misma es una mala madre, a quien no le da “placer” querer al hijo. Es decir, se porta como toda una femme fatale.

 

Otra versión de la última escena

El biógrafo Alejandro Katz nos ofrece una imagen ligeramente distinta de la última escena de Cuesta, que tal vez se prestaría mejor para ese cuadro inexistente que retrata su muerte:

Una imagen: Jorge Cuesta colgando de la manija de la puerta en su cuarto del hospital psiquiátrico…

     …un último gesto que es susceptible de tantas lecturas como lectores suyos haya (halle). La manija de la puerta ¿abre o cierra?, ¿cancela o libera? o, acaso, ¿libera al cancelar? Cuesta quería obstruir con su cuerpo colgando el paso por esa puerta. Pero también quería abrir —con la manija— la puerta que era el encierro (…)

     Quedémonos, pues, con esa última imagen de Cuesta pendiendo en el límite entre el adentro y el afuera, en el límite entre prisión y fortaleza, entre locura y razón. En ese límite cuya inexistencia misma es su razón de ser, y al que Cuesta eligió como lugar sin lugar para su muerte. Pensemos en —desde y hacia— el margen.

Katz menciona los rumores de que tuviera Cuesta relaciones sexuales con su hermana Natalia cuando eran jóvenes. Dice que encuentra allí un antecedente transexual. “Retomando el tema, quisiera añadir que el incesto con la hermana no es igual al incesto edípico. Se diferencia de éste justamente porque significa volverse la hermana, metamorfosearse en la hermana. Ésta es la primera metamorfosis femenina de Jorge Cuesta. Pero hay, en un segundo momento, algo así como una especie de efusión homosexual.” También hace referencia al “incidente con Lafora”, en referencia a una entrevista que sostuvo con Cuesta. Aquí hay algo de la tesis de Cuesta en el sentido de que “la ingestión de enzimas podía provocar mutaciones sexuales”. En una carta de Cuesta a Lafora, encuentra Katz referencias a las hemorroides como una posible transición hacia cierto “estado intersexual” que aborda en una “Discusión” consigo mismo al final de su monografía:

Para Cuesta, éstas son el primer síntoma de esa modificación. Es decir, son la primera vagina del andrógino: ano florecido que es también vulva, recto invertido que al abrirse se ofrece. Es él, y conviene subrayarlo, quien ve sus hemorroides como vagina, es él quien se ve metamorfoseado en mujer, y quien siente ese deseo. Hay aún más: la segunda vagina de Cuesta es el orificio liberado por la emasculación, ese agujero para ser penetrado, esa liberación de lo que obstruía el paso hacia adentro, de lo que impedía la penetración.

No soy una experta, pero por lo que entiendo, a pesar de la prevalencia de amenazas de matarse por despecho entre parejas, el suicidio rara vez funge como un castigo a otra persona. Según un célebre psicoanalista a quien entrevisté sobre la conexión entre los poetas y el suicidio, muchos artistas traen una especie de cordón umbilical que los mantiene atados al mundo real mientras hacen sus indagaciones en el reino de la creación, algo así como un astronauta que permanece conectado a la nave nodriza con un tubo. A veces, me explicó, ese cordón se rompe, y el poeta se queda del otro lado. ¿En qué medida, entonces, un suicidio puede considerarse un acto de violencia contra otra persona? ¿O será el alegato otra invención más de Lupe Marín, parte de ese oscuro afán protagónico suyo de femme fatale?

La pregunta que me queda es, ¿qué tanto del roman à clef debe considerarse como autobiográfico y cómo puede tener repercusiones en la realidad? ¿Es capaz una “autoficción” de provocar un triple suicidio? Si hubiera un cuadro retratando la escena de alguno de los suicidios de Jorge Cuesta, ¿debería figurar el nombre de Guadalupe Marín allí, escrito sobre alguna hoja que sostenía el poeta en la mano? Como sea, me gusta pensar que es posible hallar un camino en medio de la notoriedad que ella buscaba, y la borradura de su efecto sobre Cuesta que procuraron sus amigos.

 

Huntington is the author of Martín Luis Guzmán: Entre el águila y la serpienteA Dozen Sonnets for Different Lovers,  and Return. Her most recent book is Solastalgia (Almadía / UAA, 2018). She is Managing Editor of Literal. Her Twitter is @Tanya Huntington

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.


Posted: April 1, 2024 at 8:32 pm

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *