Essay
Las escrituras geológicas. Cristina Rivera Garza en el Colegio Nacional
COLUMN/COLUMNA

Las escrituras geológicas. Cristina Rivera Garza en el Colegio Nacional

Adriana Pacheco

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La noticia del ingreso de la escritora y crítica mexicana Cristina Rivera Garza al Colegio Nacional, como Maestra Emérita de México, no puede pasar desapercibida. Tampoco puede obviarse que ella es la primera escritora en ser invitada a formar parte de esta institución fundada en 1943 por decreto presidencial para agrupar a los científicos, artistas y literatos más destacados del país. Tampoco puede ignorarse la trascendencia del discurso de aceptación que Rivera Garza da, ejemplo de la visión de una de las mentes más lúcidas y valientes en nuestras letras contemporáneas. Tampoco puede olvidarse que esta distinción se suma a muchas otras que ya ha recibido como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2001 y 2009), el Roger Caillois International Award Latin American Literature, France (2013), la MacArthur Foundation Fellowship (2020), el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso (2021) y el Nuevo León Alfonso Reyes (2021) a su libro, El invencible verano de Liliana, convirtiéndola en una de las escritoras hispanohablante más premiadas en las últimas décadas.

En este discurso, titulado “Escribir con el presente: archivos, fronteras, cuerpos”, regresan hoy a algunos de los pilares de su obra: la concepción material del archivo orientado hacia el presente y visto como la “acumulación material de experiencias humanas”, la escritura fronteriza como “escritura íntima” y la misión de la escritora “en tanto ser con cuerpo”. Nos recuerda también la vitalidad de su literatura, tan fundamental, tan relevante, tan en el presente, tan abisagrada entre la escritora de ficción y la meticulosa historiadora.

Ese día, en las instalaciones de ese centro de estudios en la Ciudad de México, el primer lugar que visitamos con ella es la frontera, atinada elección en tiempos de gran algidez en esa línea divisoria entre México y Estados Unidos. Para llevarnos ahí, Rivera Garza invoca un nombre vital e invaluable, una escritora a la que mucho le debemos y que tal vez poco recordamos: Gloria Anzaldúa. Pensadora y crítica fundamental del movimiento chicano y lésbico, Anzaldúa es un referente imprescindible para ver con otra mirada lo que ella llama en su famoso libro Borderlands/La frontera. La nueva mestiza, una “herida abierta”. Y dice: “La frontera entre Estados Unidos y México es una herida abierta desde el Tercer Mundo que se araña contra el primero y sangra”.

Es en esta herida que escritoras de la frontera como Elma Correa, Montserrat Rodríguez y Melissa Castillo, las tres que conocí hace poco a unos cuantos kilómetros del Puerto de San Isidro o San Ysidro —la línea fronteriza más transitada de occidente y la cuarta del mundo—piensan, como Rivera Garza, en una escritura desde el cuerpo. Ella, además, la pone como la posibilidad de “vengar” y de “traer a colación a los nuestros para que no queden relegados al olvido”, perdidos como perdieron sus tierras, sus pertenencias y su lugar en el mundo. Porque para ella, estar parados en la frontera es recordar que “Siempre hubo alguien o algo antes, aquí, la huella como resto, como seña de una presencia ahora ausente”.

Ya en su libro Autobiografía del algodón, Rivera Garza aborda esa historia personal que se da en la frontera, en ese “no-ahí” como la llama en su libro de ensayos Lo roto precede a lo entero. Para ella, ese es el lugar del origen, pero también el de la diferencia pues, como lo dice, “donde hay diferencia, hay frontera, donde hay frontera hay intimidad”. Pero la exploración de esa intimidad, de ese adentrarse en la vida de los otros solamente es posible desde la cautela y el respeto, desde el trabajo meticuloso y laborioso, desde el cuestionamiento mismo del acto de la escritura, desde la incertidumbre y las preguntas, como me lo ha dicho la escritora argentina María Teresa Andruetto. Y Rivera Garza se lo pregunta así “¿Pero realmente fue así?, estoy haciendo honor a la verdad u honor a la ficción o deshonro a ambas, cuando produzco una escena de la que no fui parte y que reconstruyo a cuentagotas, laboriosamente, muy cerca del trabajo meticuloso de investigadores y archivistas, gracias a la existencia de documentos añejos, tan cerca también de la imaginación”.

Es este peso de hacer “honor a la verdad” el que cae sobre los hombros del escritor que decide rescatar la historia, reescribirla, ficcionalizarla e incluso permitirse licencias para que la memoria vaya a otros lugares. Rivera Garza imagina, por ejemplo, que Anzaldúa pudo haber sido amiga de su madre o que Revueltas hubiera podido haber coincidido con sus abuelos en algún punto de la frontera. La imaginación del escritor da rienda suelta no solo a la ficción, sino que es “el rasgo intrínseco a toda práctica de escritura”, es más de “toda práctica de lectura”.

Nosotros, lectores de la obra de Rivera Garza, sabemos que su imaginación creativa va del pasado al presente pero siempre con la mirada en el futuro, en la posibilidad de una escritura desapropiada, como ella misma lo ha dicho en Los muertos indóciles. Así lo hace en otro de sus libros, El invencible verano de Iliana, una de las obras que más marcarán la escritura del testimonio y la denuncia de los tiempos contemporáneos. En él, la recolección de los hechos pasados sirve para dar vida a quien se le arrebató injustamente, su hermana, y la denuncia de su asesino es sin eufemismos ni rodeos, porque para ella es en las palabras donde “caben los cuerpos de los hombres y las mujeres”. Son ellas, las que abren la posibilidad de ayudar a los otros, de ver hacia el futuro, de materializar y dar forma al sentir de que “la víctima puede transformarse en un ancestro de su descendiente que es en el tiempo, el perpetrador, la muerte violenta y el duelo colectivo, también trastocan otras líneas de ancestralidad”.

Y en esta consigna de atravesar el tiempo, de reconocer una ancestralidad, una genealogía, hace en este discurso de ingreso al Colegio Nacional, lo que tantas veces la hemos visto hacer: rendir tributo a otras escritoras de donde abreva y quienes la acompañan. Ellas son sus compañeras de lo que llama “escrituras geológicas”, porque identifican, examinan y cuestionan lo que da “la apariencia de ser el orden natural de las cosas”. Invoca entonces otros nombres como el de Rosario Castellanos, Elena Garro, Inés Arredondo, Amparo Dávila, Elena Poniatowska y más cercana a nosotras, dice, el de Margo Glantz. Menciona también a otras escritoras de su generación como Rosa Beltrán, Ana García Bergua y Ana Clavel, “todas ellas compañeras de múltiples aventuras literarias y extraliterarias”.

Y es que algo transformativo sucede siempre que escuchamos o leemos a Rivera Garza. ¿Será que la historiadora disciplinada y la talentosa escritora se unen para mostrarnos lo que es o debe ser el “pensamiento crítico transnacional”, como ella lo describe en su última contribución en Words Without Borders? ¿Será que nos aporta una visión refrescante sobre la materialidad del lenguaje, sobre “el componente siempre explosivo de la imaginación”? o ¿Será que sus palabras nos congregan tanto a lectores como escritores en una comunidad colindante, porosa, llena de agujeros por donde atisbamos las escrituras geológicas?

 

 

Adriana Pacheco, PhD. es investigadora y es escritora. Fundadora del Proyecto Escritoras Mexicanas Contemporáneas y  la fundadora y conductora de la página web y podcast Hablemos, Escritoras. Es autora de los libros Romper con la palabra, violencia y género en la obra de escritoras mexicanas contemporáneas  y Rompiendo de otras maneras, cineastas, periodistas, dramaturgas y performes. Es miembro del International Board of Advisors en la Universidad de Texas, Austin.  Su Twiter es @adrianaXIX_XXI

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Posted: August 20, 2023 at 9:49 am

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