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El capitalismo se suicida, colgado del Covid
COLUMN/COLUMNA

El capitalismo se suicida, colgado del Covid

Alejandro Gonzalez Ormerod

“El capitalismo crea sus propios sepultureros”.

Esta es la frase más menospreciada de Karl Marx. Normalmente, cuando la gente piensa la revolución marxista se imaginan a los pobres organizándose en contra los ricos. No será así.

En un siglo XXI, en el que la izquierda socialista falla electoralmente (véanse Corbyn o Sanders) o resulta no ser de izquierda (véase Andrés Manuel López Obrador), aquellos que parecen estar completamente dedicados a que ocurra el colapso del sistema capitalista son los propios capitalistas.

Durante décadas se han esmerado en apilar los barriles de pólvora debajo de la estructura que sostiene nuestra sociedad. Solo les faltaba la chispa. Esa chispa, hoy, ya está aquí.

El rompimiento

Marx era un viejo gruñón en vida, por lo que siempre me resultó intrigante la manera en que trataba con bastante empatía a “la clase burguesa”. Esos clasemedieros que soñaban con llegar a la abundancia y que, por lo tanto, defendían como fieras a un sistema que los tenía atrapados.

Tú los has de conocer bien en Twitter. Esas personas de vida precaria, que a fuerza de hipotecas y créditos han logrado conseguir una terrenito o un coche que no son suyos. Aquellos que dedican sus ratos de asueto defendiendo las acciones de Alsea esta semana.

Es en esas mismas ilusiones de prosperidad que los críticos del capitalismo ven una tragedia. Thomas Picketty ha comprobado empíricamente que el capitalismo concentra cada vez más la riqueza en las más altas esferas económicas de nuestra sociedad.

La inmensa mayoría no prospera.

A muchos les va peor. Individuos que se topan con una crisis personal: un familiar que se enferma. Una enfermedad propia que deja facturas mensuales por decenas de miles de pesos. Un empleo perdido por los recortes de una empresa.

Ahora bien, esto claramente no ha ocurrido lo suficiente para formar las infames huestes proletarias que predecía Marx.

“Exacto”, dirían muchos, “se trata de casos aislados”. Y, en efecto, quienes defienden ferozmente al capitalismo apuntarían más bien hacia los grandes avances en el desarrollo económico de millones a nivel global en los últimos años.

Y, sin embargo, hoy todos estos avances y más están en riesgo de perderse. En escasos días, Covid-19 ha colapsado a la bolsa y desquiciado el sistema económico en el que vivimos.

Los socialistas dirían que el sistema capitalista ya estaba desquiciado. La crisis simplemente reveló sus contradicciones inherentes.

Inevitabilidad del colapso

Irónicamente, Bill Gates, uno de los hombres más ricos del siglo, fue una de las voces que nos advirtió que era una pandemia inevitable.

De manera completamente opuesta, tras la caída del brutal sistema soviético, el capitalismo se autodeclaró invencible y decidió que no valía la pena resolver ni uno de sus problemas internos. El mercado se regularía solo.

Poco después ocurrió la crisis financiera del 2007 seguida por la gran recesión del 2009. Ambas se engendraron en el corazón mismo del sistema capitalista: los bancos. Tras el pánico inicial, las corporaciones convencieron a los gobiernos que eran demasiado importantes como para que las dejaran colapsar. Los gobiernos del mundo accedieron. Fue así como el costo de la crisis de los capitalistas se pasó a la ciudadanía.

Wall Street y las ganancias corporativas se recuperaron rápidamente. Los sueldos y la calidad de vida la ciudadanía no tanto.

Una década y cero lecciones aprendidas después, aquí estamos. Con la élite capitalista al frente de los gobiernos del mundo, habiendo convencido a una ciudadanía traumada que el problema no era el capitalismo sino los extranjeros, los burócratas, los “otros”…

Pero la realidad siempre acaba por imponerse.

Hoy nos encontramos con que un virus de mediana mortandad y mediana virulencia se topa con nuestro sistema socioeconómico. De repente, nos damos cuenta de lo frágil que es, así como de lo tenue que es nuestra condición de clase media. Ni nos imaginemos el escenario apocalíptico con el que nos enfrentaríamos ante una peste bubónica.

¿Y qué hacen los capitalistas? Tratan de salvarse jalando de la soga que tienen atada al cuello.

Artistas multimillonarios cantan “Imagine” desde sus mansiones, instando a la gente que sea responsable y no salga. Claro que tienen razón; hay que quedarse en casa para evitar el contagio masivo. Pero la solidaridad se acaba ahí.

Solo hay que ver la rapidez con la que los gobiernos del mundo regala dinero ilimitado a las empresas, no para pagarles a sus empleados responsablemente hacinados en sus hogares, sino para salvar la valoración de sus empresas comprando sus propias acciones.

La paradoja es que hemos regresado al “Too Big to Fail”. Las empresas insisten que deben sacrificar a algunos de sus trabajadores para salvar al resto. Ellos son imprescindibles, dicen, obviando que la enorme mayoría de los que trabajan y mantienen a nuestras sociedades son autoempleados, a menudo informales.

Ahora bien, puede que tengan razón los corporativos y su supervivencia nos esté evitando un cataclismo a corto plazo, pero lo hacen hipotecando el futuro.

¿Nos vamos a hundir con el barco?

Mi larga ausencia de esta columna se debió a que recientemente me volví el editor de un sitio que cubre tecnología, emprendimiento y capital de riesgo.

Desde esta perspectiva puedo asegurar algo:

Si los gobiernos del mundo (con poca o nula ayuda del sector privado) logran verterle suficiente dinero como para apaciguar las llamas de esta crisis económica, el respiro no será más que momentáneo.

En estos instantes, mientras tú hablas de solidaridad y responsabilidad social desde tu teletrabajo, las empresas desesperadamente buscan mitigar la próxima crisis. Lo harán por medio de una automatización sin precedentes con la que buscarán prescindir de la mayor cantidad posible de empleados.

Antes de que aquello ocurra desde ahora podemos esperar un enorme repique del desempleo. Muchos de ellos le pedirán ayuda directa al Estado y, ¡oh sorpresa!, descubriremos que las arcas estarán vacías de tanto salvar empresas.

Alguno que otro loco sugerirá que ideas antes descabelladas, como el salario básico universal o un sistema de salud gratuito, son las únicas herramientas que nos quedan frente al colapso de nuestro sistema económico. El problema es que cuestan; se tendría que elevar los impuestos.

Aquí es cuando pondrán el grito en el cielo aquellos en las altas esferas económicas. Dirán que los están desfalcando. Dirán que no es que no simpaticen con la causa de los desempleados, sino que los impuestos altos desincentivarían la inversión. “Ni modo”, dirán, “es la lógica del mercado”. Y tendrán toda la razón, es la lógica suicida del capitalismo.

Todo lo anterior no es una suerte de fan fiction delirante. Es lo que le sucedió a varios países tras las crisis financiera global más reciente. Aquella vez afectó fuertemente a algunos. Esta vez nos tocará a todos por parejo y con creces.

No les va gustar la solución…

El capitalismo por su propia inercia y arrogancia tenderá a crisis cada vez peores. Esta crisis será, por varios grados de magnitud, peor que la de finales de los 2000. Va para largo y va para todos. 

Varios de ustedes habrán llegado hasta aquí esperando que ahora invoque a las masas a alzarse en armas.

Temo decepcionarlos. Aunque sí diré que es necesaria una revolución: una revolución pacífica que seriamente busque cambiar los cimientos de nuestro sistema económico global.

No hace falta ser un marxista revolucionario para ver que el capitalismo está roto. Hace falta, tal vez, un poco más de valor para decir que unas cuantas reformitas que no alteren mucho a la clase empresarial no serán suficientes.

He ahí la paradoja de nuestros tiempos: Nos va a doler mucho hacer una transición del sistema económico actual a uno sustentable.

Lo que queda claro es que el capitalismo como existe ahora es inviable, por lo que nos quedan dos opciones: ignorar las quejas de los capitalistas suicidas y revolucionar esta estructura deficiente desde ahora, o esperar a que un día caiga sobre nosotros en un baño de sangre.

O por decirlo de otra manera: “Aquellos que hacen que la revolución pacífica sea imposible, hacen que la revolución violenta sea inevitable”.

Si insistimos en seguir por la misma senda ante la crisis actual presiento que solo nos depara la segunda opción.

 

Alejandro González Ormerod. Historiador y escritor anglomexicano, colabora en Letras Libres Nexos. Es coautor de Octavio Paz y el Reino Unido (FCE, 2015). Actualmente es editor de El Equilibrista, columnista deLiteral Magazine y titular del podcast Carro completo, dedicado a la historia y la actualidad política. Twitter: @alexgonzor. 

 

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Posted: March 22, 2020 at 6:38 pm

There are 4 comments for this article
  1. Alejandro Barocio at 10:21 pm

    Creo hace falta explorar en su artículo el centro del problema de este capitalismo actual, que radica en el sistema creado por una élite sabelotodo y sumamente poderosa, dueña total de los medios de producción, el sistema bancario y los medios masivos de comunicación.
    Los protagonistas de esta debacle llevan apellidos como Rockefeller, Johnson, Coch, Katzemberg, entro otros, todos miembros del secreto grupo de Bilderberg …
    Los “Bancos Centrales”, su brillante idea para mantener controlada la riqueza mundial, hundidos en deuda a los países “en desarrollo”, y al margen a sectores enteros de la población mundial es el verdadero meollo del asunto.
    Quien amenaza con desmantelarlos, acaba tres meteos bajo tierra, como JFK, Colosio, Gahndi, o le avientan encima el aparato completo de los medios de comunicación que controlan, los políticos que compran y las masas gobernadas, como en el caso Trump, que pasó instantáneamente de ser inmensamente popular y aplaudido en los medios y la sociedad, a convertirse en “enemy number one” en el momento que dijo “America First” y se le fue encima al “deep State” como nunca antes nadie había podido o se había atrevido.
    En fin. Esta crisis solo deja ver que esa élite, creo cometió un error de cálculo al pensar que esto del CoronaVirus, que les cayo del cielo como oportunidad (¿o no?, nunca sabremos eso) detendría la reelección de Trump, pues se dieron un balazo en el pie, al tumbar la economía al suelo.
    Se “echaron un volado”, desesperados por detener a Trump, y convirtieron una epidemia como otras anteriores y no tan mortales o a las que les hayan dado tanta importancia (Ebola, MErs, H1N1) y apostaron todo con tal de evitar que Trump destruya al “deep state” y comenzará la persecución de aquellos que lo tuvieron prensado a investigaciones por tres años sin éxito …
    Ese, es el meollo … The balance of power …

  2. JOSE LUIS BRAVO ORTIZ at 11:25 am

    Supongo que leíste “El Capital”………….
    Tienes razón, sin embargo ante el fracaso económico del Socialismo o del Comunismo puros, no se ve un sistema de gobierno que permita una situación más justa. Habría que voltear a ver a países avanzados con los países Nórdicos o a Candá, con un sistema Capitalista – Socialista, buenos y baratos sistemas de Educación (Al menos hasta la preparatoria), y buenos y baratos servicios de Salud.

  3. Esteban at 7:18 pm

    La letanía de siempre, que ya todos sabemos.

    Sí sí, el capitalismo está muy mal, vender por vender, explotar todo para venderlo antes que los demás, el American Dream de la posguerra, su incapacidad de predicción (crisis de los subprimes pasada), su fragilidad ante cualquier mínima amenaza (crisis actual), el destrozo completo del planeta (crisis climática), demuestran hasta el cansancio que no sirve y que esto tiene que cambiar sí o sí.

    La (infructuosa hasta ahora) búsqueda de energías sustentables, pero más importante, el control natal, son lo único que salvará al mundo, y no veo a muchos países ejerciéndola, porque, obvio, el capital manda y va en contra de sus intereses.

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