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El lado B de la cultura en México

El lado B de la cultura en México

Ana V. Clavel

La vida de los culturosos, llámense intelectuales, artistas, creadores, suele antojársenos como libre de polvo y lodo. Quizá porque al paso del tiempo lo que quedan son las obras y esas producciones son parte del patrimonio colectivo, suele añadirse un halo luminoso ante la figura de los poetas, músicos, pintores, etc. Una imagen marcada muchas veces por sacrificios y renuncias para consolidar una trayectoria, lo que nos lleva a considerar a sus hacedores como mártires o santos, o poco menos. Pero nada más lejos de la realidad. El mundo de los creadores suele estar aderezado con las filias y fobias terrenales que avasallan al género humano, pero precisamente por la sensibilidad extrema que los caracteriza para develar parcelas o universos de imaginación, esas pasiones suelen ser también exacerbadas. Para bajarlos de su sitial o nicho y revelarlos endemoniadamente humanos, la poeta y editora Julia Santibáñez ha investigado y construido un volumen sólido, irreverente y divertido: El lado B de la cultura. Codazos, descaro y adulterios en el México del siglo XX (Reservoir Books, 2021).

Por sus páginas deambulan personajes tan afamados como Octavio Paz, Tongolele, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Luis Buñuel, Marilyn Monroe, García Márquez, Tin Tan, Monsiváis, Bolaño, Agustín Lara, Silvia Pinal, María Félix, Burroughs, por citar algunos de los que aparecen caricaturizados como una gran familia Burrón en la espléndida portada concebida por Bef. ¿Sabía usted que nuestro premio Nobel de literatura compuso canciones para sobrevivir en su juventud? ¿Que Marilyn Monroe visitó México y reveló para la posteridad un secreto desde su parte más íntima y así se supo que no era rubia natural? ¿Que una misma pasión —la etílica— dominaba a creadores tan disímbolos como Poe, Dylan Thomas, Chavela Vargas, Rulfo y la mismísima Frida que solía decir: “Quise ahogar mis penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar”? ¿O que en las fiestas que Carlos Fuentes organizaba en los años cincuenta “corría el semen por las escaleras”, al decir de Fernando Benítez?

Que si el vedetismo se le dio tanto a la “Undécima Musa” Pita Amor como a Tongolele y Dolores del Río, que si los triángulos amorosos entre los escritores pueden tener cuatro o más esquinas como en el caso de las parejas Elena Garro-Paz/Bioy Casares-Silvina Ocampo, que si ciertos apodos son más legítimos que el nombre verdadero como el “Abogánster” Bernabé Jurado, o Mario Moreno “Cantinflas”, a propósito de quien, nos revela Santibáñez, el Diccionario de la Real Academia consigna: “Cantinflear. Hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”.
Así pasamos revista, por ejemplo, al clan de los Revueltas con su póker de ases: Fermín, pintor; Silvestre, compositor; José, escritor; y Rosaura, bailarina y actriz, quien personificó a una severa madre superiora en Muchachas de uniforme (1951), cinta que registró en el cine nacional el primer amor lésbico de la pantalla, con Marga López en el papel estelar. De los “oficios alimenticios”, esos que dan a los creadores para comer, la publicidad fue un bastión desde el cual dieron pelea lo mismo Xavier Villaurrutia, creador del “Mejor mejora Mejoral”, que Salvador Novo con el anuncio: “Siga los tres movimientos de Fab: remoje, exprima y tienda”. O que las casas de meretrices más notorias eran visitadas no sólo por poderosos y políticos, sino también por intelectuales de todos los tamaños y tendencias. Entre esas casas de placer estaba la muy afamada de la Bandida en los años cincuenta, frecuentada por Juan Soriano, Carlos Fuentes, José Alvarado y Octavio Paz que, de paso, les recitaba poemas de Baudelaire y Hölderlin a las muchachas del coro.

Otros sitios de reunión, pero estos sí muy honorables, fueron los cafés que desde principios de siglo XX congregaron a la tertulia intelectual. Como el café París, de la calle de Gante, visitado por el grupo de Los Contemporáneos, o el Carmel, de la calle de Génova, propiedad de Jacobo Glantz –sí, padre de la querida Margo–, cuando Vicente Leñero bautizó a la recién inaugurada “Zona Rosa: muy fresa para ser roja y muy atrevida para ser blanca”. Ahí se reunían Mathias Goeritz, Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, Julieta Campos, Brian Nissen, Pedro y Rafael Coronel, José Luis Cuevas, Pita Amor, Juan José Gurrola y un larguísimo etcétera de cafeinómanos y otras vertientes.

Información sabrosa es la que se consigna en capítulos como “Pinche, suprema palabra nacional”, “Epitafios que juegan y se ríen”, “Libros y películas censuraditos”, “Automuertos, alias suicidas”, “Los gatos y sus mascotas”, “Extranjeros que rolaron en México”, “Genialidad y malalechismo”, o sobre cómo Cuarón no puso de moda a la porfiriana colonia Roma. Libro sin desperdicio y profusamente investigado, El lado B de la cultura asume también el reto de hacerle lugar y justicia poética e histórica a las creadoras y artistas que destacaron en el panorama del pasado siglo.

Mujeres que buscaron hacerse un cuarto propio, aunque no siempre se salieron con la suya, pues como señalaba la pintora María Izquierdo, a quien Rufino Tamayo le debe mucho: “Es un delito nacer mujer y encima tener talento”. De sus orígenes, batallas, amores, poses, rumores, empiernamientos, se documentan anécdotas de María Asúnsolo, Inés Arredondo, Esperanza Iris, María Félix, Nahui Olin con “ojos color verde turbulencia”, Fanny Kauffman alias “Vitola”, Tina Modotti, Rosario Castellanos, Josefina Vicens, Silvia Pinal, Elena Poniatowska, entre otras. Caso particular es el de la actriz de la primera versión cinematográfica de Santa: Elena Sánchez Valenzuela, quien además de encarnar a la prostituta redimida de la novela de Federico Gamboa, escribió crónicas de cine para El Universal Gráfico, reporteó desde París, dirigió un documental, fue inspectora cinematográfica de la presidencia, así como fundadora y titular de la Filmoteca Nacional de la SEP. Nunca se matrimonió porque, en sus palabras, ganaba lo suficiente para no tener que casarse, nos revela Julia Santibáñez.

Un compendio sabroso, con 50 capítulos y un sinfín de revelaciones de todos los tonos y colores. Una obra que reúne el dato curioso, el rigor de fuentes consultadas, y una estupenda pluma irónica y muchas veces carcajeante para perfilar una nueva picaresca nacional. Muy en el estilo carnavalesco de la Tragicomedia mexicana de José Agustín, o las crónicas jocosas e incisivas de Novo y Monsiváis, Julia Santibáñez nos obsequia con El lado B de la cultura ese otro libro vivencial de nuestros creadores, artistas e intelectuales, que ellos mismos escribieron con sangre, bilis, saliva, sudor y otras secreciones.

 

Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007).  Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99

 

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Posted: October 27, 2021 at 9:51 pm

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