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Etiopía, todo eso y más
COLUMN/COLUMNA

Etiopía, todo eso y más

Ricardo López Si

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Existen motivos de sobra para barnizar de épica un viaje a Etiopía: las fuentes del Nilo Azul, el origen de la humanidad, la gran falla del Rift, los vestigios de la antigua Aksum, su resistencia al colonialismo, el mito sobre el Arca de la Alianza, las iglesias excavadas en roca, su condición de faro del cristianismo, las culturas ancestrales del valle bajo del Omo, las postales conradianas del lago Chamo o la fauna endémica de las Tierras Altas. Esto, por desgracia, no ha sido estímulo suficiente para eludir las narrativas bañadas de exotismo y condescendencia en torno a uno de los países más singulares del mapa.

Ante el fracaso que supuso la promesa de unidad que simbolizó la llegada al poder del actual primer ministro Abiy Ahmed —quien recibió el premio Nobel de la paz luego de haber firmado un cese al fuego con Eritrea, después de dos décadas de guerra—, Etiopía sigue protagonizando titulares únicamente a partir de la agitación perenne que caracteriza a sus vecinos (Eritrea y Yibuti al norte, Sudán y Sudán del sur al oeste, Somalia al este y Kenia al sur), las crisis humanitarias derivadas de sequías y hambrunas, la demanda de adopciones irregulares, la herida profunda que ha supuesto el conflicto en el Tigray y la reciente declaración de un estado de emergencia ante la sublevación de la milicia Fano en la región de Amhara, en el norte del país.

Sin embargo, lo anterior puede servir, también, como cordón para entender algo que las notas rojas, los videos sin contexto y la geopolítica de sofá se empeña en negarnos: el hecho de que Etiopía sea uno de los país más heterogéneos y complejos de toda África, que ya es decir. En ese sentido, la figura más paradigmática es el ya aludido Abiy Ahmed, un reformista nacido en Beshasha, la actual Región de Oromía, como el sucesor de una pareja interracial. Ahmed simbolizaba la posibilidad de integrar a los oromo y amhara, los dos grupos predominantes que habían pasado a ser subyugados por la muy minoritaria etnia tigrina —de tradición rebelde y con un papel protagónico en la lucha frente a la ocupación italiana, el desarrollo del conflicto con Eritrea y la rebelión frente a la última dictadura comunista— y de proporcionarle un altavoz mediático a La Región de las Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur, donde coexisten cerca de 50 tribus originarias. Su esposa y madre de sus tres hijas provenía de la mítica ciudad de Gondar, la antigua capital imperial, situada en la región de Amhara, al norte del lago Tana, no muy lejos de las cataratas del Nilo Azul. Esto lo convirtió de facto en la mejor persona posible para repartir el poder de manera más horizontal y consolidar, poco a poco, una sola idea de nación, dejando de lado la ficción del etnofederalismo que había primado hasta entonces. Ahora bien, los planes de Ahmed, con el Nobel en las espaldas, se vinieron abajo muy pronto con el estallido de la guerra en el Tigray, el asesinato de un cantante de protesta oromo y las exigencias de autonomía del pueblo sidamo, la etnia más numerosa de la Etiopía meridional. Polvorín, a fin de cuentas.

La teoría del viaje iniciático

Todo este contexto da cuenta de lo inabarcable que es Etiopía en términos étnicos, culturales, históricos y geográficos. Solo así es posible entender que un grupo de viajeros y periodistas en formación, en nombre de la expedición Tahina-Can y bajo la guía de veteranos y referencias del oficio como los escritores viajeros Santiago Tejedor y David Jiménez, así como del divulgador David Rull y el especialista en África oriental Toni Espadas, hayamos podido aterrizar en Adís Abeba, la capital del macizo etíope, con el estado de emergencia en curso.

En el primer tramo de la exploración por Adís no solo merodeamos en el legendario hotel Taitu, otrora templo de las corresponsalías —según sabemos por el novelista y periodista británico Evelyn Waugh—, sino que nos estremecimos ante la erudición y la entusiasmo de Rull, el Pedro Páez del nuevo mundo, durante nuestra visita al Museo Nacional de Etiopía. Allí, a golpe de fiebre, kilómetros recorridos y bibliografía, Rull nos reconcilió con nuestro pasado más remoto: los restos de Lucy, la australopithecus afarensis que vivió hace 3.2 millones de años y que fue hallada por un paleontólogo estadounidense en el triángulo de Afar, un cruce en el que las cordilleras que forman el mar Rojo y el golfo de Adén emergen en tierra y se encuentran con el Gran Valle del Rift. El recorrido fue coronado por una catarata de historias en torno a Haile Selassie (Ras Tafari Makonnen), el mesías redentor según los rastafari y el último emperador etíope —dramatizado a partir de una serie de relatos orales recogidos por Ryszard Kapuscinski en El emperador—, y la reina de Saba, quien, según la tradición copta, llegó hasta Jerusalén para encontrarse con el rey Salomón. Fruto de ese encuentro nació Menelik, el primer emperador etíope y responsable absoluto de sustraer el Arca de la Alianza de Tierra Santa para llevarla hasta Aksum, la capital de su reino.

Ante la imposibilidad de recorrer un norte en perpetua turbulencia, emprendimos el camino hacia el sur, bordeando las orillas del río Omo. Como antesala al avistamiento de la Etiopía pastoril y ancestral, nos internamos en territorio de la etnia gurage para hacer una parada obligada en el yacimiento de Tiya, una necrópolis compuesta por estelas talladas con espadas, palmeras y algunas figuras indescifrables que representa la máxima expresión megalítica de toda la región. El peculiar proceso de entierro de los muertos propone una analogía respecto a la plantación de cereal y sorgo, bajo el esquema de un ciclo natural.

Ya instalados en el valle del Omo, lugar de peregrinación para los paleontólogos y arqueólogos, experimentamos encuentros míticos con los dorze y sus inconfundibles chozas de caña de bambú, los hamer y sus rituales de iniciación, los konso y sus ofrendas guerreras y los dassanech, guardianes de la frontera con Kenia y de la confluencia del delta del Omo con el lago Turkana. Puestos a reflexionar sobre lo ocurrido, conscientes de que la invisibilidad no era asequible para un grupo tan numeroso, debatimos sobre si el periodista tiene licencia moral e intelectual para interpretar los códigos culturales de varias de las tribus más ancestrales de la África subsahariana. ¿Hasta dónde sí y hasta dónde no es legítimo meter una cámara o una grabadora? ¿Es posible sacudirse cualquier vestigio de etnocentrismo?¿Cómo se elude situarse en los polos del progresismo de revista y el exotismo colonial? ¿Hasta qué punto son transferibles las historias de esas tribus? ¿Se puede y debe ser un testigo silente de sus ceremonias? ¿Cómo se absorbe su cultura? ¿Tenemos algo que aportar en un hipotético intercambio cultural? ¿Documentar su cotidianidad los pone en peligro? ¿Visibilizarlos es tenderles una trampa? ¿Hay que protegerlos del turismo de masas? ¿Hablar de protegerlos es un acto paternalista? ¿Explorar su territorio bajo las reglas del turismo es promover, consciente e inconscientemente, los safaris humanos? ¿Hay argumentos sólidos para hablar del progreso de una civilización y el atraso de otra? ¿Se puede erradicar la condescendencia o solo se disimula? ¿Es soportable, como proponía el cronista mexicano Diego Olavarría en El paralelo etíope, reparar en las desigualdades y paradojas de los sistemas globales contemporáneos?

Por suerte el periodismo se parece mucho más a hacer preguntas que a tener certezas absolutas. En un viaje como este, al corazón de la África Oriental, no se doma el desconcierto, se abraza.

 

Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi

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Posted: September 27, 2023 at 7:47 pm

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