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Hacia una autocracia sin adjetivos
COLUMN/COLUMNA

Hacia una autocracia sin adjetivos

José Antonio Aguilar Rivera

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Si […] los partidos no pueden perder elecciones, no son democracias.  México está en el camino hacia una autocracia sin adjetivos.

Que el presidente López Obrador citara a Alexis de Tocqueville en su último informe de gobierno, en el cual pronunció el epitafio de la democracia mexicana, tiene mucho de realismo mágico. En su discurso afirmó: “(…) que lo internalicen nuestros amigos y vecinos de Estados Unidos (…) Y que no olviden que la democracia en América, en Estados Unidos, comenzó eligiendo a los jueces (…) Si quieren bibliografía, que busquen La democracia en América, de Tocqueville”. Si durante seis años el presidente se ha arrogado el mote de liberal, no es extraño que lea mal a Alexis de Tocqueville.

El aristócrata francés que visitó los Estados Unidos en 1830 —y que era abogado— tenía un gran  interés en el funcionamiento del poder judicial en ese país. Los estadunidenses construyeron ese poder como un contrapeso y una barrera al poder legislativo. Lo convirtieron en un poder político “de primer orden”.  Sin embargo, Tocqueville advirtió sobre el peligro de poner a los jueces al servicio de un ejecutivo despótico:  “no hay un agente de la tiranía más poderoso en el mundo que el cuerpo de magistrados cuando une su acción a la de un déspota porque entonces los jueces le entregarían [al déspota] la única fuerza que él no puede crear:  la fuerza de la ley”. Como podemos ver en la actualidad hay múltiples formas de uncir la judicatura al déspota.

Los jueces que llamaron la atención de Tocqueville fueron los jueces federales que nunca han sido electos en ese país. Para él los asuntos de la federación se llevaban de mucho mejor manera que los locales. El juez en los Estados Unidos estaba aislado entre la multitud: “ante las pasiones que giran a su alrededor, el ímpetu de la opinión pública, sólo puede oponer su palabra: manda mientras los otros quieran obedecer”. La constitución federal separó cuidadosamente al poder judicial de los demás. Hizo a los jueces independientes al fijar sus salarios y hacer sus nombramientos irrevocables. La reforma al poder judicial en México hace exactamente lo contrario: los vuelve dependientes del humor popular y de quienes en turno son favorecidos por él. Ese designio puede observarse, no sólo en la elección misma de magistrados, sino en la posibilidad de reelección que busca mantenerlos en subordinación permanente. En efecto, Tocqueville señaló que aunque los jueces federales fueran elegidos por la gente, su inamovibilidad les daría instintos completamente diferentes a los del pueblo.

No pasó desapercibido para Tocqueville que en los Estados Unidos  a menudo los jueces locales eran elegidos: “ciertas constituciones hacen a los miembros de las cortes electivos y los someten a reelección frecuente. Me atrevo a predecir que tarde o temprano esas innovaciones tendrán resultados dañinos y que un día se verá que al disminuir la independencias de los jueces se ha atacado no solamente al poder judicial sino a la república democrática misma”. Exactamente.

Esa predicción se cumplió cabalmente como prueban Michael S. Kang y Joanna Shepherd en el  reciente libro Free to Judge. The Power of Campaign Money in Judicial Elections (2023).[1] Los autores ofrecen evidencia de cómo el dinero en el sistema de elecciones de jueces  locales en Estados Unidos distorsiona los fallos judiciales. Los ricos y poderosos gastan dinero para elegir y reelegir a jueces que fallen como ellos quieren. Esto tendría importancia si el objetivo de la reforma constitucional fuera mejorar la impartición de justicia en México: no lo es.  Se trata de una medida estrictamente política para desmontar el sistema de separación de poderes, eliminar los contrapesos propios de ese sistema y regresar al país a un régimen autocrático. Haríamos bien en llamar a las cosas por su nombre.

En los años ochenta del siglo pasado el movimiento democratizador en México comprendió la importancia de las palabras. El término “democracia” había sido apropiado por el régimen autoritario posrevolucionario. Lo mismo había ocurrido en el caso de las “democracias” populares del Bloque oriental durante la Guerra fría. La mexicana era una democracia con múltiples adjetivos, “constitucional”, “social”, sui generis, no similar a las democracias de urna y voto de los países desarrollados. Lo  que no era esa democracia era electoral. El cambio semántico fue previo a la lucha por los sufragios. Esa fue la tesis de Enrique Krauze en su ensayo de la revista Vuelta “Por una democracia sin adjetivos” de 1984.  Democracia era un sistema político en el cual gobernaba quien ganaba elecciones libres y justas. De la misma manera, los múltiples adjetivos de la autocracia que en la actualidad provee la ciencia política a menudo no esclarecen el análisis de la realidad política. “Autoritarismo competitivo”, “autoritarismo electoral”, etc., distraen del rasgo central de esos regímenes: su carácter no democrático. Si en esos países los partidos no pueden perder elecciones, no son democracias.  México está en el camino hacia una autocracia sin adjetivos.

NOTA

[1] https://www.sup.org/books/title/?id=33641&bottom_ref=subject

 

José Antonio Aguilar Rivera (Ph.D. Ciencia Política, Universidad de Chicago) es profesor de Ciencia Política en la División de Estudios Políticos del CIDE. Es autor, entre otros libros, de El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos (Taurus, 2004) y La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 (FCE, 2010). Publica regularmente sus columnas Panóptico, en Nexos, y Amicus Curiae en Literal Magazine. Twitter: @jaaguila1

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Posted: September 4, 2024 at 5:37 pm

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