Essay
LOS DUELOS

LOS DUELOS

Mariana Luiselli

Durante una época, parte importante de mi trabajo fue escribir obituarios, pésames. De esta manera fue que pude constatar la leyenda de que las muertes llegan de tres.

El duelo. Nunca pensé en él. No hubiera pensado en él de no ser porque tantos bienintencionados me advirtieron sobre su inminente llegada.

Hablan de duelo, pero sin ser demasiado precisos. Hablan de tristeza infranqueable y de culpa infinita. De soledad. A veces de dolor físico; otras, de postración. Y de que es siempre, siempre, ineludible. No sólo no lo puedes evitar, sino que parece que entre más profundo y largo, mejor.

Dicen que debes ser presa de tus sentimientos y dejar que la tristeza, la rabia, la incertidumbre, la angustia, la soledad, fluyan. Que el duelo fluya como marea que se desahoga en las olas. La clave está en el “desahoga”: para escupir la tristeza y que se vaya diluyendo, saliendo.

En La peor parte, Fernando Savater dice: “El duelo es un remedio de consumo obligatorio prescrito urbi et orbi por el reputado doctor Freud. Hay que hacer el duelo para civilizar la pérdida, para que no se convierta en tristeza incurable, en desesperación. La tristeza asilvestrada y la desesperación son formas de salvajismo que debemos evitar por consideración hacia los demás”

Aparentemente, existe un manual de duelo que deberías de seguir con toda disciplina: nada de recurrir a escapismos. No, es importante que el dolor te lacere el alma, como merthiolate a la herida. Si no, no vale. Otra vez es Savater quien dice “… el duelo hay que llevarlo a cabo, es preciso tomárselo en serio, porque si no nunca volvemos al business, nunca lograremos «rehacer» nuestra vida.” Por su parte, Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte, apunta: “…quise «portarme bien» en mi duelo”… «Portarse bien» en el duelo. #HacerLoQueSeDebe”. No basta, pues, el dolor. Hay que hacerlo a conciencia.

Me da miedo la tristeza. Me da miedo que empiece y no acabe. O que me atrape y no me suelte,  como arena movediza de película B de los cincuenta. Caer en ella y darme cuenta de que me voy hundiendo y que cualquier esfuerzo por detenerlo es contraproducente. En las películas nos lo advierten: No te muevas porque te hundes. La única forma de salir es que alguien, desde afuera, te jale con un palo. Pero no hay más alguien que tú. Así que, o ese alguien que te extiende el palo es un desdoblamiento psicológico tuyo o simplemente no tienes más remedio que dejarte hundir.

“Un desdoblamiento psicológico”. Eso no quiere decir nada. O quiere decir que un otro tú es quien te puede salvar. “Un otro tú”. Alguien que no eres ya tú.  Alguien “curado”, alguien que ha cambiado. ¿Cómo? El duelo.

Todos parecen entender al duelo de manera distinta.

En El año del pensamiento mágico, Joan Didion cita esta definición: «sensaciones de angustia somática que se presentan en forma de oleadas de entre veinte minutos y una hora cada una, la sensación de tener un nudo en la garganta, dificultad para respirar, necesidad de suspirar y una sensación de vacío en el abdomen, falta de potencia muscular y una intensa angustia subjetiva que se describe como tensión o dolor mental». Más adelante, dice: “Hasta ahora solo había pasado por el dolor, pero no por el duelo. El dolor era algo pasivo. El dolor era algo que te pasaba. Pero el duelo, el acto de lidiar con el dolor, requería atención.”

Duelo. Lidiar con el dolor. Dice el diccionario: Duelo, un combate o pelea entre dos, a consecuencia de un reto o desafío. Entre dos. El dolor y uno. ¿Quién desafía a quién? El dolor es quien reta, sin duda. Llega de pronto, te ataca por la espalda, te hace una llave china. No te puedes soltar; si te mueves, te asfixias; si no lo haces, también. Pruebas pateándolo hacia atrás. Te doblas hacia adelante. Tratas de hincarte. Buscas liberarte. Todo es inútil. Estás en duelo.

El duelo. Las olas. El torbellino. El dolor en el pecho, la falta de aire, el nudo en la garganta, la necesidad de suspirar, el hoyo en la panza. Y la mente ausente y brumosa, atormentándonos.

Las olas. Didion dice: “El dolor… Carece de distancia. Viene en forma de oleadas, de paroxismos, de premoniciones repentinas que debilitan las rodillas, ciegan los ojos y cancelan la normalidad de la vida”. Olas. Justo cuando se empieza a sentir la tranquilidad de que se tiene la cabeza fuera del agua, otra ola te cae encima y te vuelve a sumergir.

Estás totalmente desprevenido, pensando en que has sobrellevado más que honrosamente tu pena, cuando a la mitad de una función, en medio de un escenario, tu mente se distrae con una gigantesca maceta que, de golpe, se te mete entera. Barro, tierra y peso ocupando cada milímetro de tu caja toráxica, tu panza. A la mitad de la nada la pena te convierte en hombre-maceta.

Pero además de las olas —o como parte de ellas— está el torbellino. Ese minúsculo, diminuto, pequeñísimo olor, imagen, acorde o acento que interrumpe intempestivamente tu tranquilidad para llevarte al centro de un huracán en donde no puedes parar los recuerdos, las ideas o las emociones. Todo da vueltas. Todo se desarraiga, todo se desacomoda. Una nota sobre cualquier cosa: un apagón en Puerto Rico. Recuerdas entonces una conversación sobre puertorriqueños que terminó en debate y te revuelve todo. Caminas una mañana espléndida. Por primera vez en días eres tú. Te cruzas, entonces, con una familia que plática con un acento que no puedes precisar. ¡Bam! knock out. Vuelves a empezar.

La relación con tu cuerpo enloquece. Un cuerpo que te manda señales que son difíciles de interpretar a la vez que te toman presa por completo. Dice Chimamanda Ngozi Adichie: “El dolor no me sorprende, pero sí su componente físico: un amargor insoportable en la lengua, como si hubiera comido algo que aborrezco y no me hubiera cepillado los dientes; un peso horrible, enorme, en el pecho; y dentro del cuerpo, una sensación de disolución eterna. El corazón —el físico, no hablo en sentido figurado— se me escapa, se ha convertido en un ente aparte, late demasiado rápido, a un ritmo ajeno al mío.”

Tu psique le va detrás. Desapareces. Nada de lo que había amable en ti permanece. Y, después, incluso lo no amable también desaparece. Te quedas sin atributos. Te desdibujas. Joan Didion describe: “La gente que ha perdido a un ser querido parece desnuda porque se cree a sí misma invisible. Yo también me sentí invisible durante una época, incorpórea.” O pasas a ser la viuda que debe de sonreír, ser amable, no estorbar. La viuda fantasma de la que habla Joyce Carol Oates en Memorias de una viuda.

Durante la primera navidad después de una ruptura importante, recuerdo entrar a un probador y derrumbarme en el suelo llorando. No sabía cómo me quería ver, cómo quería ser. No me reconocía, no me gustaba. No estaba a gusto en mi pellejo. Ni en el mío, ni en ningún otro. Era invisible. Quería serlo.

La mente, ausente y brumosa, hace difícil recuperar las riendas. Joan Didion cuenta que una amiga, a la que se le había muerto el marido tres años antes, le dijo que sólo al cabo de un año tuvo la concentración para poder empezar a leer titulares. Dice Oates: “Yo estoy leyendo, intentando leer, con toda la concentración fragmentada que soy capaz de reunir…Mi cerebro es una colmena de pensamientos apresurados e incoherentes”.

La mente, caprichosa, se obsesiona con detalles que la consumen por completo: “Durante cuarenta años aquella canción había surgido en aquella broma privada entre nosotros, y ahora yo no me acordaba de su título, mucho menos del resto de la letra. Encontrar la letra de la canción se convirtió en una tarea urgente”, sigue Didion.

La mente necesita entender. Está diseñada para hacerlo. Necesita argumentos, patrones lógicos que le permitan aprender. Y cuando no logra entender la lógica de algo se fascina. Por eso el humor de pastelazos nos hace reír, por eso los trucos de magia nos cautivan.

Julian Barnes, en Los niveles de la vida, dice que el duelo parece destruir no sólo todos los patrones sino incluso destruye la creencia en que los patrones existen. Sin la menor predictibilidad de la cual asirnos estamos perdidos. Por eso la desesperación por encontrar patrones. Los que sean.

No entender es también profundamente doloroso. Ser incapaces de aprender, y saberlo, es terriblemente angustiante porque sabes, tu mente sabe, que si no aprendes no te podrás proteger en el futuro. Te angustia y, además, es un fracaso. Frágil por partida doble.

Ante un trauma no puedes dejar de pensar, de repetir en tu mente, todos los detalles en los que crees que puede estar la clave para entender qué pasó. Leo en Didion: “Durante los meses anteriores yo había pasado mucho tiempo intentando primero recordar y después, al ser incapaz, reconstruir la secuencia exacta de acontecimientos que habían precedido y seguido a lo que sucedió aquella noche”.

Oates, a su vez, habla de su obcecada necesidad por ubicar exactamente la hora precisa en que murió su marido porque sólo así podría saber de qué manera fue que lo traicionó al dejarlo morir en soledad: ¿por comer de pie en la barra de la cocina o por haberse quedado dormida?

Y cuando buscar claves resulta inútil, y la obsesión, estéril; la mente busca refugio en supersticiones: pensamiento mágico. Didion cuenta de la madre de un soldado que se rehusaba a abrirle la puerta al capitán que le venía entregar la bandera con la muerte de su hijo, convencida de que con ello podía evitarla. Si no hay noticia, no hay evento. Una anécdota parecida es el centro de la novela La vida entera de David Grossman.

Y en la canción de Juan Gabriel:
Por eso aún estoy en el lugar de siempre,
en la misma ciudad y con la misma gente,
por si algún día decides tu volver,
no encuentres nada extraño
Y sea como ayer
y nunca más dejarnos.

O nos volvemos otra vez niños pequeños y pensamos que la clave es ser buenos: Si no damos lata, si decimos “por favor” y “gracias”, si sonreímos educadamente, quizá entonces podamos evitar que nos llegue la tragedia: “Como mi mente no está funcionando normalmente, todos los momentos se basan en una esperanza infantil: «Esto no está bien. Pero quizá se arregle si soy buena»”, dice Oates.

O nos buscamos guarecer en supersticiones cotidianas: tréboles, colorines, onces y las revolvedoras de CEMEX, adquieren significados y poderes caprichosos. A tu antojo. Se los das tú. Tú inventas la magia que vendrá a tu rescate. Por supuesto, no lo hace. Prueban ser inútiles, pero no por eso te dejas de obsesionar buscando colorines en la acera, tréboles en las macetas y onces en los relojes. Quién sabe. Quizá algún día, como reloj parado, atinen. Quién sabe.

Chimamanda Ngozi Adichie dice que pasó las primeras horas tras la muerte de su padre tratando que sus hermanos no dieran la noticia “¡No! No se lo digas a nadie, porque si lo decimos será verdad”.

Evitar verdades. Evitar calles, evitar horas. Evitar olores. Evitar.

El duelo llega intempestivamente. Incluso cuando se trata de un final anunciado hay un instante que separa lo que es de lo que ya no. Y ese instante es siempre brutal. Es ese instante hoyo negro que nos lleva a Babel: “…la pérdida del vocabulario compartido, de los tropos, burlas, atajos, chistes internos, tonterías, falsos reproches, notas amorosas a pie de página: todas esas referencias oscuras ricas en memoria, pero sin valor si se explican a un extraño”, describe Barnes.

Sin esa lengua común nos volvemos mudos y sordos. “No podría contar las veces durante un día normal y corriente que surgía algo que yo necesitaba contarle a John. Y ese impulso no acabó con su muerte. Lo que terminó fue toda posibilidad de respuesta”, dice Didion.

Y no sólo termina con el lenguaje privado que tienen las personas que se quieren, también destruye el espacio, físico —y virtual—, que como si fuera un nido construyeron entre ellos y sólo para ellos. Joyce Carol Oates describe el terror de llegar a una casa en la que ya no estará él en ningún cuarto. En donde sólo dos lámparas y dos gatos, que ahora le temen, la esperan. Savater, en una de sus columnas más hermosas y desoladoras en El País, dice:

Cuando ella llegaba a casa, nada más abrir la puerta, voceaba alegremente: “¡Familia!”. Como un clarín, irónico y tierno. Desde el cuarto del fondo donde sonaba la televisión respondía su madre: “¡Hola, m’hija!”. Y yo gruñía alegre sin apartarme del ordenador: “¡Cariño!”. Entonces era como si encajasen por fin las piezas del rompecabezas de la vida y por un momento inapelable todo estaba bien.

[…] Ahora ya no está. Cuando abro la puerta todo sigue apagado, se fue la luz y entro en silencio. Me daría miedo el eco de mi voz. Según Víctor Hugo, todo el infierno cabe en una palabra: soledad. La palabra que no puede decirse en voz alta para evitar la respuesta aciaga de la oscuridad…

La neblina se levanta, te prometen. Dicen que llegará un día en que te despiertes con ganas. Ganas de volver a respirar, de vivir. Pero ya no serás tú. Al tú que buscaste desesperadamente lo enterraste en tu duelo.

Febrero, 2023

Mariana Luiselli es internacionalista. Ocupó diversos cargos en el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en el Instituto Mexicano de la Radio y en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Actualmente trabaja en Grupo México.  Es autora del libro El cine también se hace (Santillana, 2005) y de “Códigos compartidos“ en José Woldenberg 45 testimonios de una larga trayectoria democrática (Cal y Arena, 2022). En Twitter es @mluiselli

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Posted: July 29, 2023 at 11:11 pm

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